Jasidi News
Jasidishe Maises, Yortzaits de Tzadikim y Jsidim. Sijot, notas y artículos jasídicos y Kisvei Yad. Videos y Nigunim. Yemei Jabad. Todo en español.
AdSense
martes, 10 de febrero de 2026
15 de Shvat - Rosh Hashaná de los árboles
Nisim Kinuri vivía no lejos de Tiberíades, en una humilde aldea a orillas del lago Kineret, del cual tomó su apellido. Era extremadamente pobre. No poseía campos ni huertos; todo lo que tenía era un único árbol de granadas que se erguía solitario junto a su pequeña casa. El piadoso Reb Nisim solía sentarse a la sombra de sus densas y frondosas ramas y estudiar Torá durante los largos días soleados.
En su temporada, el majestuoso árbol se cubría de frutos: globos de un rojo profundo, jugosos y espléndidos, y toda la familia se llenaba de alegría. La venta de esas granadas constituía su principal fuente de sustento, y aun así siempre quedaba lo suficiente para que ellos mismos disfrutaran de aquel fruto delicioso.
Ya durante las Tres Semanas —en el verano, entre el ayuno del 17 de Tamuz y el de Tishá BeAv— el árbol estaba cargado de frutos. Sin embargo, nadie tomaba ni uno solo hasta después de Tishá BeAv. Solo entonces, una vez concluido el período de duelo, podía comenzar el tiempo de la alegría. Antes de Shabat Najamú Reb Nisim, acompañado por su hijo, se acercaba al árbol y seleccionaba los Bikurím, los frutos más selectos y maduros. En Shabat, con el corazón estremecido por la santidad del momento, recitaba la bendición de Shehejeianu con intensa alegría. Solo entonces probaba, finalmente, el sabor de su producción.
La calidad de las granadas del único árbol de Reb Nisim era conocida en toda la región de Tiberia. Judíos y árabes acudían por igual para comprarlas. Se decía que eran extraordinariamente beneficiosas para la salud: cuanto más se comía de ellas, mejor se sentía uno. Muchas mujeres afirmaban que la compota que preparaban con esas granadas poseía notables cualidades curativas.
Por supuesto, existe un límite a los ingresos que puede generar un solo árbol. Las famosas granadas se vendían a buen precio, pero aun así, con ese dinero Reb Nisim apenas lograba cubrir los gastos mínimos de todo un año para su numerosa familia. En verdad, parecía que tenía casi tantos hijos como granadas producía el árbol. Con el paso del tiempo, los niños crecieron y maduraron, al igual que los frutos del granado. Los años volaron, y sus hijas mayores florecieron en jóvenes hermosas, cuya hora de casarse se acercaba rápidamente. Era imprescindible comenzar a buscarles parejas apropiadas, pero no se veía ni la más remota posibilidad de reunir para cada una una dote respetable, como era la costumbre de aquellos tiempos.
Entonces, para agravar aún más la situación, sobrevino la desgracia. Ya habían comenzado las Tres Semanas, y he aquí que el árbol estaba completamente desnudo de frutos. Sus ramas se inclinaban hacia el suelo, como avergonzadas de lo sucedido.
Pasaron las Tres Semanas, y el espectro del hambre comenzó a alzar su fea cabeza. No había granadas para comer, no había dinero para comprar otros alimentos, y mucho menos para ahorrar con vistas a las dotes. En la víspera de Shabat Najamú, Reb Nisim se paró bajo el árbol y examinó atentamente sus ramas. Si tan solo pudiera encontrar un fruto, aunque fuera uno, para poder recitar la bendición de Shehejeianu, como cada año… Buscó y buscó, con lágrimas asomando a sus ojos: no había ni una sola granada.
De pronto, se le ocurrió una idea.
—Avraham —llamó a su hijo, que ya había alcanzado la edad de bar mitzvá—. Ven, por favor, y súbete al árbol. Tal vez entre las hojas encuentres una granada, y entonces mañana, con la ayuda de Hashem, podremos recitar una Brajá sobre ella.
Avraham era un muchacho vivaz y enérgico. ¡No hacía falta invitación dos veces para trepar a un árbol! En un instante ya estaba entre las ramas. Su padre aguardaba abajo, conteniendo la respiración.
—¡Encontré! ¡Encontré! —gritó Avraham—. ¡Y es una muy buena!
—Baruj Hashem —respondió su padre, lleno de alivio y gratitud.
—¡Otra más! ¡Encontré otra! —anunció el muchacho con entusiasmo.
Pocos momentos después, llamó triunfante diciendo que había descubierto una tercera. Luego descendió, informando que no había más en todo el árbol.
Reb Nisim examinó los tres frutos y quedó asombrado. Eran auténticas joyas: enormes, hermosas, llenas y jugosas. Jamás había visto ejemplares tan magníficos, ni siquiera en su propio árbol en años anteriores.
Mientras aún estaba allí, llegaron varias mujeres de la zona, con grandes canastas en las manos, esperando comprar, como de costumbre, sus excelentes granadas.
—Lo siento —les dijo con tristeza—, este año no tengo para vender. Solo hubo tres frutos.
Les contó que pensaba guardarlos para Tu BiShvat. Las mujeres comprendieron y se solidarizaron con él.
—Que Hashem reponga tu carencia con doble abundancia el año próximo —lo bendijeron, e incluso le pagaron “a cuenta” por la producción del verano siguiente. Él no quería aceptar dinero en tales condiciones, pero ellas insistieron y se lo entregaron.
La familia vivió el Shabat Najamu con un ambiente de gran celebración. Después de recitar el Shehejeianu sobre una de las granadas, probar un poco y darle un trozo a su esposa, Reb Nisim cortó el resto de ese fruto y otra granada en porciones, y las distribuyó equitativamente entre todos los hijos. La tercera la reservó.
Entretanto, la noticia de las tres granadas extraordinarias de Reb Nissim se difundió por toda la región. Se decía que poseían enormes propiedades curativas, ya que concentraban todo el jugo que normalmente estaría repartido entre los frutos de un árbol entero. Día tras día, la gente acudía y ofrecía sumas cada vez mayores por la granada restante. Pero Reb Nisim rechazaba todas las propuestas. Decía que la guardaba para Tu BiShvat.
Incluso su esposa le rogó que la vendiera.
—No tenemos comida en la casa y las chicas necesitan casarse —clamaba entre lágrimas.
Pero Reb Nisim se mantuvo firme. Guardaría el último fruto. Hashem sin duda los ayudaría; no había de qué preocuparse.
Sin embargo, desde entonces su esposa no le dio descanso. Le insistía en que viajara al extranjero para reunir donaciones para las bodas. Reb Nisim se resistió con todas sus fuerzas. No quería beneficiarse de su condición de residente de Eretz Hakodesh, pues sabía que los judíos de la Diáspora, conscientes de las dificultades de vivir en Eretz Israel en aquellos tiempos, sentirían lástima por él. Pero al ver el dolor en los ojos de su esposa y de sus hijas, finalmente cedió y comenzó a planificar el viaje. Para apaciguar su conciencia, decidió que en ningún lugar revelaría su procedencia.
Se despidió de su familia con el corazón oprimido y partió. Recorrió muchas tierras, numerosas ciudades y aldeas. Pero como se negaba a identificarse como oriundo de la Tierra Santa, nadie le prestaba demasiada atención, y apenas logró reunir algo de dinero, pese a que esa era la razón por la que había dejado su hogar.
Finalmente, llegó a Estambul, la capital del Imperio Otomano. Se dirigió directamente a la sinagoga principal. Apenas si alguien notó su entrada: toda la comunidad judía estaba sumida en una profunda angustia. El hijo del sultán estaba gravemente enfermo, y el sultán había llegado a convencerse de que los judíos eran responsables, quizá porque lo habían maldecido. Por ello decretó que, si su hijo no sanaba para una fecha determinada —el quince de Shvat, Tu Bishvat—, expulsaría a todos los judíos de su reino. La amenaza de expulsión pendía sobre la comunidad.
Al concluir las tefilot, toda la congregación permaneció en la sinagoga para recitar Tehilim, esperando así anular el duro decreto. Reb Nisim, por supuesto, se unió a ellos. De pronto, el encargado de la sinagoga se le acercó y le preguntó:
—¿Acaso usted es de Eretz Israel?
Reb Nisim quedó tan sorprendido que apenas pudo hablar.
—¿Cómo lo sabe? —balbuceó al fin.
—Nuestro Rab es un hombre santo —respondió el encargado—. Dijo que percibía en el recinto el aroma de Eretz Israel. Ahora, por favor, dígame su nombre, y lo llevaré a conocerlo.
Lo condujo a una pequeña sala interior y lo presentó al rabino, un anciano venerable y de aspecto distinguido. El rabino le estrechó la mano.
—Hace mucho tiempo que no recibimos aquí a un judío de la Tierra de Israel. ¿Cómo están nuestros hermanos allí?
Reb Nisim seguía conmocionado.
—¿Cómo supo que soy de allí? —preguntó—. ¿Acaso percibió el aroma de la granada que traigo conmigo?
— ¿Traes contigo una granada de Eretz Israel? —exclamó el rabino con emoción.
—Sí, rabí —respondió humildemente—. La he guardado para comerla hoy, en honor a Tu Bishvat. Sería un honor para mí compartirla con usted.
El anciano rabino saltó de su asiento y lo abrazó.
—Hashem te ha enviado aquí, hijo mío —dijo con entusiasmo—, para salvar a los judíos de nuestra ciudad del decreto de expulsión que se cierne sobre nosotros.
Y le explicó: la noche anterior habían realizado el seder y los tikuním de Tu Bishvat según la costumbre sefaradí. Al estudiar profundamente el significado de las tres categorías de frutos, la palabra רימונים (granadas) comenzó a latir ante sus ojos. Finalmente comprendió que allí se ocultaba la clave de la salvación. Las letras de rimoním formaban un acróstico:
רפואת מלך ובנו, נסים יביא מהרה
Refuat Melej Ubenó Nissim Yaiví Meherá —“La curación del rey y de su hijo será traída rápidamente mediante milagros”.
—Y ahora vienes tú, cuyo nombre es Nisim, “milagros” —concluyó el rabino—. No es casualidad. A través de ti, Hashem realizará el milagro que nos salvará. Vamos de inmediato al palacio.
Conmocionado y confundido, Reb Nissim acompañó al rabino ante el sultán. Fueron conducidos de inmediato a su presencia. El sultán clamaba desesperado:
—¡Salven a mi hijo! ¡Si lo hacen, los cubriré de oro y seré bueno con los judíos por el resto de mi vida!
Los llevaron a la habitación del príncipe, que yacía pálido e inconsciente. Reb Nisim sacó la granada de su bolsa y la partió con cuidado. A pesar de tener seis meses, estaba fresca y jugosa, como recién cortada. Exprimió unas gotas en una pequeña copa y las hizo pasar por la garganta del joven.
En cuanto el jugo fue ingerido, el príncipe abrió los ojos. Con más gotas, comenzó a recobrar fuerzas, hasta sentarse. ¡La enfermedad había desaparecido!
El sultán, fuera de sí de alegría, besó sus manos.
— ¡Han salvado la vida de mi hijo!
—He guardado media granada para Tu bishvat, para poder recitar la Brajá —susurró Reb Nissim al rabino.
Reb Nisim regresó a la Tierra de Israel cargado de oro y plata. Y cuando finalmente llegó a su hogar, lo primero que vio fue el viejo granado frente a su casa, repleto nuevamente de relucientes frutos rojos.
Fuente: Yerajmiel Tilles
*
Cuando un judío se aferra con fe simple a una mitzvá, aun en los momentos de mayor escasez, Hashem convierte un solo fruto en fuente de bendición para muchos, y de esa fidelidad nace la salvación.
Sium HaRambam y comienzo de un nuevo ciclo de estudio
Esta semana en todo el mundo comenzamos un nuevo ciclo de estudio del Rambam en sus tres maslulim — un perek diario, tres prakim diarios del Mishné Torá, o la Mitzvá diaria del Sefer HaMitzvot (especialmente indicada para mujeres y niños)—, un momento más que ideal para sumarse a esta gran iniciativa del Rebe, una senda de estudio que sin duda sólo traerá brajá.
*
Una respuesta especial
Rav Moshe Katzman, shliaj en Staten Island, relata:
Era ya tarde en la noche de Sucot del año 5752 (1991). Caminaba por Kingston Avenue cuando me encontré con el rabino Shmuel Lew, y conversamos. Le compartí que, si bien recibía respuestas del Rebe, sentía que eran respuestas “generales”. Tenía un fuerte anhelo de recibir una orientación directa, como la que los shlujim más veteranos habían tenido el mérito de recibir en años anteriores.
En ese período, el Rebe no respondía a todas las preguntas y solicitudes. En general, alentaba a que las personas consultaran a su rav y a su mashpia. Aun así, yo sentía un profundo deseo de merecer esa oportunidad. Era una especie de 'ietzer hará jasídico' que muchos de nosotros, los shlujim más jóvenes, teníamos.
El rabino Lew me preguntó:
—¿Y qué hay del Rambam? ¿Lo estudias todos los días?
Fui sincero con él: por lo general estudiaba Rambam, pero no era especialmente constante, y a veces lo omitía.
Al oír esto, el rabino Lew me dio un consejo:
—Estudia Rambam todos los días, sin faltar ninguno, y el Rebe te responderá.
Decidí aceptar su consejo y tomé una firme hajlatá de estudiar todos los días.
En aquel momento nos encontrábamos en una verdadera parshat derajim, un cruce de caminos, en nuestro Shlijut: debíamos tomar una decisión difícil entre dos caminos. Ambos eran complejos y estaban cargados de diversos desafíos.
Como correspondía, seguí la directiva del Rebe y traté el asunto con mi mashpia y con los miembros más veteranos de Tzaj, quienes supervisan las peulot de los shlujim en Nueva York.
La orientación que recibí no era con la que me sentía cómodo, pero yo había hecho lo que se esperaba de mí. Entonces me acerqué a Mazkirut y les pedí que escribieran una nota al Rebe en mi nombre, detallando todos los aspectos del asunto. Al principio me dijeron que simplemente pidiera una broje para cumplir con la orientación recibida, pero insistí en que deseaba preguntarle al Rebe sobre esta cuestión.
Escribí acerca del tema, incluyendo el consejo que había recibido de mi rav y de Tzaj. Para mi sorpresa y alegría, recibí una respuesta muy clara del Rebe, en la que señalaba un problema en su sugerencia y recomendaba que hablara con yedidim mevinim (amigos entendidos). El desenlace resultó ser completamente distinto de lo que se me había aconsejado previamente.
"Siento que ese mérito especial que tuve fue un resultado directo de mi hajlatá de estudiar Rambam de manera correcta y constante."
Fuente: "Derher", Tamuz 5781
22 de Shvat - Iom Hilula (Iortzait) de la Rebetzn Jaia Mushka ע"ה
A comienzos de la década de los '60 se instauró la costumbre de que un grupo de bojurim (estudiantes) provenientes de Eretz Israel viajara para estudiar junto al Rebe durante un año. Para aquellos bojurim que tenían el mérito de integrar la "kvutze" (el grupo), aquello significaba la concreción de un anhelo profundo: por fin podían ver al Rebe con sus propios ojos, no a través de una fotografía —o de un video, algo muy poco común en aquellos tiempos—, sino estar realmente en su presencia, verlo y escucharlo.
Uno de los que llegó en esos primeros años fue un joven cuyos padres habían crecido en Rusia, en la región de Poltava. En su hogar se hablaba a menudo de distintos aspectos del Jotzer del Rebe, donde además de su casa se encontraban la sinagoga, la yeshive y otros edificios.
Si bien estaba emocionado más allá de toda descripción por haber alcanzado este enorme zejut (mérito) de ver al Rebe y estar cerca de él, sentía que su deseo aún no estaba completo. Anhelaba también ver y conocer la casa del Rebe, tal como su padre y su abuelo habían visto la casa del Frierdiker Rebe y del Rebe Rashab.
Su fortuna fue que uno de sus parientes cercanos tenía, de vez en cuando, el mérito de ayudar en la casa del Rebe. Se dirigió a este pariente y le pidió —casi como una exigencia— que por favor lo llevara a la casa del Rebe la próxima vez que fuera. Para su decepción, su primo le respondió:
—Lo siento, pero no funciona así. Nadie, absolutamente nadie, puede entrar en la casa sin el permiso explícito de la Rebetzin. Sin embargo, hay ocasiones en las que se me permite llevar a alguien, y eso ocurre cuando hay un trabajo que no puedo realizar solo.
—Dado que eres pariente mío —continuó—, la próxima vez que se presente una situación así, le pediré a la Rebetzin permiso para traer a alguien de confianza que me ayude.
Esto lo dejó conforme, pues comprendió que su familiar estaba haciendo todo lo posible por ayudarlo, pero de una manera correcta y apropiada.
Pasó algún tiempo —quizás semanas o meses— hasta que su pariente se le acercó y le dijo:
—Mañana habrá una entrega en la vereda de un aire acondicionado para la casa del Rebe. Como no puedo ingresarlo solo, le pedí permiso a la Rebetzin para traer a alguien que me ayude, y ella accedió. Así que prepárate para tal hora.
El bojur se sentía en el séptimo cielo: por fin tendría el mérito y la oportunidad de entrar en la casa del Rebe.
A la hora indicada llegó y ayudó a su pariente a llevar el aparato al interior de la casa y a colocarlo junto a la ventana donde sería instalado al día siguiente. Mientras caminaba, sus ojos recorrían cada rincón, intentando absorber y grabar en su memoria todo lo que pudiera de las pocas habitaciones que alcanzó a ver.
Cuando estaban a punto de retirarse, la Rebetzin entró en la habitación y le preguntó:
—Vemen’s bist du? —¿Quiénes son tus padres?
Al mencionar los nombres, la Rebetzin comentó:
—Recuerdo que cuando yo estaba creciendo y se hablaba de los jsidim de la región de Poltava, se mencionaba a tu familia.
Luego continuó, dirigiéndose a ambos:
—Bojurim’laj… —jóvenes— dejé algo de comida en la cocina. Yo no estaré allí, para que no se sientan incómodos al comer.
No sabe por qué, pero por alguna razón aquel bojur sintió que debía responder, y dijo:
— Fui criado en un 'jasidishe shtup' (en un hogar jasídico), y me enseñaron que no se debe comer en la casa del Rebe.
[Nota del autor: probablemente quiso decir que no hay que sentirse demasiado cómodo allí, o, en otras palabras, recordar que el Rebe es Rebe y no simplemente un gran tzadik.]
La Rebetzin respondió con serenidad:
— Yo también fui criada en un hogar jasídico, y me enseñaron —o mi padre me enseñó— que cuando entramos en la casa de alguien, debemos dejar una Broje, es decir, recitar una bendición.
Naturalmente, entraron a la cocina y dijeron las brajot correspondientes.
"Desde entonces y hasta el día de hoy, cada vez que entro/visito la casa de otra persona, me aseguro de decir una brajá allí."
*
En el iortzait de la Rebetzin, esta historia nos recuerda cómo, con una sola frase y un gesto de sensibilidad jasídica, dejó grabada una enseñanza eterna: que incluso en lo más simple — entrar a una casa y recitar allí una Broje— se revela la nobleza y la santidad de un verdadero hogar judío.
Fuente: Rev Sholom Avtzon
©JasidiNews
22 de Shvat - #2
22 de Shvat
Relata Rev Shmuel Lew:
En Nueva York vive una pareja de shlujim; la mujer es hija del Dr. Moshe Feldman, el médico personal del Rebe. Por ser hija del médico, ella y su esposo, Rev Levi Shem-Tov, tuvieron el mérito de entrar a ver a la Rebetzn y pedir una Brajá antes de su matrimonio. Cuando estuvieron con la Rebetzn, ella le preguntó al novio: “¿Eres nieto del josid Rev Bentzion Shem-Tov?”. Al responder afirmativamente, la Rebetzn se mostró a gusto y satisfecha, pues comprendió que tanto el jatán como la kalá provenían de familias con linaje jasídico, hogares en los que el idish era la lengua viva y natural. Entonces dijo: “Si es así, muy bien, porque ahora estoy segura de que vuestros hijos hablarán en idish…”.
Se casaron, pero después de la boda no tuvieron hijos —esta historia la escuché del propio Rev Levi Shem-Tov hace unos meses—. “Sin embargo”, me contó, “no estuvimos tristes en absoluto, porque la Rebetzn dijo que hablaríamos con nuestros hijos en idish, y para poder cumplir las palabras de la Rebetzn, la primera condición es que tengamos hijos; por eso estábamos seguros de que seríamos bendecidos con descendencia, y no solo con uno, sino con más, porque la Rebetzn dijo ‘mit di kinder’ —hijos—”.
Pasaron catorce años y, en el año 2001, les nacieron mellizos, un varón y una mujer, quienes fueron llamados Menajem Mendel y Jaia Mushka.
Él concluye el relato diciendo: “No perdimos la esperanza ni por un solo instante, porque sabíamos que la Rebetzn tenía el poder de bendecir…”.
*
En el mensaje del 21 de Shvat del HaYom-Yom se habla del deber de las mujeres y las hijas de los jasidim de estar en la primera fila. En el mensaje del 23 de Shvat se relata acerca del Alter Rebe y su Rebetzn, y sobre su grandeza. Es llamativo que en ambos días, el 21 de Shvat y el 23 de Shvat, se trate de la grandeza de las mujeres e hijas de los jasidim y de las Rebetzns, y que precisamente en la fecha del 22 de Shevat no haya en el mensaje diario ninguna relación con el tema de las mujeres e hijas de los jasidim ni de las Rebetzns. Escuché de jasidim que vieron en ello algo semejante a aquel asunto por el cual precisamente en la parashá de Tetzavé —que suele caer en proximidad al día del fallecimiento de Moshé Rabenu— no se menciona el nombre de Moshé; así también, en el HaYom-Yom del 22 de Shvat, día del fallecimiento de la Rebetzn, no se menciona el tema de las Bnot Israel.
Hubo jasidim que añadieron y dijeron aún más: así como la Rebetzn se ocultaba a sí misma y procuraba que la conocieran lo menos posible (y todo el conocimiento sobre ella era solo por lo que se oía de personas que la habían encontrado, etc.), de igual modo, en el mensaje del HaYom-Yom relacionado con su día no se insinúa de manera explícita acerca de su rectitud; sino que se aprende sobre su grandeza y su esencia únicamente a partir de los días contiguos…
©JasidiNews
lunes, 12 de enero de 2026
24 de Tevet - El rayo que cayó sobre la posada vacía
🕯️ Yortzait (Yom Hilula) del Alter Rebe (Baal Hatania)
Una historia sobre el poder de la Emuná en los Tzadikim
“Aquí pasaremos la noche”, anunció el Maguid de Mezritch a los discípulos que lo acompañaban en su viaje.
La comitiva se detuvo junto a una posada de camino, propiedad de un judío, y pidió hospedarse allí durante la noche.
El dueño de la posada, un judío iere Shamaim (temeroso del Cielo), recibió a los Tzadikím con gran alegría y profundo honor. Agradeció a Hashem por el mérito que le había tocado: hospedar bajo su techo a justos y distinguidos como el Maguid de Mezritch y varios de sus más grandes discípulos.
De inmediato, el hombre se apresuró a preparar para sus huéspedes una mesa abundante con todo lo bueno, y dispuso camas para todos los miembros del grupo.
Después de que los invitados saciaron su corazón con la seudá, el dueño de la posada se acercó al Maguid y le pidió permiso para conversar con él.
El Maguid accedió, y el hombre comenzó diciendo:
“Desde hace mucho tiempo arde en mí el deseo de acudir al Rebe y pedirle consejo. Estuve a punto de emprender el viaje a Mezritch, y he aquí que el Rebe, con su propia presencia, llegó a mi casa. Por lo tanto, le ruego, Rebe, que me conceda su sabia orientación”.
Cuando el Maguid escuchó los detalles de la consulta, señaló con su dedo hacia un joven avrej de su séquito, el más joven de sus discípulos, Rabí Shneur Zalman de Liadí, y dijo al hombre:
“Por favor, ve hacia él y pídele su consejo”.
Y agregó el Maguid una frase extraordinaria:
"הוּא חָכָם נִפְלָא, בְקִרְבוֹ שׁוֹכֶנֶת נִשְׁמַת הרמב"ן, וְיִזְכֶּה לְבֵן כָּמוֹנִי, וכדבריו כֵּן תַּעֲשֶׂה."
“Es un sabio maravilloso y en su interior mora el alma del Rambán; y él merecerá un hijo como yo. Conforme a sus palabras, así harás”.
El dueño de la posada fue e hizo tal como el Tzadik le había indicado. Se acercó a Rabí Shneur Zalman y comenzó a contarle lo que llevaba en su corazón:
Durante muchos años, su sustento había provenido con holgura de aquella posada. Muchos huéspedes la frecuentaban; él los alojaba, les proveía hospedaje y comidas, y recibía un buen pago. Baruj Hashem, hasta entonces la posada había provisto ampliamente para las necesidades de su familia.
Sin embargo, últimamente los costos se habían disparado: el alquiler fue aumentado de manera abrupta y, además, se le impuso un impuesto pesado sobre sus ganancias, por lo que ya no podía sostenerse adecuadamente de ese lugar.
A raíz de ello —agregó el hombre— se le ocurrió una idea: abandonar esa posada, cuyo alquiler se había encarecido, y trasladarse a otra posada que se encontraba del otro lado del río y que en ese momento estaba desocupada. Sus costos eran más bajos y le permitirían un margen de ganancia mayor.
Rabí Shneur Zalman escuchó atentamente, reflexionó un momento y expresó su acuerdo con la idea del traslado. Incluso añadió que ello sería para bien, conforme al dicho de nuestros Sabios:
"מְשַׁנֶּה מָקוֹם מְשַׁנֶּה מַזַּל, לְטוֹבָה וְלִבְרָכָה"
“Quien cambia de lugar, cambia su Mazal — para bien y para bendición”.
El dueño de la posada se alegró al oír estas palabras, y Rabí Shneur Zalman se retiró a su habitación.
Amaneció. Rabí Shneur Zalman se encontraba en su cuarto, dedicado a su estudio de Torá y a su servicio espiritual.
Cuando salió de la habitación, se sorprendió al ver al dueño de la posada de pie en la entrada, como si estuviera esperándolo. Al mirar a su alrededor, notó que la posada estaba completamente vacía: no había allí ninguna persona, tampoco estaban los muebles ni los utensilios que antes ocupaban el lugar.
El dueño de la posada percibió su asombro y explicó:
“Cierta vez aprendí una interpretación de las palabras de nuestros Sabios en el Pirke Avot:
וְנֶהֱנִים מִמֶּנּוּ עֵצָה
‘y se benefician de su consejo’, que inmediatamente después de recibir un consejo de un tzadik se debe cumplir sin demorarse ni siquiera un instante. Por eso, apenas recibí tu consejo anoche, comencé a empacar todas mis pertenencias y trasladé todo el contenido de esta posada a la otra, que se encuentra del otro lado del río”.
Agregó también que el Maguid y los demás discípulos ya habían cruzado el río y lo estaban esperando allí, para que también Rabí Shneur Zalman se les uniera.
El dueño de la posada y Rabí Shneur Zalman salieron del lugar y subieron a una barca para cruzar a la otra orilla del río.
Mientras se encontraban sentados en la barca, de repente un relámpago cegador iluminó el cielo, seguido por un trueno ensordecedor. El rayo cayó de forma directa sobre la posada que habían abandonado apenas unos minutos antes. A causa del impacto, se desató un incendio feroz que envolvió la casa en llamas. En pocos minutos, el fuego consumió por completo la posada y no dejó de ella más que un montón ennegrecido.
Todos quedaron sobrecogidos ante el Ruaj Hakodesh de Rabí Shneur Zalman, y ante la fe ardiente en los Tzadikím del dueño de la posada, quien cumplió de inmediato el consejo que recibió, y gracias a ello su propiedad fue salvada del incendio.
Aquel judío, el dueño de la posada, mereció una longevidad extraordinaria. En su vejez se enteró de que Rabí Shneur Zalman —es decir, el Admur HaZakén, autor del Tania y del Shulján Aruj, y fundador de jasidut Jabad— había partido de este mundo, y que su hijo, Rabí DovBer, ocupaba su lugar en la ciudad de Lubavitch.
Aún resonaban en sus oídos las palabras del Maguid de Mezritch, quien había dicho acerca de su discípulo, el Admur HaZakén: “y merecerá un hijo como yo”. Decidió entonces emprender el viaje para ver el rostro del hijo del Rebe.
Al entrar en la habitación de Rabí DovBer, el “Admur HaEmtzaí”, el hombre quedó atónito al ver que el semblante de su rostro se asemejaba notablemente al del Maguid de Mezritch. Además, sabía que el joven Rebe se llamaba DovBer, tal como el Maguid.
Una emoción inmensa lo invadió al contemplar la asombrosa semejanza entre el Maguid y el hijo de su discípulo, hasta que cayó al suelo desmayado.
Esta historia fue relatada por el nieto del Admur HaZakén, el Tzemaj Tzedek, a sus hijos, para que aprendieran del comportamiento de aquel sencillo posadero qué significa obedecer verdaderamente el consejo de los Tzadikim y de los Rebeim.
***
La fe simple y genuina en los tzadikím no se expresa en palabras, sino en la prontitud con la que se cumplen sus consejos e indicaciones.
Fuente: “Migdal Oz”
©JasidiNews
__________________
📣Para recibir las historias:
https://chat.whatsapp.com/Gwm3R4tolqRLKB4HtPwigH
miércoles, 7 de enero de 2026
Jesed shel Emet - Historia contada por Rab Zonnenfeld
En el sefer “Esh al HaJomá” está traída una historia maravillosa, transmitida por el gaón Rab Iosef Jaim Zonenfeld זצ"ל, acerca de un 'jésed shel emet', una bondad auténtica realizada con aquellas neshamot que ya partieron de este mundo, y cómo del Shamaim mismo se recompensó a quien la llevó a cabo, aun cuando en el momento de hacerlo no albergaba expectativa alguna de retribución.
Durante muchos años vivió en Ierushalaim una mujer honorable y temerosa de Hashem, dueña de un negocio bien establecido. Con constancia y discreción destinaba una suma fija e importante de Tzedaká a una ieshivá, con un fin específico: para que se dijera allí el Kadish por las almas solitarias de Israel —ya fuera porque no dejaron hijos, o porque aun habiéndolos dejado nadie decía Kadish por ellos— y para ello había preparado una lista ordenada con los nombres de personas de la ciudad cuyas neshamot necesitaban que alguien se alzara a decir Kadish por ellas.
Pasaron los años, y la suerte de esta señora cambió: su esposo falleció, y con su partida se resquebrajó también el sustento que ambos habían construido. El negocio decayó, los ingresos se redujeron, y la situación económica de la casa se volvió cada vez más precaria. Día tras día, la mujer luchaba por mantener su hogar, y sobre su corazón pesaba, como una piedra, la preocupación por el futuro de sus dos hijas, que ya habían llegado a la edad de casarse.
Todo ello lo aceptó la mujer con silencio y fortaleza. No se escuchó de sus labios queja ni reproche; aceptó el decreto con emuná y entereza. Sin embargo, había una pena que la afligía más que todas: ya no tenía con qué continuar su donación a la ieshivá, y tendría que interrumpir la recitación del Kadish por aquellas almas abandonadas.
Con el corazón oprimido, se dirigió a los directivos de la ieshivá y les suplicó que continuaran diciendo el Kadish aun sin la contribución que solía entregarles. Prometió que, con la ayuda del Creador, cuando la rueda del sustento volviera a girar, retomaría su apoyo como antes.
El Rosh Yeshivá escuchó sus palabras y comprendió la profundidad de su rectitud: nada pedía para sí, nada lamentaba por su propia carencia, sino únicamente la suerte de aquellas neshamot. Conmovido, le prometió que continuarían diciendo el Kadish tal como hasta entonces.
La mujer salió de la ieshivá con el corazón ligero. Una calma profunda descendió sobre ella, como si hubiese sido liberada de su mayor carga. Aunque su pobreza seguía siendo grande y el futuro de sus hijas incierto, confió todo en Hakadosh Baruj Hu, Padre de huérfanos y Juez de viudas, seguro de que Él no abandonaría a quienes confían en Él.
Y sucedió que, justo al salir de la ieshivá en su camino a su casa, se encontró con un anciano judío cuyo rostro irradiaba nobleza y distinción. El anciano se acercó y la saludó con respeto. La mujer se sorprendió, pues jamás lo había visto antes.
El anciano se interesó por su situación y la de su familia. La mujer suspiró y, con palabras sencillas, le relató su difícil realidad: cómo en otros tiempos había vivido con holgura, cómo desde el fallecimiento de su esposo luchaba por sostener su hogar, y cómo no tenía siquiera lo mínimo necesario para los casamientos de sus dos hijas.
— *¿Cuánto es lo que necesita para cubrir los gastos de sus bodas?* —preguntó el anciano.
La mujer se sorprendió por la pregunta, pero mencionó la suma aproximada.
Sin decir más, el anciano sacó de su bolsillo un cheque del banco local y escribió en él exactamente el monto que ella había indicado. Antes de firmarlo, pidió que se llamara a dos jóvenes de la ieshivá para que fueran testigos de su firma. Firmó el cheque ante ellos y luego firmó también en un papel aparte, para que quedara constancia de su firma.
*Los dos testigos —relató Rab Iosef Jaim Zonnenfeld— éramos yo y mi compañero, el gaón Rab Iehudá Grinwald,* autor del Sefer “Zijrón Iehudá”.
El anciano entregó el cheque a la mujer y le indicó que, a la mañana siguiente, se presentara sin demora en el banco para cobrarlo. Todo aquello le resultaba incomprensible: ¿qué vínculo podía haber entre ella y aquel desconocido, para que actuara con una generosidad tan extraordinaria? Aun así, obedeció sus palabras.
A la mañana siguiente, se presentó temprano en el banco. Cuando el empleado examinó el cheque, palideció. Volvió a mirarlo una y otra vez, y luego a la mujer. Sin decir palabra, le pidió que aguardara y se dirigió al despacho del director y presidente del banco. Al ver el cheque, el director del banco cayó de su silla y perdió el conocimiento.
La conmoción fue grande. Los empleados, temiendo un engaño, condujeron a la mujer a una oficina lateral.
Poco después, el director recobró el sentido y pidió ver a la mujer.
—¿Cuándo recibió este cheque? —preguntó con voz temblorosa.
—Ayer —respondió ella—. Me lo entregó un hombre mayor, y lo firmó ante dos testigos.
El director le preguntó entonces si podría reconocer al hombre que le había entregado el cheque, y mandó traer varias fotografías de distintos ancianos. La mujer las observó una a una, con atención, hasta que señaló una de ellas con absoluta certeza y dijo:
—Este es el hombre.
El director ordenó de inmediato que se pagara el cheque.
Luego explicó, conmovido, lo sucedido:
*El hombre que le entregó el cheque es mi padre, que falleció hace diez años.* Anoche se me apareció en un sueño y me dijo: “Desde que te apartaste del camino (de la Torá y Mitzvot) te casaste con una mujer no judía y no te ocupaste de decir el Kadish por mí, mi alma no halló descanso. Hasta que una mujer desconocida pidió que se dijera Kadish por almas solitarias, sin quien dijera Kadish por ellas. *El mérito de ese Kadish se alzó en favor de mi alma.* Mañana, esa mujer llegará a tu banco con un cheque que le entregué para cubrir todos los gastos del casamiento de sus dos hijas”.
Al despertar, conté el sueño a mi esposa, pero ella se burló de mis palabras y no les dio crédito alguno. Ahora, al ver el cheque con la firma de mi padre y al escuchar que fue reconocido sin duda alguna, comprendí que el sueño era verdadero.
A raíz de este suceso, el director del banco regresó en Teshuvá completa. Su esposa se convirtió conforme a la halajá, y juntos tuvieron el mérito de edificar un hogar fiel en Israel.
***
La mujer no pidió por sí, no reclamó por su pobreza ni por el futuro incierto de sus hijas.
Pidió únicamente que no se interrumpiera el Kadish por almas solitarias.
Y justamente ese olvido de sí misma fue lo que abrió para ella las puertas de la salvación.
©JasidiNews
__________________
📣Para recibir las historias:
https://chat.whatsapp.com/Gwm3R4tolqRLKB4HtPwigH
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)