Un ilustre y prestigioso Talmid Jajam era Reb Yosef de Bishenkovitz. Toda su vida la había dedicado al estudio diligente de la Torá, mientras su suegro se ocupaba de sostenerlo económicamente. Luego de quedar viudo de su primera esposa, se dedicó a la enseñanza como Melamed.
En cierta ocasión, entró a lo del Alter Rebe para pedirle una Brajá. El Rebe le indicó que volviera a casarse y lo bendijo con un hijo varón y con larga vida. Antes de retirarse, el Rebe le transmitió un último mensaje:
—Por el bien de tu Neshamá, es mejor que seas un Baal Agole —un carretero— que un Rab.
Reb Yosef salió de allí algo aturdido. Al regresar a su ciudad, le fue propuesto un Shiduj con una mujer perteneciente a una importante familia, con quien finalmente contrajo matrimonio. Continuó dedicándose al estudio de la Torá, mientras su esposa dirigía un pequeño almacén. Poco tiempo después tuvieron un hijo, y la felicidad de la pareja no tenía límites.
El 24 de Tevet de 5573 [1813] tuvo lugar el Histalkut del Alter Rebe, durante su huida de la invasión francesa liderada por Napoleón. Fue enterrado en Haditch.
Un año más tarde, llegó una comitiva a la casa de Reb Yosef con una invitación y una solicitud: que aceptara el cargo de Rav de la comunidad de la ciudad de Lípoli.
Mientras escuchaba a los dirigentes, resonaban en sus oídos las palabras tajantes de su Rebe:
"Por el bien de tu Neshamá, es mejor que te dediques a ser un Baal Agole que un Rab."
Por eso, rechazó inmediatamente la propuesta.
Sin embargo, la decisión ahora le costaba muchísimo más. Ya era una persona adulta, respetada y reconocida por su comunidad. ¿Cómo podía convertirse ahora en carretero? ¡Sería la burla de todo el pueblo!
Pero, como fiel Jasid, no dudó. Se dirigió a la plaza de la ciudad y comenzó a aprender acerca del oficio: cómo tratar con los caballos, cómo conducir una carreta y todos los demás gajes del oficio.
Cuando los carreteros escucharon su petición, pensaron que estaba bromeando. Pero Reb Yosef insistió en que realmente quería aprender y que le enseñaran el oficio.
Su esposa, tan recta y piadosa como él, lo apoyó en todo momento. Incluso vendió sus propias joyas para poder comprar un caballo y una carreta.
Rápidamente, Reb Yosef aprendió el oficio y comenzó a trabajar como carretero, aprovechando cada momento libre para estudiar Torá.
Así pasaron dos años.
En cierta ocasión, Reb Yosef se encontraba realizando uno de sus viajes cuando decidió detenerse en una posada para pasar la noche. En el mismo lugar se hospedaba una importante comitiva perteneciente a uno de los Poritzim más distinguidos de toda la región. Entre ellos se encontraba su consejero personal, un Yehudi completamente asimilado llamado Salomón.
Aquella noche, Salomón escuchó unos llantos que provenían de la habitación contigua. Preocupado, comenzó a averiguar quién podía necesitar ayuda.
Al mirar por el cerrojo de la puerta, vio una escena que lo estremeció: Reb Yosef estaba sentado en el suelo, diciendo Tikun Jatzot a la luz de una vela.
Los llantos de Reb Yosef al pronunciar las palabras de Tehilim penetraron profundamente en su corazón y, en aquel preciso instante, despertaron en él los recuerdos de su infancia.
Se vio a sí mismo, a Shloime Leib, recordando cómo sus padres habían dedicado tanto esfuerzo a su Jinuj; sus hermosos años en el Shule y en el Jeider, y luego en la Yeshive. Recordó también cómo, lentamente, había comenzado a dejarse llevar por la corriente de los vientos de la época, hasta alejarse por completo de sus raíces.
Había abandonado a su propia familia y terminado convertido en el consejero y secretario de un Poritz, formando incluso una familia con una mujer no judía, ר"ל.
Salomon regresó a su habitación, pero ya no logró conciliar el sueño. Todo aquello que había intentado apartar de su mente durante tantos años se encontraba ahora, de repente, vivo frente a sus ojos, acompañado de un profundo sentimiento de remordimiento y arrepentimiento.
A la mañana siguiente, la dulce Tefilá de Reb Yosef volvió a llegar a los oídos de Salomon. Minutos después, pidió prestados un Talit y unos Tefilín, y volcó todo su corazón en un Davenen que se prolongó durante largo rato.
Aquella misma noche, Salomon cayó gravemente enfermo. Una fiebre muy alta comenzó a debilitarlo hasta hacerlo desvanecerse.
Reb Yosef fue llamado a su habitación. Allí, Salomon le contó todo lo que había sucedido a lo largo de su vida y terminó diciéndole que había decidido regresar por completo en Teshubá.
Los médicos que acudieron a tratarlo no encontraban remedio ni veían un pronóstico favorable para su estado. Incluso cuando llegó el médico personal del Poritz, para entonces la situación había empeorado considerablemente, y lo examinó, dejó claro que no quedaba esperanza alguna.
Al salir de la habitación, donde se encontraban el Poritz y los demás miembros de la comitiva, el médico simplemente comentó:
—Pobre y desdichado Salomon. Me acabo de enterar de una terrible noticia: también de su esposa he escuchado una tragedia. Mientras viajaban en un barco, este se hundió y no quedó rastro alguno de sus pasajeros...
El Poritz advirtió que no informaran al desafortunado Salomon de aquella terrible noticia. Pero Reb Yosef sabía que debía conocerla. En aquel momento, lo más importante era hacerle saber que su decisión de regresar a sus raíces y hacer Teshubá había sido recibida en el Shamaim.
Se acercó a su cama y se lo susurró al oído. Luego le contó, con cuidado, lo sucedido: su esposa y su familia habían perdido la vida en un naufragio y no había quedado rastro de los pasajeros.
Aquellas palabras produjeron en Salomon un profundo impacto. Apenas habían pasado un par de minutos cuando el enfermo, que hasta entonces se encontraba al borde de la muerte, abrió levemente los ojos. Desde ese momento comenzó una mejoría completamente inesperada. Poco después fue trasladado a Vítebsk para continuar allí su recuperación, mientras Reb Yosef siguió su camino.
Tiempo después, Reb Yosef, el "Baal Agole", viajó a Lubavitch para encontrarse con el sucesor del Alter Rebe, su hijo, el Miteler Rebe.
Al llegar, se encontró con alguien que le resultaba familiar.
—¡Shloime Leib! —lo saludó con emoción.
El hombre lo reconoció y le contó que, después de lo sucedido, el Poritz le había concedido un tiempo de descanso. Aprovechó entonces la oportunidad para escapar y dirigirse a Lubavitch, en busca de guía y orientación para comenzar una nueva vida.
Así, Shloime Leib se convirtió en un verdadero y sincero Baal Teshubá.
Cuando Reb Yosef, el Baal Agole, entró posteriormente a Yejidut con el Miteler Rebe, el Rebe le dijo:
—Por un acto de bien individual y particular, para salvar una Neshamá, mi padre hizo que un Talmid Jojom como vos se convirtiera en carretero. Ahora, por el bien general, por el bien de toda la comunidad, haré de este Baal Agole un Mashpía.
A partir de entonces, Reb Yosef, «el Baal Agole», regresó a su ciudad natal para dirigir a los Jasidim locales y guiar a toda la comunidad por las sendas de Jasidut y Avodat Hashem.
*
A veces, el camino que Hashem nos marca puede parecer incomprensible. Reb Yosef era un gran Talmid Jajam, y sin embargo, el Alter Rebe le indicó que dejara el Rabanut y se convirtiera en un simple carretero. Solo mucho tiempo después pudo comprender el porqué: desde aquella carreta, en medio de un viaje y de una noche cualquiera, logró despertar la Neshamá de un Yehudi que parecía haberlo perdido todo.
Y entonces se reveló la profundidad de las palabras del Alter Rebe: no se trataba de que Reb Yosef dejara de ser un Talmid Jajam, sino de que pusiera toda su Torá al servicio de una misión mucho más grande. Porque cuando un Yehudi se entrega verdaderamente a la voluntad del Rebe, incluso aquello que parece un descenso puede ser, en realidad, el camino hacia el propósito más elevado.
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