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martes, 1 de septiembre de 2026

Jai Elul - El Talmid Jajam que se volvió un Baal Agole - Alter Rebe



Un ilustre y prestigioso Talmid Jajam era Reb Yosef de Bishenkovitz. Toda su vida la había dedicado al estudio diligente de la Torá, mientras su suegro se ocupaba de sostenerlo económicamente. Luego de quedar viudo de su primera esposa, se dedicó a la enseñanza como Melamed.

En cierta ocasión, entró a lo del Alter Rebe para pedirle una Brajá. El Rebe le indicó que volviera a casarse y lo bendijo con un hijo varón y con larga vida. Antes de retirarse, el Rebe le transmitió un último mensaje:

—Por el bien de tu Neshamá, es mejor que seas un Baal Agole —un carretero— que un Rab.

Reb Yosef salió de allí algo aturdido. Al regresar a su ciudad, le fue propuesto un Shiduj con una mujer perteneciente a una importante familia, con quien finalmente contrajo matrimonio. Continuó dedicándose al estudio de la Torá, mientras su esposa dirigía un pequeño almacén. Poco tiempo después tuvieron un hijo, y la felicidad de la pareja no tenía límites.

El 24 de Tevet de 5573 [1813] tuvo lugar el Histalkut del Alter Rebe, durante su huida de la invasión francesa liderada por Napoleón. Fue enterrado en Haditch.

Un año más tarde, llegó una comitiva a la casa de Reb Yosef con una invitación y una solicitud: que aceptara el cargo de Rav de la comunidad de la ciudad de Lípoli.

Mientras escuchaba a los dirigentes, resonaban en sus oídos las palabras tajantes de su Rebe:

"Por el bien de tu Neshamá, es mejor que te dediques a ser un Baal Agole que un Rab."

Por eso, rechazó inmediatamente la propuesta.

Sin embargo, la decisión ahora le costaba muchísimo más. Ya era una persona adulta, respetada y reconocida por su comunidad. ¿Cómo podía convertirse ahora en carretero? ¡Sería la burla de todo el pueblo!

Pero, como fiel Jasid, no dudó. Se dirigió a la plaza de la ciudad y comenzó a aprender acerca del oficio: cómo tratar con los caballos, cómo conducir una carreta y todos los demás gajes del oficio.

Cuando los carreteros escucharon su petición, pensaron que estaba bromeando. Pero Reb Yosef insistió en que realmente quería aprender y que le enseñaran el oficio.

Su esposa, tan recta y piadosa como él, lo apoyó en todo momento. Incluso vendió sus propias joyas para poder comprar un caballo y una carreta.

Rápidamente, Reb Yosef aprendió el oficio y comenzó a trabajar como carretero, aprovechando cada momento libre para estudiar Torá.

Así pasaron dos años.

En cierta ocasión, Reb Yosef se encontraba realizando uno de sus viajes cuando decidió detenerse en una posada para pasar la noche. En el mismo lugar se hospedaba una importante comitiva perteneciente a uno de los Poritzim más distinguidos de toda la región. Entre ellos se encontraba su consejero personal, un Yehudi completamente asimilado llamado Salomón.

Aquella noche, Salomón escuchó unos llantos que provenían de la habitación contigua. Preocupado, comenzó a averiguar quién podía necesitar ayuda.

Al mirar por el cerrojo de la puerta, vio una escena que lo estremeció: Reb Yosef estaba sentado en el suelo, diciendo Tikun Jatzot a la luz de una vela.

Los llantos de Reb Yosef al pronunciar las palabras de Tehilim penetraron profundamente en su corazón y, en aquel preciso instante, despertaron en él los recuerdos de su infancia.

Se vio a sí mismo, a Shloime Leib, recordando cómo sus padres habían dedicado tanto esfuerzo a su Jinuj; sus hermosos años en el Shule y en el Jeider, y luego en la Yeshive. Recordó también cómo, lentamente, había comenzado a dejarse llevar por la corriente de los vientos de la época, hasta alejarse por completo de sus raíces.

Había abandonado a su propia familia y terminado convertido en el consejero y secretario de un Poritz, formando incluso una familia con una mujer no judía, ר"ל.

Salomon regresó a su habitación, pero ya no logró conciliar el sueño. Todo aquello que había intentado apartar de su mente durante tantos años se encontraba ahora, de repente, vivo frente a sus ojos, acompañado de un profundo sentimiento de remordimiento y arrepentimiento.

A la mañana siguiente, la dulce Tefilá de Reb Yosef volvió a llegar a los oídos de Salomon. Minutos después, pidió prestados un Talit y unos Tefilín, y volcó todo su corazón en un Davenen que se prolongó durante largo rato.

Aquella misma noche, Salomon cayó gravemente enfermo. Una fiebre muy alta comenzó a debilitarlo hasta hacerlo desvanecerse.

Reb Yosef fue llamado a su habitación. Allí, Salomon le contó todo lo que había sucedido a lo largo de su vida y terminó diciéndole que había decidido regresar por completo en Teshubá.

Los médicos que acudieron a tratarlo no encontraban remedio ni veían un pronóstico favorable para su estado. Incluso cuando llegó el médico personal del Poritz, para entonces la situación había empeorado considerablemente, y lo examinó, dejó claro que no quedaba esperanza alguna.

Al salir de la habitación, donde se encontraban el Poritz y los demás miembros de la comitiva, el médico simplemente comentó:

—Pobre y desdichado Salomon. Me acabo de enterar de una terrible noticia: también de su esposa he escuchado una tragedia. Mientras viajaban en un barco, este se hundió y no quedó rastro alguno de sus pasajeros...

El Poritz advirtió que no informaran al desafortunado Salomon de aquella terrible noticia. Pero Reb Yosef sabía que debía conocerla. En aquel momento, lo más importante era hacerle saber que su decisión de regresar a sus raíces y hacer Teshubá había sido recibida en el Shamaim.

Se acercó a su cama y se lo susurró al oído. Luego le contó, con cuidado, lo sucedido: su esposa y su familia habían perdido la vida en un naufragio y no había quedado rastro de los pasajeros.

Aquellas palabras produjeron en Salomon un profundo impacto. Apenas habían pasado un par de minutos cuando el enfermo, que hasta entonces se encontraba al borde de la muerte, abrió levemente los ojos. Desde ese momento comenzó una mejoría completamente inesperada. Poco después fue trasladado a Vítebsk para continuar allí su recuperación, mientras Reb Yosef siguió su camino.

Tiempo después, Reb Yosef, el "Baal Agole",  viajó a Lubavitch para encontrarse con el sucesor del Alter Rebe, su hijo, el Miteler Rebe.

Al llegar, se encontró con alguien que le resultaba familiar.
—¡Shloime Leib! —lo saludó con emoción.

El hombre lo reconoció y le contó que, después de lo sucedido, el Poritz le había concedido un tiempo de descanso. Aprovechó entonces la oportunidad para escapar y dirigirse a Lubavitch, en busca de guía y orientación para comenzar una nueva vida.

Así, Shloime Leib se convirtió en un verdadero y sincero Baal Teshubá.

Cuando Reb Yosef, el Baal Agole, entró posteriormente a Yejidut con el Miteler Rebe, el Rebe le dijo:

—Por un acto de bien individual y particular, para salvar una Neshamá, mi padre hizo que un Talmid Jojom como vos se convirtiera en carretero. Ahora, por el bien general, por el bien de toda la comunidad, haré de este Baal Agole un Mashpía.

A partir de entonces, Reb Yosef, «el Baal Agole», regresó a su ciudad natal para dirigir a los Jasidim locales y guiar a toda la comunidad por las sendas de Jasidut y Avodat Hashem.


*

A veces, el camino que Hashem nos marca puede parecer incomprensible. Reb Yosef era un gran Talmid Jajam, y sin embargo, el Alter Rebe le indicó que dejara el Rabanut y se convirtiera en un simple carretero. Solo mucho tiempo después pudo comprender el porqué: desde aquella carreta, en medio de un viaje y de una noche cualquiera, logró despertar la Neshamá de un Yehudi que parecía haberlo perdido todo.

Y entonces se reveló la profundidad de las palabras del Alter Rebe: no se trataba de que Reb Yosef dejara de ser un Talmid Jajam, sino de que pusiera toda su Torá al servicio de una misión mucho más grande. Porque cuando un Yehudi se entrega verdaderamente a la voluntad del Rebe, incluso aquello que parece un descenso puede ser, en realidad, el camino hacia el propósito más elevado.


©JasidiNews

Jai Elul - La fuerza del Bitajón en Hashem - Baal Shem Tov



Un día, el Baal Shem Tov escuchó hablar de un judío, habitante de uno de las aldeas, cuyo corazón estaba lleno de confianza en Hashem y que jamás se dejaba llevar por preocupación alguna. El Baal Shem Tov decidió conocer personalmente a aquel judío y viajó hasta su casa.

El hombre recibió a su huésped, sin saber quién era, con un semblante amable y cordial. Mientras conversaban, el Baal Shem Tov comenzó a preguntarle acerca de su vida y de sus actividades. Así descubrió que aquel hombre tenía arrendada una propiedad perteneciente al Poritz,  señor feudal de la región. Allí administraba una posada y se dedicaba también a cultivar la tierra.

—¿Cuánto pagas de alquiler? —preguntó el Baal Shem Tov.

—Tres mil monedas al año —respondió el hombre.

—¿Y en cuántos pagos debes entregar ese dinero?

—Lo pago todo de una sola vez, al finalizar el año de alquiler.

A medida que avanzaba la conversación, el Baal Shem Tov descubrió que el año de alquiler estaba a punto de culminar: faltaban apenas unos días.

—¿Ya has conseguido reunir toda la suma, o al menos la mayor parte? —preguntó a su anfitrión.

—Todavía no —respondió.

—¿Quizás cuentas con las deudas que otras personas tienen contigo? —continuó preguntando el Baal Shem Tov.

—Tampoco —respondió el hombre con tranquilidad—. Nadie me debe ni una moneda. Yo confío únicamente en Hakadosh Baruj Hu.

El Baal Shem Tov no desistió.

—¿Por qué no intentas conseguir el dinero? ¡Quizás podrías pedirles un préstamo a algunos amigos!

—Está escrito claramente en Tehilim: 
"טוֹב לַחֲסוֹת בַּה' מִבְּטֹחַ בִּנְדִיבִים"
«Es mejor refugiarse en Hashem que confiar en el ser humano» —respondió el hombre con sencillez—. Una persona hoy está aquí y mañana quién sabe dónde, mientras que Hashem no abandona al necesitado en el día de la angustia.

El Baal Shem Tov quedó profundamente impresionado por el nivel de bitajón que demostraba aquel yehudi pashut. Le pidió entonces permiso para quedarse en su casa unos días más, para ver cómo terminaría todo.

El hombre aceptó de buen grado.

—Hajnasat Orjim es una mitzvá muy importante —comentó—, y continuó atendiendo al Baal Shem Tov durante los días siguientes.

Dos días antes de cumplirse el año de alquiler, llegaron a la propiedad los representantes del Poritz y exigieron al judío que saldara su deuda.

—Díganle al señor que todavía no ha llegado el momento del pago —respondió el hombre.

A la mañana siguiente, al amanecer, los hombres del Poritz regresaron para reclamar nuevamente el alquiler.

—Todavía queda mucho día por delante —les respondió el arrendatario, tal como en su momento había dicho Nakdimón ben Gurión.

Al mediodía, se detuvo frente a la propiedad un carruaje tirado por caballos. De él descendieron tres comerciantes de cereales.

—Queremos comprarle al señor feudal [dueño de estos terenos] determinada cantidad de trigo, determinada cantidad de cebada y determinada cantidad de avena —dijeron—. Hemos oído que el señor feudal es un hombre difícil y que no es sencillo hacer negocios con él. También nos han dicho que tú tienes experiencia tratando con él. Por eso queremos pedirte que intermedies entre nosotros y el señor feudal. Te pagaremos generosamente por tus servicios.

El judío los escuchó, oyó cuánto estaban dispuestos a pagar por la compra y les dijo:

—En mi opinión, el precio que están dispuestos a pagar por el cereal es demasiado alto. Supongo que el señor aceptará hacer el negocio incluso por una suma menor. En cambio, por mi trabajo como intermediario les pido tres mil monedas de oro.

Los comerciantes lo miraron como se mira a una persona codiciosa o a alguien que no sabe valorar razonablemente el precio de su trabajo.

—Quien pretende demasiado termina sin nada —le dijeron—. Estamos dispuestos a pagarte quinientas monedas de oro, pero ni una más.

El hombre se negó a negociar.

—Aunque me ofrecieran tres mil monedas de oro menos una sola, no aceptaría —les anunció con absoluta serenidad. E inmediatamente agregó—: Por favor, son libres de dirigirse ustedes mismos al señor feudal, o búsquense otro intermediario.

—Seguiremos nuestro camino y esperamos encontrar un intermediario más razonable —dijeron los comerciantes, decepcionados, mientras se marchaban.

—Vayan, y que Hashem los ayude —los bendijo el hombre.

Los comerciantes se fueron y el judío regresó tranquilamente a sus ocupaciones, con una serenidad asombrosa.

Faltaban apenas unas horas para que venciera el plazo del pago que había asumido frente al dueño de la propiedad, y, sin embargo, estaba dispuesto a dejar pasar un negocio que podría haberle permitido pagar una parte considerable de su deuda.

El judío se sentó y estudió un Sefer. Luego llegó la hora de Minjá, y se puso a rezar tranquilamente y con kavaná.

El día fue llegando a su fin y el sol ya estaba por ponerse. Por tercera vez, los representantes del Poritz se presentaron en su casa y le exigieron el pago, esta vez con mucha mayor firmeza.

—¡No te burles de nosotros! —protestaron enojados—. ¡Ya se te acabaron todas las excusas!

—Quédense aquí y les traeré el dinero —les respondió el judío.

Salió de su casa, se dirigió a la entrada de la propiedad y contempló el horizonte. El Baal Shem Tov observaba atentamente lo que estaba sucediendo.

De pronto, apareció a lo lejos el carruaje de los comerciantes, regresando hacia la propiedad. Los caballos se detuvieron relinchando, levantando con sus patas una nube de polvo.

—¡Aceptamos! ¡Aceptamos! —gritaron los tres al arrendatario.

Le contaron que todas las ofertas que habían recibido durante las últimas horas eran mucho más elevadas que la propuesta que él les había hecho, incluso teniendo en cuenta la elevada suma que les había pedido por la intermediación.

El arrendatario se dirigió entonces al Poritz, intermedió con éxito en el negocio, recibió sus honorarios y pagó su deuda hasta la última moneda.

Tiempo después, cuando el Baal Shem Tov contó a sus alumnos acerca de aquel arrendatario, concluyó diciendo:

—Gracias a su extraordinario bitajón, este judío tuvo el mérito de que todos aquellos que entraron en contacto con él terminaran satisfechos. El Poritz y los comerciantes quedaron satisfechos con el exitoso negocio que realizaron entre ellos;
 el propio arrendatario recibió generosamente su recompensa y pudo saldar su deuda; 
Hashem estaba complacido con la fe pura y sencilla que había demostrado aquel simple hombre del pueblo;
y yo también salí beneficiado, pues tuve el mérito de presenciar una manifestación tan extraordinaria de bitajón en Hashem.



Fuente: Sijat Hashavua #976
©JasidiNews

15 de Elul - 129 años de Tomjei Tmimim



Durante los años más duros del régimen soviético, cuando estudiar Torá estaba prohibido y podía significar un verdadero peligro, un grupo de jóvenes jasidim se encontraban en Samarkand (Uzbekistán).

No tenían un edificio de yeshivá. No tenían aulas, dormitorios ni una institución organizada. Estudiaban clandestinamente, en casas particulares, tratando de mantener un seder de estudio de Torá y Jasidut a pesar de todas las dificultades.

Entre aquellos jóvenes estaba Reb Hilel Zaltzman quien años más tarde dejó por escrito sus memorias de aquellos tiempos.

En una oportunidad llegó a Samarcand Reb Mendel Futerfas.

Al encontrarse con Hilel, Reb Mendel comenzó a preguntar:

—¿Qué pasa con la yeshivá?

Reb Hilel no entendía la pregunta.

—¿Qué yeshivá? —respondió—. ¿De qué está hablando?

Reb Mendel volvió a preguntar:

—¿Qué pasa con la yeshivá?

Hilel le explicó que no había ninguna yeshivá allí. Eran simplemente unos pocos jóvenes que se habían reunido para estudiar.

Entonces Reb Mendel le dijo:

—¿Qué pensás? ¿Que una yeshive significa necesariamente un edificio, cientos de alumnos y todas las instalaciones? Si hay unos cuantos bojurim que estudian con un seder de Tomjei Tmimim [Nigle y Jasidut], ¡eso es una yeshivá!

Para Reb Mendel, la definición era muy sencilla.

Tomjei Tmimim no era un edificio. No dependía de cuántos alumnos hubiera, ni de dónde estuvieran, ni de las condiciones materiales.

Si había un grupo de jóvenes que estudiaba como un Tomim, con el seder de Nigle y Jasidut y con el espíritu de Tomjei Tmimim, allí estaba la yeshivá.

Y hay un detalle muy especial sobre el propio Reb Hilel.

Años después, en Simjat Torá, acostumbraba recibir la séptima hakafá, la hakafá de Tomjei Tmimim. Y al llegar ese momento, decía con gran emoción:
“Tomjei Tmimim, Hoshía Na!”

Su pensamiento estaba en ese momento en todos los bojurim que, como él mismo había hecho, seguían estudiando clandestinamente en distintos lugares de la Unión Soviética, luchando para mantener viva la llama de la Torá y del jasidut.

Así, aquel mismo Hillel que una vez había preguntado:
“¿Qué yeshivá?”
había llegado a comprender profundamente qué era Tomjei Tmimim.

Porque una yeshivá puede tener un edificio, aulas y cientos de alumnos. Pero Tomjei Tmimim es mucho más que eso.
Tomjei Tmimim es una forma de vida.

Es un seder de estudio. Es Jasidut. Es avodá. Es la decisión de que la Torá y el jasidut no sean solamente algo que uno estudia, sino algo que transforma quién es.

Y por eso, incluso en una casa escondida de Samarcand, bajo el régimen soviético, R' Mendel pudo mirar a unos pocos jóvenes y decir:

“Esto es Tomjei Tmimim.”


Fuente: "Samarkand", R' Hilel Zaltzman.

*

Quizás esa es la enseñanza más profunda de esta historia.

Tomjei Tmimim no está limitada a un edificio, a una ciudad ni siquiera a los años de yeshivá.
Un bojer puede encontrarse en Lubavitch, en Samarkand o en cualquier otro lugar del mundo. Si tiene un seder fijo de Nigle y Jasidut, si estudia cada día y vive de acuerdo con lo que aprende, es un Tomim con todas las letras.

Y esto no termina cuando uno deja la yeshivá. Puede llegar el momento en que el bajur se case, maneje un negocio, tenga una profesión, una familia y múltiples responsabilidades. Pero si, en medio de todo eso, cada día encuentra el tiempo para sentarse a estudiar Nigle y Jasidut, manteniendo el seder que recibió de Tomjei Tmimim, tiene el mismo derecho y el mismo mérito de llamarse Tomim.

Porque “Tomim” no es solamente el que estudió en Tomjei Tmimim; es el que lleva a Tomjei Tmimim consigo durante toda su vida.

Eso fue lo que R' Mendel Futerfas le enseñó a R' Hilel Zaltzman en Samarkand. Donde hay un Tomim, allí está Tomjei Tmimim.


©JasidiNews