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martes, 1 de septiembre de 2026

Jai Elul - El Talmid Jajam que se volvió un Baal Agole - Alter Rebe



Un ilustre y prestigioso Talmid Jajam era Reb Yosef de Bishenkovitz. Toda su vida la había dedicado al estudio diligente de la Torá, mientras su suegro se ocupaba de sostenerlo económicamente. Luego de quedar viudo de su primera esposa, se dedicó a la enseñanza como Melamed.

En cierta ocasión, entró a lo del Alter Rebe para pedirle una Brajá. El Rebe le indicó que volviera a casarse y lo bendijo con un hijo varón y con larga vida. Antes de retirarse, el Rebe le transmitió un último mensaje:

—Por el bien de tu Neshamá, es mejor que seas un Baal Agole —un carretero— que un Rab.

Reb Yosef salió de allí algo aturdido. Al regresar a su ciudad, le fue propuesto un Shiduj con una mujer perteneciente a una importante familia, con quien finalmente contrajo matrimonio. Continuó dedicándose al estudio de la Torá, mientras su esposa dirigía un pequeño almacén. Poco tiempo después tuvieron un hijo, y la felicidad de la pareja no tenía límites.

El 24 de Tevet de 5573 [1813] tuvo lugar el Histalkut del Alter Rebe, durante su huida de la invasión francesa liderada por Napoleón. Fue enterrado en Haditch.

Un año más tarde, llegó una comitiva a la casa de Reb Yosef con una invitación y una solicitud: que aceptara el cargo de Rav de la comunidad de la ciudad de Lípoli.

Mientras escuchaba a los dirigentes, resonaban en sus oídos las palabras tajantes de su Rebe:

"Por el bien de tu Neshamá, es mejor que te dediques a ser un Baal Agole que un Rab."

Por eso, rechazó inmediatamente la propuesta.

Sin embargo, la decisión ahora le costaba muchísimo más. Ya era una persona adulta, respetada y reconocida por su comunidad. ¿Cómo podía convertirse ahora en carretero? ¡Sería la burla de todo el pueblo!

Pero, como fiel Jasid, no dudó. Se dirigió a la plaza de la ciudad y comenzó a aprender acerca del oficio: cómo tratar con los caballos, cómo conducir una carreta y todos los demás gajes del oficio.

Cuando los carreteros escucharon su petición, pensaron que estaba bromeando. Pero Reb Yosef insistió en que realmente quería aprender y que le enseñaran el oficio.

Su esposa, tan recta y piadosa como él, lo apoyó en todo momento. Incluso vendió sus propias joyas para poder comprar un caballo y una carreta.

Rápidamente, Reb Yosef aprendió el oficio y comenzó a trabajar como carretero, aprovechando cada momento libre para estudiar Torá.

Así pasaron dos años.

En cierta ocasión, Reb Yosef se encontraba realizando uno de sus viajes cuando decidió detenerse en una posada para pasar la noche. En el mismo lugar se hospedaba una importante comitiva perteneciente a uno de los Poritzim más distinguidos de toda la región. Entre ellos se encontraba su consejero personal, un Yehudi completamente asimilado llamado Salomón.

Aquella noche, Salomón escuchó unos llantos que provenían de la habitación contigua. Preocupado, comenzó a averiguar quién podía necesitar ayuda.

Al mirar por el cerrojo de la puerta, vio una escena que lo estremeció: Reb Yosef estaba sentado en el suelo, diciendo Tikun Jatzot a la luz de una vela.

Los llantos de Reb Yosef al pronunciar las palabras de Tehilim penetraron profundamente en su corazón y, en aquel preciso instante, despertaron en él los recuerdos de su infancia.

Se vio a sí mismo, a Shloime Leib, recordando cómo sus padres habían dedicado tanto esfuerzo a su Jinuj; sus hermosos años en el Shule y en el Jeider, y luego en la Yeshive. Recordó también cómo, lentamente, había comenzado a dejarse llevar por la corriente de los vientos de la época, hasta alejarse por completo de sus raíces.

Había abandonado a su propia familia y terminado convertido en el consejero y secretario de un Poritz, formando incluso una familia con una mujer no judía, ר"ל.

Salomon regresó a su habitación, pero ya no logró conciliar el sueño. Todo aquello que había intentado apartar de su mente durante tantos años se encontraba ahora, de repente, vivo frente a sus ojos, acompañado de un profundo sentimiento de remordimiento y arrepentimiento.

A la mañana siguiente, la dulce Tefilá de Reb Yosef volvió a llegar a los oídos de Salomon. Minutos después, pidió prestados un Talit y unos Tefilín, y volcó todo su corazón en un Davenen que se prolongó durante largo rato.

Aquella misma noche, Salomon cayó gravemente enfermo. Una fiebre muy alta comenzó a debilitarlo hasta hacerlo desvanecerse.

Reb Yosef fue llamado a su habitación. Allí, Salomon le contó todo lo que había sucedido a lo largo de su vida y terminó diciéndole que había decidido regresar por completo en Teshubá.

Los médicos que acudieron a tratarlo no encontraban remedio ni veían un pronóstico favorable para su estado. Incluso cuando llegó el médico personal del Poritz, para entonces la situación había empeorado considerablemente, y lo examinó, dejó claro que no quedaba esperanza alguna.

Al salir de la habitación, donde se encontraban el Poritz y los demás miembros de la comitiva, el médico simplemente comentó:

—Pobre y desdichado Salomon. Me acabo de enterar de una terrible noticia: también de su esposa he escuchado una tragedia. Mientras viajaban en un barco, este se hundió y no quedó rastro alguno de sus pasajeros...

El Poritz advirtió que no informaran al desafortunado Salomon de aquella terrible noticia. Pero Reb Yosef sabía que debía conocerla. En aquel momento, lo más importante era hacerle saber que su decisión de regresar a sus raíces y hacer Teshubá había sido recibida en el Shamaim.

Se acercó a su cama y se lo susurró al oído. Luego le contó, con cuidado, lo sucedido: su esposa y su familia habían perdido la vida en un naufragio y no había quedado rastro de los pasajeros.

Aquellas palabras produjeron en Salomon un profundo impacto. Apenas habían pasado un par de minutos cuando el enfermo, que hasta entonces se encontraba al borde de la muerte, abrió levemente los ojos. Desde ese momento comenzó una mejoría completamente inesperada. Poco después fue trasladado a Vítebsk para continuar allí su recuperación, mientras Reb Yosef siguió su camino.

Tiempo después, Reb Yosef, el "Baal Agole",  viajó a Lubavitch para encontrarse con el sucesor del Alter Rebe, su hijo, el Miteler Rebe.

Al llegar, se encontró con alguien que le resultaba familiar.
—¡Shloime Leib! —lo saludó con emoción.

El hombre lo reconoció y le contó que, después de lo sucedido, el Poritz le había concedido un tiempo de descanso. Aprovechó entonces la oportunidad para escapar y dirigirse a Lubavitch, en busca de guía y orientación para comenzar una nueva vida.

Así, Shloime Leib se convirtió en un verdadero y sincero Baal Teshubá.

Cuando Reb Yosef, el Baal Agole, entró posteriormente a Yejidut con el Miteler Rebe, el Rebe le dijo:

—Por un acto de bien individual y particular, para salvar una Neshamá, mi padre hizo que un Talmid Jojom como vos se convirtiera en carretero. Ahora, por el bien general, por el bien de toda la comunidad, haré de este Baal Agole un Mashpía.

A partir de entonces, Reb Yosef, «el Baal Agole», regresó a su ciudad natal para dirigir a los Jasidim locales y guiar a toda la comunidad por las sendas de Jasidut y Avodat Hashem.


*

A veces, el camino que Hashem nos marca puede parecer incomprensible. Reb Yosef era un gran Talmid Jajam, y sin embargo, el Alter Rebe le indicó que dejara el Rabanut y se convirtiera en un simple carretero. Solo mucho tiempo después pudo comprender el porqué: desde aquella carreta, en medio de un viaje y de una noche cualquiera, logró despertar la Neshamá de un Yehudi que parecía haberlo perdido todo.

Y entonces se reveló la profundidad de las palabras del Alter Rebe: no se trataba de que Reb Yosef dejara de ser un Talmid Jajam, sino de que pusiera toda su Torá al servicio de una misión mucho más grande. Porque cuando un Yehudi se entrega verdaderamente a la voluntad del Rebe, incluso aquello que parece un descenso puede ser, en realidad, el camino hacia el propósito más elevado.


©JasidiNews

Jai Elul - La fuerza del Bitajón en Hashem - Baal Shem Tov



Un día, el Baal Shem Tov escuchó hablar de un judío, habitante de uno de las aldeas, cuyo corazón estaba lleno de confianza en Hashem y que jamás se dejaba llevar por preocupación alguna. El Baal Shem Tov decidió conocer personalmente a aquel judío y viajó hasta su casa.

El hombre recibió a su huésped, sin saber quién era, con un semblante amable y cordial. Mientras conversaban, el Baal Shem Tov comenzó a preguntarle acerca de su vida y de sus actividades. Así descubrió que aquel hombre tenía arrendada una propiedad perteneciente al Poritz,  señor feudal de la región. Allí administraba una posada y se dedicaba también a cultivar la tierra.

—¿Cuánto pagas de alquiler? —preguntó el Baal Shem Tov.

—Tres mil monedas al año —respondió el hombre.

—¿Y en cuántos pagos debes entregar ese dinero?

—Lo pago todo de una sola vez, al finalizar el año de alquiler.

A medida que avanzaba la conversación, el Baal Shem Tov descubrió que el año de alquiler estaba a punto de culminar: faltaban apenas unos días.

—¿Ya has conseguido reunir toda la suma, o al menos la mayor parte? —preguntó a su anfitrión.

—Todavía no —respondió.

—¿Quizás cuentas con las deudas que otras personas tienen contigo? —continuó preguntando el Baal Shem Tov.

—Tampoco —respondió el hombre con tranquilidad—. Nadie me debe ni una moneda. Yo confío únicamente en Hakadosh Baruj Hu.

El Baal Shem Tov no desistió.

—¿Por qué no intentas conseguir el dinero? ¡Quizás podrías pedirles un préstamo a algunos amigos!

—Está escrito claramente en Tehilim: 
"טוֹב לַחֲסוֹת בַּה' מִבְּטֹחַ בִּנְדִיבִים"
«Es mejor refugiarse en Hashem que confiar en el ser humano» —respondió el hombre con sencillez—. Una persona hoy está aquí y mañana quién sabe dónde, mientras que Hashem no abandona al necesitado en el día de la angustia.

El Baal Shem Tov quedó profundamente impresionado por el nivel de bitajón que demostraba aquel yehudi pashut. Le pidió entonces permiso para quedarse en su casa unos días más, para ver cómo terminaría todo.

El hombre aceptó de buen grado.

—Hajnasat Orjim es una mitzvá muy importante —comentó—, y continuó atendiendo al Baal Shem Tov durante los días siguientes.

Dos días antes de cumplirse el año de alquiler, llegaron a la propiedad los representantes del Poritz y exigieron al judío que saldara su deuda.

—Díganle al señor que todavía no ha llegado el momento del pago —respondió el hombre.

A la mañana siguiente, al amanecer, los hombres del Poritz regresaron para reclamar nuevamente el alquiler.

—Todavía queda mucho día por delante —les respondió el arrendatario, tal como en su momento había dicho Nakdimón ben Gurión.

Al mediodía, se detuvo frente a la propiedad un carruaje tirado por caballos. De él descendieron tres comerciantes de cereales.

—Queremos comprarle al señor feudal [dueño de estos terenos] determinada cantidad de trigo, determinada cantidad de cebada y determinada cantidad de avena —dijeron—. Hemos oído que el señor feudal es un hombre difícil y que no es sencillo hacer negocios con él. También nos han dicho que tú tienes experiencia tratando con él. Por eso queremos pedirte que intermedies entre nosotros y el señor feudal. Te pagaremos generosamente por tus servicios.

El judío los escuchó, oyó cuánto estaban dispuestos a pagar por la compra y les dijo:

—En mi opinión, el precio que están dispuestos a pagar por el cereal es demasiado alto. Supongo que el señor aceptará hacer el negocio incluso por una suma menor. En cambio, por mi trabajo como intermediario les pido tres mil monedas de oro.

Los comerciantes lo miraron como se mira a una persona codiciosa o a alguien que no sabe valorar razonablemente el precio de su trabajo.

—Quien pretende demasiado termina sin nada —le dijeron—. Estamos dispuestos a pagarte quinientas monedas de oro, pero ni una más.

El hombre se negó a negociar.

—Aunque me ofrecieran tres mil monedas de oro menos una sola, no aceptaría —les anunció con absoluta serenidad. E inmediatamente agregó—: Por favor, son libres de dirigirse ustedes mismos al señor feudal, o búsquense otro intermediario.

—Seguiremos nuestro camino y esperamos encontrar un intermediario más razonable —dijeron los comerciantes, decepcionados, mientras se marchaban.

—Vayan, y que Hashem los ayude —los bendijo el hombre.

Los comerciantes se fueron y el judío regresó tranquilamente a sus ocupaciones, con una serenidad asombrosa.

Faltaban apenas unas horas para que venciera el plazo del pago que había asumido frente al dueño de la propiedad, y, sin embargo, estaba dispuesto a dejar pasar un negocio que podría haberle permitido pagar una parte considerable de su deuda.

El judío se sentó y estudió un Sefer. Luego llegó la hora de Minjá, y se puso a rezar tranquilamente y con kavaná.

El día fue llegando a su fin y el sol ya estaba por ponerse. Por tercera vez, los representantes del Poritz se presentaron en su casa y le exigieron el pago, esta vez con mucha mayor firmeza.

—¡No te burles de nosotros! —protestaron enojados—. ¡Ya se te acabaron todas las excusas!

—Quédense aquí y les traeré el dinero —les respondió el judío.

Salió de su casa, se dirigió a la entrada de la propiedad y contempló el horizonte. El Baal Shem Tov observaba atentamente lo que estaba sucediendo.

De pronto, apareció a lo lejos el carruaje de los comerciantes, regresando hacia la propiedad. Los caballos se detuvieron relinchando, levantando con sus patas una nube de polvo.

—¡Aceptamos! ¡Aceptamos! —gritaron los tres al arrendatario.

Le contaron que todas las ofertas que habían recibido durante las últimas horas eran mucho más elevadas que la propuesta que él les había hecho, incluso teniendo en cuenta la elevada suma que les había pedido por la intermediación.

El arrendatario se dirigió entonces al Poritz, intermedió con éxito en el negocio, recibió sus honorarios y pagó su deuda hasta la última moneda.

Tiempo después, cuando el Baal Shem Tov contó a sus alumnos acerca de aquel arrendatario, concluyó diciendo:

—Gracias a su extraordinario bitajón, este judío tuvo el mérito de que todos aquellos que entraron en contacto con él terminaran satisfechos. El Poritz y los comerciantes quedaron satisfechos con el exitoso negocio que realizaron entre ellos;
 el propio arrendatario recibió generosamente su recompensa y pudo saldar su deuda; 
Hashem estaba complacido con la fe pura y sencilla que había demostrado aquel simple hombre del pueblo;
y yo también salí beneficiado, pues tuve el mérito de presenciar una manifestación tan extraordinaria de bitajón en Hashem.



Fuente: Sijat Hashavua #976
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15 de Elul - 129 años de Tomjei Tmimim



Durante los años más duros del régimen soviético, cuando estudiar Torá estaba prohibido y podía significar un verdadero peligro, un grupo de jóvenes jasidim se encontraban en Samarkand (Uzbekistán).

No tenían un edificio de yeshivá. No tenían aulas, dormitorios ni una institución organizada. Estudiaban clandestinamente, en casas particulares, tratando de mantener un seder de estudio de Torá y Jasidut a pesar de todas las dificultades.

Entre aquellos jóvenes estaba Reb Hilel Zaltzman quien años más tarde dejó por escrito sus memorias de aquellos tiempos.

En una oportunidad llegó a Samarcand Reb Mendel Futerfas.

Al encontrarse con Hilel, Reb Mendel comenzó a preguntar:

—¿Qué pasa con la yeshivá?

Reb Hilel no entendía la pregunta.

—¿Qué yeshivá? —respondió—. ¿De qué está hablando?

Reb Mendel volvió a preguntar:

—¿Qué pasa con la yeshivá?

Hilel le explicó que no había ninguna yeshivá allí. Eran simplemente unos pocos jóvenes que se habían reunido para estudiar.

Entonces Reb Mendel le dijo:

—¿Qué pensás? ¿Que una yeshive significa necesariamente un edificio, cientos de alumnos y todas las instalaciones? Si hay unos cuantos bojurim que estudian con un seder de Tomjei Tmimim [Nigle y Jasidut], ¡eso es una yeshivá!

Para Reb Mendel, la definición era muy sencilla.

Tomjei Tmimim no era un edificio. No dependía de cuántos alumnos hubiera, ni de dónde estuvieran, ni de las condiciones materiales.

Si había un grupo de jóvenes que estudiaba como un Tomim, con el seder de Nigle y Jasidut y con el espíritu de Tomjei Tmimim, allí estaba la yeshivá.

Y hay un detalle muy especial sobre el propio Reb Hilel.

Años después, en Simjat Torá, acostumbraba recibir la séptima hakafá, la hakafá de Tomjei Tmimim. Y al llegar ese momento, decía con gran emoción:
“Tomjei Tmimim, Hoshía Na!”

Su pensamiento estaba en ese momento en todos los bojurim que, como él mismo había hecho, seguían estudiando clandestinamente en distintos lugares de la Unión Soviética, luchando para mantener viva la llama de la Torá y del jasidut.

Así, aquel mismo Hillel que una vez había preguntado:
“¿Qué yeshivá?”
había llegado a comprender profundamente qué era Tomjei Tmimim.

Porque una yeshivá puede tener un edificio, aulas y cientos de alumnos. Pero Tomjei Tmimim es mucho más que eso.
Tomjei Tmimim es una forma de vida.

Es un seder de estudio. Es Jasidut. Es avodá. Es la decisión de que la Torá y el jasidut no sean solamente algo que uno estudia, sino algo que transforma quién es.

Y por eso, incluso en una casa escondida de Samarcand, bajo el régimen soviético, R' Mendel pudo mirar a unos pocos jóvenes y decir:

“Esto es Tomjei Tmimim.”


Fuente: "Samarkand", R' Hilel Zaltzman.

*

Quizás esa es la enseñanza más profunda de esta historia.

Tomjei Tmimim no está limitada a un edificio, a una ciudad ni siquiera a los años de yeshivá.
Un bojer puede encontrarse en Lubavitch, en Samarkand o en cualquier otro lugar del mundo. Si tiene un seder fijo de Nigle y Jasidut, si estudia cada día y vive de acuerdo con lo que aprende, es un Tomim con todas las letras.

Y esto no termina cuando uno deja la yeshivá. Puede llegar el momento en que el bajur se case, maneje un negocio, tenga una profesión, una familia y múltiples responsabilidades. Pero si, en medio de todo eso, cada día encuentra el tiempo para sentarse a estudiar Nigle y Jasidut, manteniendo el seder que recibió de Tomjei Tmimim, tiene el mismo derecho y el mismo mérito de llamarse Tomim.

Porque “Tomim” no es solamente el que estudió en Tomjei Tmimim; es el que lleva a Tomjei Tmimim consigo durante toda su vida.

Eso fue lo que R' Mendel Futerfas le enseñó a R' Hilel Zaltzman en Samarkand. Donde hay un Tomim, allí está Tomjei Tmimim.


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martes, 25 de agosto de 2026

La angustia no estaba decretada


El rostro del médico era grave. Volvió a revisar una y otra vez la historia clínica y examinó las imágenes.

—No habrá otra alternativa. Tarde o temprano tendrás que someterte a un trasplante —sentenció—. Y es mejor hacerlo cuanto antes, antes de que tu estado de salud empeore.

Las palabras del médico llenaron de angustia al hombre que estaba sentado frente a él. Un miedo paralizante recorrió todo su cuerpo. De ser una persona sana pasó a convertirse en un 'candidato a trasplante', y de repente se vio inmerso en un nuevo mundo de términos médicos que estaban destinados a afectar toda su vida.

Eran los primeros días del mes de Elul, pero para él ya eran Iamim Noraim... Su estado de salud obligó a acelerar todos los procedimientos. Se sometió a una serie exhaustiva de estudios y, pocos días después, recibió la noticia de que había sido colocado en un lugar privilegiado de la lista de espera y que, probablemente, el trasplante se realizaría inmediatamente después de Simjat Torá.

La noticia le dio esperanza, pero al mismo tiempo lo llenó de temor. Los médicos le explicaron no solo las posibilidades de éxito, sino también los riesgos, y esos pensamientos perturbaban su tranquilidad. Sentía con enorme intensidad el significado de las palabras que pronunciamos en los Iamim Noraim: "Quién vivirá y quién morirá..."

Como jasid del Rebe de Gur, el Pnei Menajem, Rab Pinjas-Menajem Alter, fue a pedirle consejo y recibir su Broje. Con las piernas temblorosas entró en su habitación y le contó todo lo que había sucedido y lo que los médicos le habían dicho.

El Rebe se interesó por los detalles y quiso saber quiénes eran los médicos que lo habían examinado y quién sería el médico encargado de realizar el trasplante.

—Gracias a Di-s, me adelantaron y ahora estoy al principio de la lista. Beezrat Hashem, el trasplante se realizará después de Simjat Torá —dijo el jasid.

El Rebe lo miró con ojos llenos de ternura y afecto paternal.

—Un nuevo año está por comenzar. ¿Por qué tienes que preocuparte por el mañana? Con la ayuda de Hashem te recuperarás y no necesitarás ningún trasplante —le dijo.

El jasid quedó boquiabierto de asombro. Cuando salió de la habitación era un hombre diferente. Sus pasos se volvieron ligeros y, con cada uno de ellos, se desprendían de él las pesadas cargas de tensión y angustia que llevaba consigo.

—¡El Rebe me dijo que no necesitaré un trasplante! —les anunció a sus familiares con la voz entrecortada por la alegría.

Volvió a ser el hombre que había sido y se entregó a la Avodá espiritual de los días de Elul y de las Slijot, preparándose para el inminente Rosh Hashaná.

Pasó los días de Rosh Hashaná junto a miles de jasidim en el beit midrash del Rebe, en una elevación espiritual indescriptible. Sus plegarias brotaban de su corazón, pero no desde el miedo y la tensión, sino desde un lugar de alegría, fe y confianza.

Al finalizar el Iom Tev, pasó junto con la multitud de jasidim frente al Rebe para recibir su bendición de despedida.

—¿Debo cancelar el turno para realizar el trasplante? —preguntó.
—¡Por supuesto! —respondió el Rebe categóricamente.

La respuesta contundente disipó los últimos vestigios de duda que todavía anidaban en su corazón.

Con el corazón rebosante de alegría, llamó a la clínica de trasplantes y anunció que cancelaba el turno. La empleada que atendió el teléfono le explicó las consecuencias de la decisión que estaba tomando, pero el jasid se mantuvo firme y confirmó que renunciaba al turno.

Pasó los Diez Días de Teshuvá y Yom Kipur como si todo el asunto del trasplante hubiera sido un sueño lejano que se había desvanecido. Los días transcurrieron para él con una elevación espiritual que nunca había experimentado. Durante Sucot bailó en Simjat Beit Hashoevá junto a miles de jasidim.

Y entonces llegó Simjat Torá.
Estaba en el beit midrash del Rebe, esperando que este entrara al salón. El Rebe lo vio y le dijo:

—Ahora que estás sano, ¡puedes alegrarte con la Torá con mucha más fuerza y entusiasmo!

Las palabras del Rebe volvieron a encender su alma. En Simjat Torá, el día en que se suponía que debía estar lleno de tensión, preparándose para el trasplante que se avecinaba, ahora bailaba con el rollo de la Torá con el entusiasmo de un joven, empapado de sudor por la alegría de la mitzvá.

Al finalizar todo el Jag volvió a abrirse paso entre la multitud de jasidim para recibir del Rebe su bendición de despedida.

—Tendrás que someterte al trasplante —le anunció el Rebe.
El jasid quedó atónito, pero el Rebe lo tranquilizó:
—No te preocupes. Todo saldrá bien y te recuperarás rápidamente.

El jasid lo miró con los ojos muy abiertos, sin lograr comprender el sentido de aquellas palabras.

—Vi la enorme tensión en la que estabas sumido y quise levantar tu ánimo y regalarte unas semanas de tranquilidad y serenidad —explicó el Rebe.

El jasid seguía inmóvil, como clavado en el lugar.

—Pero ¿qué pasará con el turno? ¡Si yo lo cancelé! —murmuró.

—Llama y averigua si el turno todavía está disponible —respondió el Rebe, y le dio su bendición.

A la mañana siguiente, el jasid llamó a la clínica de trasplantes.

—Su turno sigue vigente —le respondieron.

Y, efectivamente, se sometió al trasplante, que resultó exitoso.

Inmediatamente después de recuperarse, fue a contarle al Rebe sobre el éxito de la operación.

—Desde el Cielo estaba decretado que debías someterte a la operación —le dijo el Pnei Menajem—, pero no estaba decretado que tuvieras que sufrir esa angustia. Por eso hice que el mes de las festividades transcurriera para ti con tranquilidad y alegría. Cuando llamaste para cancelar el turno, yo llamé al médico y le pedí que lo mantuviera vigente....



Fuente: "Pnei Menajem", tomo II. Sijat Hashavua #1862

*

A veces no podemos cambiar lo que está destinado a suceder, pero sí podemos cambiar la manera en que lo vivimos. El Rebe le enseñó que, incluso cuando el desenlace ya estaba decidido, la angustia no tenía por qué formar parte del camino.

Eso es un Rebe: ver el dolor que hay detrás de las palabras y saber cómo aliviarlo.

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Josid Pnimi - Reb Peretz Mochkin y los Hidurim en Kashrut

Reb Peretz Mochkin fue Mashpia en Montreal, nombrado por el Rebe, desde 5712 [1952]. Un verdadero Josid, Talmid de Tomjei Tmimim de Lubavitch, hacía Farbrenguens en los que se podía apreciar la verdadera Avoide de un Jasídishe bójur: Iskafia, Hiskashrus, Bitul y, por sobre todo, un profundo Ahavat Israel.

Una anécdota refleja de manera especial lo que significa ser un Josid Amiti:

Una vez, Reb Peretz Mochkin fue a hacer un Farbrenguen en la casa de cierto Balebos que apreciaba mucho los Farbrenguens. Él y su esposa habían preparado y servido sobre la mesa todo tipo de Farbaisin (comida y bocados preparados para el Farbrenguen), con el deseo de agasajar a los presentes.

Durante el Farbrenguen, Reb Peretz y los demás presentes notaron que cierta comida que había servido la baleboste [la dueña de casa] no tenía los Hidurim de Kashrut que acostumbraban a cuidar los Lubavitcher Jsidim. Los Bojrim y Jsidim no se sirvieron ni probaron aquella comida. La baleboste, sin embargo, se dio cuenta de ello.

En cierto momento, Reb Peretz comenzó a cantar un Nigun Dveikus. Tomó un Lejaim y, mientras cantaba, se sirvió precisamente de aquella comida, procurando que la baleboste lo viera.

Al terminar el Farbrenguen, mientras lo acompañaban de regreso a su casa, Rebr Peretz explicó:

“Hay que cuidar mucho los Hidurim de Kashrut. En este caso, ustedes hicieron bien en cuidarse. Sin embargo, yo actué de otra manera. Quizás reciba mi merecido por ello, pero no podía avergonzar a una Idishe Mame. Prefiero 'recibir un Malkus' antes que avergonzar a una Idishe Tojter.”

Este Maise refleja la imagen de un verdadero Josid Pnimi.

Los Hidurim de Kashrut eran para Reb Peretz Mochkin algo que le era Noguea Benefesh. No eran simples costumbres o detalles secundarios: formaban parte de su Avodá y de su Irat Shamaim, que ardía en él en cada detalle de su vida. Y, sin embargo, en aquel momento supo dejar de lado incluso un Hidur que para él era Noguea Benefesh, para no causar una mínima vergüenza a otra persona.

Su Irat Shamaim no era menor por haber actuado así. Precisamente porque su Avodá y su Irat Shamaim eran tan profundos, supo reconocer qué exigía de él aquella situación: dejar de lado incluso algo tan preciado para él por el Kavod de otro Iehudí.

Eso es un Josid Pnimi: alguien cuya Avoda está profundamente arraigada en su ser, pero que, precisamente por esa Avoda, sabe salir de sí mismo y poner el Kavod de otro Iehudí por encima de su propio Rujnius.



Fuente: "Otzar Hajasidim" pág. 115
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En el ojo de la tormenta - El Huracán Andrew en Miami - 25 de Av


El huracán Andrew y el מופת del Rebe de Lubavitch

El 25 de Menajem Av se cumplen 34 años de los increíbles milagros que rodearon al huracán Andrew, una de las tormentas más temibles y devastadoras que haya amenazado al sur de Florida. En aquellos días, las autoridades y los expertos se enfrentaban a un escenario que podía convertirse en una catástrofe de dimensiones inimaginables: se advertía que decenas de miles de personas podían perder la vida y grandes zonas de Miami y sus alrededores habían sido llamadas a evacuar.

El domingo 24 de Menajem Av de 5752 [23/08/1992], el ojo del huracán —una tormenta de categoría 5, con vientos de una fuerza extraordinaria— se dirigía directamente hacia la zona donde se encontraban los shlujim de South Florida.

Ante la gravedad de la situación, el Rabino Rafael Tennenhaus llamó al Rabino Avrohom Korf, ' 'Head Shliaj' del estado de Florida, y le preguntó si debía comunicarse con el Rebe.

El Rabino Korf dudó y le sugirió que fuera él mismo quien llamara.

No era una llamada cualquiera. Apenas habían pasado seis meses desde que el Rebe había sufrido un derrame cerebral en el Ohel, el 27 de Adar I de 5752.

A las 8 de la mañana, el Rabino Tennenhaus llamó a la oficina del Rebe. Atendió el mazkir, el Rabino Leibel Groner ע״ה, y le explicó la situación: el huracán se acercaba con una fuerza extraordinaria y se estaba solicitando la evacuación de buena parte del sur de Florida.

El Rabino Groner le advirtió que no podía asegurarle que lograría obtener una respuesta.

Sin embargo, una hora después, a las 9 de la mañana, volvió a llamar.

La respuesta del Rebe era clara y categórica:

No debían evacuar. Debían quedarse en sus casas.

Poco después, el Rabino Leibel Schapiro, de Miami Beach, llamó para preguntar si aquella instrucción también se aplicaba a Miami Beach.

La respuesta volvió a ser categórica: tampoco debían evacuar.

Una tercera consulta llegó poco después. El Rabino Rafy Solomon, que vivía en Sunny Isles, entre Hallandale Beach y Miami Beach, preguntó si la misma indicación se aplicaba también a su zona.

Una vez más, el Rebe insistió: debía quedarse y no evacuar.

Y así fue.
El huracán Andrew fue la tormenta más poderosa que el Rabino Tennenhaus había presenciado en sus 40 años de Shlijut en South Broward.

Miles de personas que vivieron aquellos momentos pueden relatar los milagros que experimentaron desde su propia perspectiva.

Pero años más tarde surgió un detalle especialmente revelador.

Reb Yingy Bistrisky, un verdadero Ish HaJesed, le contó al Rabino Tennenhaus, durante una boda, que él se encontraba en aquel entonces en la habitación del Rebe como miembro de Hatzalah cuando la información fue presentada por primera vez al Rebe.

Le relató:
 “El Rabino Groner le preguntó al Rebe, respecto de tu pedido de las 8 de la mañana de aquel domingo, de cinco maneras diferentes, si debíamos evacuar o permanecer en el lugar. En cada una de las cinco ocasiones, tanto ante las preguntas formuladas en sentido positivo como ante las formuladas en sentido negativo, el Rebe asintió con fuerza y fue categórico en que debíamos quedarnos y no evacuar."

Posteriormente, los propios expertos reconocieron que una de las razones por las que sus terribles predicciones no se hicieron realidad fue que Andrew resultó ser una tormenta “seca”, con mucha menos lluvia de la que habían anticipado.

Para los jasidim, sin embargo, no había duda alguna: habíamos sido testigos de un milagro manifiesto, anticipado por el Rebe.

El Rabino Tennenhaus cuenta que, desde entonces, nunca deja pasar el 25 de Menajem Av sin decir un Lejaim, generalmente en su Shul, en el marco de un Farbrenguen jasídico.

El milagro también tuvo repercusión en los medios de comunicación de todo el mundo. New York Newsday publicó la historia y citó las palabras del Rabino Tennenhaus al referirse a un cartel que había quedado en pie después de la tormenta:
“Nuestro cartel que decía ‘Torah in Action’ permaneció en pie. No fue derribado por los vientos de 150 millas por hora. El cartel del banco que estaba al lado cayó estrepitosamente al suelo.
Es un recordatorio de que el dinero viene y va. La Torá perdura para siempre."

Mientras todo a nuestro alrededor parecía estar a merced de una tormenta incontrolable, hubo una indicación clara del Rebe: no tener miedo, quedarse firmes y confiar.
El cartel de Torah in Action quedó en pie.
“Torah lasts forever.”




©JasidiNews

La lección que le dio el Alter Rebe a Reb Pinjas Raizes: Siempre tener algo consigo para darle al otro

Rab Pinjas Raizes, uno de los prominentes jasidim del Alter Rebe, era conocido tanto por su grandeza en Torá como por su considerable riqueza.

Cierta vez, mientras caminaba junto al Alter Rebe, un hombre pobre se acercó para pedirle tzedaká. Rab Pinjas se disculpó:

—Perdóname, pero en este momento no llevo dinero conmigo.

El Alter Rebe le comentó luego:

— No es apropiado que una persona como tú salga de su casa sin dinero. Mira: si hubieras llevado algunas monedas contigo, sin duda habrías ayudado generosamente a este pobre. Por no haber salido preparado, él se quedó con las manos vacías y continúa pasando necesidad.

Rab Pinjas grabó aquellas palabras en su corazón. Desde ese día, siempre se aseguró de llevar dinero [efectivo] consigo.

---

A primera vista, la enseñanza parece ser la importancia de estar siempre preparado para cumplir una mitzvá. Así como uno procura tener siempre un par de tefilín disponible para otro judío, también debe llevar consigo algunas monedas para poder dar tzedaká en cualquier momento.

Sin embargo, hay un mensaje aún más profundo.

¿Por qué ese pobre se acercó precisamente a Rab Pinjas? Porque sabía que tenía los medios para ayudarlo. Él acudió al "rico", convencido de que encontraría allí aquello que necesitaba para dar alivio a su situación.

También nosotros debemos recordar que somos los "ricos".

Hashem nos enriqueció con un tesoro incomparable: el privilegio de estudiar y conocer Jasidut, la Torá de los Rebeím.

Hoy en día es un fenómeno visible: judíos de toda clase de comunidades —jasidim de otras corrientes, litaím, ashkenazím y sefaradím— sienten una creciente sed por estudiar las enseñanzas de los Rebeim de Jabad. Buscan la claridad y la profundidad únicas con las que Jasidut ilumina los conceptos de la Torá.

Por eso, cuando otro iehudí se cruza en nuestro camino, muchas veces nos está pidiendo —aunque no lo exprese con palabras— una idea de Torá, un pensamiento del Rebe, una enseñanza de Jasidut que ilumine su vida.

¡Qué triste sería responderle: "No tengo nada para compartir"!

Las palabras del Alter Rebe resuenan entonces con un significado renovado:

—No está bien que salgas de tu casa con las manos vacías.

Cada judío debería salir cada mañana llevando consigo, además de lo necesario para sus asuntos materiales, una enseñanza de Torá, una idea del Rebe, un pensamiento de Jasidut listo para compartir cuando se presente la oportunidad.

Solemos referirnos al Jasidut con el acrónimo דא"ח,
דברי אלקים חיים
 ("las palabras del Di-s Viviente"). Sin embargo, en numerosas ocasiones el Miteler Rebe lo denomina simplemente דברי חיים: "palabras de vida".

Y si tenemos en nuestras manos palabras de vida, ¿cómo podríamos negar esa vida a otro judío que tiene sed de ella?


Fuente: Rab Sholom Avtzon
©JasidiNews

Cuando la Neshamá comenzó a cantar - 20 de Av


A primera vista, nada hacía pensar que era judío. Llevaba la cabeza descubierta, el rostro completamente afeitado y vestía como los cantantes de ópera de la Rusia de aquellos años. Era el famoso Sr. Liber, un reconocido tenor de la década de 1930.

Sin embargo, en lo más profundo de su corazón nunca olvidó quién era. Era un descendiente de Rabí Abraham "HaMalaj", hijo del Maguid de Mezritch. Durante el resto del año ocultaba cuidadosamente su identidad judía, pues manifestarla podía costarle su carrera e incluso atraer la atención de la policía secreta soviética. Pero cuando llegaban los Iamim Noraím, regresaba a su pueblo, al Shul.

Los empleados estatales recibían un mes de vacaciones al año. Muchos Jazanim aprovechaban ese permiso para hacerlo coincidir con las Altas Fiestas. Para evitar sospechas, viajaban a ciudades lejanas.

Así fue como, en uno de los días de Elul, el Sr. Liber llegó a Yekatrinoslav (actual Dnipro) y se ofreció como jazán para Rosh Hashaná y Iom Kipur.

En aquella ciudad vivía una numerosa comunidad judía, aunque el régimen soviético había cerrado casi todas las sinagogas. Solo una permanecía abierta, oficialmente porque sus fieles eran obreros y artesanos: el gabai era sastre, el tesorero zapatero, y así sucesivamente. Allí rezaba también el gran rabino de la ciudad, Rabí Levi Itzjak Schneerson, padre del Rebe de Lubavitch.

Al mismo tiempo llegó otro candidato para el puesto de jazán: un hombre de aspecto claramente judío, descendiente de la prestigiosa familia rabínica Shapiro de Slavita. Ambos explicaron que deseaban profundamente rezar en un ambiente judío y que habían elegido Yekatrinoslav por la extraordinaria personalidad y valentía de su rabino.

Los dirigentes comunitarios los enviaron ante Rabí Levi Itzjak.

Con su mirada penetrante, el rabino comprendió enseguida que, para el Sr. Liber, el jazanut no era, en ese momento, más que un medio de ganarse la vida. Sin embargo, decidió pasar por alto ese detalle. Sabía que incluso un judío alejado, cuando se le brinda la oportunidad de derramar su alma en la Tefilá, deja aflorar todos los sentimientos que había guardado durante el año.

Aceptó a ambos como jazanim para los Iamim Noraím y también para Sucot, recordándoles la enorme responsabilidad que tenían: despertar el corazón del pueblo mediante la tefilá y fortalecer el sentimiento judío de cada asistente.

Al llegar Rosh Hashaná surgió un grave problema. Muchos judíos habían sido obligados por las autoridades soviéticas a presentarse a trabajar incluso en Rosh Hashaná y en Iom Kipur. Desconsolados, acudieron al rabino buscando una solución.

Rabí Leví Itzjak organizó un primer minián que comenzaba muy temprano por la mañana y concluía exactamente a las ocho. Así, quienes no tenían otra opción podían rezar y luego dirigirse inmediatamente a sus trabajos.

Inspirados por la grandeza espiritual del rabino, los dos jazanim desempeñaron su tarea con una emoción indescriptible. Sus plegarias brotaron de lo más profundo del alma y conmovieron a todos los presentes.

Al acercarse Iom Kipur, otra preocupación ocupaba la mente de Rabí Levi Itzjak. En muchas sinagogas existía la costumbre de apresurar las tefilot y terminar Neilá antes de la verdadera salida del día. De esa manera, mucha gente comenzaba a comer o realizaba trabajos mientras Iom Kipur aún no había concluido.

El rabino habló discretamente con los jazanim y les pidió prolongar las plegarias. Aunque algunos feligreses protestaban, ellos continuaron rezando lentamente. De ese modo, Neilá concluyó apenas unos instantes antes de la salida de Iom Kipur, evitando que muchos quebrantaran el ayuno antes de tiempo.

Después del ayuno, le costaba a Rab Levi Itzjak despedirse de la santidad del día. Tras beber una taza de té, reunía a quienes deseaban escucharlo en un farbrenguen que se prolongaba hasta altas horas de la noche.

Hablaba, una y otra vez, del inmenso valor de una Neshamá Iehudí. En especial recordaba a aquellos judíos obligados a trabajar durante las Altas Fiestas.

"Cuando terminaron su jornada laboral y llegaron para Neilá, el Shul estaba completamente lleno. No pudieron entrar y tuvieron que quedarse rezando en la calle, agotados por el ayuno y tras haber caminado largas distancias, con el corazón destrozado por haber sido obligados a trabajar en Rosh Hashaná y en Iom Kipur. Allí permanecieron, rezando con un quebranto imposible de describir."

Mientras relataba aquella escena, Rab Levi Itzjak rompió a llorar desconsoladamente. Al mismo tiempo expresó la inmensa satisfacción que provocaba en el Cielo el despertar espiritual de esos judíos y repetía emocionado:
"¡Vengan y vean lo que es un Iehudí!"

Los dos jazanim permanecieron junto al Rab también durante Sucot y Simjat Torá.

Durante las noches del Jag, quienes deseaban celebrar se reunían en su casa. Al principio entraban con temor, por miedo a los ojos de los informantes soviéticos. Pero una vez dentro quedaban completamente absorbidos por la inmensa alegría que irradiaba el Rab, hasta olvidar el mundo exterior.

Al regresar a sus hogares, ambos escribieron una carta de agradecimiento a la Rebetzin Jana, esposa de Rabí Leví Itzjak.

En ella describieron un fenómeno que jamás habían presenciado: mientras el Rab bailaba con una alegría desbordante en Simjat Torá, al mismo tiempo derramaba lágrimas interiores imposibles de describir.

El Sr. Liber confesó que el cambio espiritual que había experimentado durante aquellas semanas en Yekatrinoslav era fruto del encuentro con Rabí Leví Itzjak. La calidez, la profundidad de sus enseñanzas y la intensidad con la que vivía cada mitzvá habían despertado en él una parte de su alma que creía dormida.



Fuente: Sijat Hashavua #1129
©JasidiNews

Todo queda en familia - 15 de Av


Cierto día, en el período comprendido entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, un josid visitó a su Rebe, el Imrei Emes de Gur, para consultarle acerca de sus dificultades económicas.

—Durante años compré mercadería a muy buen precio de una empresa judía en Berlín y luego la revendía con una buena ganancia. Pero hace poco recibí una carta informándome que ya no me venderán más. Ahora no sé de qué voy a vivir...

El Imrei Emes le preguntó:

—¿Cómo puedo yo ayudarte?

El hombre tuvo que admitir que ni él mismo sabía cómo el Rebe podría solucionar el problema.

El Imrei Emes permaneció pensativo unos instantes y luego dijo:

—Pronto viajaré junto con mi cuñado, el Rav de Bendin, a Marienbad. En el camino pasaremos por Berlín. Pregúntale a mi cuñado si está dispuesto a hacer una parada para visitar esa empresa. Si él acepta el desvío, yo también. Hablaremos con los dueños; quizás eso pueda ayudarte.

El jasid agradeció al Rebe y fue a ver al Rav de Bendin. Este respondió sin dudar:

—Si eso es lo que desea el Rebe de Gur, por supuesto que estoy de acuerdo.

Así fue como el Imrei Emes y su cuñado hicieron una parada en Berlín y se dirigieron a la empresa. El propietario no los conocía, pero quedó impresionado por su distinguida apariencia rabínica.

El Imrei Emes se presentó:

—Mi nombre es Avraham Mordejai Alter. En Polonia me conocen como el Rebe de Gur. Y este es mi cuñado, Janoj Tzvi HaKohen Levin, el Rav de Bendin. Además, también somos mejutonim: la hija de uno está casada con el hijo del otro.

Al oír esas palabras, el dueño dio un salto de la emoción.

—¿Podría repetir lo que acaba de decir?

El Rebe repitió:

—Soy el Rebe de Gur, y este es mi cuñado y también mi mejuton, el Rav de Bendin.

Por alguna razón, aquellas palabras lo llenaron de alegría. Su socio se encontraba en el piso superior, así que lo llamó de inmediato. Cuando este bajó, el propietario le pidió al Rebe que repitiera una vez más su presentación.

El Imrei Emes accedió:

—Soy el Rebe de Gur, y este es mi cuñado y también mi mejuton, el Rav de Bendin.

Los dos socios se miraron, sonrieron de oreja a oreja y, de repente, comenzaron a bailar con enorme entusiasmo.

El Imrei Emes y el Rav de Bendin observaban la escena completamente desconcertados, sin entender qué estaba ocurriendo.

Finalmente, uno de los socios explicó:

—Nosotros también somos cuñados. Yo tengo una hija y él tiene un hijo, y pensamos que sería una buena idea casarlos. Pero después nos surgió la duda de si era correcto que primos se casaran entre sí. Dejamos el asunto de lado, pero eso provocó una situación muy incómoda.

Nuestro negocio requiere que conversemos constantemente. Sin embargo, esa incertidumbre creó una tensión entre nosotros y casi dejamos de hablarnos. Así era imposible manejar la empresa, e incluso estábamos pensando en cerrarla.

Pero ahora ustedes llegan y nos cuentan que también son cuñados y, además, mejutonim. ¡Eso significa que nuestros hijos también pueden casarse! Si ustedes lo hicieron, nosotros también podemos hacerlo.

Este baile fue, en cierto modo, una celebración anticipada del compromiso. Estamos inmensamente felices. Y además, tampoco perderemos nuestro sustento. Ahora podremos volver a hablar con normalidad y continuar con el negocio. ¡Es casi un milagro!

Cuando finalmente se calmaron, el primer socio dijo:

—Perdónenme. Con toda la emoción ni siquiera les pregunté a qué habían venido.

El Imrei Emes explicó que había ido para ayudar a uno de sus jasidim.

—Él solía comprarles mercadería, pero recibió una carta informándole que ya no le venderían más.

El propietario respondió con una sonrisa:

—No hay de qué preocuparse. Ahora mismo escribiré otra carta diciéndole que puede seguir haciendo negocios con nosotros como siempre, y ustedes mismos podrán llevársela. La carta anterior fue enviada únicamente porque pensábamos cerrar la empresa. Pero ahora que sabemos que nuestros hijos pueden casarse, nuestro negocio continuará funcionando.

*

El mensaje de esta historia cobra un significado especial al acercarnos a Tu BeAv, el 15 de Av, el día que nuestros Sabios describen como uno de los más alegres del calendario judío.

Jamishá Asar BeAv simboliza la unión, la reconciliación y la construcción de nuevos hogares en Israel. En esta historia vemos cómo una simple conversación, basada en la confianza en la Torá y en el ejemplo de grandes tzadikim, no solo permitió concretar un matrimonio, sino que también devolvió la armonía entre dos socios y salvó el sustento de varias familias.

A veces, una decisión tomada con el Ruaj de la Torá tiene consecuencias mucho más amplias de lo que imaginamos. Cuando hay paz, unión y voluntad de construir, Hashem abre caminos que parecían cerrados.

Que en este Tu BeAv podamos fortalecer el amor y la unión entre Iehudim, construir hogares firmes sobre los valores de la Torá y ser testigos muy pronto de la unión perfecta de todo Am Israel con la llegada de Mashíaj, pronto en nuestros días.



Fuente: Adaptado por Yerajmiel Tilles a partir de Torah Wellsprings: Reflexiones recopiladas del Rab Elimelej Biderman.

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sábado, 15 de agosto de 2026

El Baal Shem Tov y el poder de las Tefilot de los ladrones



Cuentan la historia de una joven viuda que una vez llegó llorando ante el Baal Shem Tov.

—Hace poco perdí a mi esposo. Ahora mi pequeño hijo, mi único hijo, está gravemente enfermo. Los médicos han perdido toda esperanza. Por favor, Rebe, por favor ¡haga algo para salvar a mi hijo!

El Baal Shem Tov, cuyo corazón estaba siempre abierto, especialmente hacia los necesitados y oprimidos, la tranquilizó y le aseguró que regresara a su casa, pues su hijo estaría bien. Luego reunió a diez de sus santos Tzadikim ocultos para que rezaran por una Refuá Sheleimá del niño.

Pero fue en vano. Por más que intentaron abrir sus almas y, a través de ello, abrir los Shaarei Shamaim, lamentablemente no tuvieron éxito. El Baal Shem Tov percibió que el decreto celestial estaba sellado y que las Tefilot de los Tzadikim no podían revertirlo.

Sin embargo, el Baal Shem Tov no era de los que aceptaban un «no» como respuesta y se daban por vencidos. Se le ocurrió una idea. Le pidió a su cochero que preparara el carruaje y los caballos. Irían de viaje al bosque. Le indicó que se dirigiera a un lugar determinado, lo cual sorprendió al cochero, ya que se sabía que aquella era una zona peligrosa, donde acechaban ladrones y que todos evitaban.

Al llegar, el Baal Shem Tov bajó del carruaje y, pocos momentos después, para consternación del cochero, fueron rodeados por varios ladrones. Cuando el jefe de la banda vio que se trataba del Baal Shem Tov, bajó su arma y, maravillado y asombrado, preguntó:

—Baal Shem Tov, ¿qué está haciendo aquí, en medio de este lugar desolado?

El Baal Shem Tov respondió:

—Escucha, necesito hablar contigo. Necesito tu ayuda.

Todos se preguntaban qué podía necesitar el Baal Shem Tov de unos humildes ladrones. Entonces continuó hablándole al jefe de la banda:

—Necesito que reúnas a diez de tus ladrones y vengas conmigo a rezar por un niño enfermo.

El jefe de los ladrones no lo comprendía, pero como el Baal Shem Tov se lo estaba pidiendo, accedió. Reunió un minián de sus compañeros de delitos y rezaron junto al Baal Shem Tov.

El niño se recuperó milagrosamente.

Más tarde, cuando sus sorprendidos alumnos le preguntaron: «¿Cómo pudieron lograr con diez ladrones más de lo que habían podido lograr con diez Tzadikim?», el Baal Shem Tov respondió:

—Es sencillo. Vi que todas las puertas del Cielo estaban cerradas. Y pensé que quién mejor que unos ladrones, que saben cómo entrar incluso cuando las puertas están cerradas.


***

Hay aquí un mensaje profundo. Todos somos «ladrones» a nuestra manera. Una vez que una persona ha transgredido, tiene el poder no solo de corregir sus caminos, sino también de aprender de sus propias caídas. Incluso sus errores pueden enseñarle, y enseñarnos a todos, nuevas formas de abrirnos paso y alcanzar alturas que una persona que nunca ha enfrentado esas dificultades quizá jamás podría alcanzar.

Nuestras propias caídas y dificultades pueden darnos herramientas y fuerzas que no tendríamos de otra manera. No debemos desesperarnos por nuestras imperfecciones: debemos aprender de ellas y utilizarlas para acercarnos más a Hashem.



Fuente: Shabbos-Stories, de un e-mail de Chabad of Great Neck, NY.
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martes, 28 de julio de 2026

El nombre que continuó su misión


Una noche, un joven bajur salió de su ieshivá para hacer una llamada telefónica.

No podía imaginar que aquella llamada no solo cambiaría la vida de una niña que acababa de nacer.

Tampoco podía imaginar que, décadas más tarde, su propia madre recibiría una llamada telefónica que le demostraría que su hijo nunca había dejado de cambiar vidas.

---

Era la noche del domingo 27 de Sivan de 5737 (12 de junio de 1977), víspera del lunes.

Avrohom Eliezer Goldman, conocido cariñosamente como Avreimi, tenía apenas 17 años.

Era hijo de Rev Moshe y la señora Esther Goldman, que tengan larga vida, distinguidos Lubavitchers jasidim de Crown Heights. Avreimi estudiaba en la Ieshivá Oholei Torá y era un joven fuera de lo común, con un enorme potencial para alcanzar grandes logros.

Su sonrisa radiante y su personalidad humilde, sencilla y modesta conquistaban el corazón de todos: adultos, adolescentes y niños por igual.

Se destacaba por su dedicación al estudio y por sus extraordinarias cualidades personales. Estudiaba hasta altas horas de la noche, ayudaba a sus compañeros con sus estudios y rezaba con una sinceridad y una melodiosa voz que inspiraban incluso a los adultos.

Avreimi no era simplemente un joven que cumplía mitzvot. Vivía para ellas.

Desde muy joven demostró una gran capacidad de liderazgo e incluso una notable visión de futuro. Organizó, por ejemplo, la recaudación del maamad [el dinero que los jasidim acostumbran entregar al Rebe para sus gastos personales y sus necesidades particulares] en su ieshivá.

Cuando el Rebe llamó a los jóvenes mayores de 13 años a comenzar a colocarse también los tefilín de Rabenu Tam, además de los de Rashi, Avreimi organizó un fondo para ayudar a los alumnos que no podían permitirse comprar un par, cuyo precio era elevado.

El llamado del Rebe a acercar a otros judíos no era para Avreimi una actividad ocasional. Era su forma de vida.

Todos los viernes viajaba junto a otros alumnos a Manhattan para invitar a judíos a colocarse tefilín y cumplir otras mitzvot.

En una de esas ocasiones conoció a un hombre con quien comenzó a colocarse [de forma regular, todos los viernes] los tefilín.

Un día, el hombre le contó que su esposa había dado a luz a una niña.

—¿Ya tiene un nombre judío? —le preguntó Avreimi.
El hombre todavía no se lo había puesto.

Avremi insistió con cariño y logró convencerlo de que le diera a su hija un nombre judío.

La noche anterior a la ceremonia, Avreimi recordó que debía llamar al padre para recordarle que al día siguiente fuera al Shul.

El teléfono de la ieshivá no funcionaba, así que salió del edificio de la Ieshivá Oholei Torá y caminó hasta una cabina telefónica ubicada en la esquina de Montgomery Street.

Logró comunicarse con el padre de la bebé y, con su habitual entusiasmo, insistió en que al día siguiente por la mañana se acercara a 770 para darle a su hija un nombre judío durante la lectura de la Torá, en presencia del Rebe.

Mientras todavía se encontraba hablando con él por teléfono, tres delincuentes se acercaron y lo apuñalaron brutalmente, sin piedad, por la única razón de ser judío. Más tarde, ellos mismos admitirían que habían salido con la intención de matar a un judío.

A pesar de las graves heridas, Avreimi logró regresar caminando hasta la ieshivá.

Pidió un vaso de agua.
Y recitó la brajá:
“Shehakol niyá bidvaró”.

Poco después, su pura y santa alma regresó a su Creador.
Tenía apenas 17 años.

Miles de judíos asistieron a su funeral, encabezado por el propio Rebe.

Avreimi fue sepultado junto a su abuelo, el gran jasid Harav Eliahu Simpson, de bendita memoria, muy cerca del lugar de descanso del Rebe Anterior [el Ohel].

Pero la historia no termina allí.

Los amigos de Avreimi se ocuparon de que aquella pequeña niña recibiera el nombre judío que él había ayudado a elegir.
Pesha.

El nombre fue anunciado durante una lectura de la Torá en 770, en presencia del Rebe.

Tras la tragedia, y bajo la guía del Rebe, el rabino Eli y la señora Lea Lipsker establecieron un fondo en memoria de Avreimi para ayudar a niños de familias con dificultades económicas a asistir a campamentos de verano. El fondo recibió el nombre de Keren Avrohom Eliezer.

Y cada verano, desde entonces, numerosos niños pueden disfrutar de una experiencia que, de otro modo, sus familias no podrían permitirse.

Mientras tanto, Pesha crecía.

Cuando tenía un año, su familia se mudó a Florida. Aunque en su hogar la observancia del judaísmo era limitada, desde muy pequeña sentía que había algo más.

Sus padres la llamaban Pamela, el nombre que utilizó durante toda su infancia y juventud. Aunque tenía un nombre judío —Pesha—, ella no lo sabía y nunca lo utilizaba.

En cuarto grado les pidió a sus padres que la inscribieran en una escuela hebrea.

A los dieciséis años, su padre falleció de cáncer.

Durante su enfermedad, el rabino Yosef Biston, el Sheliaj de Jabad de la zona y amigo de su padre, lo visitaba, lo fortalecía y lo ayudaba a colocarse los tefilín.

Además, durante la enfermedad, el rabino Biston llevó en dos oportunidades a sus padres ante el Rebe para recibir su bendición.

Años más tarde, Pamela comenzó a asistir a clases de Torá y a los rezos de Shabat.

Poco a poco, comenzó a cuidar el Shabat y a vivir una vida cada vez más conectada con el judaísmo.

Al enterarse de que había un Beit Jabad a poca distancia de su hogar, comenzó a asistir allí regularmente y encontró una cálida familia que la recibió.

Con el tiempo, su camino la llevó a hacer teshuvá.

Se casó con un joven israelí y juntos se establecieron en Rejovot, Israel, donde formaron un hogar de Torá y mitzvot.

Cuando llegó el momento de su boda, le pidió al rabino Yosef Biston, quien había estado muy cerca de su padre, que oficiara la ceremonia. Fue entonces cuando el rabino le preguntó cuál era su nombre judío.

Pamela no sabía siquiera que tenía uno.

—Tu nombre es Pesha —le respondió.

Y entonces le contó la historia.

La historia del joven que, 32 años antes, había salido de su ieshivá para llamar al padre de una bebé y convencerlo de llevarla al 770 para darle un nombre judío.
La historia de Avrohom Eliezer Goldman.

En el primer aniversario de su boda, la madre de Pesha la sorprendió con un regalo muy especial: un retrato enmarcado del Rebe, junto con varios dólares que sus padres habían recibido de él.

Entonces Pesha descubrió algo más.

Durante la enfermedad de su padre, el rabino Biston había llevado a sus padres ante el Rebe para recibir sus bendiciones.

De pronto, todo cobró sentido.

Aquel amor por el judaísmo que había sentido desde niña.

Aquel deseo de acercarse a la Torá.

Aquel camino que la había llevado a hacer teshuvá.

Quizás todo había comenzado mucho antes de que ella pudiera recordarlo.

Quizás había comenzado con las bendiciones del Rebe.

Y con los esfuerzos de un joven de 17 años que había decidido que una niña judía debía tener un nombre judío.

Durante años, Pesha soñó con encontrar a la familia de Avreimi.

Finalmente, en el 2009, 32 años después de la tragedia, reunió el valor para hacer una llamada telefónica.

Una llamada tan difícil como emocionante.

—Llamo por su hijo, que fue asesinado hace treinta años...

La Sra. Goldman comprendió inmediatamente.

—¡Tú debes ser aquella pequeña niña!

—Sí —respondió Pesha—. Quiero que sepan que hoy soy una baalat teshuvá, vivo en Eretz Israel y estoy criando una familia dedicada a la Torá y las mitzvot.

Y agregó:

—Todo esto comenzó gracias a los esfuerzos de su hijo.

Pesha le contó que durante toda su infancia había preguntado a sus padres por el origen de aquel nombre tan particular, un nombre que ninguno de sus hermanos tenía.

Al conocer finalmente la historia de su nombre, sintió un profundo deseo de aprender más sobre su herencia y su fe judía.

Un año después, Pesha viajó a Crown Heights para conocer personalmente a los padres y familiares de Avreimi.

También compartió su extraordinaria historia durante la cena anual de recaudación de fondos del Keren Avrohom Eliezer.

Luego acompañó a la Sra. Goldman a visitar la tumba de Avreimi, cerca del Ohel.

Durante toda su vida había sido conocida como Pamela.

Pero ahora, al descubrir la historia del nombre que Avremi había ayudado a darle y comprender el significado que tenía en su propia vida, tomó una decisión: dejaría de utilizar el nombre Pamela y comenzaría a llamarse únicamente Pesha.

Pesha: el nombre que Avreimi había ayudado a darle.

Ese mismo año nació su cuarto hijo.

En memoria de aquel joven que había dedicado su vida a ayudar a otros judíos, decidió llamarlo:

Avraham Eliezer.

Inmediatamente después del brit milá llamó a la Sra. Goldman para compartir con ella la emocionante noticia.

Hoy Pesha tiene cinco hijos, todos varones, educados en instituciones de Jabad.

Sus hijos crecen con amor por la Torá, por  Jasidut y por las mitzvot.

Sus dos hijos mayores ya son Bajurim de Ieshivá, concurren diariamente a la mikve y cumplen las mitzvot con entusiasmo.

Y cada viernes por la tarde salen a ofrecer la mitzvá de tefilín a los judíos que encuentran por la calle.

Tal como hacía Avreimi.

---

Ninguno de nosotros puede comprender por qué una vida tan luminosa fue interrumpida tan joven.

Pero sí podemos ver sus frutos.

Avreimi salió aquella noche para hacer una llamada.
Logró comunicarse con el padre de la nena y consiguió convencerlo de que al día siguiente llevara a su hija al 770 para darle un nombre judío.

Luego, mientras todavía se encontraba en aquella llamada, fue atacado y asesinado.

Pero aquella conversación no terminó allí.

Llegó a una niña que recibió un nombre judío.

Llegó a una mujer que encontró su camino de regreso a la Torá.

Llegó a una familia que hoy vive en Israel.

Llegó a cinco niños que crecen en instituciones de Jabad.

Llegó a un niño que lleva el mismo nombre que él.

Y continúa llegando, cada viernes por la tarde, a los judíos que reciben la invitación de ponerse tefilín.

Avreimi tenía 17 años cuando su vida terminó.

Pero la misión que llevó a cabo durante aquella última llamada continúa hasta el día de hoy.

Porque cuando un judío ayuda a otro judío a acercarse a una mitzvá, nunca podemos saber hasta dónde llegará ese acto.

A veces, una mitzvá puede continuar dando frutos durante décadas.

A veces, una pequeña acción puede cambiar una vida.

Y a veces, la luz de un joven jasid puede seguir brillando mucho después de que él ya no está aquí.
Avrohom Eliezer Goldman, הי״ד.*

Su vida fue corta.
Pero su misión continúa.



Fuente: Collive, con detalles compilados de otras fuentes.
©JasidiNews





Por esto fue destruida la tierra - Tishá Beav


Besarabia era una región de Europa Oriental en la que vivían numerosos judíos. Una de las ciudades de la región era conocida como una ciudad de grandes talmidei jajamim y observantes de las mitzvot. Sin embargo, sus habitantes también se habían hecho famosos por una característica bastante menos positiva: la tacañería.

Los habitantes examinaban con lupa a cada pobre que llegaba a la ciudad. Observaban cuidadosamente si era meticuloso en el cumplimiento de las mitzvot, y de acuerdo con ello determinaban el trato que recibiría.

En una ocasión, pasó el Shabat en la ciudad Rabí Avraham Yehoshua Heshel, el Rebe de Apt. Él se desempeñaba como rabino de la ciudad de Iași, en Besarabia.

Una gran multitud acudió a verlo rezar y a participar en el Tish que llevaría a cabo. Durante la seudá shlishit, se reunió una gran cantidad de personas en el salón. El Rebe se dirigió a los presentes y comenzó:

—He oído que ustedes son talmidei jajamim. Si es así, estudiemos juntos un relato que nos transmitieron nuestros Jajamim z"l.

La Guemará, en el tratado de Guitín, relata que por causa de Kamtza y Bar Kamtza fue destruida Yerushalaim.

Había un hombre que organizó una comida y le pidió a su sirviente que invitara a su amigo Kamtza. Pero el sirviente se equivocó e invitó a Bar Kamtza, enemigo del anfitrión.

Cuando el dueño de la comida descubrió a Bar Kamtza sentado entre los invitados, le pidió que abandonara el lugar.

Bar Kamtza le suplicó que tuviera compasión de él y se ofreció a pagar el costo de la comida que consumiría. El anfitrión se negó.

El invitado propuso pagar la mitad del costo de toda la comida, pero el anfitrión también rechazó esa propuesta.

Avergonzado, Bar Kamtza intentó ofrecerle que pagaría todos los gastos de la fiesta. Sin embargo, el anfitrión también se negó y finalmente lo expulsó del lugar.

Al ver que los talmidei jajamim presentes en la Seudá no protestaron por lo sucedido, Bar Kamtza concluyó que aprobaban la conducta del anfitrión y decidió denunciar a los judíos ante el rey.

—Los judíos se han rebelado contra ti —le dijo.
—Demuéstralo —respondió el rey.

Bar Kamtza le propuso enviar un sacrificio al Beit Hamikdash y poner a prueba a los judíos. El rey aceptó.

Bar Kamtza provocó un defecto en los labios del animal, para que quedara descalificado para ser ofrecido sobre el altar. Otra opinión sostiene que el defecto fue en el párpado del ojo.

El Rebe de Apt terminó de relatar la historia de la Guemará y dijo:

—Ahora que hemos estudiado juntos este relato de la Guemará, me dirijo a ustedes y les pregunto: ¿Acaso por un acontecimiento pequeño y aparentemente tan poco importante, por una disputa entre dos personas cuyos nombres ni siquiera conocemos, fueron destruidos el Beit Hamikdash y Yerushalaim, y salimos a un exilio largo y difícil? ¿Acaso así funciona la justicia Divina?

Los presentes, que eran algunos de los ciudadanos más importantes de la ciudad, se miraron en silencio, tratando de comprender a qué se refería el Rebe.

El tzadik comenzó a explicar:

—Considero que esta historia no se refiere a personas desconocidas. Jazal se referían a dos judíos que encontramos todos los días, en una ciudad, en un pueblo o en una aldea: uno rico y otro pobre.

Al rico, nuestros Sabios lo llaman «Kamtza», pues así dijeron Jazal (Menajot 86a): «Los ricos son tacaños».

Y al pobre lo llaman «Bar Kamtza», porque suele permanecer siempre afuera — לְבַר lebar, «afuera»— de la casa del rico «Kamtza», esperando que el dueño de casa se digne a extenderle la mano y darle una donación digna.

Y el hecho fue así:

Un hombre organizó en su casa una comida de brit milá o de casamiento. Era una persona importante y un talmid jajam reconocido, y sus colegas, también grandes estudiosos de la Torá, acudieron a participar de su comida.

El hombre le ordenó a su sirviente que invitara únicamente a los ricos, a aquellos que representaban a «Kamtza».

Pero el sirviente se equivocó e invitó a un pobre, a Bar Kamtza, quien estaba acostumbrado a permanecer afuera y golpear las puertas de los ricos y tacaños.

Cuando el anfitrión entró y encontró a un pobre sentado entre los invitados ricos, la escena no le agradó en absoluto y le exigió que abandonara la comida.

El pobre le suplicó que no lo avergonzara públicamente y le prometió que iría de puerta en puerta entre personas generosas para reunir el dinero necesario para devolverle la mitad del costo de la comida, o incluso el costo total.

Pero el anfitrión endureció su corazón y rechazó su propuesta.

Los sabios que estaban sentados junto a las mesas preparadas vieron lo que estaba ocurriendo y permanecieron en silencio, por respeto a su rico compañero.

El pobre, humillado, abandonó la comida con una profunda sensación de vergüenza y dolor.

Pensó para sí:

«Ya que los sabios estaban presentes y no protestaron, iré a protestar ante el Rey: Hakadosh Baruj Hu, el Rey de todos los reyes».

—¡Ribono Shel Olam! —clamó el pobre con el corazón quebrantado—. ¡Los judíos se han rebelado contra Ti!

Para demostrarlo, el pobre propuso que Hakadosh Baruj Hu pusiera a prueba a los sabios y les enviara un sacrificio: una persona pobre y necesitada. Entonces se vería cómo se comportarían con ella.

Y así ocurrió.

Cuando aquel «sacrificio-pobre» llegó ante ellos, incluso antes de que lo introdujeran para alimentarlo y darle de beber, comenzaron a encontrarle defectos.

Uno encontró un defecto en sus labios:

—En mi opinión, no es suficientemente Iere Shamaim. Cuando reza, parece que solamente mueve los labios, pero no se escucha su voz.

Otro encontró un defecto en sus ojos:

—Por la mirada se nota que es un mentiroso. No es tan pobre como pretende aparentar.

Y así, los ricos sentados allí comenzaron a encontrar todo tipo de excusas, cada una más extraña que la anterior, para evitar ayudar al pobre necesitado.

El pobre continuó explicando las palabras de la Guemará:
«לדידן הוו מומא —
 Para nosotros, los defectos eran considerados defectos».

A los pobres los juzgan con severidad y encuentran en ellos todo tipo de imperfecciones.

Pero:
«לדידהו לא הוו מומא —
 En ellos mismos, no veían ningún defecto».

Cuando ellos mismos no rezaban como corresponde o engañaban en sus negocios, no consideraban que eso fuera un defecto ni una imperfección.

El Rebe de Apt fijó su mirada en los hombres importantes de la ciudad y exclamó con voz atronadora:

—¡Por este pecado fue destruida la tierra!

Ahora los presentes comprendieron perfectamente la reprimenda del Rebe y prometieron mejorar sus caminos.

*

Quizás esta es una de las enseñanzas más importantes para este día de Tishá BeAv.

La destrucción del Beit Hamikdash no comenzó únicamente con una discusión. Comenzó cuando un judío fue humillado y quienes estaban a su alrededor permanecieron en silencio.

Tishá BeAv no es solamente un día para recordar algo que ocurrió hace miles de años. Es un día para preguntarnos qué podemos hacer nosotros para reparar aquello que causó la destrucción.

¿Sabemos mirar los defectos de los demás, pero no los nuestros?

¿Vemos a alguien que necesita ayuda y preferimos no involucrarnos?

¿Hay alguien que se siente solo, rechazado o humillado, y nosotros permanecemos en silencio?

El Apter Rebe terminó su enseñanza con unas palabras estremecedoras:

«¡Por este pecado fue destruida la tierra!»

Y quizás, justamente por eso, la reparación también comienza con algo aparentemente pequeño: una palabra amable, una ayuda, una sonrisa, defender a alguien que está siendo avergonzado y, sobre todo, aprender a mirar al otro con amor.

Que podamos transformar el sinat jinam en ahavat Israel, incondicional, y que por medio de ello merezcamos que este Tishá BeAv se transforme en un día de alegría, con la llegada del Mashíaj y la reconstrucción del Beit Hamikdash, במהרה בימינו ממש.


Fuente: Sijat Hashavua #1962

martes, 21 de julio de 2026

Una ansiosa anticipación

Desde su juventud, el gaón y tzadik Rab Moshe Teitelbaum, nacido en Galitzia, fue reconocido como un prodigio excepcional en el estudio de la Torá. Los grandes sabios de su generación lo apreciaban enormemente y lo apodaban "Baal Harosh Habarzel" ("el dueño de la cabeza de hierro"), por su extraordinaria capacidad intelectual. Con apenas diecisiete años ya enseñaba Torá a numerosos alumnos y mantenía correspondencia halájica con los más destacados eruditos de la época.

En una ocasión llegó a Lublin y, por indicación del Joize de Lublin, recibió el honor de pronunciar una derashá en la gran sinagoga, a pesar de que en aquel entonces todavía no pertenecía al círculo jasídico. Multitudes acudieron para escucharlo, y todos quedaron maravillados por la profundidad de sus palabras. Con el tiempo se convirtió en uno de los discípulos más cercanos y fieles del Joize.

Más adelante fue nombrado rabino de Shinova y, posteriormente, ocupó el rabinato de Oyhel, en Hungría, donde sirvió durante más de treinta años. Allí fundó una gran y prestigiosa ieshivá y fue el líder de miles de jasidim. Se cuenta que cuando enfermó Shmuel Biniomin, hijo del Jatam Sofer, este le envió un pedido especial para que bendijera a su hijo con una pronta recuperación.

Rab Moshe era conocido por la fuerza de su santidad. Incluso los no judíos reconocían su grandeza y acudían a él para pedirle consejo. Sin embargo, por encima de todo, era famoso por el profundo dolor que sentía por la destrucción del Bet Hamikdash y por el intenso anhelo con el que esperaba la Gueulá. Jamás dejaba de expresar ese sentimiento, tanto con sus palabras como con sus actos, hasta el punto de que en su generación se decía:
"Lleva consigo el alma del profeta Irmiahu."

Entre sus costumbres había una muy particular: mantenía siempre su ropa de Shabat al alcance de la mano, para que en el instante en que se oyera el sonido del shofar del Mashíaj no tuviera que perder ni un solo momento antes de salir a recibirlo.

Cierto día llegó a la casa de Rab Moshe la noticia de que su querido yerno, Rab Arie Leib Lipshitz, rabino de Vishnitz y autor del Arie Debei Ilaá, estaba por llegar de visita.

Toda la familia se llenó de alegría y comenzó enseguida con los preparativos para recibir al distinguido huésped. El propio Rab Moshe esperaba su llegada con enorme entusiasmo, pues cada visita significaba largas horas de estudio conjunto, profundizando en el Talmud y debatiendo apasionadamente cuestiones de Halajá.

A la hora prevista, toda la familia salió a esperar al visitante en la entrada de la casa.

Pero el carruaje no aparecía.

Los minutos pasaron... y se transformaron en horas.

La preocupación comenzó a hacerse sentir, y, como suele ocurrir, empezaron las conjeturas:

—Quizás entendimos mal su carta y en realidad pensaba venir otro día.

—Tal vez, jas veshalom, se enfermó.

—Puede que haya tenido algún contratiempo en el camino y el viaje se haya prolongado más de lo previsto.

—Quizás no imagina cuánto lo estamos esperando y por eso no tuvo apuro...

Cada uno aportaba una explicación distinta.

Mientras tanto, Rab Moshé permanecía en su habitación, completamente absorto en el estudio de la Guemará.

Algunos miembros de la familia subieron al altillo y se asomaron por la ventana que daba a la ruta que conducía a la ciudad de Oyhel. Parecía una competencia por ver quién sería el primero en divisar al visitante y correr a anunciar la noticia.

De pronto, a lo lejos apareció un pequeño punto que poco a poco fue haciéndose más grande.

El shamesh irrumpió emocionado en la habitación de Rab Moshé.

—¡Rebe!... ¡Llegó! —exclamó, y salió inmediatamente de nuevo hacia el ático para seguir observando.

No había pasado ni un minuto cuando Rab Moshé salió apresuradamente de su casa, vestido con sus relucientes ropas de Shabat. Su rostro irradiaba una alegría indescriptible; sus pies parecían no tocar el suelo, y todo su ser estaba envuelto en una inmensa emoción.

Aquello resultó bastante lllamativo, pues Rab Moshe aprovechaba cada instante de su tiempo con absoluto rigor, y jamás abandonaba su estudio sin una razón de enorme importancia.

Pero los ojos de todos estaban puestos en el carruaje que se acercaba, y nadie prestó atención a Rab Moshé.

Si lo hubieran hecho, habrían notado que su mirada estaba dirigida mucho más allá del horizonte. Afinaba el oído y agudizaba todos sus sentidos, intentando escuchar los pasos del Goel Tzedek.

Entonces ocurrió lo inesperado.

El carruaje se detuvo junto a él.

De él descendió... únicamente su yerno.

En ese instante Rab Moshé comprendió que había interpretado mal las palabras del shamesh. El "¡Llegó!" no se refería al Mashíaj, sino simplemente a la llegada de su yerno.

La desilusión fue tan inmensa, el dolor tan profundo, que no pudo soportarlo.
Cayó al suelo desmayado.

Las expresiones de alegría se apagaron de inmediato. Toda la familia corrió desesperada a asistirlo. Tras grandes esfuerzos lograron hacerlo reaccionar y recuperar el conocimiento.

Rab Moshé estaba extremadamente débil. Su rostro había perdido todo color.
Con un profundo suspiro murmuró:

—¡Ay!... Él no llegó... todavía no llegó...

Y no había una sola persona entre los presentes que no comprendiera perfectamente de quién estaba hablando.

*

Quizás nosotros estamos muy lejos del nivel de Rab Moshe Teitelbaum. Probablemente, si alguien gritara "¡Llegó!", lo último que pensaríamos sería que se refiere al Mashíaj.

Pero precisamente esa es la enseñanza que nos deja esta historia.

No se nos exige vivir con su nivel de grandeza, pero sí podemos incorporar algo de su forma de pensar. Podemos esforzarnos para que la Gueulá deje de ser una idea lejana y pase a ocupar un lugar central en nuestra vida; hablar más de ella, estudiarla, pedirla en nuestras tefilot y acostumbrarnos a mirar el mundo con la expectativa de que, en cualquier instante, todo puede cambiar.

Cuando una persona piensa constantemente en algo, eso termina moldeando su manera de vivir. Si llenamos nuestra mente y nuestro corazón con el anhelo de la Gueulá, también nuestras acciones comenzarán a reflejar esa esperanza.

Que podamos vivir con esa expectativa auténtica, aguardando cada día la llegada del Mashíaj, y que muy pronto dejemos de hablar de la Gueulá como una esperanza para comenzar a vivirla, con la llegada del Mashíaj, teikef umiyad mamash.



Fuente: Sijat Hashavua #1021

El error que no fue error

Comparte Reb Mendi Jerufi la siguiente anécdota reciente:

El jueves por la noche pasado (Leil Shishi) estábamos sentados varios amigos estudiando. En medio del estudio surgió una conversación sobre la Maalá (virtud y grandeza) de dar Tzedaká, y recordé una Sijá muy particular del Rebe.

El Rebe da allí un consejo maravilloso: darle tzedaká a una persona que nunca hayas visto, que no conoces y que tampoco podrá devolverte el favor. Un acto de bondad puro, sin ningún cálculo ni interés.
Entonces puede presentarse el iehudí ante Hakadosh Baruj Hu y pedirle:

“Ribono Shel Olam, así como yo actué con bondad incondicional y sin cálculos, actúa Tú también conmigo y con los miembros de mi hogar”.

Entre los allí reunidos estaba mi cuñado, Alex. En un momento me pidió que le enviara una foto de aquella sijá del Rebe. Se la envié… solo que se la envié al Alex equivocado.

En lugar de llegarle a mi cuñado, el mensaje fue a otro Alex: un viejo amigo, judío oriundo de Rusia, trompetista de profesión. Trabajamos juntos durante años.

Él no sabe leer hebreo y actualmente trabaja como guardia de seguridad en una escuela. Cuando la directora se acercó a él, le pidió que le tradujera lo que yo le había enviado.

Ella leyó las palabras del Rebe. Se detuvo. Se emocionó. Y le pidió que le reenviara la imagen.

Pasó una semana.

La semana pasada, muy temprano por la mañana, sonó el teléfono.

“Hola, Mendi… tengo que contarte algo”.

Alex me contó que esa mañana la directora se le acercó y le dijo que, desde que había leído las palabras del Rebe, decidió hacer exactamente lo que el Rebe aconseja: donó una tzedaká a una persona que no conocía y luego le pidió a Hashem que actuara también con su hija con una bondad que no tiene cálculos.

Su hija está luchando (hace  un tiempo ya) contra la anorexia.

Y entonces, con la voz emocionada, le dijo:

“No sé cómo explicarlo… pero desde la semana pasada hubo una mejoría enorme en su estado, un cambio que no habíamos visto antes”.

Cuando terminó la llamada me quedé inmóvil.

Pensé para mis adentros:

Yo ni siquiera tenía la intención de enviarle el mensaje a él. Fue un error. Se la mandé al contacto equivocado.

Pero a veces hace hace llegar un mensaje a través de un simple clic “equivocado”, para que llegue exactamente al corazón que lo necesitaba.

"מֵה' מִצְעֲדֵי גֶבֶר כּוֹנָנוּ"
“De Hashem son dirigidos los pasos del hombre”.




El silencio que le salvó la vida


Los prisioneros del campo de trabajo ya conocían el sadismo del oficial nazi. De tanto en tanto aparecía en la plaza de formación y pronunciaba los números de tres o cuatro prisioneros. Cada uno rezaba en silencio para no escuchar el suyo.

Uno de aquellos prisioneros era Rev Abraham Steiner, nacido en 1912 en la localidad de Dukla, Polonia. Sus padres eran personas rectas y honestas, que vivían dignamente gracias a un comercio de cueros. Como tantos otros judíos de Europa, jamás imaginaron la magnitud de la tragedia que estaba por abatirse sobre ellos.

Tras la invasión alemana a Polonia, los nazis ocuparon el pueblo y comenzaron de inmediato la persecución contra los judíos. Muchos fueron secuestrados para realizar trabajos forzados y las sinagogas fueron profanadas.

En el verano de 1942, todos los judíos de Dukla fueron reunidos en la plaza del mercado para una cruel selección. Los ancianos y enfermos fueron llevados al bosque cercano y asesinados. Muchos otros fueron enviados al campo de exterminio de Bełżec. Los jóvenes aptos para trabajar, entre ellos Abraham, fueron trasladados a un campo de trabajo, donde realizaban tareas agotadoras en canteras y en la construcción de caminos, bajo condiciones inhumanas.

Allí, la vida de cada prisionero pendía constantemente de un hilo. Bastaba con desfallecer durante el trabajo para recibir un disparo en el acto.

Pero había algo todavía más aterrador.

El oficial de las SS tenía un macabro "pasatiempo". Cada pocos días se presentaba frente a las filas de los prisioneros y leía tres o cuatro números. Todos sabían perfectamente lo que aquello significaba: quienes escuchaban su número eran conducidos a un pequeño edificio del que, al poco tiempo, comenzaban a oírse desgarradores gritos. Luego... un silencio absoluto.

Los prisioneros eran asesinados tras terribles torturas.

Por eso, cada vez que el oficial aparecía, el miedo se apoderaba de todos.

Un día, como de costumbre, sacó una lista y comenzó a leer cuatro números.
Tres prisioneros salieron inmediatamente de la fila.
Cuando pronunció el cuarto número, nadie se movió.

El hombre cuyo número había sido llamado quedó completamente paralizado por el terror. El oficial volvió a gritar el número, pero seguía sin obtener respuesta.

Furioso, rugió:

—¿Quién es ese prisionero?

Entonces, aquel hombre —que estaba parado junto a Abraham Steiner— recuperó el aliento, levantó lentamente una mano temblorosa y señaló a Abraham.

—Ese es —dijo con voz quebrada.

Ante la mirada atónita de todos, Abraham salió serenamente de la fila y se unió a los otros tres prisioneros.

Los cuatro fueron llevados al edificio donde tantos otros habían encontrado una muerte espantosa.

Esperaron durante largos minutos... luego horas...

Cada instante parecía eterno.
Pero, sorprendentemente, no ocurrió nada.

De repente comenzaron a escucharse disparos y gritos provenientes de la plaza de formación. Poco después volvió a reinar un silencio sepulcral.
Solo entonces comprendieron lo sucedido.

Aquel día, el verdugo nazi había decidido cambiar su macabro "juego". En lugar de asesinar a los prisioneros cuyos números había llamado, ordenó ejecutar a todos los que habían permanecido en la formación.

Así, precisamente por haber permanecido en silencio y haber salido de la fila sin decir una sola palabra, Abraham Steiner salvó milagrosamente su vida.

Años más tarde, su hija, la señora Shoshana Shevaks, contó que su padre, sobreviviente del Holocausto, emigró a Eretz Israel, formó una familia y durante décadas se negó a hablar de todo lo que había vivido. Solo en sus últimos años, cuando sus nietos le insistieron una y otra vez, accedió a compartir algunos recuerdos.

Entre las pocas historias que decidió relatar estaba esta, porque veía en ella una enseñanza para toda la vida.

Solía repetir una y otra vez:
"Cuando uno guarda silencio, nunca pierde; al contrario, gana. Mientras la palabra no ha salido de la boca, la persona es dueña de ella. Desde el momento en que la pronuncia, la palabra pasa a ser dueña de la persona."

Y no eran solo palabras.
Jamás habló lashón hará ni participó en conversaciones donde se hablara mal de otra persona. Si escuchaba que alguien comenzaba a criticar al prójimo, simplemente se levantaba y se retiraba discretamente, sin reprochar a nadie ni llamar la atención.

En una ocasión le preguntaron por qué, en aquel momento tan decisivo, después de que otro prisionero lo señalara, no aclaró que se trataba de un error.

Su respuesta fue tan sencilla como profunda:

"No pensé demasiado. Me dije que, si no iba, el nazi terminaría matándonos a los dos."

Rev Abraham vivió casi cien años y gozó de una salud extraordinaria hasta el final de sus días.

Poco antes de fallecer, después de una caída por la que fue trasladado al hospital, vio el rostro preocupado de su hija y le dijo con total serenidad:
"Todo Min Hashamaim, [todo viene de Hashem]."

Así vivió toda su vida: con una emuná sencilla, una confianza absoluta en el Creador y un profundo cuidado por cada palabra que salía de su boca.



Fuente: Sijat Hashavua #2062 Matot-Masei 5786.