Esta historia me acompaña desde que era una niña de segundo grado. Mi nombre es Jana (hoy Logov, entonces Mendelson), y mi hermano menor, que en aquel momento estaba en primer grado, se llama Baruj (hoy es Sheliaj del Rebe en Kiev).
En esa época, Baruj era un niño débil. Sufría repetidamente de neumonías, y mi madre, Sheina Mendelson z”l, estaba muy preocupada. Decidió escribirle al Rebe de Lubavitch para pedir una bendición por su salud.
Cuando yo, una pequeña niña de segundo grado, vi a mi madre escribiendo junto con Baruj, le dije enseguida:
—Mamá, ¡yo también quiero escribirle una carta al Rebe!
Mi madre respondió de inmediato:
—¿Qué dices, Jana’le? El Rebe no es un amigo nuestro; no se le escribe por cualquier cosa.
Pero, como toda niña pequeña, insistí una y otra vez, hasta que mi madre cedió y dijo:
—Está bien, escribe.
Me senté y escribí una carta propia de una niña: le conté al Rebe que pronto sería mi cumpleaños y otras pequeñas cosas que interesan a los niños.
Esa noche, cuando mi madre fue a enviar las cartas, su conciencia jasídica comenzó a inquietarla. Pensó para sí:
“Realmente, el Rebe no es un amigo; ¿cómo voy a molestarlo con una carta de una niña pequeña sobre su cumpleaños?”
Tomó la carta de Baruj y la envió. Mi carta, en cambio, la dobló, la guardó en un armario entre su ropa y decidió no enviarla.
Pasaron unas dos semanas y media.
Mi madre regresó del trabajo, abrió el buzón de correo y casi se desmayó allí mismo.
En el buzón la esperaba un sobre oficial de 770, de la Secretaría del Rebe. En el sobre estaba escrito claramente:
“Para Jana y Baruj Mendelson”.
Mi madre tembló por completo. ¡La carta de Jana jamás había sido enviada! ¡Estaba guardada dentro del armario de la casa!
Cuando abrimos el sobre, encontramos dos cartas separadas.
Una era para Baruj, en la que el Rebe lo bendecía con una pronta recuperación y buena salud.
¿Y la otra?
Una carta personal dirigida a mí, Jana, con una respuesta precisa a todo lo que yo había escrito.
Tiempo después, en una celebración familiar, mi madre se encontró con su tío, el josid y principal joizer (repetidor de los discursos del Rebe), Rev Yoel Cahn ע"ה.
Con enorme emoción le contó esta historia y le dijo:
—Rev Yoel, ¡mire qué milagro, qué manifestación tan evidente de Ruaj Hakodesh del Rebe!
Rev Yoel escuchó atentamente y luego le dijo una frase que me acompaña hasta el día de hoy:
—Sheina, que el Rebe tiene Ruaj Hakodesh es algo claro y sabido; de eso no hay que maravillarse. ¿De qué sí hay que maravillarse? Del interés y la preocupación del Rebe. El Rebe estaba sentado en su habitación en Brooklyn y vio, con su ruaj hakodesh, que un hermano iba a recibir una carta y su hermana no, y que ella se sentiría triste. Lo que debe asombrarnos es el cariño y la preocupación del Rebe por una pequeña niña judía.
Esa carta quedó en nuestra familia como un testimonio vivo del Ruaj Hakodesh del Rebe. Pero más aún, quedó como un recordatorio del inmenso amor y la preocupación que el Rebe sentía por cada judío, incluso por una pequeña niña que podía sentirse triste al ver que su hermano había recibido una carta y ella no.
Esa es la verdadera maravilla.
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