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sábado, 2 de marzo de 2024

La cadena de Méritos de una Mitzvá

Todas las mañanas el carnicero observaba el modo de proceder del Shamesh, y un deseo y envidia sana comenzó a invadirlo por dentro, hasta que se dirigió al Shamesh y le ofreció un trato.


Esto sucedió en la ciudad de Donaiska Strada (Serdhely como la llamaban los Yehudim) al sur de Eslovaquia. Muy temprano por la mañana el Shamesh se ocupaba de encender las lámparas de aceite del Shul. Y cómo lo hacía... Era un yehudi temeroso de Hashem, y un Oived Hashem con sinceridad y simpleza, cuando se disponía a encender las lámparas primero se ceñía su Gartl y rezaba una pequeña y emotiva plegaria que él mismo había compuesto: "Leshem Ijud Kudsho Brij Hu Ushjintei, me dispongo a encender e iluminar el Beit Hakneset."
Y agregaba: “Yehi Ratzón, que sea considerado como si hubiera puesto todas las Kavanot e Ijudim en este encendido que pensaba el Kohen Gadol cuando encendía las Nerot del Beit Hamikdash."

El carnicero también solía madrugar, ir al Shul y leer capítulos de Tehilim. El carnicero era un hombre sencillo y común, y no sobresalía en Torá o Jasidut. Sin embargo, cuando veía al Shamesh en su proceder, se llenó de un sentimiento de Kedushá y de una envidia sana por el gran privilegio que le había tocado al Shamesh.
Como hombre de acción, se volvió hacia el Shamesh y le ofreció un trato: "Te pagaré un Dorado por cada día que me cedas el derecho a encender las lámparas del Shul."

El Shamesh se encogió de hombros. "No me interesa el dinero, la Mitzvá no está a la venta", respondió brevemente. Pero el carnicero no desistió. Al día siguiente regresó al Shamesh y formuló la misma oferta. Y así también los días siguientes.

En aquellos días vivía en la ciudad el rabino Yehuda Asad, uno de los más grandes rabinos de Hungría. Cuando el Shamesh vio que el carnicero no lo dejaba, decidió llevar el asunto a la decisión del Rab.

Después de considerar el asunto, el rabino dictaminó: "Si, tal como dices, todas tus acciones son sólo Leshem Shamaim, de forma desinteresada y no para recibir una recompensa, entonces Ahabat Israel también es una gran Mitzvá. Mi consejo, por lo tanto, es que cedas el privilegio de encender las lámparas al carnicero." E inmediatamente continuó: "Pero no uses el dinero que recibas del carnicero, sino guardalo en una caja especial. Un día te garantizo que podrás usar el dinero para alguna otra Mitzvá."

Aunque la Mitzvá le era muy preciada, aceptó la decisión del rabino al respecto. Desde entonces, todos los días el carnicero se presentaba en el Shul a la hora indicada, le pagaba al Shamesh una moneda de oro y encendía las lámparas.

El carnicero no sabía nada de la participación de Rabí Yehuda Asad en el asunto, y que todo se realizaba bajo su instrucción. 

El Shamesh también cumplió la segunda parte de las indicaciones del Rab. Las monedas que recibió las fue guardando en una caja especial que se seguía llenando todos los días. Nunca sacó de allí una sola moneda.

Pasaron unos años. Mientras tanto, la situación financiera del carnicero empeoró, luchaba por su sustento. Su angustia aumentó aún más cuando llegó el momento de casar a su hija. A pesar de todos sus esfuerzos, no pudo reunir los honorarios de la dote que se había comprometido a pagar.

Una mañana el Shamesh lo ve al carnicero llorando amargamente. Le pidió una explicación, y el carnicero le contó que la suerte le había dejado de brillar
 "¿Qué haré? ¿Cómo llevaré a mi hija a la Jupá?", se preguntaba con dolor. "¡He prometido una dote y mi corazón está lleno de preocupaciones por la reacción de la familia del novio!"

El Shamesh corrió hacia Rabí Yehuda Asad y le contó lo que había oído del carnicero. "Por favor, tráeme la caja de Dorados que fuiste juntando", le dijo el Rab.

Un rato más tarde el Shamesh tenía en sus manos la caja llena de monedas.  "Vayamos juntos al carnicero", le dijo el Rab. Se puso el abrigo y salieron en dirección a la carnicería.

El carnicero se sorprendió al ver al Rab y al Shamesh de repente en la puerta de su local. "¿Cuál es la suma que te comprometiste?", le preguntó el rabino al carnicero. El hombre mencionó el monto que necesitaba y el Rab ordenó al Shamesh: "Abre la caja y vacía su contenido sobre la mesa."

Después de hacerlo, se le pidió que cuente las monedas. El Shamesh contó las monedas ante los ojos del Rab y ante los ojos del carnicero: el monto total de las monedas de oro coincidió exactamente con el monto de la dote que el carnicero prometió a sus consuegros.

"Ahora ha llegado el momento de que los dorados cumplan su destino", le dijo el rabino al Shamesh. "Después de que fueron utilizadas una vez para la Mitzvá de encender las velas del Shul, ha llegado el momento de que sean usadas para otra gran Mitzvá. Dáselas al carnicero, para que pueda casar con honor a su hija y llevarla a la Jupá con un corazón contento." El Shamesh hizo lo que le ordenó el rabino sin decir una palabra.

Rabí Yehuda Asad contaba la historia con admiración a sus alumnos y les decía: "Vean el Tmimut, la inocencia y rectitud del Shamesh, que aceptó renunciar a una Mitzvá que amaba y apreciaba tanto. Y vean cómo una Mitzvá realizada con Kavaná, leshem Shamaim, produjo y llevó a otras Mitzvot, como Ahabat Israel, Tzedaká y Hajnasat Kalá."


Fuente: Sijat Hashabua #1938 (Tetzave 5784)
Traducido por JasidiNews.

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