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martes, 30 de junio de 2026

Los tefilín que salvaron una vida


Era fines de 1959. Shalom (Shelly) Ber recibió la orden de incorporarse al ejército de los Estados Unidos. Antes de presentarse al servicio militar, ingresó a yejidut con el Rebe y le informó que partiría el 17 de noviembre. El Rebe lo bendijo.

Al concluir el entrenamiento básico, le comunicaron que sería enviado a Corea. Antes de partir recibió una breve licencia. Al llegar a su casa, su madre le dijo:

—Llamaron de 770. El Rebe quiere verte.

Shalom no entendía el motivo, pero fue de inmediato.

El Rebe lo recibió con una amplia sonrisa y pidió a su secretario que trajera un paquete preparado para él. Dentro había un par de tefilín.

—Ya tengo tefilín desde mi Bar Mitzvá —comentó Shalom.

—Lo sé —respondió el Rebe—, pero quiero que lleves estos contigo. Prométeme que te los pondrás y recitarás el Shemá todos los días.

Shalom estaba emocionado, pero permaneció en silencio.

—No escuché tu promesa —le dijo el Rebe.

Entonces prometió cumplirlo.

Antes de despedirse, el Rebe agregó:

—Quiero prepararte. Allí te resultará muy difícil. Y si alguna vez no puedes colocarte los tefilín, asegúrate al menos de recitar el Shemá.

El viaje a Corea comenzó con un largo vuelo desde California, con escalas en Hawai, la isla Wake y Japón. Mientras los soldados aguardaban para continuar el trayecto, Shalom se levantó para estirar las piernas.

Justo en ese instante apareció un oficial y le ordenó subir inmediatamente a otro avión. Fue elegido simplemente porque era el único que estaba de pie.

Más tarde se supo que el avión en el que originalmente debía viajar desapareció y se perdió todo contacto con él. Nadie volvió a saber qué ocurrió. Su vida había sido salvada milagrosamente.

Ya en Corea, Shalom intentaba ponerse los tefilín cada mañana, pero su comandante le hacía la vida imposible. Le asignaba las tareas más difíciles y buscaba cualquier excusa para perjudicarlo.

En una ocasión obtuvo permiso para una salida especial. Debía viajar en una pequeña avioneta para dos personas. En pleno vuelo, el motor dejó de funcionar y la aeronave comenzó a caer. El piloto intentó un aterrizaje de emergencia en un arrozal, pero segundos antes del impacto el motor volvió a encenderse. Nuevamente, se salvó de manera milagrosa.

Aun así, las dificultades continuaron. Desanimado por la constante presión de su superior, Shalom dejó de ponerse los tefilín y se limitó a recitar el Shemá.

Poco después recibió una carta de su madre:

—Mi querido hijo, acabo de recibir un mensaje de 770. El Rebe dice que no estás cumpliendo tu promesa.

Shalom quedó atónito.

Comprendió que debía encontrar la manera de conectarse y servir a Hashem aun en aquellas circunstancias. Solicitó un traslado y fue enviado a una unidad de ingeniería de combate que operaba detrás de las líneas enemigas, realizando peligrosísimas misiones de demolición de puentes, desactivación de minas y destrucción de instalaciones militares.

Allí, por fin, pudo volver a ponerse los tefilín todos los días.

Siete meses después, cuando ya se acercaba el final de su servicio, su unidad fue sorprendida por un intenso bombardeo en la frontera entre Corea del Norte y Corea del Sur.

Los soldados, atrapados en trincheras llenas de barro bajo la lluvia y el granizo, carecían de suficiente munición. La situación parecía desesperada.

En medio del caos, uno de los soldados que compartía barracón con él le gritó:

—¡Ber, necesitamos a Di-s! Tú tienes esas cajitas que te pones cada mañana. ¡Reza por todos nosotros!

Shalom dudó, pero el soldado insistió:

—¡Reza por nosotros o te disparo!

Con las manos cubiertas de barro, sacó los tefilín, se los colocó apresuradamente y, en medio del estruendo de la artillería, levantó los ojos al cielo y exclamó:

"Shemá Israel, Ado-nai Elo-heinu, Ado-nai Ejad".

En ese mismo instante cesó el bombardeo.

Un silencio absoluto se apoderó del lugar.

—No podía creer lo que veía —recordaría más tarde.

Los soldados salieron de las trincheras y regresaron sanos y salvos.

Años después, Shalom resumió la experiencia con estas palabras:

—El Rebe vio que necesitaría esa fuerza para atravesar todo lo que me esperaba en la guerra. Los tefilín del Rebe salvaron mi vida una y otra vez. Gracias a la protección que me brindaron estoy aquí para contar mi historia y alentar a cada judío a ponerse tefilín, aunque sea una sola vez.

Fuente: JEM, "My Encounter".

*
Esta noche entramos en Guímel Tamuz, fecha que nos impulsa a reflexionar sobre nuestro vínculo con el Rebe y, sobre todo, sobre la vigencia de sus enseñanzas y sus directivas.

La mejor manera de conectarnos con el Rebe es fortalecernos en aquello que él pidió de cada judío: más Torá, más Mitzvot, más Ahavat Israel y más difusión de la luz del judaísmo.

Que podamos tomar una Hajlatá, una buena decisión en honor a este día y merecer muy pronto la Gueulá verdadera y completa, ahora.

En 2023, Shelly Ber regresó a Corea para volver a colocarse los Tefilín del Rebe en aquel lugar histórico.


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