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martes, 30 de junio de 2026

ESPECIAL PARA GUIMEL TAMUZ 5786 - 32 AÑOS



El rabino Pinjas Taitz, reconocido dirigente de New Jersey, realizó veintidós viajes a la Unión Soviética durante los años más duros del régimen comunista. Mientras millones de judíos permanecían atrapados detrás de la Cortina de Hierro, él se convirtió en uno de los pocos rabinos occidentales que lograban ingresar regularmente al país.

Gracias a sus contactos y a la confianza que le dispensaban las autoridades, podía visitar Rusia con relativa libertad. Sin embargo, aprovechaba cada viaje para introducir clandestinamente Sidurim, Jumashim, Tefilín y otros artículos necesarios para mantener viva la llama del judaísmo entre los judíos soviéticos.

Aunque provenía del mundo lituano tradicional y no era jasid de Jabad, admiraba profundamente el heroísmo de aquellos jasidim que arriesgaban su libertad y sus vidas para preservar la Torá y las mitzvot. A lo largo de los años se convirtió en un importante vínculo entre el Rebe y los judíos que vivían detrás de la Cortina de Hierro.

En una ocasión, poco antes de emprender otro de sus viajes, un emisario del Rebe llegó a su casa con el acostumbrado paquete de sidurim, jumashim y tefilín. Sin embargo, aquella vez había algo más.

El emisario sacó un pequeño ejemplar del Tania y le dijo:

—El Rebe pidió que lo lleve consigo durante todo el viaje.

El rabino Teitz quedó sorprendido. Introducir Tefilín o Sidurim ya implicaba cierto riesgo. Pero un Tania era algo completamente diferente. El nombre de Jabad era bien conocido por la KGB, y la sola posesión de ese libro podía despertar sospechas.

Aun así, decidió aceptar. Si el Rebe se lo había pedido, debía haber una razón.

Tres días después de llegar a Moscú, mientras regresaba a su hotel tras rezar Arvit en la Gran Sinagoga, dos jóvenes aparecieron repentinamente en una calle oscura. Lo sujetaron de los brazos y lo condujeron rápidamente hacia un automóvil estacionado.

Por un momento pensó que había caído en manos de la KGB.

Su alivio fue inmenso cuando descubrió que aquellos misteriosos "secuestradores" eran en realidad dos jasidim de Jabad... Le explicaron que aquella era la única manera segura de llevarlo a una casa clandestina sin despertar sospechas.

Una vez a salvo, le revelaron el motivo de la reunión.

Ambos necesitaban urgentemente la orientación del Rebe.

El primero acababa de enterarse de que la KGB seguía de cerca sus actividades. Quería saber si debía abandonar Moscú y esconderse en otra ciudad o permanecer allí, continuando su labor educativa clandestina.

El segundo enfrentaba un dilema diferente. Tenía la posibilidad de solicitar un permiso para emigrar a Eretz Israel. Sin embargo, presentar la solicitud significaba perder inmediatamente su prestigioso empleo como ingeniero, y si el permiso era rechazado podría quedarse sin medios para mantenerse.

El rabino Teitz prometió memorizar cuidadosamente sus nombres y preguntas para transmitirlas al Rebe a su regreso. Escribir cualquier dato en papel habría sido demasiado peligroso.

La tensión fue disminuyendo y comenzaron a conversar.

En medio de la charla, el rabino Teitz mencionó casualmente que llevaba consigo un pequeño Tania que el Rebe le había entregado, para llevar durante el viaje.

Los dos jasidim quedaron inmóviles.

—¿Quiere decir que tiene aquí consigo el Tania del Rebe?

Con manos temblorosas, el rabino sacó el libro de su bolsillo.
Los jasidim quedaron sobrecogidos. Antes de siquiera tocar el libro, se colocaron un gartel, como preparación y muestra de respeto ante aquel momento tan especial. Sólo entonces, con manos temblorosas y profunda reverencia, tomaron el Tania. Lo observaban desde todos los ángulos, acariciaban sus páginas y lo sostenían con reverencia. Para ellos, no era simplemente un libro: era el Tania personal del Rebe, que había estado en sus manos apenas unos días antes, y que ahora había llegado milagrosamente hasta aquella habitación oculta en el corazón de la Unión Soviética.

De repente, uno de ellos descubrió algo.
Una esquina de una página estaba doblada.

Abrió el libro en ese lugar y comenzó a leer las primeras palabras y el primer renglón de la página [pág. קסב:
"שהשעה דחוקה לו ביותר וא"א לו בשום אופן להמתין"]
El texto hablaba de alguien que se encontraba bajo una gran presión y no podía permitirse ninguna demora.

El jasid palideció.

—¡Esta es mi respuesta! —exclamó con voz entrecortada—. ¡El Rebe me está diciendo que debo salir inmediatamente de aquí!

El segundo jasid tomó rápidamente el libro y comenzó a revisarlo con mayor atención.

Y entonces encontró otro doblez.

Abrió la página correspondiente.

Las palabras que aparecían allí eran: [pág. לח:
"ליכנס לארץ"]
 "entrar a la Tierra".

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¡Y esta es mi respuesta! ¡El Rebe me está indicando que debo solicitar inmediatamente permiso para hacer aliá!

Durante unos instantes permanecieron inmóviles, intentando asimilar lo que acababa de ocurrir.

Luego, incapaces de contener la emoción, los dos jasidim se tomaron mutuamente de los brazos y comenzaron a bailar.
Era un auténtico Tantzn jasídico.

Giraban una y otra vez por la pequeña habitación, cantando en voz baja para no llamar la atención de los vecinos, pero con una alegría imposible de ocultar.

El rabino Taitz observaba la escena con absoluto asombro.

Desde su perspectiva lituana y no jasídica, todo aquello le resultaba difícil de comprender. Dos hombres acababan de tomar decisiones que afectarían el resto de sus vidas —decisiones que podían determinar su libertad, su sustento e incluso su seguridad personal— basándose en unos pequeños dobleces encontrados en un Tania.

Y sin embargo, allí estaban, bailando con una certeza y una alegría que parecían provenir de otro mundo.

Años más tarde recordaría que aquella escena lo había dejado completamente desconcertado.

Pero los jasidim no tenían dudas.
Para ellos era evidente que aquellos dobleces no eran casuales. El Rebe había preparado aquellas señales antes incluso de que sus preguntas llegaran hasta él.

Cuando el rabino Taitz regresó a Estados Unidos, acudió al Rebe para informarle sobre su viaje.

Le contó todo lo sucedido, excepto un detalle.
No mencionó el episodio de los dobleces del Tania.

Temía que al Rebe no le agradara saber que aquellos jasidim habían basado decisiones tan trascendentales en señales encontradas en un libro.

Sin embargo, al finalizar la conversación, el Rebe le preguntó:

—¿Mostró el Tania a los jasidim?

—Sí —respondió.

Entonces el Rebe continuó:

—¿Y, prestaron atención a los kneitshn, a los dobleces de las páginas?
...
Al concluir el yejidut, el rabino Pinjas Taitz salió profundamente conmovido.

Como era habitual, varios bajurim que aguardaban cerca de la puerta se acercaron inmediatamente, intentando captar alguna palabra sobre lo que había sucedido en aquella audiencia privada. Todos sabían que el rabino acababa de regresar de Rusia y que seguramente había compartido con el Rebe información de suma importancia.

Esperaban escuchar alguna revelación extraordinaria.

Y, en cierto sentido, eso fue exactamente lo que ocurrió.
El rabino Taitz los observó y les dijo:

—Del rúaj hakódesh del Rebe no estoy impresionado.

Los presentes quedaron sorprendidos.

Continuó:

—A lo largo de mi vida tuve el mérito de conocer a varios grandes tzadikim y rabanim que poseían un rúaj hakódesh manifiesto. No es eso lo que me impresiona.

Hizo una pausa y añadió:

—Lo que realmente me impresiona es la fe pura, absoluta y genuina de los jasidim del Rebe.

Los bajurim escuchaban atentamente.

—Piensen en aquellos jasidim que conocí en Rusia. Vivían bajo la vigilancia constante del KGB. Sus decisiones podían determinar su libertad, su sustento e incluso su propia vida. Y, sin embargo, cuando encontraron aquellos pequeños dobleces en las páginas del Tania del Rebe, no dudaron ni un instante. Comprendieron el mensaje y actuaron en consecuencia con una certeza total.

Eso es lo que me deja verdaderamente impresionado. La extraordinaria convicción con la que un jasid sabe que su Rebe lo guía y lo acompaña, incluso desde miles de kilómetros de distancia, incluso detrás de la Cortina de Hierro, e incluso a través de un simple doblez en la esquina de una página.

Muchos años después, quienes escucharon aquellas palabras seguían recordándolas.

Porque provenían de alguien que no había crecido en Jabad, que observaba todo desde afuera y que, precisamente por ello, podía apreciar con claridad la singular profundidad del vínculo entre el Rebe y sus jasidim.


Fuente: La historia está basada en el testimonio del propio rabino Pinjas Taitz, quien durante décadas evitó que fuera publicada debido al peligro que aún corrían los judíos que permanecían en la Unión Soviética. (collive.com)

*

Esta semana (el miércoles de noche y jueves) se cumplen 32 años de Guímel Tamuz, el día en que el Rebe desapareció de nuestra vista física.

Historias como ésta adquieren hoy un significado aún más profundo.

Aquellos jasidim de Rusia no podían ver al Rebe. Estaban separados de él por miles de kilómetros, por fronteras infranqueables y por el régimen más opresivo del mundo. No podían llamarlo, visitarlo libremente ni recibir respuestas inmediatas. Sin embargo, estaban convencidos de que el Rebe conocía su situación, se preocupaba por ellos y encontraba la manera de guiarlos.

Y precisamente esa fue la lección que aprendió el rabino Pinjas Taitz. Lo que más lo impresionó no fue el rúaj hakódesh del Rebe, sino la profunda convicción de sus jasidim de que el vínculo con el Rebe no dependía de la cercanía física.

Treinta y dos años después de Guímel Tamuz, ese mensaje sigue vigente.

La verdadera pregunta no es cuánto podemos ver al Rebe, sino cuánto permitimos que sus enseñanzas, sus instrucciones y su visión influyan en nuestras vidas.

Cuando estudiamos sus Sijot, cumplimos sus Horaot, fortalecemos una mitzvá, ayudamos a otro judío o participamos en la tarea de preparar el mundo para la Gueulá, el vínculo con el Rebe se vuelve algo vivo y tangible.

Los jasidim de Rusia nos enseñan que la distancia física nunca fue un obstáculo. Si ellos pudieron sentir la guía del Rebe detrás de la Cortina de Hierro, nosotros ciertamente podemos encontrar inspiración y dirección en sus palabras, sus enseñanzas y su legado.

Que este Guímel Tamuz nos inspire a fortalecer nuestro hiskashrus, a agregar en Torá, Avodá y Guemilut jasadim, y a cumplir la misión que el Rebe encomendó a nuestra generación: preparar al mundo para la llegada inmediata de Mashíaj, ya mismo.

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