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domingo, 17 de mayo de 2026

El aguatero y el Sefer Torá - Shavuot

En la pequeña ciudad de Okop, en el oeste de Ucrania, donde nació y también vivió durante un tiempo Rabí Israel Baal Shem Tov, había un hombre muy rico llamado Rev Yoel. Pero no era respetado solamente por su riqueza: era un gran talmid jojom, iere Shamaim y muy cuidadoso en el cumplimiento de las mitzvot.

Un día sintió un fuerte deseo de cumplir la última mitzvá de la Torá —la mitzvá número 613—: que cada judío escriba un Sefer Torá para sí mismo. Pero para Rabí Yoel, cumplir una mitzvá “como corresponde” significaba cumplirla de la manera más hermosa y majestuosa posible.

Compró ganado, regaló la carne a los pobres y mandó preparar cuidadosamente los cueros para producir un pergamino de excelente calidad, digno de un Sefer Torá excepcionalmente bello. Luego contrató a un sofer muy reconocido, famoso tanto por su habilidad como por su gran temor a Hashem. Lo llevó a vivir a Okop y lo hospedó en su casa durante muchos meses mientras trabajaba en la escritura del Séfer Torá.

Cada día, antes de escribir, el sofer se sumergía en la mikve. Cada letra era escrita con santidad y reverencia.

Finalmente, cuando el Sefer Torá estuvo terminado, Rabí Yoel organizó una gran celebración. Después de todo, nuestros Sabios enseñan que completar un Sefer Torá merece una verdadera Seudat Mitzvá.

Entre los invitados estaban los rabanim de la ciudad, los dayanim, jazanim, shojatim, filántropos y líderes comunitarios. El propio Rabí Yoel pasó varios días preparando el evento, la organización, los invitados, de cerca y de lejos, y el discurso que pensaba decir en la celebración: un pilpul profundo y sofisticado, capaz de impresionar incluso a los grandes estudiosos de Okop.

Entre toda la gente de la ciudad, Berel el aguatero no había recibido invitación.

Berel era un judío simple. No era rico ni erudito. Cada mañana, antes del amanecer, iba al pequeño shul llamado “Jevras Tehilim”, donde él y otros trabajadores se reunían para rezar y recitar todo el libro de Tehilim antes de salir a sus trabajos diarios.

Cuando Berel escuchó sobre la celebración del nuevo Sefer Torá, inocentemente pensó que cualquier judío que amara la Torá podía participar, y decidió asistir.

Entonces se puso sus gastadas ropas de Shabat, se arregló lo mejor que pudo y fue a la casa de Rev Yoel. Sin pensarlo demasiado, se sentó entre los invitados importantes.

Cuando Rev Yoel vio a Berel el aguatero sentado en un lugar reservado para los estudiosos de Torá, se acercó molesto y le dijo en voz baja:

—Epa, epa, epa… ¿Solo porque dices mucho Tehilim te crees una persona importante y distinguida?

Berel entendió inmediatamente. Sin decir una palabra, se levantó y se fue silenciosamente.

Mientras tanto, la celebración continuó con toda su grandeza. Copas de plata brillaban sobre las mesas, enormes candelabros iluminaban el salón y abundaban las comidas refinadas y los vinos finos. Los músicos tocaban melodías alegres y los invitados bailaron alrededor del Sefer Torá con enorme entusiasmo.

Rabí Yoel estaba lleno de felicidad. Bailó con pasión, dijo su elaborado discurso de Torá y disfrutó de la admiración de los estudiosos de la ciudad, que quedaron impresionados por su sabiduría, amplitud de conocimientos y brillantes explicaciones sobre el versículo: “Y ahora, escriban para ustedes este cántico”.

Muy tarde esa noche, después de que el último invitado se retiró, Rev Yoel se acostó completamente satisfecho consigo mismo. Todo había salido perfecto.

Entonces se quedó dormido… y soñó.

En el sueño, una tormenta violenta lo atrapó y lo arrastró como una ola gigantesca hacia un desierto vacío y oscuro. Se encontró solo, aterrorizado, en medio de aquella desolación, hasta que de repente divisó a lo lejos una construcción intensamente iluminada.

Golpeó la puerta y entró. Dentro había un Tribunal Celestial: jueces solemnes sentados alrededor de una larga mesa.

Inmediatamente, el juez principal anunció:

—Rav Yoel de Okop, usted ha sido convocado a juicio.

El acusador se adelantó. Rev Yoel tembló al descubrir —o mejor dicho, al sentir con claridad en aquel sueño— que se trataba nada menos que del mismísimo David Hamelej.

—Lo acuso —declaró David Hamelej— de despreciar mis Tehilim y avergonzar públicamente a Berel el aguatero, quien recita cada palabra de los 150 capítulos todos los días con sinceridad y entrega.

Luego se levantó el fiscal celestial y exigió el castigo más severo: que el alma de Rev Yoel no fuera devuelta a su cuerpo.

Rev Yoel quedó paralizado del miedo. No podía hablar ni moverse.

Entonces, inesperadamente, apareció alguien para defenderlo: el Baal Shem Tov.

—Si Rev Yoel muere ahora —argumentó— la gente jamás aprenderá el enorme valor que tiene decir Tehilim con sinceridad. Déjenlo regresar para que esta enseñanza sea conocida.

Inmediatamente volvió aquella tormenta y lo devolvió a su cama.

Rev Yoel despertó temblando de miedo y empapado en sudor frío. Todo había parecido increíblemente real.

A la tarde siguiente, entre Minjá y Maariv, Rev Yoel fue al humilde shul de la “Jevras Tehilim”. Allí, delante de todos, le pidió perdón públicamente a Berel.

Los presentes escucharon asombrados mientras Rev Yoel relataba toda la historia: la celebración, la humillación, el juicio celestial y la gran lección que había aprendido.

Desde aquel día, Rabí Yoel cambió completamente. Ya no se enorgullecía de ser el mayor estudioso de la ciudad.

En cambio, cada mañana se sentaba junto a aquellos trabajadores simples y sinceros del pequeño shul. Se sentaba en un humilde banco de madera al fondo, como uno más entre todos los presentes, y recitaba Tehilim con humildad, calidez y un corazón verdadero.



Fuente: Yerajmiel Tilles, adaptado de "Sipurei Tzadikim".

miércoles, 13 de mayo de 2026

Especial para Lag Baomer 5786 - El electricista tuerto en Merón



Los alumnos de la escuela en Ramat Gan estaban asombrados. El hombre que vestía el uniforme de la Jevrat Jashmal —la Compañía Eléctrica de Israel— que había venido a explicarles los peligros y las precauciones de seguridad relacionados con el uso de la electricidad, llevaba un parche negro cubriéndole un ojo. Tal vez pensaron que era un veterano de guerra herido.

Pero cuando dio la misma charla una semana después en la escuela primaria de Kfar Jabad, ya no llevaba el parche. Al terminar, uno de los Morim, Rev Jaim Ben-Natan, lo invitó a ponerse los Tefilín. El hombre aceptó con entusiasmo. Cuando terminó de recitar el Shemá Israel, Meir (no es su verdadero nombre) le ofreció contarle su historia al Moré.

Durante muchos años ha sufrido de diabetes. Recientemente desarrolló un problema doloroso en uno de sus ojos y una pérdida de visión. Dado que esto estaba relacionado con la diabetes, todos los médicos insistieron en que no había cura posible. Su médico más reciente le dio una pomada para aliviar el dolor y un parche negro para cubrir el ojo afectado, de modo de no comprometer la visión de su único ojo sano.

Su visión incompleta hizo imposible que continuara trabajando como técnico. En cambio, la compañía eléctrica lo capacitó para dar presentaciones a niños en escuelas sobre electricidad.

En una ocasión estaba manejando por una ruta en el Galil hacia una actividad en una escuela en Carmiel. En el camino llamó a su oficina para confirmar la dirección. Su supervisora, una mujer judía religiosa, al escuchar dónde se encontraba, le recomendó desviarse hacia uno de los lugares sagrados de sepultura en el norte de Israel y rezar allí por una mejora en su condición.

“¿Por qué no?”, pensó. “No puede hacer daño”. Y se dirigió a Merón, al lugar de sepultura del gran sabio de la Mishná y del Zohar, Rabí Shimón bar Iojai.

Mientras estaba allí rezando con una mano apoyada sobre la tumba (claramente no era en Lag BaOmer), escuchó a un hombre en una mesa cercana sollozar y clamar repetidamente: “¡Hashem, Di-s, ayúdame por favor! ¡Bizjut Rabí Shimón, ayúdame ahora!”

Cuando Meir terminó su propia Tefilá, se apartó del Kever. El hombre que había estado clamando lo miró con asombro, abrió grandes los ojos y de repente lo agarró del brazo. “¡Ishtabaj Shemó! ¡Hodu LaHashem! ¡Mis tefilot fueron respondidas! ¡Rabí Shimón te envió a mí!”

“¿De qué estás hablando?”, dijo Meir con calma. “Nadie me envió aquí”.

“¡De verdad, no tengo dudas!”, proclamó Uri (tampoco es su nombre real), negándose a soltarle el brazo. “Tengo una esposa y cinco hijos en casa y no tenemos electricidad. He estado haciendo Tefilá durante horas para que vuelva la luz, y aquí estás vos, de la Jebrat Jashmal (compañía eléctrica)”. Señaló el emblema en el uniforme de Meir. “Está claro que te enviaron para ayudarme. ¡Ahora devuélveme la electricidad!”

Uri le explicó que le habían cortado la luz porque debía miles de shekels en facturas impagas que no podía pagar. Luego volvió a exigir, cada vez más fuerte, que Meir haga algo para que vuelva a contar con electricidad en su casa. Meir trató de explicarle que su trabajo no tenía ninguna relación con el problema de Uri, ni técnica ni financiera. Nada de lo que decía ayudaba. Uri no cedía en su convicción de que “obviamente” Meir había sido enviado del Shamaim y por Rabí Shimón bar Iojai para ayudarlo...

Desesperado de poder hacerlo entrar en razón, y con riesgo de llegar tarde a su compromiso, Meir finalmente le pidió el número de su cuenta. Uri le mostró su última factura. Meir dijo: “Mira, déjame salir un momento, llamaré a alguien muy importante en la administración, veré cuál es la situación e intentaré arreglar algo para ti”.

Uri sonrió lleno de expectativa y dio un paso atrás. Meir salió, utilizó su dispositivo interno de comunicación de la compañía, verificó la cuenta de Uri, confirmó que debía 2500 shekels… ¡y pagó toda la deuda con su propia tarjeta de crédito!

Al volver adentro, le dijo: “Bien, ya está todo arreglado con la compañía. Puedes volver a tu casa. En dos horas tendrás electricidad”. Uri le estrechó la mano con entusiasmo. No podía agradecerle lo suficiente. “¿Ves?”, dijo, “yo tenía razón, ¡Rabí Shimón te envió a mí! ¡Ishtabaj Shemó!”

Meir volvió a su auto, moviendo la cabeza con asombro ante su propio acto espontáneo de bondad. Unos diez minutos después, a mitad de camino hacia su destino, tuvo que detenerse al costado del camino. El ojo enfermo le picaba tanto que no podía esperar más para quitarse el parche y frotárselo. Se quitó el parche con la mano derecha y llevó la izquierda hacia el ojo para masajearlo, cuando de repente se dio cuenta de que estaba viendo a través del parabrisas… ¡con el ojo que había estado cubierto! Veía normalmente. ¡Su visión se había restaurado por completo!

Los distintos médicos que lo habían estado atendiendo no podían creer lo que veían. “Esto solo puede ser un milagro”, declaró cada uno, aunque no estaba claro que antes de este episodio creyeran en milagros. Meir sonrió, entendiendo la fórmula simple: si le das luz a otro judío, Di-s te da luz a ti. Y también, como dice el Talmud: “Se puede confiar en Rabí Shimón bar Iojai en situaciones de apremio”.


Fuente: Yerajmiel Tilles. Escuchado de varios jasidim de Jabad en Tzfat, incluyendo al hermano del rabino Ben-Natan en la historia.

©JasidiNews

Lag Baomer

La siguiente historia la escuché en la entrada al Ohel directamente de su protagonista, el sheliaj Reb Alter Bukiet (Boston):

Lag Baomer 5744 (1984)

En Lag Baomer era bien sabido que muchos acudían al Rebe para recibir una brajá de זרעא חייא וקיימא —hijos sanos y perdurables—, y en numerosos casos se veían resultados concretos.

Aquel año, debido a la gran multitud, se dispuso que las parejas esperaran al Rebe frente a su casa en President Street. Se organizó un Vaad Hamesader de avrejim para ordenar el flujo de gente. Entre ellos estaba Reb Alter Bukiet, quien pidió no tener que empujar a las personas; en su lugar, se le asignó abrir y cerrar la puerta del auto del Rebe.

“Había una presión enorme —relata—. Muchas parejas, de Anash y no de Anash, y también algunas de Satmer —a pesar de que aquellos años fueron recordados como una etapa particularmente difícil y tensa en la historia de las relaciones entre Satmer y Lubavitch—.

El Rebe tardó unos veinte minutos en avanzar desde la puerta de su casa hasta el coche. Se oían llantos y súplicas; algunos recibían brajot, otros no lograban ser escuchados. Era una escena muy intensa.

“Cuando el Rebe llegó al auto, yo sostenía la puerta con todas mis fuerzas para que no se cerrara por la presión de la multitud. De pronto, un avrej jasid de Satmer se introdujo parcialmente dentro del auto y, con gran desesperación, pidió una broje por hijos.

La presión aumentaba y yo sostenía la puerta para que no lo aplastara. El Rebe lo bendijo y luego le dijo:
‘Der kind vet darfn hobn mit vemen tzu shpiln zij’ —‘El niño necesitará con quién jugar’.
Al ver que no entendía, le indicó: ‘¡Zog Omein!’ —‘¡Di Amén!’—.
El hombre respondió ‘¡Omein!’, salió, cerré la puerta y el Rebe partió.

“Esa frase me quedó grabada. Nunca había escuchado algo así”.

Años más tarde, en 5759 (1999), Reb Alter viajó desde Boston al Ohel en el aniversario de su padre. De madrugada, mientras recitaba el Maane Lashon, vio entrar a un jasid de Satmer con dos niños. Tras recitar algunos Tehilim y leer un Pidion Nefesh, el padre les dice a los niños: "Nemt arois di Maamer"... "Saquen el Maamer", y los muchachos sacaron un maamar de Bar Mitzvá y lo recitaron allí mismo, junto al Tzion.

Más tarde, al encontrarse afuera, Reb Alter le preguntó quiénes eran.

El hombre respondió:
“Estos son 'Dem Rebe'ns Kinder', ‘los hijos del Rebe’. Nacieron gracias a su broje."

Y relató cómo, tras años sin hijos, se acercó al Rebe y recibió esa bendición, con las mismas palabras:
“Der kind vet darfn hobn mit vemen tzu shpiln zij”… ¡Zog Omein!

“Y gracias a eso nacieron mis mellizos”.

Como un rayo, Reb Alter lo reconoció:
“Dime, ¿eso fue en Lag Baomer 5744, junto al auto del Rebe?”

“¡Sí! ¡Incluso me metí dentro del auto!”, respondió.

“Entonces —dijo Reb Alter emocionado— yo era quien sostenía la puerta para que no te aplastaran”.

El jasid sonrió:
“Ahora entiendo por qué me resultabas conocido…”.

Señalando a los niños, concluyó:
“Son mellizos. Nacieron gracias a esa brajá, unos años después. Hoy es su Bar Mitzvá.
Estos son los únicos hijos que tengo — son los hijos del Rebe”. 


*

Lag Baomer es un momento especialmente propicio para pedir por hijos —o por cualquier pareja que lo necesite—. Con más razón aún, es un mérito escribir en este día un Pan al Rebe, quien continúa la cadena de los Tzadikim de Pnimiut HaTorá iniciada (de forma revelada) por Rabí Shimón Bar Iojai.

Y, junto a ello, participar en la marcha de los niños en honor a Rabí Shimon —una expresión viva de conexión con esa misma cadena.

Un momento verdaderamente imperdible.

Pesaj Sheiní



El rabino Itzjok ("Itche") Groner ע"ה era un gran erudito y un orador extraordinario. Fue enviado por el Rebe en Shlijus a Australia, donde fundó numerosas instituciones educativas y desarrolló un amplio פעילות.

En una ocasión, al llegar a visitar al Rebe y tener el mérito de tener un Iejidut, el Rebe lo sorprendió con un pedido inesperado:
“Cuando regreses a Australia, por favor viaja a través de la India”.
A pesar de que su pasaje ya estaba programado por otra ruta, el rabino Groner no preguntó el motivo. Si el Rebe lo pedía, sin duda había una buena razón.

Antes de partir, se dirigió a la oficina del Vaad Lehafatzat Sijot y le pidió a su director, Reb Shneur Zalman Janin, varios ejemplares de Sijot del Rebe en inglés, aunque no sabía para qué los necesitaría en la India.

Al llegar a la India, aún no tenía idea de cuál era su misión. Al salir del aeropuerto, tomó el primer taxi que encontró y le indicó simplemente: “Lléveme a una sinagoga”. Así llegó a un Beit Kneset, donde conversó con judíos locales sobre temas de Torá y dejó allí las hojas con las sijot del Rebe antes de continuar su camino.

Unos meses después, el rabino Janin recibió una llamada telefónica de una mujer judía de Arizona. Ella contó que su hijo había abandonado el hogar enojado hacía más de un año, había viajado a la India y había desaparecido.

Relató además que recientemente había logrado hablar con él, y fue entonces cuando su propio hijo le confesó que, aunque se había ido en busca de “algo” que pensaba que le daría sentido y felicidad, en realidad estaba atravesando una profunda sensación de vacío y desilusión.

Recientemente, había recibido de él una carta sorprendente: un día, mientras estaba sentado en una plaza, intentando cubrirse del sol, tomó un folleto que encontró cerca suyo. Eran hojas en inglés — una sijá del Rebe sobre Pesaj Shení—.

En esa sijá, el Rebe explicaba que Pesaj Shení simboliza la capacidad de no desistir ni caer en la desilusión, y que “en el judaísmo no existe nada perdido”.

El joven comenzó a preguntarse qué hacía en la India y escribió a su madre que quería regresar al judaísmo, pidiéndole que le encontrara un rabino que pudiera guiarlo. Adjuntó el número del Vaad Lehafatzat Sijot que aparecía en las hojas.

Finalmente, el joven regresó a su hogar, se puso en contacto con Beit Jabad en Arizona y comenzó a acercarse nuevamente al judaísmo.

Cuando el rabino Janin oyó toda la historia, le dijo al rabino Groner en su siguiente visita:
“Quizás aún no sabes cuál fue tu misión en la India… entonces déjame contarte cuál fue el verdadero propósito de ese viaje”.



Fuente: "Hitvaadut", Rab Jaim Sholom Daitch.