AdSense

martes, 30 de junio de 2026

La melodía que respondió todas las preguntas


Cuando el Rab Berel Baumgarten llegó a la Argentina como el primer sheliaj del Rebe de Lubavitch, la realidad judía del país era muy distinta de la que conocemos hoy.

Era la década de los sesenta. Gran parte de la juventud judía estaba profundamente identificada con los movimientos sionistas, kibutzianos y jalutzianos. La comunidad ortodoxa, en cambio, era pequeña, débil y con escasa presencia pública. Hablar de jasidut Jabad en la Argentina era prácticamente hablar de un sueño.

Con paciencia infinita y una entrega absoluta, Rab Baumgarten comenzó un verdadero trabajo de hormiga. Visitó hogares, dio clases, organizó encuentros, estudió con jóvenes uno a uno y despertó incontables neshamot. Muchos de aquellos muchachos continuaron luego sus estudios en ieshivot, algunos viajaron a estudiar a 770, y con el paso de los años formaron la gran mayoría de las familias jasídicas de Jabad que hoy existen en la Argentina.

Reb Shaul Mizraji recuerda uno de aquellos episodios que jamás olvidó.

«Yo era apenas un muchacho, pero ya me había acercado mucho a Rab Berel y procuraba absorber todo lo que podía de él. Estudiaba con él y, al mismo tiempo, colaboraba en distintas tareas. Como me gustaba manejar, muchas veces hacía de chofer, y fue justamente así como tuve el mérito de presenciar la siguiente historia. En cierta oportunidad llevé al Rab Baumgarten a un importante club judío —creo que era Lamroth Hakol o Macabi— donde había sido invitado a participar de un encuentro con el público.

Apenas llegamos, la atmósfera era tensa. Bastaba mirar los rostros de los presentes para comprender que muchos habían venido dispuestos a enfrentarlo. Ni bien fue presentado, comenzaron a llover preguntas desde todos los rincones de la sala.
Las preguntas eran de toda clase: filosóficas, científicas, ideológicas y religiosas. Algunas eran extremadamente elaboradas. Rab Baumgarten aún no manejaba el español con soltura, de modo que, además de la profundidad de los planteos, muchas veces le costaba incluso comprender exactamente qué le estaban preguntando...
Entonces ocurrió algo completamente inesperado.

Rab Berel se puso de pie y dijo con toda naturalidad:

—Permítanme comenzar este encuentro con un nigún, una melodía jasídica.

Todos sabían que poseía una voz extraordinaria. Era un excelente jazán y un jasid que cantaba con toda el alma.
Comenzó entonces a entonar el famoso nigún del Shpoler Zeide, Kol BaYaar.

La melodía describe, en forma de parábola, el profundo anhelo de Hashem, nuestro Padre, por el regreso de Sus hijos, el pueblo de Israel. Los hijos responden que un guardián les impide volver. La idea está basada en el Midrash, donde Hashem llama a Israel a regresar, y el pueblo responde: "Depende de Ti, Amo del Universo".

Rab Berel no se limitó a cantar una sola versión. Fue interpretando la misma melodía en varios idiomas: ídish, hebreo, inglés, portugués y, por supuesto, español.

Mientras cantaba, podía verse cómo el ambiente iba transformándose. El hielo comenzaba a derretirse. Los rostros endurecidos se suavizaban. La tensión desaparecía poco a poco.

Cuando terminó el nigún, reinó un silencio absoluto.

Toda la sala estaba conmovida.

Finalmente, uno de los dirigentes tomó la palabra, representando aparentemente el sentir de todos los presentes.
—Rabino —le dijo—, ahora díganos lo que vino a compartir con nosotros.

Y, curiosamente, ya no hizo falta responder ninguna de las preguntas.
El nigún había hablado por sí solo.

Aquella reunión dejó una huella imborrable. No convenció únicamente a las mentes; tocó las neshamot.

---

No era la primera vez que ocurría algo semejante.

Muchos años antes, el Alter Rebe llegó a la célebre ciudad de Shklov, en uno de los momentos más intensos de la oposición de los misnagdim contra el movimiento jasídico. Se convocó a todos los judíos de la ciudad, especialmente a los grandes talmidei jajamim, para escuchar al líder jasídico.

Apenas llegó, comenzaron también allí las preguntas, los cuestionamientos y los desafíos halájicos.
Pero el Alter Rebe no respondió inmediatamente.
Primero entonó el nigún Taamu UReú.

Aquel nigún expresó aquello que las palabras no podían transmitir.

Se cuenta que, al concluir el encuentro, decenas de aquellos eruditos salieron detrás del Alter Rebe. Aquel primer contacto los marcó profundamente y, con el tiempo, muchos de ellos se convirtieron en sus jasidim.
No sólo por las respuestas que escucharon.
Sino por la verdad que habían sentido.

*
Quizás allí radica una de las mayores enseñanzas de esta historia.

Rab Berel Baumgarten actuó exactamente como lo habían hecho el Alter Rebe y, después de él, todos los Rebeim. Frente a un ambiente aparentemente hostil, frente a personas que parecían llegar dispuestas a discutir y refutar, no se dejó intimidar por las apariencias ni por el clima del momento.

Porque un jasid sabe que, por más capas que puedan cubrirla, en lo profundo de cada judío arde una neshamá pura que anhela conectarse con Hashem.

Con el tokef jasídico —esa firmeza serena, segura de la verdad de la Torá y llena de amor por cada judío— Rab Berel no respondió al desafío con confrontación, sino revelando aquello que todos compartían en lo más profundo: el vínculo eterno entre Hashem y Su pueblo.

Y cuando esa verdad aflora, muchas veces las preguntas dejan de necesitar respuestas.
Porque el corazón ya encontró aquello que la mente todavía estaba buscando.







Letra del Nigun Kol Bayaar

קוֹל בַּיַּעַר אָנוֹכִי שׁוֹמֵעַ, אַב לַבָּנִים קוֹל קוֹרֵא / 

א געשריי און א געוואלד און א געפילדער א פאטר אין וואלד זוכט דאך זיינע קינדער .
Una voz en el bosque escucho llamar,
un padre a sus hijos que viene a buscar.


בָּנַי בָּנַי לְהֵיכָן הָלַכְתֶּם, אֲשֶׁר עָלַי כָּךְ שְׁכַחְתֶּם / 
קינדער קינדער וואו זייט איהר געווזען וואס אויף מיר האט איהר שוין פארגעסען.
¡Hijos míos!, ¿Dónde pueden estar?
¿Cómo fue que de su Padre se pudieron olvidar?

 בָּנַי בָּנַי שׁוּבו לְבֵיתִי, כִּי לֹא אוּכַל לָשֶׁבֶת יְחִידִי בְּבֵיתִי / 
קינדער קינדער קומט צו מיר אהיים ווארום מיר איז אומעטיג צו זיצען אליין /

¡Hijos! ¡Hijos! regresen de nuevo al hogar;
ya no puedo Yo solito en Mi Casa morar.

אָבִינוּ אָבִינוּ אֵיךְ נָשׁוּב, והַשּׁוֹמֵר עוֹמֵד בְּשַׁעַר הַמֶּלֶךְ... / 
פאטער פאטער ווי קענען מיר געהן צו דיר אז דער שומר שטייט דאך ביי דער טיר /
¡Padre! ¡Padre! ¿cómo iremos hasta Ti,
si el guardián está en la puerta impidiéndonos subir?

🎵🎶Ay, ay, ay... ay, ay, ay...🎶🎵

YUD BEIS TAMUZ 5786 - Las lágrimas de un abuelo



Sonó el teléfono.

—Hola, Karen, habla Tzipi. ¿Te gustaría pasar este Shabat con nosotros?

Karen, estudiante de una universidad local, se sintió conmovida de que alguien de la comunidad de Lubavitch de Saint Paul todavía se acordara de ella. Había conocido a Tzippi el verano anterior, en 1978, cuando tomó algunas clases en la Midrashá de Beis Jana de Minnesota, y había disfrutado muchas mesas de Shabat con Tzipi y su familia.
Aunque recientemente se había vuelto ambivalente respecto a la observancia de las mitzvot, Karen aceptó la invitación. Después se alegró de haberlo hecho. Se sentía bien volver a la comunidad de Lubavitch y experimentar la alegría del Shabat. Se sentía afortunada de conocerlos, aunque no fuera una de ellos.

Al concluir Shabat la convencieron de asistir a una reunión especial en honor al Iortzait del Frierdiker Rebe, donde hablaría el rabino Shlomó Zalman Hejt (Sheliaj enviado por el Frierdiker Rebe, más de treinta años antes, en la década de 1940, para fortalecer a la comunidad judía de Chicago).

Al comenzar su charla, el rabino Hejt compartió una enseñanza que había escuchado personalmente del Frierdiker Rebe.

El Frierdiker Rebe relató una costumbre del Baal Shem Tov. Cuando alguien acudía a él, solía preguntarle:
"וואס געדיינקסטו?"
—¿Qué recuerdas?
No se refería a conocimientos o ideas, sino a aquel acontecimiento de la vida que permanecía grabado en la memoria de la persona. Luego le explicaba qué enseñanza debía extraer de ese recuerdo.

Y agregó:

—Una de las expresiones de la Providencia Divina es que cada persona escucha aquello que necesita escuchar y ve aquello que necesita ver.

A continuación, el rabino Hejt comenzó a relatar historias sobre el Frierdiker Rebe.

En un momento recordó un episodio ocurrido al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

En aquellos años existía una organización llamada Keren Hatzalá, dedicada a ayudar a los refugiados judíos. Entre quienes fueron enviados a Europa para distribuir la ayuda se encontraba Shmuel Broida, un importante dirigente comunitario de Chicago que no era un jasid de Jabad.

Al regresar, Broida contó una experiencia que jamás olvidaría.
En París había conocido a numerosos refugiados provenientes de Rusia. Quería comprender cómo habían logrado conservar su identidad judía después de tantos años bajo el régimen soviético. Habló con ancianos, con adultos y finalmente con un pequeño niño.

Le preguntó:

—Voy a regresar a América. ¿Hay algo que desees mucho, que quizás pueda traerte?

Esperaba escuchar un pedido propio de un niño: golosinas, algún juguete o ropa nueva.

Pero la respuesta lo dejó sin palabras.

—Me gustaría ir a América para verlo al Rebe.

Con lágrimas en los ojos, Broida comentó después:

—Puedo entender que una persona mayor quiera ver al Rebe. Pero un niño pequeño... Pensé que pediría caramelos o juguetes. Sólo deseaba una cosa: ver al Rebe.

Y concluyó:

—Si el Rebe puede dejar una impresión tan profunda veinte años después de haber abandonado Rusia, hasta el punto de que niños pequeños crezcan con ese anhelo, entonces esto es algo extraordinario.

El rabino Hejt recorrió con la mirada la silenciosa sala. Algunas personas se estaban secando los ojos. En la primera fila vio a una joven con lágrimas corriendo por su rostro.

Entre los presentes se encontraba también el rabino Moshe Feller, el sheliaj del Rebe en Minnesota. Al verla llorar de aquella manera, le comentó al rabino Hejt que sospechaba que aquella joven podía ser una nieta del Sr. Broida.

Al concluir la conferencia, el rabino Hejt se acercó a ella en privado.

—¿Eres familiar de Shmuel Broida?

Karen asintió.
—Era mi abuelo.

Entonces el rabino Hejt le contó algo que no había compartido públicamente.

Años después de aquella experiencia en París, su abuelo le había pedido que le consiguiera un iejidut con el Frierdiker Rebe.

Era 1947 y, debido al delicado estado de salud del Rebe, obtener una audiencia privada era algo muy difícil. Sin embargo, logró organizarla.

Viajaron juntos a New York. Al salir del iejidut, su abuelo estaba profundamente emocionado.

—Esta ha sido una de las experiencias más extraordinarias de mi vida —fue todo lo que quiso decir.

Poco después, el secretario salió y le informó que el Rebe deseaba verlo.

Cuando entró, el Frierdiker Rebe le dijo:

—Reb Shmuel Broida estuvo aquí conmigo. Le pregunté por sus actividades y luego le pregunté: "¿Qué sucede con tus hijos?" Y rompió en llanto.

Entonces el Rebe agregó:

"Le prometí que algún día tendrá najes de sus nietos."

Mientras relataba todo esto, el rabino Hejt observó que Karen volvía a emocionarse. Ella sabía perfectamente por qué había llorado su abuelo allí adentro, en ese Iejidut. Cuando él falleció, ninguno de sus diecisiete nietos observaba Torá y mitzvot.

El rabino Hejt le dijo entonces:

—Hasta hoy no entendía por qué el Rebe me contó aquella conversación. Ahora lo entiendo. Fueron aquellas lágrimas de tu abuelo las que te trajeron de regreso.

Aquella noche marcó un punto de inflexión en la vida de Karen. Poco tiempo después ingresó a estudiar en Majón Jana y comenzó su camino de retorno al judaísmo. Con el tiempo, ella y sus hermanos formaron hogares observantes.

Quizás por eso el rabino Hejt comenzó aquella noche recordando la enseñanza del Baal Shem Tov.
"וואס געדיינקסטו?"
"¿Qué recuerdas?"

Y quizás por eso Karen estaba allí.

Porque una de las expresiones de la Hashgajá Pratit es que cada persona escucha aquello que necesita escuchar y ve aquello que necesita ver.

Aquella noche, Karen escuchó la historia de las lágrimas de su abuelo. Y comprendió que, décadas después, seguían dando fruto.



Fuente: Adaptado por Yerajmiel Tilles de un artículo publicado en L'Chaim nº 424 y de la historia original del libro "From the Heavens to the Heart", de Tzvi Jacobs.

La respuesta a una carta que nunca fue enviada



Esta historia me acompaña desde que era una niña de segundo grado. Mi nombre es Jana (hoy Logov, entonces Mendelson), y mi hermano menor, que en aquel momento estaba en primer grado, se llama Baruj (hoy es Sheliaj del Rebe en Kiev).

En esa época, Baruj era un niño débil. Sufría repetidamente de neumonías, y mi madre, Sheina Mendelson z”l, estaba muy preocupada. Decidió escribirle al Rebe de Lubavitch para pedir una bendición por su salud.

Cuando yo, una pequeña niña de segundo grado, vi a mi madre escribiendo junto con Baruj, le dije enseguida:

—Mamá, ¡yo también quiero escribirle una carta al Rebe!

Mi madre respondió de inmediato:

—¿Qué dices, Jana’le? El Rebe no es un amigo nuestro; no se le escribe por cualquier cosa.

Pero, como toda niña pequeña, insistí una y otra vez, hasta que mi madre cedió y dijo:

—Está bien, escribe.

Me senté y escribí una carta propia de una niña: le conté al Rebe que pronto sería mi cumpleaños y otras pequeñas cosas que interesan a los niños.

Esa noche, cuando mi madre fue a enviar las cartas, su conciencia jasídica comenzó a inquietarla. Pensó para sí:

“Realmente, el Rebe no es un amigo; ¿cómo voy a molestarlo con una carta de una niña pequeña sobre su cumpleaños?”

Tomó la carta de Baruj y la envió. Mi carta, en cambio, la dobló, la guardó en un armario entre su ropa y decidió no enviarla.

Pasaron unas dos semanas y media.

Mi madre regresó del trabajo, abrió el buzón de correo y casi se desmayó allí mismo.

En el buzón la esperaba un sobre oficial de 770, de la Secretaría del Rebe. En el sobre estaba escrito claramente:

“Para Jana y Baruj Mendelson”.

Mi madre tembló por completo. ¡La carta de Jana jamás había sido enviada! ¡Estaba guardada dentro del armario de la casa!

Cuando abrimos el sobre, encontramos dos cartas separadas.

Una era para Baruj, en la que el Rebe lo bendecía con una pronta recuperación y buena salud.

¿Y la otra?

Una carta personal dirigida a mí, Jana, con una respuesta precisa a todo lo que yo había escrito.

Tiempo después, en una celebración familiar, mi madre se encontró con su tío, el josid y principal joizer (repetidor de los discursos del Rebe), Rev Yoel Cahn  ע"ה.

Con enorme emoción le contó esta historia y le dijo:

—Rev Yoel, ¡mire qué milagro, qué manifestación tan evidente de Ruaj Hakodesh del Rebe!

Rev Yoel escuchó atentamente y luego le dijo una frase que me acompaña hasta el día de hoy:

—Sheina, que el Rebe tiene Ruaj Hakodesh es algo claro y sabido; de eso no hay que maravillarse. ¿De qué sí hay que maravillarse? Del interés y la preocupación del Rebe. El Rebe estaba sentado en su habitación en Brooklyn y vio, con su ruaj hakodesh, que un hermano iba a recibir una carta y su hermana no, y que ella se sentiría triste. Lo que debe asombrarnos es el cariño y la preocupación del Rebe por una pequeña niña judía.

Esa carta quedó en nuestra familia como un testimonio vivo del Ruaj Hakodesh del Rebe. Pero más aún, quedó como un recordatorio del inmenso amor y la preocupación que el Rebe sentía por cada judío, incluso por una pequeña niña que podía sentirse triste al ver que su hermano había recibido una carta y ella no.

Esa es la verdadera maravilla.






Los tefilín que salvaron una vida


Era fines de 1959. Shalom (Shelly) Ber recibió la orden de incorporarse al ejército de los Estados Unidos. Antes de presentarse al servicio militar, ingresó a yejidut con el Rebe y le informó que partiría el 17 de noviembre. El Rebe lo bendijo.

Al concluir el entrenamiento básico, le comunicaron que sería enviado a Corea. Antes de partir recibió una breve licencia. Al llegar a su casa, su madre le dijo:

—Llamaron de 770. El Rebe quiere verte.

Shalom no entendía el motivo, pero fue de inmediato.

El Rebe lo recibió con una amplia sonrisa y pidió a su secretario que trajera un paquete preparado para él. Dentro había un par de tefilín.

—Ya tengo tefilín desde mi Bar Mitzvá —comentó Shalom.

—Lo sé —respondió el Rebe—, pero quiero que lleves estos contigo. Prométeme que te los pondrás y recitarás el Shemá todos los días.

Shalom estaba emocionado, pero permaneció en silencio.

—No escuché tu promesa —le dijo el Rebe.

Entonces prometió cumplirlo.

Antes de despedirse, el Rebe agregó:

—Quiero prepararte. Allí te resultará muy difícil. Y si alguna vez no puedes colocarte los tefilín, asegúrate al menos de recitar el Shemá.

El viaje a Corea comenzó con un largo vuelo desde California, con escalas en Hawai, la isla Wake y Japón. Mientras los soldados aguardaban para continuar el trayecto, Shalom se levantó para estirar las piernas.

Justo en ese instante apareció un oficial y le ordenó subir inmediatamente a otro avión. Fue elegido simplemente porque era el único que estaba de pie.

Más tarde se supo que el avión en el que originalmente debía viajar desapareció y se perdió todo contacto con él. Nadie volvió a saber qué ocurrió. Su vida había sido salvada milagrosamente.

Ya en Corea, Shalom intentaba ponerse los tefilín cada mañana, pero su comandante le hacía la vida imposible. Le asignaba las tareas más difíciles y buscaba cualquier excusa para perjudicarlo.

En una ocasión obtuvo permiso para una salida especial. Debía viajar en una pequeña avioneta para dos personas. En pleno vuelo, el motor dejó de funcionar y la aeronave comenzó a caer. El piloto intentó un aterrizaje de emergencia en un arrozal, pero segundos antes del impacto el motor volvió a encenderse. Nuevamente, se salvó de manera milagrosa.

Aun así, las dificultades continuaron. Desanimado por la constante presión de su superior, Shalom dejó de ponerse los tefilín y se limitó a recitar el Shemá.

Poco después recibió una carta de su madre:

—Mi querido hijo, acabo de recibir un mensaje de 770. El Rebe dice que no estás cumpliendo tu promesa.

Shalom quedó atónito.

Comprendió que debía encontrar la manera de conectarse y servir a Hashem aun en aquellas circunstancias. Solicitó un traslado y fue enviado a una unidad de ingeniería de combate que operaba detrás de las líneas enemigas, realizando peligrosísimas misiones de demolición de puentes, desactivación de minas y destrucción de instalaciones militares.

Allí, por fin, pudo volver a ponerse los tefilín todos los días.

Siete meses después, cuando ya se acercaba el final de su servicio, su unidad fue sorprendida por un intenso bombardeo en la frontera entre Corea del Norte y Corea del Sur.

Los soldados, atrapados en trincheras llenas de barro bajo la lluvia y el granizo, carecían de suficiente munición. La situación parecía desesperada.

En medio del caos, uno de los soldados que compartía barracón con él le gritó:

—¡Ber, necesitamos a Di-s! Tú tienes esas cajitas que te pones cada mañana. ¡Reza por todos nosotros!

Shalom dudó, pero el soldado insistió:

—¡Reza por nosotros o te disparo!

Con las manos cubiertas de barro, sacó los tefilín, se los colocó apresuradamente y, en medio del estruendo de la artillería, levantó los ojos al cielo y exclamó:

"Shemá Israel, Ado-nai Elo-heinu, Ado-nai Ejad".

En ese mismo instante cesó el bombardeo.

Un silencio absoluto se apoderó del lugar.

—No podía creer lo que veía —recordaría más tarde.

Los soldados salieron de las trincheras y regresaron sanos y salvos.

Años después, Shalom resumió la experiencia con estas palabras:

—El Rebe vio que necesitaría esa fuerza para atravesar todo lo que me esperaba en la guerra. Los tefilín del Rebe salvaron mi vida una y otra vez. Gracias a la protección que me brindaron estoy aquí para contar mi historia y alentar a cada judío a ponerse tefilín, aunque sea una sola vez.

Fuente: JEM, "My Encounter".

*
Esta noche entramos en Guímel Tamuz, fecha que nos impulsa a reflexionar sobre nuestro vínculo con el Rebe y, sobre todo, sobre la vigencia de sus enseñanzas y sus directivas.

La mejor manera de conectarnos con el Rebe es fortalecernos en aquello que él pidió de cada judío: más Torá, más Mitzvot, más Ahavat Israel y más difusión de la luz del judaísmo.

Que podamos tomar una Hajlatá, una buena decisión en honor a este día y merecer muy pronto la Gueulá verdadera y completa, ahora.

En 2023, Shelly Ber regresó a Corea para volver a colocarse los Tefilín del Rebe en aquel lugar histórico.


ESPECIAL PARA GUIMEL TAMUZ 5786 - 32 AÑOS



El rabino Pinjas Taitz, reconocido dirigente de New Jersey, realizó veintidós viajes a la Unión Soviética durante los años más duros del régimen comunista. Mientras millones de judíos permanecían atrapados detrás de la Cortina de Hierro, él se convirtió en uno de los pocos rabinos occidentales que lograban ingresar regularmente al país.

Gracias a sus contactos y a la confianza que le dispensaban las autoridades, podía visitar Rusia con relativa libertad. Sin embargo, aprovechaba cada viaje para introducir clandestinamente Sidurim, Jumashim, Tefilín y otros artículos necesarios para mantener viva la llama del judaísmo entre los judíos soviéticos.

Aunque provenía del mundo lituano tradicional y no era jasid de Jabad, admiraba profundamente el heroísmo de aquellos jasidim que arriesgaban su libertad y sus vidas para preservar la Torá y las mitzvot. A lo largo de los años se convirtió en un importante vínculo entre el Rebe y los judíos que vivían detrás de la Cortina de Hierro.

En una ocasión, poco antes de emprender otro de sus viajes, un emisario del Rebe llegó a su casa con el acostumbrado paquete de sidurim, jumashim y tefilín. Sin embargo, aquella vez había algo más.

El emisario sacó un pequeño ejemplar del Tania y le dijo:

—El Rebe pidió que lo lleve consigo durante todo el viaje.

El rabino Teitz quedó sorprendido. Introducir Tefilín o Sidurim ya implicaba cierto riesgo. Pero un Tania era algo completamente diferente. El nombre de Jabad era bien conocido por la KGB, y la sola posesión de ese libro podía despertar sospechas.

Aun así, decidió aceptar. Si el Rebe se lo había pedido, debía haber una razón.

Tres días después de llegar a Moscú, mientras regresaba a su hotel tras rezar Arvit en la Gran Sinagoga, dos jóvenes aparecieron repentinamente en una calle oscura. Lo sujetaron de los brazos y lo condujeron rápidamente hacia un automóvil estacionado.

Por un momento pensó que había caído en manos de la KGB.

Su alivio fue inmenso cuando descubrió que aquellos misteriosos "secuestradores" eran en realidad dos jasidim de Jabad... Le explicaron que aquella era la única manera segura de llevarlo a una casa clandestina sin despertar sospechas.

Una vez a salvo, le revelaron el motivo de la reunión.

Ambos necesitaban urgentemente la orientación del Rebe.

El primero acababa de enterarse de que la KGB seguía de cerca sus actividades. Quería saber si debía abandonar Moscú y esconderse en otra ciudad o permanecer allí, continuando su labor educativa clandestina.

El segundo enfrentaba un dilema diferente. Tenía la posibilidad de solicitar un permiso para emigrar a Eretz Israel. Sin embargo, presentar la solicitud significaba perder inmediatamente su prestigioso empleo como ingeniero, y si el permiso era rechazado podría quedarse sin medios para mantenerse.

El rabino Teitz prometió memorizar cuidadosamente sus nombres y preguntas para transmitirlas al Rebe a su regreso. Escribir cualquier dato en papel habría sido demasiado peligroso.

La tensión fue disminuyendo y comenzaron a conversar.

En medio de la charla, el rabino Teitz mencionó casualmente que llevaba consigo un pequeño Tania que el Rebe le había entregado, para llevar durante el viaje.

Los dos jasidim quedaron inmóviles.

—¿Quiere decir que tiene aquí consigo el Tania del Rebe?

Con manos temblorosas, el rabino sacó el libro de su bolsillo.
Los jasidim quedaron sobrecogidos. Antes de siquiera tocar el libro, se colocaron un gartel, como preparación y muestra de respeto ante aquel momento tan especial. Sólo entonces, con manos temblorosas y profunda reverencia, tomaron el Tania. Lo observaban desde todos los ángulos, acariciaban sus páginas y lo sostenían con reverencia. Para ellos, no era simplemente un libro: era el Tania personal del Rebe, que había estado en sus manos apenas unos días antes, y que ahora había llegado milagrosamente hasta aquella habitación oculta en el corazón de la Unión Soviética.

De repente, uno de ellos descubrió algo.
Una esquina de una página estaba doblada.

Abrió el libro en ese lugar y comenzó a leer las primeras palabras y el primer renglón de la página [pág. קסב:
"שהשעה דחוקה לו ביותר וא"א לו בשום אופן להמתין"]
El texto hablaba de alguien que se encontraba bajo una gran presión y no podía permitirse ninguna demora.

El jasid palideció.

—¡Esta es mi respuesta! —exclamó con voz entrecortada—. ¡El Rebe me está diciendo que debo salir inmediatamente de aquí!

El segundo jasid tomó rápidamente el libro y comenzó a revisarlo con mayor atención.

Y entonces encontró otro doblez.

Abrió la página correspondiente.

Las palabras que aparecían allí eran: [pág. לח:
"ליכנס לארץ"]
 "entrar a la Tierra".

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¡Y esta es mi respuesta! ¡El Rebe me está indicando que debo solicitar inmediatamente permiso para hacer aliá!

Durante unos instantes permanecieron inmóviles, intentando asimilar lo que acababa de ocurrir.

Luego, incapaces de contener la emoción, los dos jasidim se tomaron mutuamente de los brazos y comenzaron a bailar.
Era un auténtico Tantzn jasídico.

Giraban una y otra vez por la pequeña habitación, cantando en voz baja para no llamar la atención de los vecinos, pero con una alegría imposible de ocultar.

El rabino Taitz observaba la escena con absoluto asombro.

Desde su perspectiva lituana y no jasídica, todo aquello le resultaba difícil de comprender. Dos hombres acababan de tomar decisiones que afectarían el resto de sus vidas —decisiones que podían determinar su libertad, su sustento e incluso su seguridad personal— basándose en unos pequeños dobleces encontrados en un Tania.

Y sin embargo, allí estaban, bailando con una certeza y una alegría que parecían provenir de otro mundo.

Años más tarde recordaría que aquella escena lo había dejado completamente desconcertado.

Pero los jasidim no tenían dudas.
Para ellos era evidente que aquellos dobleces no eran casuales. El Rebe había preparado aquellas señales antes incluso de que sus preguntas llegaran hasta él.

Cuando el rabino Taitz regresó a Estados Unidos, acudió al Rebe para informarle sobre su viaje.

Le contó todo lo sucedido, excepto un detalle.
No mencionó el episodio de los dobleces del Tania.

Temía que al Rebe no le agradara saber que aquellos jasidim habían basado decisiones tan trascendentales en señales encontradas en un libro.

Sin embargo, al finalizar la conversación, el Rebe le preguntó:

—¿Mostró el Tania a los jasidim?

—Sí —respondió.

Entonces el Rebe continuó:

—¿Y, prestaron atención a los kneitshn, a los dobleces de las páginas?
...
Al concluir el yejidut, el rabino Pinjas Taitz salió profundamente conmovido.

Como era habitual, varios bajurim que aguardaban cerca de la puerta se acercaron inmediatamente, intentando captar alguna palabra sobre lo que había sucedido en aquella audiencia privada. Todos sabían que el rabino acababa de regresar de Rusia y que seguramente había compartido con el Rebe información de suma importancia.

Esperaban escuchar alguna revelación extraordinaria.

Y, en cierto sentido, eso fue exactamente lo que ocurrió.
El rabino Taitz los observó y les dijo:

—Del rúaj hakódesh del Rebe no estoy impresionado.

Los presentes quedaron sorprendidos.

Continuó:

—A lo largo de mi vida tuve el mérito de conocer a varios grandes tzadikim y rabanim que poseían un rúaj hakódesh manifiesto. No es eso lo que me impresiona.

Hizo una pausa y añadió:

—Lo que realmente me impresiona es la fe pura, absoluta y genuina de los jasidim del Rebe.

Los bajurim escuchaban atentamente.

—Piensen en aquellos jasidim que conocí en Rusia. Vivían bajo la vigilancia constante del KGB. Sus decisiones podían determinar su libertad, su sustento e incluso su propia vida. Y, sin embargo, cuando encontraron aquellos pequeños dobleces en las páginas del Tania del Rebe, no dudaron ni un instante. Comprendieron el mensaje y actuaron en consecuencia con una certeza total.

Eso es lo que me deja verdaderamente impresionado. La extraordinaria convicción con la que un jasid sabe que su Rebe lo guía y lo acompaña, incluso desde miles de kilómetros de distancia, incluso detrás de la Cortina de Hierro, e incluso a través de un simple doblez en la esquina de una página.

Muchos años después, quienes escucharon aquellas palabras seguían recordándolas.

Porque provenían de alguien que no había crecido en Jabad, que observaba todo desde afuera y que, precisamente por ello, podía apreciar con claridad la singular profundidad del vínculo entre el Rebe y sus jasidim.


Fuente: La historia está basada en el testimonio del propio rabino Pinjas Taitz, quien durante décadas evitó que fuera publicada debido al peligro que aún corrían los judíos que permanecían en la Unión Soviética. (collive.com)

*

Esta semana (el miércoles de noche y jueves) se cumplen 32 años de Guímel Tamuz, el día en que el Rebe desapareció de nuestra vista física.

Historias como ésta adquieren hoy un significado aún más profundo.

Aquellos jasidim de Rusia no podían ver al Rebe. Estaban separados de él por miles de kilómetros, por fronteras infranqueables y por el régimen más opresivo del mundo. No podían llamarlo, visitarlo libremente ni recibir respuestas inmediatas. Sin embargo, estaban convencidos de que el Rebe conocía su situación, se preocupaba por ellos y encontraba la manera de guiarlos.

Y precisamente esa fue la lección que aprendió el rabino Pinjas Taitz. Lo que más lo impresionó no fue el rúaj hakódesh del Rebe, sino la profunda convicción de sus jasidim de que el vínculo con el Rebe no dependía de la cercanía física.

Treinta y dos años después de Guímel Tamuz, ese mensaje sigue vigente.

La verdadera pregunta no es cuánto podemos ver al Rebe, sino cuánto permitimos que sus enseñanzas, sus instrucciones y su visión influyan en nuestras vidas.

Cuando estudiamos sus Sijot, cumplimos sus Horaot, fortalecemos una mitzvá, ayudamos a otro judío o participamos en la tarea de preparar el mundo para la Gueulá, el vínculo con el Rebe se vuelve algo vivo y tangible.

Los jasidim de Rusia nos enseñan que la distancia física nunca fue un obstáculo. Si ellos pudieron sentir la guía del Rebe detrás de la Cortina de Hierro, nosotros ciertamente podemos encontrar inspiración y dirección en sus palabras, sus enseñanzas y su legado.

Que este Guímel Tamuz nos inspire a fortalecer nuestro hiskashrus, a agregar en Torá, Avodá y Guemilut jasadim, y a cumplir la misión que el Rebe encomendó a nuestra generación: preparar al mundo para la llegada inmediata de Mashíaj, ya mismo.

La fuerza de una Brajá

23 de Siván, es una fecha muy especial que aparece explícitamente en la Meguilat Ester. Allí se relata que, en ese día, los escribas del rey fueron convocados para escribir y promulgar todo aquello que ordenara Mordejai HaIehudí, con el fin de traer salvación, protección y bienestar al pueblo judío.

El Rebe señaló en varias oportunidades que esta fecha no es solamente un recuerdo histórico, sino una enseñanza vigente para cada generación. Así como en aquel 23 de Siván se emitieron decretos favorables para Am Israel por iniciativa de Mordejai, también hoy cada judío —miembro del pueblo de Mordejai— posee la capacidad y la responsabilidad de bendecir, influir positivamente y "dictaminar" que las cosas se encaminen de la mejor manera posible para el pueblo judío, tanto en lo material como en lo espiritual.

La historia que sigue constituye un hermoso ejemplo de cómo una bendición pronunciada con fe, en un ambiente de amistad y calidez jasídica, puede transformarse en una realidad concreta y traer una gran salvación.


Nuestra historia comienza en una fría noche de Shabat de invierno, Shabat Mevarjim del mes de Adar de 5759 (1999), en el cálido hogar de una familia jasídica de Jabad, en un antiguo barrio de Ierushalaim.

Ariel, oriundo de un kibutz del norte de Israel, estudiaba entonces en la ieshivá Or Sameaj para baalei teshuvá. Aunque normalmente pasaba los Shabatot junto a su hermano mayor, que vivía en un Ishuv del centro del país, en aquella ocasión se quedó en Ierushalaim por una razón especial, que conoceríamos más adelante, y fue invitado a pasar las Seudot con aquella familia.

Los invitados eran algo habitual en aquella casa. Pero esta vez, al enterarse de la llegada de Ariel, también fueron invitados varios estudiantes de la ieshivá Torat Emet, donde estudiaban algunos de los hijos de la familia, para aumentar la alegría y el ambiente jasídico de las comidas de Shabat.

Y efectivamente, entre el pescado y la carne, entre las zemirot, los nigunim jasídicos y las palabras de Torá, la atmósfera fue cobrando cada vez más entusiasmo. En medio de la camaradería propia del Shabat y del calor de los Lejaim's, Ariel abrió su corazón y compartió aquello que lo preocupaba. Fue entonces cuando también comprendimos por qué había alterado su costumbre y se había quedado en Ierushalaim.

Ariel tenía ya cerca de cuarenta años y aún no había encontrado a su pareja. Con la esperanza de acelerar su salvación, había probado numerosas segulot. En aquel tiempo, alguien le sugirió rezar junto al Kotel HaMa'araví durante cuarenta días consecutivos. Ariel adoptó la propuesta y, por ello, se vio obligado a permanecer varias semanas en la Ciudad Santa.

Como la conversación derivó naturalmente hacia el tema del matrimonio, el dueño de casa tomó un libro de relatos del Baal Shem Tov y leyó la historia de una pareja de huérfanos pobres y desamparados cuya boda había sido celebrada personalmente por el Baal Shem Tov. Sus discípulos, que lo acompañaban, completaron el minián bajo la jupá. Durante la Seudá de bodas, el Baal Shem Tov y sus alumnos le entregaron a los novios singulares “regalos”: uno les “obsequió” la finca vecina del Poritz (señor feudal local); otro les “regaló” el molino cercano, y así sucesivamente. Y, para asombro de todos, al concluir aquella celebración ocurrieron diversos acontecimientos que hicieron que aquellas bendiciones se materializaran plenamente.

—Si es así —dijo el dueño de casa al terminar la lectura—, dado que aquí también contamos con un minián de yehudim y estamos participando de un farbrenguen jasídico entre amigos, cuyo poder es bien conocido, ¡démosle una Broje a Ariel para que, con Beezrat Hashem, encuentre a su alma gemela antes de que termine este mismo mes!

—¡Amén! —respondieron con entusiasmo todos los presentes.

Inspirado por la atmósfera especial que había creado la historia del Baal Shem Tov y sus discípulos, uno de los jóvenes, dotado de una hermosa voz, declaró que él cantaría el nigún de la jupá en la jatuná de Ariel. Otro prometió bailar delante de los novios. Un tercero, el más robusto del grupo, se comprometió a alzar y cargar al novio sobre sus hombros. Y así, uno tras otro, fueron sumando sus propias promesas.

Finalmente, todos brindaron “Lejaim” y comenzaron a cantar: “Meherá ishama bearei Iehuda uvejutzot Ierushalaim...”. Ariel fue honrado para dirigir el zimún, y tras el Birkat Hamazón los invitados se despidieron con una profunda sensación de que la salvación estaba cerca.

Los días siguientes transcurrieron entre la expectativa de quienes habían participado de aquella comida. Pasó una semana, luego dos, luego un mes entero, y no llegó ninguna noticia de Ariel. La primavera ya llamaba a la puerta y, con los preparativos de Pesaj, el episodio fue quedando en el olvido.

Sin embargo, al mediodía de uno de los días de Jol HaMoed Pesaj, sonó el teléfono en la casa de aquella familia. Del otro lado de la línea estaba Ariel, con una invitación de casamiento.

Contó que en Purim —aproximadamente dos semanas después de haber recibido aquella bendición— un amigo lo había invitado a una Seudá en su casa. Allí conoció a quien estaba destinada a convertirse en su esposa y, tras un breve período de conocimiento mutuo, decidieron construir juntos un hogar judío.

La novia, también baalat teshuvá, tenía su propia historia relacionada con el encuentro del shiduj.

Ella también había buscado durante mucho tiempo a su compañero de vida. Aproximadamente un año antes, en vísperas de Purim de 5758 (1998), escuchó hablar de un distinguido rabino de una gran ciudad que tenía una costumbre singular. Cada año, durante la seudá de Purim, cuando la alegría alcanzaba su punto máximo y los participantes estaban animados por el vino, el Rav se dirigía a los presentes y los bendecía para que vieran satisfechas sus necesidades. Y para conferir a la bendición la fuerza de un fallo rabínico, invitaba a dos participantes más a unirse a él, formando juntos un pequeño bet din.

Aquel año, la futura novia acudió a la casa de ese Rav. Él la bendijo y, junto con los otros dos “jueces”, dictaminó que encontraría a su pareja durante el año siguiente.

Y así fue. Tanto la bendición pronunciada por el rabino en Purim del año anterior como la bendición otorgada por los participantes de aquella comida de Shabat dos semanas antes, se cumplieron y trajeron la salvación para Ariel y su novia.

Y en la noche de Lag Baomer de aquel mismo año, Ariel avanzó hacia su jupá acompañado por aquella familia y por los alumnos de la ieshivá Torat Emet que habían estado presentes en aquella inolvidable comida de Shabat. Los jóvenes cumplieron cada una de sus promesas y aportaron su parte a la gran alegría de la celebración: la alegría del novio y la novia.


Fuente: Sijat Hashavua #1050 (Agradecemos al relator de esta historia, el Sr. Ionatan Zigman, de Kfar Jabad, quien participó personalmente en aquella Seudá de Shabat.)

*

Una Brajá emitida con sinceridad por un grupo de yehudim reunidos en un jasídishe farbrenguen abrió los canales para una salvación esperada durante tantos años.

Quizás esta sea una de las enseñanzas del 23 de Siván: así como en tiempos de Mordejai se escribieron decretos favorables para el pueblo judío, también hoy las palabras de bendición pronunciadas con fe, amor al prójimo y confianza en Hashem tienen la capacidad de transformar la realidad y traer buenas noticias para Am Israel.

Una Brajá de hace cincuenta años se cumple hoy


Por Rev Eli Moshe Levitansky


Hay momentos en los que uno mira hacia atrás y descubre que una historia que comenzó hace décadas recién ahora llega a completarse.

Esta es una de esas historias.

Mis padres, el rabino Avraham "Avremel" Levitansky ז״ל y la rebbetzn Levitansky, שתיבדל לחיים טובים וארוכים, llegaron a S. Mónica en 1973 para establecer allí las actividades de Jabad.

Durante los primeros años, las actividades funcionaron en distintos locales alquilados. Finalmente, en 1977, junto con los miembros de la comunidad, adquirieron una pequeña casa que se convirtió en el primer Beit Jabad de S. Mónica.

Uno de los grandes amigos y benefactores de mi padre en aquellos años fue el Sr. Semelman. Gracias a su ayuda, se concretó la compra de aquella propiedad, y juntos viajaron para entregar la llave del nuevo Beit Jabad al Rebe.

Era el 12 de Tamuz de 5737 (1977), cincuenta años después de la milagrosa liberación del Rebe anterior de la prisión soviética. Durante aquel histórico farbrenguen, presentaron la llave al Rebe.

Tres años más tarde, esa primera casa fue vendida y se adquirió una propiedad más amplia: el edificio que hasta hoy alberga a Jabad S. Mónica.

Durante más de cuatro décadas, esa propiedad fue el corazón de innumerables actividades: servicios de Shabat y de Yamim Noraim, campamentos de verano, clases para niños y adultos, farbrenguens, Kaparot y mucho más.

Pero con el paso de los años, el espacio comenzó a resultar insuficiente.

Mi padre soñaba con expandir el Beit Jabad, pero las propiedades vecinas no estaban disponibles. Así que seguimos adelante, aprovechando cada rincón y esperando la oportunidad adecuada.

Hace un tiempo, nuestra familia encontró una grabación de aquella presentación de la llave al Rebe en 1977. Habíamos oído hablar muchas veces de ese momento, pero nunca lo habíamos visto.

Y entonces descubrimos algo extraordinario.

Al aceptar la llave, el Rebe les dijo:
"Que el Todopoderoso los bendiga para que hagan lo mismo en el segundo Yovel, dentro de cincuenta años."

Nos quedamos asombrados.

Era una bendición inusual. Específica. Cincuenta años después volverían a entregarle una llave al Rebe.

Nos impresionó profundamente, aunque no teníamos idea de cómo podría llegar a cumplirse.

Hasta este año.

A comienzos de marzo, de manera inesperada, la propiedad contigua al Beit Jabad salió a la venta.

Después de décadas esperando esa oportunidad, presentamos una oferta. Tras algunas negociaciones, Baruj Hashem, fue aceptada y firmamos el contrato.

Y entonces nos dimos cuenta de algo increíble.

La compra se concretará justamente al comenzar el quincuagésimo aniversario de aquella entrega de la llave. Este Yud Beis Tamuz. 5786.

Quedamos atónitos.

Por supuesto, sabíamos que esta adquisición transformaría nuestro trabajo: duplicaría el espacio disponible, permitiría ampliar nuestros programas y haría realidad un sueño que mi padre había perseguido durante años.

Pero ahora entendíamos que era mucho más que eso.

La Brajá del Rebe se estaba cumpliendo.

Cincuenta años después, una nueva llave estaba llegando a nuestras manos.

Nos sentimos profundamente conectados con el Rebe en estos días. La bendición que otorgó a nuestro padre y al querido Sr. Semelman está cobrando vida ante nuestros propios ojos.

No existen palabras para describir lo que sentimos.

Pero sí sabemos una cosa:

Debemos completar esta adquisición. Debemos inaugurar el Beit Jabad ampliado. Y debemos entregarle la llave al Rebe.

Porque hace cincuenta años el Rebe lo dijo.

Y hoy, cincuenta años después, estamos viendo cómo sus palabras se hacen realidad.





15 de Sivan - Arresto y encarcelación del Rebe Anterior

El 15 de Siván se cumple un aniversario del arresto del Rebe Anterior, el Rebe Rayatz, en el año 5687 (1927), y comenzamos a transitar el centésimo año desde aquel acontecimiento histórico.

A simple vista, aquel arresto parecía una terrible tragedia. Las autoridades soviéticas buscaban quebrar la vida judía y silenciar la difusión de la Torá y el jasidismo. Sin embargo, con el paso del tiempo quedó claro que aquel episodio fue el comienzo de una enorme victoria espiritual. Tras superar los mayores obstáculos y desafíos, llegó la liberación del Rebe el 12 de Tamuz, el célebre Jag HaGueulá, que marcó el inicio de una nueva etapa de fortalecimiento y expansión de la Torá y la Jasidut.

Muchas veces, aquello que parece un problema o una dificultad insuperable es, en realidad, el primer paso hacia una salvación mucho mayor. La siguiente historia ilustra esta idea de una manera simple pero profunda.

Un judío ruso fue arrestado injustamente y sentenciado a exilio. Mientras tanto, su esposa quedó sola en casa, enfrentando un invierno particularmente duro. Se acercaba la época de preparar el campo para la siembra (justamente ese patio y campo adyacente eran la fuente de Parnasá de esa familia), pero las heladas habían endurecido la tierra y ella no tenía fuerzas para ararla por sí misma.

Desesperada, le escribió a su marido explicándole la situación:

 “¿Qué haré este año? No puedo preparar el campo yo sola.” 

El hombre sabía que toda la correspondencia era revisada por las autoridades antes de llegar a destino. Entonces le respondió:

“¡Por ningún motivo caves ni remuevas la tierra del campo! Allí están enterradas todas las armas.”

A los pocos días, soldados llegaron a la casa. Revolvieron el patio, cavaron de punta a punta el terreno y dieron vuelta cada rincón buscando las supuestas armas. Después de horas de trabajo, no encontraron absolutamente nada.

 Una semana más tarde, la esposa recibió una nueva carta:

“Ahora ya puedes sembrar. Es lo máximo que pude hacer para ayudarte desde aquí.”

Incluso desde el exilio, sin herramientas y sin libertad, encontró la manera de ayudar a su familia.

*
Enseñanza:

A veces Hashem nos coloca frente a situaciones que parecen obstáculos, retrocesos o incluso derrotas. Desde nuestra perspectiva limitada, vemos únicamente el problema; pero desde una mirada más profunda, ese mismo obstáculo puede estar preparando el terreno para un crecimiento mucho mayor.

El judío de la historia no se dejó paralizar por las circunstancias. Aunque estaba encarcelado y aparentemente no podía hacer nada, buscó la manera de transformar la propia dificultad en una ayuda para su familia. Del mismo modo, el arresto del Rebe Anterior fue concebido por sus enemigos como un intento de detener la difusión de la Torá y la Jasidut. Sin embargo, terminó produciendo exactamente lo contrario: una victoria histórica y una expansión sin precedentes de las fuentes de la Jasidut.

Esta es una lección para cada uno de nosotros: cuando encontramos dificultades en nuestro servicio a Hashem, en nuestros estudios o en la difusión de la Torá, no debemos desanimarnos. Muchas veces, el desafío mismo contiene la fuerza y la oportunidad para alcanzar logros que jamás hubiéramos imaginado. Como enseñan nuestros Sabios, la mayor luz surge precisamente después de la oscuridad, y la verdadera redención nace de la transformación del propio obstáculo.

Mi asesor empresarial



El Sr. Leibel Lipszyc nació en Amberes, Bélgica. Durante la invasión nazi, su familia huyó primero a Portugal, luego a Cuba y finalmente, en 1946, llegó a Estados Unidos cuando él tenía apenas siete años.

Se establecieron en Brownsville, Brooklyn, cerca de varias familias Lubavitcher, y más tarde se mudaron a Charleston, Carolina del Sur, donde su padre consiguió trabajo como shoijet. Pero en 1949, la tragedia golpeó duramente a la familia: después de años intentando salvar a sus padres y hermanos durante la guerra, su padre recibió la confirmación de que sus padres y dos hermanos habían sido asesinados por los nazis. El dolor fue tan devastador que sufrió una crisis nerviosa, y la familia regresó a Nueva York. Durante años estuvo entrando y saliendo del hospital.

En aquellos tiempos difíciles, el Frierdiker Rebe ayudaba semanalmente a la familia enviando dinero a su madre.

Debido a la enfermedad de su padre y a los problemas de salud de su hermano mayor, muchas responsabilidades del hogar recayeron sobre él desde muy joven. Aunque estudiaba en la yeshivá de Lubavitch, toda la situación familiar comenzó a afectarlo y empezó a desviarse un poco del camino.

Cuando cumplió dieciocho años, una tía que vivía en Argentina sugirió que fuera a vivir con ellos por un tiempo. Su esposo tenía una joyería y podía enseñarle el oficio. La idea era que aprendiera una profesión y encaminara su vida.

Antes de viajar, entró a iejidus con el Rebe. El Rebe aceptó que viajara, pero con una condición: debía seguir estudiando Torá en una yeshivá local mientras trabajaba. Así comenzó su nueva rutina en Argentina: medio día estudiando Torá y medio día aprendiendo joyería.

Sin embargo, después de algunos meses, le escribió al Rebe proponiéndole reducir las horas de estudio para trabajar más. Su situación económica familiar era muy difícil; en Nueva York vivían prácticamente de la asistencia social. Él sentía una enorme responsabilidad de ayudar a sus padres y pensaba únicamente en ganar dinero y terminar cuanto antes su formación.

La respuesta del Rebe cambió completamente su perspectiva.

“No debes considerar el estudio de la Torá como algo beneficioso solamente para el Olam Habá (Mundo Venidero)”, le escribió el Rebe, “sino como algo vital para tu presente y tu futuro en esta vida”.

El Rebe le explicó que el estudio de la Torá le daría las herramientas, la fortaleza y la claridad necesarias para enfrentar todas las pruebas de la vida, especialmente en el entorno en el que se encontraba.

Y agregó algo fundamental: dedicar tiempo a la Torá no sería un obstáculo para su éxito material, sino justamente la fuente de la bendición.

“Si te dedicas con diligencia a tu formación”, escribió el Rebe, “seguramente completarás tu aprendizaje mucho antes de lo que imaginas. El estudio mismo de la Torá traerá bendición y éxito también en tu sustento”.

Poco después, volvió a escribirle al Rebe. Esta vez le preocupaba que su jefe —un judío poco simpatizante de la religión— no aceptara que trabajara solo medio día.

El Rebe le aconsejó hablar con firmeza y seguridad, explicándole que esas horas de estudio eran esenciales para su vida en general, su carácter y su paz interior. Y le aseguró que, si hablaba con sinceridad, el jefe terminaría aceptándolo.

Con el tiempo, comenzó a ver esas brajot concretamente. En su primer trabajo aprendía ciertas cosas, pero no la habilidad principal que necesitaba: la soldadura. Entonces decidió cambiar de lugar y empezar otro aprendizaje donde realmente le enseñaran el oficio completo. Allí trabajó duro, aprendió rápidamente y, aunque inicialmente estaba dispuesto a trabajar gratis para aprender, su nuevo jefe comenzó a pagarle y hasta a aumentarle el sueldo regularmente.

Finalmente regresó a Nueva York y consiguió trabajo como joyero. Pero después de una semana y media, le informaron que le pagarían solamente veinticinco dólares semanales, muchísimo menos de lo habitual en aquella época.

Decidió renunciar inmediatamente.

Ese mismo día tenía iejidus con el Rebe, la primera desde su regreso. Le contó todo lo vivido en Argentina y luego mencionó el salario que le habían ofrecido.

El Rebe sonrió y le respondió:

“¡Por veinticinco dólares a la semana no te dejo salir de la yeshivá!”.

Entonces el Rebe le indicó que visitara a un joyero israelí de Crown Heights llamado Ahron Stein. Apenas escuchó que venía enviado por el Rebe, Stein hizo una llamada telefónica y le consiguió de inmediato un trabajo digno y bien remunerado.

Mirando hacia atrás, el Sr. Lipszyc comprendió que el Rebe no solo lo estaba guiando espiritualmente. También le estaba enseñando cómo construir una vida material sana y exitosa: primero fortaleciendo lo espiritual.

Porque cuando la base es la Torá, todo lo demás termina acomodándose.



Fuente: My Story, de JEM

Qué significa ser un Ish Rujni - Lo que vale un Shiur de Torá

Publicada para los días posteriores a Jag Hashavuot 5786


Reb Itche der Masmid solía viajar de ciudad en ciudad para recaudar fondos destinados a sostener las instituciones y la casa del Rebe Rashab, (incluso algunos años antes del liderazgo del Frierdiker Rebe).

En cada lugar al que llegaba, durante Seudá Shlishit pronunciaba un Maamar Jasidus. Pero no eran discursos breves ni adaptados al público: eran maamarim profundos, largos y exigentes, que podían extenderse por más de una hora y media.

Los baalei batim simples que asistían no tenían ni la capacidad ni las fuerzas para seguir semejante profundidad durante tanto tiempo. Poco a poco comenzaban a retirarse. Algunos se reunían en un rincón para organizar un minián de Maariv e irse a sus casas. Sin embargo, Reb Itche continuaba diciendo el maamar hasta el final, completamente ajeno a lo que ocurría alrededor suyo.

En uno de esos viajes lo acompañó Reb Simja Gorodetsky. Al ver la situación, le sugirió discretamente:

—Tal vez esta vez permita que yo diga el maamer, y luego usted entre a recaudar los fondos.

Reb Itche aceptó.

Aquella vez, Reb Simja pronunció un maamar breve, claro y conciso. Los presentes quedaron muy satisfechos e inspirados por lo que escucharon. Más tarde, cuando Reb Itche pasó a recaudar, los baalei batim entregaron las donaciones con gran entusiasmo y generosidad, mucho más de lo habitual.

Al ver el éxito de la estrategia, Reb Itche comentó:

—¡ Oib Azoi... Si es así, acompáñame siempre y hagamos esto en cada viaje!

Cuando regresaron, entraron a yejidut a lo del Rebe Rashab y le relataron todo lo sucedido: cómo habían decidido “invertir” los roles, cómo el público había reaccionado favorablemente y cómo las sumas recaudadas se habían multiplicado.

Pero, para sorpresa de ambos, el Rebe Rashab no se mostró conforme.

Con tono serio dijo:

—Reb Itzjok es un איש רוחני -ish rujni-. Su tarea es ocuparse de Jasidut. ¡Y ese no es tu Shlijus!

Con esas palabras dio por terminado el yejidus.

La expresión quedó resonando profundamente en Reb Simja. ¿Qué significaba realmente ser un “ish rujní”? Quiso preguntar más, pero no encontró el momento adecuado.

Poco tiempo después, el Rebe Rashab falleció y el Frierdiker Rebe asumió el liderazgo. Reb Simja continuó siendo enviado en distintos shlijuyot, y en una de esas oportunidades sintió que finalmente había llegado el momento oportuno para formular aquella vieja pregunta.

Entró al Frierdiker Rebe y le relató toda la historia con Reb Itche der Masmid. Luego preguntó:

—¿Qué quiso decir el Rebe Rashab cuando dijo que Reb Itzjok era un “ish rujni”?

El Frierdiker Rebe no respondió.

Pasaron algunos días.

Una noche, en plena Rusia soviética, en aquellos años oscuros de hambre, persecución y sufrimiento, se cortó la electricidad. El Frierdiker Rebe hizo llamar a Reb Simja y lo hizo entrar en su habitación. Luego se acercó a la ventana y le dijo:

—Asómate. ¿Qué ves allí?

—No veo nada, Rebe. Solo oscuridad.

—Mira bien —insistió el Rebe—. ¿No ves?

Reb Simja volvió a observar, pero seguía sin distinguir absolutamente nada.

Entonces el Rebe le dijo:

— En aquella casa, en este mismo momento, varios jasidim están estudiando Tania juntos. Estoy seguro de que en las últimas veinticuatro horas no probaron un trozo de pan. Quizás hayan comido alguna verdura o algo pequeño, pero pan no. Sin embargo, el shiur de Tania no lo interrumpen por nada.

El Rebe permaneció unos instantes mirando hacia la oscuridad y luego continuó:

— Ahora mismo está saliendo una luz inmensa de esa casa. Un ish rujní podría ver esa luz claramente saliendo de ese hogar.


*

La historia deja una enseñanza profunda sobre qué significa realmente ser una persona espiritual.

Reb Itche der Masmid no buscaba “éxito” ni popularidad. Aunque la gente se fuera en medio del maamar, él seguía diciendo Jasidut con la misma seriedad y verdad. Porque para un ish rujní, el Jasidut no es una herramienta para impresionar o convencer, sino una verdad viva que debe ser transmitida con pureza.

Y quizás la enseñanza más actual para nosotros, especialmente ahora que acabamos de salir de Shavuot, el momento de la entrega de la Torá:

Aquellos jasidim vivían en una pobreza indescriptible. No tenían pan para comer, soportaban frío, oscuridad y persecución… pero el shiur de Tania no se suspendía por nada. Porque entendían que un shiur de Torá no es simplemente “una clase”: es una fuente de vida, una luz espiritual que ilumina el mundo entero.

El Frierdiker Rebe revela que de aquella pequeña casa salía una luz inmensa. Una luz real. Invisible para ojos comunes, pero completamente perceptible para un verdadero ish rujni.

También nosotros debemos asumir nuestros shiurim (o comenzar un nuevo Shiur de Torá) con esa seriedad y ese compromiso. Que el estudio de Torá sea algo fijo, intocable, vivo. “No se corta por nada”. Y cuando un grupo de iehudim se reúne para estudiar Torá con constancia y entrega, esa luz no queda encerrada entre cuatro paredes: ilumina toda la ciudad, y especialmente llena de brajá, kedushá y claridad a las familias y hogares de quienes participan.


Fuente: Teshura Farkash 5777

Maamar Jasidut en español para Yud Beis Tamuz 5786

5736 Natata Liiereeja 

domingo, 17 de mayo de 2026

El aguatero y el Sefer Torá - Shavuot

En la pequeña ciudad de Okop, en el oeste de Ucrania, donde nació y también vivió durante un tiempo Rabí Israel Baal Shem Tov, había un hombre muy rico llamado Rev Yoel. Pero no era respetado solamente por su riqueza: era un gran talmid jojom, iere Shamaim y muy cuidadoso en el cumplimiento de las mitzvot.

Un día sintió un fuerte deseo de cumplir la última mitzvá de la Torá —la mitzvá número 613—: que cada judío escriba un Sefer Torá para sí mismo. Pero para Rabí Yoel, cumplir una mitzvá “como corresponde” significaba cumplirla de la manera más hermosa y majestuosa posible.

Compró ganado, regaló la carne a los pobres y mandó preparar cuidadosamente los cueros para producir un pergamino de excelente calidad, digno de un Sefer Torá excepcionalmente bello. Luego contrató a un sofer muy reconocido, famoso tanto por su habilidad como por su gran temor a Hashem. Lo llevó a vivir a Okop y lo hospedó en su casa durante muchos meses mientras trabajaba en la escritura del Séfer Torá.

Cada día, antes de escribir, el sofer se sumergía en la mikve. Cada letra era escrita con santidad y reverencia.

Finalmente, cuando el Sefer Torá estuvo terminado, Rabí Yoel organizó una gran celebración. Después de todo, nuestros Sabios enseñan que completar un Sefer Torá merece una verdadera Seudat Mitzvá.

Entre los invitados estaban los rabanim de la ciudad, los dayanim, jazanim, shojatim, filántropos y líderes comunitarios. El propio Rabí Yoel pasó varios días preparando el evento, la organización, los invitados, de cerca y de lejos, y el discurso que pensaba decir en la celebración: un pilpul profundo y sofisticado, capaz de impresionar incluso a los grandes estudiosos de Okop.

Entre toda la gente de la ciudad, Berel el aguatero no había recibido invitación.

Berel era un judío simple. No era rico ni erudito. Cada mañana, antes del amanecer, iba al pequeño shul llamado “Jevras Tehilim”, donde él y otros trabajadores se reunían para rezar y recitar todo el libro de Tehilim antes de salir a sus trabajos diarios.

Cuando Berel escuchó sobre la celebración del nuevo Sefer Torá, inocentemente pensó que cualquier judío que amara la Torá podía participar, y decidió asistir.

Entonces se puso sus gastadas ropas de Shabat, se arregló lo mejor que pudo y fue a la casa de Rev Yoel. Sin pensarlo demasiado, se sentó entre los invitados importantes.

Cuando Rev Yoel vio a Berel el aguatero sentado en un lugar reservado para los estudiosos de Torá, se acercó molesto y le dijo en voz baja:

—Epa, epa, epa… ¿Solo porque dices mucho Tehilim te crees una persona importante y distinguida?

Berel entendió inmediatamente. Sin decir una palabra, se levantó y se fue silenciosamente.

Mientras tanto, la celebración continuó con toda su grandeza. Copas de plata brillaban sobre las mesas, enormes candelabros iluminaban el salón y abundaban las comidas refinadas y los vinos finos. Los músicos tocaban melodías alegres y los invitados bailaron alrededor del Sefer Torá con enorme entusiasmo.

Rabí Yoel estaba lleno de felicidad. Bailó con pasión, dijo su elaborado discurso de Torá y disfrutó de la admiración de los estudiosos de la ciudad, que quedaron impresionados por su sabiduría, amplitud de conocimientos y brillantes explicaciones sobre el versículo: “Y ahora, escriban para ustedes este cántico”.

Muy tarde esa noche, después de que el último invitado se retiró, Rev Yoel se acostó completamente satisfecho consigo mismo. Todo había salido perfecto.

Entonces se quedó dormido… y soñó.

En el sueño, una tormenta violenta lo atrapó y lo arrastró como una ola gigantesca hacia un desierto vacío y oscuro. Se encontró solo, aterrorizado, en medio de aquella desolación, hasta que de repente divisó a lo lejos una construcción intensamente iluminada.

Golpeó la puerta y entró. Dentro había un Tribunal Celestial: jueces solemnes sentados alrededor de una larga mesa.

Inmediatamente, el juez principal anunció:

—Rav Yoel de Okop, usted ha sido convocado a juicio.

El acusador se adelantó. Rev Yoel tembló al descubrir —o mejor dicho, al sentir con claridad en aquel sueño— que se trataba nada menos que del mismísimo David Hamelej.

—Lo acuso —declaró David Hamelej— de despreciar mis Tehilim y avergonzar públicamente a Berel el aguatero, quien recita cada palabra de los 150 capítulos todos los días con sinceridad y entrega.

Luego se levantó el fiscal celestial y exigió el castigo más severo: que el alma de Rev Yoel no fuera devuelta a su cuerpo.

Rev Yoel quedó paralizado del miedo. No podía hablar ni moverse.

Entonces, inesperadamente, apareció alguien para defenderlo: el Baal Shem Tov.

—Si Rev Yoel muere ahora —argumentó— la gente jamás aprenderá el enorme valor que tiene decir Tehilim con sinceridad. Déjenlo regresar para que esta enseñanza sea conocida.

Inmediatamente volvió aquella tormenta y lo devolvió a su cama.

Rev Yoel despertó temblando de miedo y empapado en sudor frío. Todo había parecido increíblemente real.

A la tarde siguiente, entre Minjá y Maariv, Rev Yoel fue al humilde shul de la “Jevras Tehilim”. Allí, delante de todos, le pidió perdón públicamente a Berel.

Los presentes escucharon asombrados mientras Rev Yoel relataba toda la historia: la celebración, la humillación, el juicio celestial y la gran lección que había aprendido.

Desde aquel día, Rabí Yoel cambió completamente. Ya no se enorgullecía de ser el mayor estudioso de la ciudad.

En cambio, cada mañana se sentaba junto a aquellos trabajadores simples y sinceros del pequeño shul. Se sentaba en un humilde banco de madera al fondo, como uno más entre todos los presentes, y recitaba Tehilim con humildad, calidez y un corazón verdadero.



Fuente: Yerajmiel Tilles, adaptado de "Sipurei Tzadikim".

miércoles, 13 de mayo de 2026

Especial para Lag Baomer 5786 - El electricista tuerto en Merón



Los alumnos de la escuela en Ramat Gan estaban asombrados. El hombre que vestía el uniforme de la Jevrat Jashmal —la Compañía Eléctrica de Israel— que había venido a explicarles los peligros y las precauciones de seguridad relacionados con el uso de la electricidad, llevaba un parche negro cubriéndole un ojo. Tal vez pensaron que era un veterano de guerra herido.

Pero cuando dio la misma charla una semana después en la escuela primaria de Kfar Jabad, ya no llevaba el parche. Al terminar, uno de los Morim, Rev Jaim Ben-Natan, lo invitó a ponerse los Tefilín. El hombre aceptó con entusiasmo. Cuando terminó de recitar el Shemá Israel, Meir (no es su verdadero nombre) le ofreció contarle su historia al Moré.

Durante muchos años ha sufrido de diabetes. Recientemente desarrolló un problema doloroso en uno de sus ojos y una pérdida de visión. Dado que esto estaba relacionado con la diabetes, todos los médicos insistieron en que no había cura posible. Su médico más reciente le dio una pomada para aliviar el dolor y un parche negro para cubrir el ojo afectado, de modo de no comprometer la visión de su único ojo sano.

Su visión incompleta hizo imposible que continuara trabajando como técnico. En cambio, la compañía eléctrica lo capacitó para dar presentaciones a niños en escuelas sobre electricidad.

En una ocasión estaba manejando por una ruta en el Galil hacia una actividad en una escuela en Carmiel. En el camino llamó a su oficina para confirmar la dirección. Su supervisora, una mujer judía religiosa, al escuchar dónde se encontraba, le recomendó desviarse hacia uno de los lugares sagrados de sepultura en el norte de Israel y rezar allí por una mejora en su condición.

“¿Por qué no?”, pensó. “No puede hacer daño”. Y se dirigió a Merón, al lugar de sepultura del gran sabio de la Mishná y del Zohar, Rabí Shimón bar Iojai.

Mientras estaba allí rezando con una mano apoyada sobre la tumba (claramente no era en Lag BaOmer), escuchó a un hombre en una mesa cercana sollozar y clamar repetidamente: “¡Hashem, Di-s, ayúdame por favor! ¡Bizjut Rabí Shimón, ayúdame ahora!”

Cuando Meir terminó su propia Tefilá, se apartó del Kever. El hombre que había estado clamando lo miró con asombro, abrió grandes los ojos y de repente lo agarró del brazo. “¡Ishtabaj Shemó! ¡Hodu LaHashem! ¡Mis tefilot fueron respondidas! ¡Rabí Shimón te envió a mí!”

“¿De qué estás hablando?”, dijo Meir con calma. “Nadie me envió aquí”.

“¡De verdad, no tengo dudas!”, proclamó Uri (tampoco es su nombre real), negándose a soltarle el brazo. “Tengo una esposa y cinco hijos en casa y no tenemos electricidad. He estado haciendo Tefilá durante horas para que vuelva la luz, y aquí estás vos, de la Jebrat Jashmal (compañía eléctrica)”. Señaló el emblema en el uniforme de Meir. “Está claro que te enviaron para ayudarme. ¡Ahora devuélveme la electricidad!”

Uri le explicó que le habían cortado la luz porque debía miles de shekels en facturas impagas que no podía pagar. Luego volvió a exigir, cada vez más fuerte, que Meir haga algo para que vuelva a contar con electricidad en su casa. Meir trató de explicarle que su trabajo no tenía ninguna relación con el problema de Uri, ni técnica ni financiera. Nada de lo que decía ayudaba. Uri no cedía en su convicción de que “obviamente” Meir había sido enviado del Shamaim y por Rabí Shimón bar Iojai para ayudarlo...

Desesperado de poder hacerlo entrar en razón, y con riesgo de llegar tarde a su compromiso, Meir finalmente le pidió el número de su cuenta. Uri le mostró su última factura. Meir dijo: “Mira, déjame salir un momento, llamaré a alguien muy importante en la administración, veré cuál es la situación e intentaré arreglar algo para ti”.

Uri sonrió lleno de expectativa y dio un paso atrás. Meir salió, utilizó su dispositivo interno de comunicación de la compañía, verificó la cuenta de Uri, confirmó que debía 2500 shekels… ¡y pagó toda la deuda con su propia tarjeta de crédito!

Al volver adentro, le dijo: “Bien, ya está todo arreglado con la compañía. Puedes volver a tu casa. En dos horas tendrás electricidad”. Uri le estrechó la mano con entusiasmo. No podía agradecerle lo suficiente. “¿Ves?”, dijo, “yo tenía razón, ¡Rabí Shimón te envió a mí! ¡Ishtabaj Shemó!”

Meir volvió a su auto, moviendo la cabeza con asombro ante su propio acto espontáneo de bondad. Unos diez minutos después, a mitad de camino hacia su destino, tuvo que detenerse al costado del camino. El ojo enfermo le picaba tanto que no podía esperar más para quitarse el parche y frotárselo. Se quitó el parche con la mano derecha y llevó la izquierda hacia el ojo para masajearlo, cuando de repente se dio cuenta de que estaba viendo a través del parabrisas… ¡con el ojo que había estado cubierto! Veía normalmente. ¡Su visión se había restaurado por completo!

Los distintos médicos que lo habían estado atendiendo no podían creer lo que veían. “Esto solo puede ser un milagro”, declaró cada uno, aunque no estaba claro que antes de este episodio creyeran en milagros. Meir sonrió, entendiendo la fórmula simple: si le das luz a otro judío, Di-s te da luz a ti. Y también, como dice el Talmud: “Se puede confiar en Rabí Shimón bar Iojai en situaciones de apremio”.


Fuente: Yerajmiel Tilles. Escuchado de varios jasidim de Jabad en Tzfat, incluyendo al hermano del rabino Ben-Natan en la historia.

©JasidiNews

Lag Baomer

La siguiente historia la escuché en la entrada al Ohel directamente de su protagonista, el sheliaj Reb Alter Bukiet (Boston):

Lag Baomer 5744 (1984)

En Lag Baomer era bien sabido que muchos acudían al Rebe para recibir una brajá de זרעא חייא וקיימא —hijos sanos y perdurables—, y en numerosos casos se veían resultados concretos.

Aquel año, debido a la gran multitud, se dispuso que las parejas esperaran al Rebe frente a su casa en President Street. Se organizó un Vaad Hamesader de avrejim para ordenar el flujo de gente. Entre ellos estaba Reb Alter Bukiet, quien pidió no tener que empujar a las personas; en su lugar, se le asignó abrir y cerrar la puerta del auto del Rebe.

“Había una presión enorme —relata—. Muchas parejas, de Anash y no de Anash, y también algunas de Satmer —a pesar de que aquellos años fueron recordados como una etapa particularmente difícil y tensa en la historia de las relaciones entre Satmer y Lubavitch—.

El Rebe tardó unos veinte minutos en avanzar desde la puerta de su casa hasta el coche. Se oían llantos y súplicas; algunos recibían brajot, otros no lograban ser escuchados. Era una escena muy intensa.

“Cuando el Rebe llegó al auto, yo sostenía la puerta con todas mis fuerzas para que no se cerrara por la presión de la multitud. De pronto, un avrej jasid de Satmer se introdujo parcialmente dentro del auto y, con gran desesperación, pidió una broje por hijos.

La presión aumentaba y yo sostenía la puerta para que no lo aplastara. El Rebe lo bendijo y luego le dijo:
‘Der kind vet darfn hobn mit vemen tzu shpiln zij’ —‘El niño necesitará con quién jugar’.
Al ver que no entendía, le indicó: ‘¡Zog Omein!’ —‘¡Di Amén!’—.
El hombre respondió ‘¡Omein!’, salió, cerré la puerta y el Rebe partió.

“Esa frase me quedó grabada. Nunca había escuchado algo así”.

Años más tarde, en 5759 (1999), Reb Alter viajó desde Boston al Ohel en el aniversario de su padre. De madrugada, mientras recitaba el Maane Lashon, vio entrar a un jasid de Satmer con dos niños. Tras recitar algunos Tehilim y leer un Pidion Nefesh, el padre les dice a los niños: "Nemt arois di Maamer"... "Saquen el Maamer", y los muchachos sacaron un maamar de Bar Mitzvá y lo recitaron allí mismo, junto al Tzion.

Más tarde, al encontrarse afuera, Reb Alter le preguntó quiénes eran.

El hombre respondió:
“Estos son 'Dem Rebe'ns Kinder', ‘los hijos del Rebe’. Nacieron gracias a su broje."

Y relató cómo, tras años sin hijos, se acercó al Rebe y recibió esa bendición, con las mismas palabras:
“Der kind vet darfn hobn mit vemen tzu shpiln zij”… ¡Zog Omein!

“Y gracias a eso nacieron mis mellizos”.

Como un rayo, Reb Alter lo reconoció:
“Dime, ¿eso fue en Lag Baomer 5744, junto al auto del Rebe?”

“¡Sí! ¡Incluso me metí dentro del auto!”, respondió.

“Entonces —dijo Reb Alter emocionado— yo era quien sostenía la puerta para que no te aplastaran”.

El jasid sonrió:
“Ahora entiendo por qué me resultabas conocido…”.

Señalando a los niños, concluyó:
“Son mellizos. Nacieron gracias a esa brajá, unos años después. Hoy es su Bar Mitzvá.
Estos son los únicos hijos que tengo — son los hijos del Rebe”. 


*

Lag Baomer es un momento especialmente propicio para pedir por hijos —o por cualquier pareja que lo necesite—. Con más razón aún, es un mérito escribir en este día un Pan al Rebe, quien continúa la cadena de los Tzadikim de Pnimiut HaTorá iniciada (de forma revelada) por Rabí Shimón Bar Iojai.

Y, junto a ello, participar en la marcha de los niños en honor a Rabí Shimon —una expresión viva de conexión con esa misma cadena.

Un momento verdaderamente imperdible.

Pesaj Sheiní



El rabino Itzjok ("Itche") Groner ע"ה era un gran erudito y un orador extraordinario. Fue enviado por el Rebe en Shlijus a Australia, donde fundó numerosas instituciones educativas y desarrolló un amplio פעילות.

En una ocasión, al llegar a visitar al Rebe y tener el mérito de tener un Iejidut, el Rebe lo sorprendió con un pedido inesperado:
“Cuando regreses a Australia, por favor viaja a través de la India”.
A pesar de que su pasaje ya estaba programado por otra ruta, el rabino Groner no preguntó el motivo. Si el Rebe lo pedía, sin duda había una buena razón.

Antes de partir, se dirigió a la oficina del Vaad Lehafatzat Sijot y le pidió a su director, Reb Shneur Zalman Janin, varios ejemplares de Sijot del Rebe en inglés, aunque no sabía para qué los necesitaría en la India.

Al llegar a la India, aún no tenía idea de cuál era su misión. Al salir del aeropuerto, tomó el primer taxi que encontró y le indicó simplemente: “Lléveme a una sinagoga”. Así llegó a un Beit Kneset, donde conversó con judíos locales sobre temas de Torá y dejó allí las hojas con las sijot del Rebe antes de continuar su camino.

Unos meses después, el rabino Janin recibió una llamada telefónica de una mujer judía de Arizona. Ella contó que su hijo había abandonado el hogar enojado hacía más de un año, había viajado a la India y había desaparecido.

Relató además que recientemente había logrado hablar con él, y fue entonces cuando su propio hijo le confesó que, aunque se había ido en busca de “algo” que pensaba que le daría sentido y felicidad, en realidad estaba atravesando una profunda sensación de vacío y desilusión.

Recientemente, había recibido de él una carta sorprendente: un día, mientras estaba sentado en una plaza, intentando cubrirse del sol, tomó un folleto que encontró cerca suyo. Eran hojas en inglés — una sijá del Rebe sobre Pesaj Shení—.

En esa sijá, el Rebe explicaba que Pesaj Shení simboliza la capacidad de no desistir ni caer en la desilusión, y que “en el judaísmo no existe nada perdido”.

El joven comenzó a preguntarse qué hacía en la India y escribió a su madre que quería regresar al judaísmo, pidiéndole que le encontrara un rabino que pudiera guiarlo. Adjuntó el número del Vaad Lehafatzat Sijot que aparecía en las hojas.

Finalmente, el joven regresó a su hogar, se puso en contacto con Beit Jabad en Arizona y comenzó a acercarse nuevamente al judaísmo.

Cuando el rabino Janin oyó toda la historia, le dijo al rabino Groner en su siguiente visita:
“Quizás aún no sabes cuál fue tu misión en la India… entonces déjame contarte cuál fue el verdadero propósito de ese viaje”.



Fuente: "Hitvaadut", Rab Jaim Sholom Daitch.

domingo, 12 de abril de 2026

2 pequeñas anécdotas de Seudat Mashíaj con el Rebe

En la tradición de Jabad, Seudat Mashíaj de Ajarón Shel Pesaj no es simplemente una comida más de Yom Tov, sino un momento de profunda conexión con la Gueulá. Nuestros Rebes enseñaron que, en estas horas finales de Pesaj, ilumina ya una chispa de la redención futura. Por eso, participamos de manera concreta y física: comiendo matzá y bebiendo cuatro copas de vino. No es solo un símbolo, sino una vivencia real que nos impregna de emuná —fe viva— en la llegada del Mashíaj y en la inminente Gueulá.


En el año 5726(1966), Reb Avraham Popack estaba internado en estado crítico, y los médicos habían programado una operación para el día después de Pesaj. En el farbrenguen de Ajarón Shel Pesaj, el Rebe le entregó a su hijo, Reb Shmuel Aizik Popack, algunos trozos de matzá para que se los llevara.

Al día siguiente, tras comer la matzá, la operación fue cancelada y, de manera sorprendente, comenzó a recuperarse.

En ese mismo farbrenguen, el Rebe habló sobre la importancia de beber las cuatro copas, preguntando a varios presentes si habían cumplido con su “cuota”. Entre ellos estaba un joven, Avraham Moshe Daitch. El Rebe le preguntó varias veces si había bebido las cuatro copas, hasta que finalmente lo hizo, lo cual causó gran satisfacción al Rebe.

Poco después, en Shavuot, el padre del joven, Reb Shalom Yeshaya Daitch, sufrió un grave ataque cardíaco. Informaron al Rebe, quien le dio una brajá para una pronta recuperación. Para Yud-Beis Tamuz, ya estaba lo suficientemente bien como para participar del farbrenguen. Al acercarse al Rebe con una botella de mashke y decirle: “Baruj Hashem, me recuperé”, el Rebe respondió: “No te recuperaste ahora, sino en Ajarón Shel Pesaj, cuando tu hijo bebió las cuatro copas…”.

Esta historia nos permite vislumbrar hasta qué punto estas acciones —aparentemente simples— tienen un alcance profundo y real.


*

En otra ocasión, el Rebe relató que su suegro, el Rebe Yosef Itzjok Schneersohn, en Ajarón Shel Pesaj, indicaba bailar el “baile de Mashíaj”. Este baile, explicó el Rebe, puede entenderse de dos maneras: como una preparación para la llegada del Mashíaj, o como un baile en el que el propio Mashíaj ya participa.

Y concluyó: si depende de nosotros, elegimos la segunda interpretación —la mejor—: que el Mashíaj baila con nosotros.

Luego, el Rebe indicó entonar el nigún “Nye Zhuritsye Kjloptsi” (“No se preocupen, amigos”) y bailar el “baile de Mashíaj”, teniendo en mente ambas ideas a la vez.

Así, la Seudat Mashíaj no queda como un concepto abstracto o lejano, sino como algo que vivimos, comemos, bebemos y hasta bailamos. Y de allí nos llevamos una certeza fortalecida: que la Gueulá no es solo una creencia, sino una realidad que ya comienza a revelarse —y que, con nuestras acciones, podemos traer de manera inmediata ממש.

13 de Nisan - Hilula (Iortzait) del Tzemaj Tzedek



Un grupo de soldados judíos estaba destinado en un campamento del ejército ruso situado cerca de la ciudad de Lubavitch. Esta ubicación les permitía mantener un nivel razonable de vida judía: podían conseguir comida kosher y, de vez en cuando, rezar con minian en Shabat.

Para su gran pesar, recibieron la noticia de que su unidad sería trasladada. Como si esto no fuera suficiente, el traslado tendría lugar justamente en las cercanías de la festividad de Pésaj. Según el plan de su comandante, durante Pésaj estarían en plena marcha hacia el interior de Rusia, lejos de toda comunidad judía.

Angustiados, los soldados decidieron buscar el consejo del Tzemaj Tzedek, y enviaron a uno de ellos como emisario a Lubavitch. Este le expuso la situación, destacando especialmente las enormes dificultades que tendrían para observar las leyes de Pésaj durante el viaje.

—Les sugiero que se acerquen a su capitán con una ruta alternativa —respondió el Rebe—. Explíquenle que el camino que ha planeado presenta varios inconvenientes. Dado que las ciudades en su itinerario están separadas por más de una jornada de viaje, se verán obligados a acampar por la noche en campo abierto.

—Propónganle una ruta diferente: que pase por Rusia Blanca, deteniéndose en Orsha, Shklov, Kapust y Mohilev. Las distancias más cortas entre estas ciudades harán el trayecto mucho más conveniente para todos. Y ustedes, por supuesto, podrán acceder a las comunidades judías de esos lugares.

Luego añadió:

—También tengo una petición personal. Es muy probable que estén en Shklov durante los primeros días del Iom Tev. Cuando vayan al Shul en la víspera de Pésaj, alguien los invitará a su casa. Acepten la invitación para el séder y las comidas festivas. Sin embargo, si los invitan a dormir allí, discúlpense y pasen la noche en el Shul conocido como “el Shul Verde”.

—En los últimos días de Pésaj estarán en Mohilev. Allí también acepten las invitaciones para las comidas festivas, pero insistan en dormir en la casa de huéspedes comunitaria.

El Tzemaj Tzedek concluyó sus indicaciones y bendijo al soldado antes de despedirlo. Al regresar al campamento, el emisario transmitió fielmente sus palabras a sus compañeros.

Uno de los soldados expresó el sentir de todos:

—El consejo es excelente… pero ¿cómo vamos a atrevernos a sugerírselo? El comandante se ofenderá profundamente si siquiera insinuamos que su plan no es perfecto.

Durante varios días debatieron el asunto. Dudaban en acercarse a su comandante, conocido por su carácter irascible. Sin embargo, la proximidad de la fecha de partida finalmente los obligó a actuar. Confiando en la broje del Rebe, presentaron la ruta alternativa.

Para su sorpresa, el comandante no solo no se ofendió, sino que quedó impresionado.

—Su propuesta es muy buena. ¿Cómo es posible que simples soldados hayan ideado algo así? —preguntó, incrédulo.

—Para decir la verdad, señor comandante —respondieron—, no es idea nuestra, sino el consejo de un gran sabio: el Tzemaj Tzedek.

Siguiendo el nuevo plan, la tropa se encontró efectivamente en Shklov en la víspera de Pésaj. A los soldados judíos se les concedieron dos días de licencia, y corrieron a la sinagoga local para organizarse para la festividad. Todos fueron cordialmente invitados a distintas casas.

Después del séder, el soldado que había recibido las instrucciones del Rebe se preparó para marcharse. A pesar de la insistencia de su anfitrión, se disculpó y se dirigió al “Shul Verde”, donde encontró un rincón y se dispuso a dormir.

Al poco tiempo, fue despertado por suspiros y gemidos que provenían de la otra punta del Shul. Solo entonces notó a un anciano encorvado sobre una mesa, visiblemente angustiado. El soldado se acercó y le preguntó con suavidad:

—¿Por qué está tan afligido? ¿Puedo ayudarlo?

—¿Ayudarme? —respondió el hombre con amargura—. Vuelva a dormir y déjeme en paz.

El soldado se retiró, respetando su deseo. Pero los lamentos continuaban y le impedían conciliar el sueño. Finalmente, volvió a acercarse:

—Por favor, comparta conmigo su pena. Tal vez pueda aliviar su dolor.

Conmovido por la sinceridad del joven, el hombre comenzó a relatar:

—Soy viudo y me casé con una mujer mucho más joven que yo. Pensé que sería un matrimonio tranquilo, pero se convirtió en una pesadilla. A las pocas semanas llegó una orquesta itinerante al pueblo. Uno de los músicos entabló amistad con mi esposa, y antes de que pudiera darme cuenta, ambos huyeron juntos llevándose todo mi dinero.

—No tengo ingresos, ni hogar, ni idea de qué hacer. Por eso duermo aquí, en la sinagoga.

El soldado intentó consolarlo:

—Nunca se sabe… quizá pueda ayudarlo. Nuestra unidad se dirige hacia el interior de Rusia y pasaremos por muchos pueblos. Descríbame a su esposa y a ese hombre. Tal vez los encuentre en el camino. Haré todo lo posible por ayudarlo.

El anciano describió a ambos, y tranquilizado por la compasión del soldado, finalmente se quedó dormido.

La tropa continuó su viaje durante Jol Hamoed y, tal como había anticipado el Tzemaj Tzedek, llegaron a Mohilev en la víspera de los últimos días del Jag. Nuevamente, los soldados judíos recibieron permiso y aceptaron invitaciones en casas locales.

Una vez más, el soldado se retiró por la noche y fue a dormir a la casa de huéspedes comunitaria, tal como se le había indicado.

En medio de la noche, un gran alboroto lo despertó. Un grupo de viajeros había llegado para pasar allí la noche. Para su asombro, entre ellos había un hombre y una mujer que coincidían exactamente con la descripción que había escuchado en Shklov.

A la mañana siguiente, antes de que los recién llegados despertaran, el soldado corrió a la casa del rabino de la ciudad y golpeó la puerta con urgencia.

—Perdón por molestarlo, Rabino, pero hay un asunto urgente.

Le relató rápidamente la historia del anciano de Shklov y añadió:

—Creo que he encontrado a su esposa fugitiva y a su cómplice.

El rabino actuó de inmediato: contactó a las autoridades, y ambos fueron arrestados. El dinero y los objetos robados fueron recuperados y, después del Jag, el rabino se ocupó de gestionar el divorcio.

*

A veces, una persona cree que ciertos detalles “no son tan importantes” —como dónde dormir, o cómo organizar un viaje—, pero cuando uno se conecta con un Rebe y sigue sus indicaciones con fidelidad, incluso en los aspectos que parecen secundarios, descubre que todo está guiado con una precisión extraordinaria.

El consejo del Tzemaj Tzedek no solo permitió a los soldados cuidar Pésaj, sino que también los convirtió en emisarios para hacer justicia y ayudar a otro judío en un momento de gran dolor.

Y lo mismo ocurre con el Séder de Pésaj: hay pasos, costumbres y detalles que a simple vista pueden parecer técnicos o incluso sin sentido, pero en realidad cada uno de ellos encierra una profundidad inmensa y forma parte de un orden Divino exacto. Justamente en esos “detalles” se revela la esencia de la mitzvá.