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martes, 30 de junio de 2026

La fuerza de una Brajá

23 de Siván, es una fecha muy especial que aparece explícitamente en la Meguilat Ester. Allí se relata que, en ese día, los escribas del rey fueron convocados para escribir y promulgar todo aquello que ordenara Mordejai HaIehudí, con el fin de traer salvación, protección y bienestar al pueblo judío.

El Rebe señaló en varias oportunidades que esta fecha no es solamente un recuerdo histórico, sino una enseñanza vigente para cada generación. Así como en aquel 23 de Siván se emitieron decretos favorables para Am Israel por iniciativa de Mordejai, también hoy cada judío —miembro del pueblo de Mordejai— posee la capacidad y la responsabilidad de bendecir, influir positivamente y "dictaminar" que las cosas se encaminen de la mejor manera posible para el pueblo judío, tanto en lo material como en lo espiritual.

La historia que sigue constituye un hermoso ejemplo de cómo una bendición pronunciada con fe, en un ambiente de amistad y calidez jasídica, puede transformarse en una realidad concreta y traer una gran salvación.


Nuestra historia comienza en una fría noche de Shabat de invierno, Shabat Mevarjim del mes de Adar de 5759 (1999), en el cálido hogar de una familia jasídica de Jabad, en un antiguo barrio de Ierushalaim.

Ariel, oriundo de un kibutz del norte de Israel, estudiaba entonces en la ieshivá Or Sameaj para baalei teshuvá. Aunque normalmente pasaba los Shabatot junto a su hermano mayor, que vivía en un Ishuv del centro del país, en aquella ocasión se quedó en Ierushalaim por una razón especial, que conoceríamos más adelante, y fue invitado a pasar las Seudot con aquella familia.

Los invitados eran algo habitual en aquella casa. Pero esta vez, al enterarse de la llegada de Ariel, también fueron invitados varios estudiantes de la ieshivá Torat Emet, donde estudiaban algunos de los hijos de la familia, para aumentar la alegría y el ambiente jasídico de las comidas de Shabat.

Y efectivamente, entre el pescado y la carne, entre las zemirot, los nigunim jasídicos y las palabras de Torá, la atmósfera fue cobrando cada vez más entusiasmo. En medio de la camaradería propia del Shabat y del calor de los Lejaim's, Ariel abrió su corazón y compartió aquello que lo preocupaba. Fue entonces cuando también comprendimos por qué había alterado su costumbre y se había quedado en Ierushalaim.

Ariel tenía ya cerca de cuarenta años y aún no había encontrado a su pareja. Con la esperanza de acelerar su salvación, había probado numerosas segulot. En aquel tiempo, alguien le sugirió rezar junto al Kotel HaMa'araví durante cuarenta días consecutivos. Ariel adoptó la propuesta y, por ello, se vio obligado a permanecer varias semanas en la Ciudad Santa.

Como la conversación derivó naturalmente hacia el tema del matrimonio, el dueño de casa tomó un libro de relatos del Baal Shem Tov y leyó la historia de una pareja de huérfanos pobres y desamparados cuya boda había sido celebrada personalmente por el Baal Shem Tov. Sus discípulos, que lo acompañaban, completaron el minián bajo la jupá. Durante la Seudá de bodas, el Baal Shem Tov y sus alumnos le entregaron a los novios singulares “regalos”: uno les “obsequió” la finca vecina del Poritz (señor feudal local); otro les “regaló” el molino cercano, y así sucesivamente. Y, para asombro de todos, al concluir aquella celebración ocurrieron diversos acontecimientos que hicieron que aquellas bendiciones se materializaran plenamente.

—Si es así —dijo el dueño de casa al terminar la lectura—, dado que aquí también contamos con un minián de yehudim y estamos participando de un farbrenguen jasídico entre amigos, cuyo poder es bien conocido, ¡démosle una Broje a Ariel para que, con Beezrat Hashem, encuentre a su alma gemela antes de que termine este mismo mes!

—¡Amén! —respondieron con entusiasmo todos los presentes.

Inspirado por la atmósfera especial que había creado la historia del Baal Shem Tov y sus discípulos, uno de los jóvenes, dotado de una hermosa voz, declaró que él cantaría el nigún de la jupá en la jatuná de Ariel. Otro prometió bailar delante de los novios. Un tercero, el más robusto del grupo, se comprometió a alzar y cargar al novio sobre sus hombros. Y así, uno tras otro, fueron sumando sus propias promesas.

Finalmente, todos brindaron “Lejaim” y comenzaron a cantar: “Meherá ishama bearei Iehuda uvejutzot Ierushalaim...”. Ariel fue honrado para dirigir el zimún, y tras el Birkat Hamazón los invitados se despidieron con una profunda sensación de que la salvación estaba cerca.

Los días siguientes transcurrieron entre la expectativa de quienes habían participado de aquella comida. Pasó una semana, luego dos, luego un mes entero, y no llegó ninguna noticia de Ariel. La primavera ya llamaba a la puerta y, con los preparativos de Pesaj, el episodio fue quedando en el olvido.

Sin embargo, al mediodía de uno de los días de Jol HaMoed Pesaj, sonó el teléfono en la casa de aquella familia. Del otro lado de la línea estaba Ariel, con una invitación de casamiento.

Contó que en Purim —aproximadamente dos semanas después de haber recibido aquella bendición— un amigo lo había invitado a una Seudá en su casa. Allí conoció a quien estaba destinada a convertirse en su esposa y, tras un breve período de conocimiento mutuo, decidieron construir juntos un hogar judío.

La novia, también baalat teshuvá, tenía su propia historia relacionada con el encuentro del shiduj.

Ella también había buscado durante mucho tiempo a su compañero de vida. Aproximadamente un año antes, en vísperas de Purim de 5758 (1998), escuchó hablar de un distinguido rabino de una gran ciudad que tenía una costumbre singular. Cada año, durante la seudá de Purim, cuando la alegría alcanzaba su punto máximo y los participantes estaban animados por el vino, el Rav se dirigía a los presentes y los bendecía para que vieran satisfechas sus necesidades. Y para conferir a la bendición la fuerza de un fallo rabínico, invitaba a dos participantes más a unirse a él, formando juntos un pequeño bet din.

Aquel año, la futura novia acudió a la casa de ese Rav. Él la bendijo y, junto con los otros dos “jueces”, dictaminó que encontraría a su pareja durante el año siguiente.

Y así fue. Tanto la bendición pronunciada por el rabino en Purim del año anterior como la bendición otorgada por los participantes de aquella comida de Shabat dos semanas antes, se cumplieron y trajeron la salvación para Ariel y su novia.

Y en la noche de Lag Baomer de aquel mismo año, Ariel avanzó hacia su jupá acompañado por aquella familia y por los alumnos de la ieshivá Torat Emet que habían estado presentes en aquella inolvidable comida de Shabat. Los jóvenes cumplieron cada una de sus promesas y aportaron su parte a la gran alegría de la celebración: la alegría del novio y la novia.


Fuente: Sijat Hashavua #1050 (Agradecemos al relator de esta historia, el Sr. Ionatan Zigman, de Kfar Jabad, quien participó personalmente en aquella Seudá de Shabat.)

*

Una Brajá emitida con sinceridad por un grupo de yehudim reunidos en un jasídishe farbrenguen abrió los canales para una salvación esperada durante tantos años.

Quizás esta sea una de las enseñanzas del 23 de Siván: así como en tiempos de Mordejai se escribieron decretos favorables para el pueblo judío, también hoy las palabras de bendición pronunciadas con fe, amor al prójimo y confianza en Hashem tienen la capacidad de transformar la realidad y traer buenas noticias para Am Israel.

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