Desde su juventud, el gaón y tzadik Rab Moshe Teitelbaum, nacido en Galitzia, fue reconocido como un prodigio excepcional en el estudio de la Torá. Los grandes sabios de su generación lo apreciaban enormemente y lo apodaban "Baal Harosh Habarzel" ("el dueño de la cabeza de hierro"), por su extraordinaria capacidad intelectual. Con apenas diecisiete años ya enseñaba Torá a numerosos alumnos y mantenía correspondencia halájica con los más destacados eruditos de la época.
En una ocasión llegó a Lublin y, por indicación del Joize de Lublin, recibió el honor de pronunciar una derashá en la gran sinagoga, a pesar de que en aquel entonces todavía no pertenecía al círculo jasídico. Multitudes acudieron para escucharlo, y todos quedaron maravillados por la profundidad de sus palabras. Con el tiempo se convirtió en uno de los discípulos más cercanos y fieles del Joize.
Más adelante fue nombrado rabino de Shinova y, posteriormente, ocupó el rabinato de Oyhel, en Hungría, donde sirvió durante más de treinta años. Allí fundó una gran y prestigiosa ieshivá y fue el líder de miles de jasidim. Se cuenta que cuando enfermó Shmuel Biniomin, hijo del Jatam Sofer, este le envió un pedido especial para que bendijera a su hijo con una pronta recuperación.
Rab Moshe era conocido por la fuerza de su santidad. Incluso los no judíos reconocían su grandeza y acudían a él para pedirle consejo. Sin embargo, por encima de todo, era famoso por el profundo dolor que sentía por la destrucción del Bet Hamikdash y por el intenso anhelo con el que esperaba la Gueulá. Jamás dejaba de expresar ese sentimiento, tanto con sus palabras como con sus actos, hasta el punto de que en su generación se decía:
"Lleva consigo el alma del profeta Irmiahu."
Entre sus costumbres había una muy particular: mantenía siempre su ropa de Shabat al alcance de la mano, para que en el instante en que se oyera el sonido del shofar del Mashíaj no tuviera que perder ni un solo momento antes de salir a recibirlo.
Cierto día llegó a la casa de Rab Moshe la noticia de que su querido yerno, Rab Arie Leib Lipshitz, rabino de Vishnitz y autor del Arie Debei Ilaá, estaba por llegar de visita.
Toda la familia se llenó de alegría y comenzó enseguida con los preparativos para recibir al distinguido huésped. El propio Rab Moshe esperaba su llegada con enorme entusiasmo, pues cada visita significaba largas horas de estudio conjunto, profundizando en el Talmud y debatiendo apasionadamente cuestiones de Halajá.
A la hora prevista, toda la familia salió a esperar al visitante en la entrada de la casa.
Pero el carruaje no aparecía.
Los minutos pasaron... y se transformaron en horas.
La preocupación comenzó a hacerse sentir, y, como suele ocurrir, empezaron las conjeturas:
—Quizás entendimos mal su carta y en realidad pensaba venir otro día.
—Tal vez, jas veshalom, se enfermó.
—Puede que haya tenido algún contratiempo en el camino y el viaje se haya prolongado más de lo previsto.
—Quizás no imagina cuánto lo estamos esperando y por eso no tuvo apuro...
Cada uno aportaba una explicación distinta.
Mientras tanto, Rab Moshé permanecía en su habitación, completamente absorto en el estudio de la Guemará.
Algunos miembros de la familia subieron al altillo y se asomaron por la ventana que daba a la ruta que conducía a la ciudad de Oyhel. Parecía una competencia por ver quién sería el primero en divisar al visitante y correr a anunciar la noticia.
De pronto, a lo lejos apareció un pequeño punto que poco a poco fue haciéndose más grande.
El shamesh irrumpió emocionado en la habitación de Rab Moshé.
—¡Rebe!... ¡Llegó! —exclamó, y salió inmediatamente de nuevo hacia el ático para seguir observando.
No había pasado ni un minuto cuando Rab Moshé salió apresuradamente de su casa, vestido con sus relucientes ropas de Shabat. Su rostro irradiaba una alegría indescriptible; sus pies parecían no tocar el suelo, y todo su ser estaba envuelto en una inmensa emoción.
Aquello resultó bastante lllamativo, pues Rab Moshe aprovechaba cada instante de su tiempo con absoluto rigor, y jamás abandonaba su estudio sin una razón de enorme importancia.
Pero los ojos de todos estaban puestos en el carruaje que se acercaba, y nadie prestó atención a Rab Moshé.
Si lo hubieran hecho, habrían notado que su mirada estaba dirigida mucho más allá del horizonte. Afinaba el oído y agudizaba todos sus sentidos, intentando escuchar los pasos del Goel Tzedek.
Entonces ocurrió lo inesperado.
El carruaje se detuvo junto a él.
De él descendió... únicamente su yerno.
En ese instante Rab Moshé comprendió que había interpretado mal las palabras del shamesh. El "¡Llegó!" no se refería al Mashíaj, sino simplemente a la llegada de su yerno.
La desilusión fue tan inmensa, el dolor tan profundo, que no pudo soportarlo.
Cayó al suelo desmayado.
Las expresiones de alegría se apagaron de inmediato. Toda la familia corrió desesperada a asistirlo. Tras grandes esfuerzos lograron hacerlo reaccionar y recuperar el conocimiento.
Rab Moshé estaba extremadamente débil. Su rostro había perdido todo color.
Con un profundo suspiro murmuró:
—¡Ay!... Él no llegó... todavía no llegó...
Y no había una sola persona entre los presentes que no comprendiera perfectamente de quién estaba hablando.
*
Quizás nosotros estamos muy lejos del nivel de Rab Moshe Teitelbaum. Probablemente, si alguien gritara "¡Llegó!", lo último que pensaríamos sería que se refiere al Mashíaj.
Pero precisamente esa es la enseñanza que nos deja esta historia.
No se nos exige vivir con su nivel de grandeza, pero sí podemos incorporar algo de su forma de pensar. Podemos esforzarnos para que la Gueulá deje de ser una idea lejana y pase a ocupar un lugar central en nuestra vida; hablar más de ella, estudiarla, pedirla en nuestras tefilot y acostumbrarnos a mirar el mundo con la expectativa de que, en cualquier instante, todo puede cambiar.
Cuando una persona piensa constantemente en algo, eso termina moldeando su manera de vivir. Si llenamos nuestra mente y nuestro corazón con el anhelo de la Gueulá, también nuestras acciones comenzarán a reflejar esa esperanza.
Que podamos vivir con esa expectativa auténtica, aguardando cada día la llegada del Mashíaj, y que muy pronto dejemos de hablar de la Gueulá como una esperanza para comenzar a vivirla, con la llegada del Mashíaj, teikef umiyad mamash.
Fuente: Sijat Hashavua #1021
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