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martes, 30 de junio de 2026

YUD BEIS TAMUZ 5786 - Las lágrimas de un abuelo



Sonó el teléfono.

—Hola, Karen, habla Tzipi. ¿Te gustaría pasar este Shabat con nosotros?

Karen, estudiante de una universidad local, se sintió conmovida de que alguien de la comunidad de Lubavitch de Saint Paul todavía se acordara de ella. Había conocido a Tzippi el verano anterior, en 1978, cuando tomó algunas clases en la Midrashá de Beis Jana de Minnesota, y había disfrutado muchas mesas de Shabat con Tzipi y su familia.
Aunque recientemente se había vuelto ambivalente respecto a la observancia de las mitzvot, Karen aceptó la invitación. Después se alegró de haberlo hecho. Se sentía bien volver a la comunidad de Lubavitch y experimentar la alegría del Shabat. Se sentía afortunada de conocerlos, aunque no fuera una de ellos.

Al concluir Shabat la convencieron de asistir a una reunión especial en honor al Iortzait del Frierdiker Rebe, donde hablaría el rabino Shlomó Zalman Hejt (Sheliaj enviado por el Frierdiker Rebe, más de treinta años antes, en la década de 1940, para fortalecer a la comunidad judía de Chicago).

Al comenzar su charla, el rabino Hejt compartió una enseñanza que había escuchado personalmente del Frierdiker Rebe.

El Frierdiker Rebe relató una costumbre del Baal Shem Tov. Cuando alguien acudía a él, solía preguntarle:
"וואס געדיינקסטו?"
—¿Qué recuerdas?
No se refería a conocimientos o ideas, sino a aquel acontecimiento de la vida que permanecía grabado en la memoria de la persona. Luego le explicaba qué enseñanza debía extraer de ese recuerdo.

Y agregó:

—Una de las expresiones de la Providencia Divina es que cada persona escucha aquello que necesita escuchar y ve aquello que necesita ver.

A continuación, el rabino Hejt comenzó a relatar historias sobre el Frierdiker Rebe.

En un momento recordó un episodio ocurrido al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

En aquellos años existía una organización llamada Keren Hatzalá, dedicada a ayudar a los refugiados judíos. Entre quienes fueron enviados a Europa para distribuir la ayuda se encontraba Shmuel Broida, un importante dirigente comunitario de Chicago que no era un jasid de Jabad.

Al regresar, Broida contó una experiencia que jamás olvidaría.
En París había conocido a numerosos refugiados provenientes de Rusia. Quería comprender cómo habían logrado conservar su identidad judía después de tantos años bajo el régimen soviético. Habló con ancianos, con adultos y finalmente con un pequeño niño.

Le preguntó:

—Voy a regresar a América. ¿Hay algo que desees mucho, que quizás pueda traerte?

Esperaba escuchar un pedido propio de un niño: golosinas, algún juguete o ropa nueva.

Pero la respuesta lo dejó sin palabras.

—Me gustaría ir a América para verlo al Rebe.

Con lágrimas en los ojos, Broida comentó después:

—Puedo entender que una persona mayor quiera ver al Rebe. Pero un niño pequeño... Pensé que pediría caramelos o juguetes. Sólo deseaba una cosa: ver al Rebe.

Y concluyó:

—Si el Rebe puede dejar una impresión tan profunda veinte años después de haber abandonado Rusia, hasta el punto de que niños pequeños crezcan con ese anhelo, entonces esto es algo extraordinario.

El rabino Hejt recorrió con la mirada la silenciosa sala. Algunas personas se estaban secando los ojos. En la primera fila vio a una joven con lágrimas corriendo por su rostro.

Entre los presentes se encontraba también el rabino Moshe Feller, el sheliaj del Rebe en Minnesota. Al verla llorar de aquella manera, le comentó al rabino Hejt que sospechaba que aquella joven podía ser una nieta del Sr. Broida.

Al concluir la conferencia, el rabino Hejt se acercó a ella en privado.

—¿Eres familiar de Shmuel Broida?

Karen asintió.
—Era mi abuelo.

Entonces el rabino Hejt le contó algo que no había compartido públicamente.

Años después de aquella experiencia en París, su abuelo le había pedido que le consiguiera un iejidut con el Frierdiker Rebe.

Era 1947 y, debido al delicado estado de salud del Rebe, obtener una audiencia privada era algo muy difícil. Sin embargo, logró organizarla.

Viajaron juntos a New York. Al salir del iejidut, su abuelo estaba profundamente emocionado.

—Esta ha sido una de las experiencias más extraordinarias de mi vida —fue todo lo que quiso decir.

Poco después, el secretario salió y le informó que el Rebe deseaba verlo.

Cuando entró, el Frierdiker Rebe le dijo:

—Reb Shmuel Broida estuvo aquí conmigo. Le pregunté por sus actividades y luego le pregunté: "¿Qué sucede con tus hijos?" Y rompió en llanto.

Entonces el Rebe agregó:

"Le prometí que algún día tendrá najes de sus nietos."

Mientras relataba todo esto, el rabino Hejt observó que Karen volvía a emocionarse. Ella sabía perfectamente por qué había llorado su abuelo allí adentro, en ese Iejidut. Cuando él falleció, ninguno de sus diecisiete nietos observaba Torá y mitzvot.

El rabino Hejt le dijo entonces:

—Hasta hoy no entendía por qué el Rebe me contó aquella conversación. Ahora lo entiendo. Fueron aquellas lágrimas de tu abuelo las que te trajeron de regreso.

Aquella noche marcó un punto de inflexión en la vida de Karen. Poco tiempo después ingresó a estudiar en Majón Jana y comenzó su camino de retorno al judaísmo. Con el tiempo, ella y sus hermanos formaron hogares observantes.

Quizás por eso el rabino Hejt comenzó aquella noche recordando la enseñanza del Baal Shem Tov.
"וואס געדיינקסטו?"
"¿Qué recuerdas?"

Y quizás por eso Karen estaba allí.

Porque una de las expresiones de la Hashgajá Pratit es que cada persona escucha aquello que necesita escuchar y ve aquello que necesita ver.

Aquella noche, Karen escuchó la historia de las lágrimas de su abuelo. Y comprendió que, décadas después, seguían dando fruto.



Fuente: Adaptado por Yerajmiel Tilles de un artículo publicado en L'Chaim nº 424 y de la historia original del libro "From the Heavens to the Heart", de Tzvi Jacobs.

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