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domingo, 22 de febrero de 2026

Historia contada por el Ben Ish Jai con 2 enseñanzas valiosas

Un relato que cita el Ben Ish Jai en "Niflaím Maaseja" [124]:

Tuvia el Juez era honrado por la gran mayoría del pueblo; todos los asuntos judiciales se resolvían conforme a su dictamen. Sin embargo, también tenía enemigos, movidos por la envidia, que intentaban sin cesar provocar su caída. Finalmente lo lograron. El rey creyó sus calumnias —aunque todas las acusaciones contra Tuvia eran falsas— y ordenó destituirlo y castigarlo por los supuestos delitos.

Tuvia era sagaz y comprendió lo que estaba por suceder. Se vistió con ropas sencillas y escapó. Quienes lo vieron aquella noche atravesando las calles oscuras no se dieron cuenta de que se trataba del célebre Tuvia, quien apenas unas horas antes era la persona más poderosa del gobierno, después del rey.

Tuvia salió de la ciudad, cruzó el desierto y llegó al río. Si lograba cruzarlo, sería un hombre libre. Pero ¿cómo hacerlo sin barca ni balsa?

Pronto el rey descubriría su fuga y lo perseguiría. Tuvia permanecía a la orilla del río, confundido y preocupado.

Hashem se apiadó de él. Un campesino de la aldea cercana reconoció a Tuvia el distinguido Juez.

Tuvia le dijo que necesitaba cruzar el río. El aldeano era bajo y enclenque, y en circunstancias normales jamás habría considerado nadar cargando a un hombre alto y corpulento como Tuvia. Pero al tratarse de Tuvia el Juez, pensó: 
 “Esta es una oportunidad de oro para establecer contactos… Quién sabe, tal vez algún día comparezca ante el tribunal y Tuvia me estará en deuda por haberle hecho este favor”.

Y le dijo: “Honorable juez, aférrese a mi espalda. Yo nadaré y lo cruzaré”.

Pensando en la recompensa y la riqueza que podría obtener por hacerlo, casi ni sintió el peso de Tuvia.

Cuando habían recorrido tres cuartas partes del río, Tuvia comentó: “Si Hashem se apiada de mí y vuelvo a ser juez, te recompensaré enormemente…”

—“¿Quieres decir que ya no eres el gran juez?”

—“Así es. Personas corruptas me calumniaron ante el rey. Estoy huyendo…”

El campesino soltó a Tuvia ahí mismo en el agua y dijo: “Cuando regreses a tu cargo y vuelvas a ser juez, entonces te sacaré del agua”, y nadó solo de regreso a la orilla.

La gente reprendió al campesino: “Si pudiste llevar a Tuvia el Juez hasta tres cuartas partes del río, deberías haberlo llevado hasta el final”.

—“Todos saben que soy débil —respondió—. No puedo cargar a una persona pesada como Tuvia. Me imaginaba el honor que obtendría por asistirlo, además de toda la riqueza que eso podría traerme, y eso me dio fuerzas. Casi no sentía su peso, por la alegría que anticipaba. Pero cuando Tuvia me dijo que estaba huyendo, comprendí de inmediato que no obtendría ningún favor de él. Entonces sentí de golpe todo su peso y ya no tuve fuerzas para llevarlo hasta la orilla…”

*

El Ben Ish Jai contó esta historia para expresar cuán cuidadosos debemos ser con nuestra palabra. Si Tuvia hubiera permanecido en silencio, habría sido llevado a la orilla del país vecino y su vida se habría salvado. Sus problemas provinieron de hablar [de más].  Toda palabra prohibida, e incluso el hablar innecesario y vano, puede causar daño a uno mismo, sin mencionar a los demás.

Otra enseñanza que vemos en este relato es que cuando una persona desea algo con gran intensidad, no siente las dificultades que implica alcanzarlo. Puede cargar grandes pesos sobre sus hombros y no sentirlos. Puede estudiar Torá durante horas, invertir todas sus energías en una Tefilá, cumplir mitzvot con mesirut néfesh, y no sentirá que se ha esforzado en exceso

El Lejem Hapanim en Tzfat


Un relato realmente conmovedor acerca de la grandeza de la Emuná temimá, la fe sencilla y pura, está traído en varios Sforim acerca de uno de los anusim que llegó desde Portugal y fijó su residencia en la ciudad santa de Tzfat.

Cierta vez, escuchó a uno de los Rabanim de la ciudad, en su derashá, hablar acerca del Lejem HaPanim, que era ofrecido en el Beit HaMikdash cada Shabat. El rabino suspiró profundamente y exclamó:

—Y ahora, debido a nuestros numerosos pecados, lamentablemente no contamos con eso, no contamos con algo así sobre lo que pueda reposar la abundancia y Hashpaá que otorgaba el Lejem Hapanim…

Aquellas palabras penetraron en el corazón de aquel yehudí como fuego sagrado. Con la inocencia de un niño y la sinceridad de una neshamá que había sufrido por su fe, regresó a su casa y le pidió a su esposa:

—Cada viernes prepárame dos Jalot, dos hogazas de pan, con harina que haya sido tamizada trece veces. Amasa la masa en pureza, con sumo esmero y belleza, y hornéala bien en nuestro horno.

Su intención era simple y absoluta: llevarlas ante el Hejal de Hashem. Acercarlas al Aron Hakodesh del Beit Hakneset. Quizá el Todopoderoso las aceptaría. Quizá se apiadaría de él y recibiría su ofrenda.

Así lo hizo su esposa. Cada viernes, el hombre tomaba las dos Jalot aún tibias, las llevaba al Beit Hakneset y las colocaba con reverencia ante el Arón HaKodesh. Allí permanecía largo rato, suplicando con lágrimas:

—Ribono Shel Olam, acepta mi pan con agrado. Que Te sea placentero. Que Te sea dulce. Que encuentre gracia ante Ti…

Hablaba como un hijo que se confía plenamente en su padre. Luego se retiraba, dejando su presente ante el Rey del mundo.

El Shamesh de la sinagoga, al llegar para ordenar el lugar, encontraba aquellas dos magníficas hogazas. Sin hacer preguntas, las tomaba y se alegraba con ellas como quien se alegra en tiempo de cosecha. Y así ocurrió cada viernes.

Por la noche, tras Arvit, el yehudí pashut corría nuevamente a la sinagoga. Se acercaba con el corazón palpitante al Arón HaKodesh… y al no encontrar allí el pan, su rostro se iluminaba con una alegría indescriptible.

Volvía a su casa radiante y decía a su esposa:

—¡Alabanzas y agradecimiento a Hakadosh Baruj Hu! No despreció la aflicción del pobre. Aceptó el pan… ¡y lo comió caliente! No te descuides jamás en prepararlo. Si no tenemos oro ni plata para honrarlo, al menos ofrezcámosle aquello que vemos que Le es grato. Es nuestro deber darle Najat Ruaj (satisfacción) con estos panes.

Y así siguió durante un tiempo, continuó con esta santa costumbre, con pureza y constancia.

Pero un viernes ocurrió lo inesperado. El rabino cuya Derashá había despertado aquella iniciativa se encontraba en la sinagoga, sobre la bimá, preparando su sermón para Shabat. El anús entró como siempre, con las Jalot en sus manos y el corazón rebosante de emoción. Se acercó al Heijal y comenzó a rezar, sin advertir la presencia del rabino.

El rabino escuchó todo. Vio su fervor. Oyó sus palabras. Y, en lugar de conmoverse, se alteró profundamente.
Llamó al hombre y lo reprendió con dureza:

—¡Tonto que sos! ¡Probablemente es el Shamesh quien se lleva el pan cada semana! ¿Acaso Hakadosh Baruj Hu come o bebe? ¡ Atribuir corporeidad al Creador es un grave error. Y siguió dándole Musar ante lo que le parecía una conducta totalmente inaceptable e inútil. 

En ese momento entró el shamash. El rabino lo llamó y le ordenó que explicara la verdad. El shamash confesó sin vergüenza que él se llevaba las Jalot cada viernes.

Al oírlo, el anús rompió en llanto. Su mundo se derrumbó. Con voz entrecortada suplicó:

—Perdóneme, rabino. Creí cumplir una Mitzvá. Pensé dar satisfacción al Creador… y, según lo que me dice, he errado.

Mientras aún hablaban, llegó un emisario especial del santo Itzjak Luria —el Arí HaKadosh— convocando al rabino de inmediato.

Cuando el rabino se presentó ante el Arí, éste le dijo con solemnidad:

—Ve a tu casa y deja todo dispuesto; prepara tu testamento. El decreto ya fue proclamado en el Shamaim.

El rabino, pálido, preguntó temblando:

—¿Cuál es mi falta?¿Qué hice?!

El Arizal le respondió:

— Desde el día que se destruyó el Beit HaMikdash, no hubo para el Creador un Najat Ruaj como el que tuvo cuando este anús, este yehudí pashut traía sus dos Jalot con sencillez absoluta, creyendo con pureza total que Hashem las recibía. Y tú anulaste ese contento. Por haber interrumpido esa ofrenda nacida de la fe más pura, fue decretada tu muerte. Y no hay forma de anular el decreto.

El rabino regresó a su casa, escribió su testamento y, efectivamente, pocos días después, en Shabat Kodesh, a la hora en que debía disertar su derashá ante la congregación, devolvió su alma al Creador, conforme a la palabra que le había sido dicha por el Tzadik.

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Este relato nos deja una enseñanza que estremece el corazón: Hakadosh Baruj Hu no busca sofisticación ni erudición vacía. Lo que más Le es preciado es la pureza del corazón, la fe simple, sincera y sin cálculos.

A veces, aquello que parece ingenuidad ante los ojos humanos… es, en los Cielos, el mayor de los tesoros

Estoy verdaderamente presente

Por Rav Sholom Avtzon


El Rav Adin Even-Israel Steinsaltz (conocido comúnmente como Rav Steinsaltz) relató el siguiente pensamiento en un farbrenguen:

Cuando yo era estudiante en la yeshivá, mi mashpia era Rabí Shlomo Jaim Kesselman. Después de cierto farbrenguen en particular, me levanté y dije: “Este fue un farbrenguen excepcional”.

Al día siguiente comencé a preguntarme: ¿qué tuvo de tan excepcional el farbrenguen de anoche? ¿Por qué me causó una impresión tan fuerte, más que otros farbrenguens? Después de todo, las historias que contó ya las había relatado en encuentros anteriores, o yo las conocía de otras fuentes. Las enseñanzas y reflexiones que extrajo de ellas también eran cosas que ya le había oído a él o a otros. Las melodías eran las mismas que cantamos en cada farbrenguen. Entonces, ¿qué hizo diferente al de anoche?

Reflexionando, llegué a la siguiente conclusión: fue porque anoche yo vine a participar en el farbrenguen, y no simplemente a escuchar como un observador, un espectador o incluso como un alumno que asiste porque es lo correcto. Vine porque quería estar; quería escuchar e inspirarme. Estuve completamente presente y concentrado en el farbrenguen. En idish: Ij hob tzuguetrogen — “yo me involucré”.

Esta percepción suya quizá nos brinde mayor claridad para comprender la siguiente historia que relató el Frierdiker Rebe, Rabí Yosef Itzjak Schneersohn.

Cierta vez, cuando el Miteler Rebe era aún un niño en el jéder, entró al cuarto de su padre y le formuló la siguiente pregunta:

En Shemot, capítulo 24, versículo 4 (parashat Mishpatim), el pueblo judío le dijo a Moshé Rabenu: “Haremos todo lo que Hashem nos ordene”. Y tres versículos más adelante, en el versículo 7, pronunciaron las famosas palabras: Naasé venishmá — “Haremos y comprenderemos”. Tatí, ¿qué ocurrió en esos tres versículos que llevó al pueblo a reformular su respuesta, pasando de “Naasé” a “Naasé venishmá”?

Su padre, el Rebe, le respondió:

En un principio, el pueblo judío dijo: “Naasé” — haremos todo lo que Hashem nos ordene, ya sea que lo entendamos o no, que lo disfrutemos o no.

Sin embargo, Moshé Rabenu, el pastor fiel, quiso inculcar en el pueblo la perspectiva correcta. Les habló y les explicó la belleza de tener el mérito de cumplir las mitzvot de Hashem, hasta que el pueblo reformuló su respuesta y dijo: “Haremos todo lo que Hashem nos pida, y además procuraremos comprenderlo”, para así experimentar orgullo y disfrute por la oportunidad y el privilegio de cumplir Sus mitzvot.

El cambio estuvo en el enfoque. Las mitzvot eran las mismas; lo que cambió fue la manera de abordarlas y de entender qué significa una mitzvá. Al principio respondieron: “Haremos”, porque estamos obligados; después de todo, Hashem realizó enormes milagros para salvarnos innumerables veces.

Pero después de que Moshé habló con ellos, su enfoque cambió: “Haremos las mitzvot porque reconocemos que son una hermosa oportunidad y un inmenso mérito que Hashem nos concede para acercarnos a Él” (pues mitzvá también implica vínculo y conexión). Así, la mitzvá se cumple con alegría, entusiasmo y vitalidad, y no sólo por deber u obligación.

Cuando el joven DovBer salió de la habitación de su padre, se encontró con el jasid Rev Shmuel Munkes, quien le preguntó:

—¿Qué te dijo tu padre, el Rebe?

Con picardía, el niño respondió:

—Mi padre dijo que los misnagdim respondieron “Naasé”, mientras que los jsidim respondieron “Naasé venishmá”.


***

Para explicar lo que entiendo de su respuesta, relataré algo que contó en una ocasión el Rav Joseph B. Soloveitchik (conocido comúnmente como el Rabino J. B. Soloveitchik).

Mi padre contrató para nosotros distintos melamdim (maestros). Uno de ellos era un jasid y, aunque mi padre le había indicado que no nos enseñara el Tania, lo hacía en secreto. Una vez, mi padre entró inesperadamente en la habitación; el melamed intentó ocultarlo, pero mi padre notó cómo guardaba el Tania y le advirtió que debía dejar de enseñarlo. Sin embargo, mi abuelo le dijo que continuara, pues era importante que lo estudiáramos.

Yo notaba que los melamdim provenían de comunidades y enfoques distintos, y quise comprender por mí mismo cuál era la diferencia entre jasidim y litvish (misnagdim). Después de todo, observaba que ambos eran meticulosos en cada mitzvá. Así que profundicé más, hasta darme cuenta de que el melamed litvish cumplía cada mitzvá con el mismo sentimiento de obediencia —kabalat ol— y santidad. Bailaba en Simjat Torá porque hay una mitzvá de bailar, y ayunaba en Iom Kipur porque es una mitzvá ayunar.

En cambio, el melamed jasidí bailaba en Simjat Torá porque estaba genuinamente alegre; y en Iom Kipur se percibía en él una profunda introspección.

Alguien podría preguntar: ¿qué diferencia hay entre cumplir una mitzvá con alegría interior o simplemente cumplirla porque eso es lo que Hashem quiere?

Esto puede comprenderse a través de la conocida historia de Reb Gavriel Noiseh Jein —Rav Gavriel, quien “hallaba gracia” ante los ojos de todos los demás.

Gavriel era una persona acomodada, que ayudaba a otros con mano abierta y entregaba sumas importantes cada vez que un emisario venía a recolectar fondos en nombre del Rebe.

Aunque parecía tenerlo todo y mostrarse feliz, en lo personal estaba quebrado y afligido: ya habían pasado quince años desde su matrimonio y aún no habían sido bendecidos con hijos. Más aún, cada vez que mencionaba esto al Rebe y pedía una bendición, el Rebe no le respondía con una berajá explícita.

Con el tiempo, tampoco su prosperidad material perduró. La rueda de la fortuna giró y cayó en una pobreza extrema.

Aceptó su nueva situación sin queja alguna, agradeciendo a Hashem por los años de bienestar que había disfrutado, y continuó su vida como si nada hubiera cambiado.

Un día regresó del Shul y su esposa notó en su rostro una expresión sombría.

—Gavriel —le dijo con suavidad—, ¿por qué estás tan afligido? ¿Acaso no me has dicho siempre que todo lo que Hashem hace es para bien y que Él es el Juez verdadero?

—Tienes razón, querida esposa —respondió—. No estoy triste porque ya no podamos comprar los alimentos o las ropas que antes podíamos permitirnos. Hoy noté que un emisario del Rebe vino a recolectar fondos y está evitando acercarse a mí, porque sabe que ya no tengo dinero para enviar al Rebe.

Hashem es justo en Sus actos y sabe que no merezco riqueza. Pero ¿por qué debe verse afectado el pobre que necesita desesperadamente la tzedaká que yo solía dar? ¿Por qué ha de sufrir él por mis carencias?

Y Gavriel suspiró profundamente.

Su esposa reflexionó un momento y luego dijo:

—Aún me queda una joya. La empeñaré y el dinero que recibamos se lo entregarás al Rebe.

De inmediato buscó la joya, la llevó a la casa de empeños y recibió a cambio algunas monedas de cobre.

Pero entonces pensó: este es el último objeto de valor que poseemos; quién sabe si volveremos a tener el mérito de dar tzedaká. Al menos, que lo hagamos de la manera correcta.

Tomó arena y comenzó a frotar y pulir cada moneda para que brillara y se viera presentable. Sin darse cuenta, sus lágrimas comenzaron a fluir y se mezclaron con la arena mientras pulía las monedas, hasta que estas resplandecieron con intensidad.

Como el emisario del Rebe continuó su viaje hacia otras ciudades y pensaba regresar en algunos días, Reb Gavriel decidió llevar personalmente las monedas al Rebe. Temía que en el transcurso de esos días pudiera verse tentado a utilizarlas para comprar algo de comida para él y su esposa.

Cuando entregó al Rebe las monedas envueltas en un pañuelo, el Rebe le preguntó por qué se había tomado la molestia de traerlas él mismo, en vez de dárselas al emisario.

Reb Gavriel entonces le explicó su verdadera situación. El Rebe abrió el pañuelo y notó cuán intensamente brillaban las monedas. Gavriel le relató lo que su esposa había hecho.

El rostro del Rebe se iluminó de alegría y dijo:

—Las mujeres donaron sus espejos de cobre, y Moshé los utilizó para construir el kiyor en el patio del Mishkán.

Luego bendijo a Rav Gavriel para que hallara gracia ante los ojos de los demás y le prometió que se volvería más rico que antes. Le aconsejó dedicarse al comercio de piedras preciosas. Finalmente concluyó:

—Por la pureza del acto de tu esposa, serán bendecidos con descendencia.

Amigos míos, esa es la recompensa de cumplir una mitzvá con alegría y entusiasmo.

lunes, 16 de febrero de 2026

La instrucción secreta

Esta es una hora de Etz Ratzón (oportuna, de favor Divino)”, cruzó por la mente del jasid Rabí Abraham Bartzuner. Había llegado desde la ciudad de Gómil, en el sudeste de Bielorrusia, para celebrar Purim de 5686 (1926) junto al Rabí Yosef Itzjak Schneersohn, el sexto Rebe de Lubavitch.




Eran días oscuros y difíciles. El régimen comunista actuaba con brutalidad para erradicar todo lo que sea religión en toda la Unión Soviética. Los Talmud Torá eran clausurados. Las mikvaot eran cerradas. La shejitá kasher estaba prohibida. Realizar un brit milá constituía un grave delito. Rabinos y difusores de Torá eran enviados a Siberia; muchos fueron ejecutados.

El Rebe asumió el liderazgo precisamente en esa época tan crítica. Actuó con todas sus fuerzas para preservar la llama judía en la Unión Soviética. Bajo su instrucción se estableció una red clandestina jasídica en todo el país, dedicada a sostener la vida judía.

Las autoridades seguían de cerca sus pasos. En su casa de Rostov realizaron un minucioso registro y estuvieron a punto de arrestarlo. Finalmente, la policía aceptó no encarcelarlo con la condición de que trasladara su residencia a Leningrado, donde podrían vigilarlo mejor.

Pero también allí el Rebe continuó trabajando por el judaísmo, plenamente consciente del peligro que implicaba su actividad. En ese clima se reunieron los jasidim en su casa para el farbrenguen de Purim.

En cierto momento, Rev Abraham se acercó al Rebe.

—Pido una broje para lograr salir de Rusia y poder ascender a Eretz Israel —solicitó.

La respuesta del Rebe fue breve y enigmática:

—Debes hacer aquí una Tierra de Israel.

Rabí Abraham no comprendió el sentido de aquellas palabras. Entonces el Rebe hizo un gesto con la mano en dirección a la sala de yejidut (audiencia privada). Entendió que estaba siendo convocado a una entrevista personal en la que el Rebe aclararía su intención. En efecto, inmediatamente después de Purim ingresó a yejidut. Al salir, se negó a revelar lo que se le había dicho y regresó de inmediato a su ciudad.

Pasaron unos tres años. Las autoridades cerraban cada vez más yeshivot, y sus alumnos debían dispersarse a otras ciudades. Uno de los estudiantes mayores —que también actuaba como maestro y guía— era Rev Mendel Futerfas, quien tiempo después sería condenado a diez años de prisión en Siberia y más tarde se convertiría en uno de los mashpiim más reconocidos.

En aquel entonces se le encomendó acompañar a un grupo de jóvenes que fueron enviados a estudiar a Gómil. El responsable local era Rev Abraham Bartzuner. Alojaba a cada joven en una casa diferente y se ocupaba de proveerles alimento y libros. El lugar de estudio era la sinagoga, y el propio Rev Mendel se hospedaba en la casa de Rev Abraham.

Ambos se acercaron mucho y se hicieron amigos. Rev Abraham no temía compartir con Rabí Mendel incluso asuntos personales. En una ocasión, Rev Mendel le preguntó qué había ocurrido en aquel yejidut con el Rebe.

—Esto fue lo que me dijo el Rebe —respondió finalmente Rev Abraham—: “Debes ayunar un ‘taanit hafsaká’ durante tres días consecutivos, desde el domingo hasta el martes por la noche. El tercer día, antes de romper el ayuno, sube a la Bimá de la sinagoga de tu ciudad y volcá todo lo que hay en tu corazón. Comenzá a trabajar; se reunirán a tu alrededor algunos avrejim (jóvenes casados) y respetarán lo que les digas”.

—Así lo hice —continuó relatando—. Tras el ayuno de interrupción subí a la bimá de la sinagoga y volqué la amargura de mi corazón ante el público. Les dije:

“¡Escuchen, judíos! Tal vez pueda comprenderse que profanen el Shabat. Ustedes alegan que no tienen alternativa y que deben llevar sustento a sus hogares.

“¡Pero cómo consienten enviar a sus hijos a las escuelas comunistas! ¡Con ello los entregan a la apostasía! ¡No quedará quien diga Kadish por ustedes! Por esto se debe entregar la vida literalmente. ¡Es un ‘yehareg ve’al yaavor’ (debe uno dejarse matar antes que transgredir)!”.

Rabí Abraham agregó que apenas logró terminar sus palabras, pues los gabbaim se acercaron alarmados para retirarlo de la bimá, temiendo que declaraciones así provocaran el cierre de la sinagoga y el castigo de todos los presentes.

—Pero después —continuó— varios padres jóvenes se acercaron a mí y establecimos una nueva red clandestina. Abrimos un jéder para niños, fijamos clases de Torá en Shulján Aruj y en Ein Yaakov para adultos, e incluso comencé a dictar una clase de Tania.

Rev Mendel solía relatar con admiración la figura de Rev Abraham. No estaba dotado de talentos extraordinarios, pero en la clase de Tania que impartía se sentaban incluso los eruditos de la ciudad, pues percibían la verdad que irradiaba de él.

Durante muchas horas al día, Rev Abraham recorría la ciudad reuniendo fondos para la yeshivá. El resto del tiempo lo dedicaba a difundir judaísmo y jasidut con entrega diaria y sacrificada. En sus momentos libres estudiaba Mishnaiot y se sustentaba con unas pocas rebanadas de pan.

El Shemá antes de dormir le tomaba cerca de dos horas. Entre abundantes lágrimas hacía un profundo analísis e introspección por sus “faltas” y “transgresiones”.

Rev Mendel contó que en cierta ocasión le preguntó por qué se lamentaba tanto, siendo que toda su vida estaba consagrada a sostener la Torá y el judaísmo con abnegación.

—Incluso tus momentos libres están plenamente aprovechados; no hay un solo instante desperdiciado. Entonces, ¿por qué lloras tanto? —le preguntó.

Rabí Abraham respondió en voz baja:

—Sí, hacemos, hacemos…

Y de pronto exclamó con voz firme:

—¡Pero todo esto huele a ieshus, a ego y orgullo personal!…

(Basado en relatos de Rabí Mendel).

El árbol no muere

A comienzos de la semana pasada fue el 15 de Shevat (Rosh Hashaná de los árboles), y, inevitablemente, cuando se habla del 15 de Shevat se menciona el versículo: “Porque el hombre es como el árbol del campo”, del cual se aprende una enseñanza.

La semana pasada escuché una hermosa historia relacionada con este concepto de boca de Rev Sholom Avtzon, quien la oyó directamente de Rev Zalman Yudkin ע"ה, según se la había contado Rev Moshe Rubin.

Uno de los aspectos que Rev Zalman me relató fue una conversación muy breve —un intercambio sencillo— que tuvo con su padre. Y dijo Rev Zalman que aquello le dio en su momento, y continúa dándole hasta hoy, la fuerza para permanecer un yhudi frum y jasid.

Comenzó señalando que los comunistas eran realmente expertos en moldear la perspectiva de las personas. Perfeccionaron ese arte hasta tal punto que, incluso hoy —más de cincuenta años después de que, con la ayuda de Hashem, pude salir de Rusia—, tristemente debo decir que aquellos pensamientos y filosofías heréticas que sembraron con tanto cuidado y grabaron en nuestras mentes impresionables todavía afloran. Incluso pueden aparecer mientras estoy rezando una Amidá (Shemone Esré).

Entonces surge la pregunta: si ellos fueron capaces de implantarlo con tanta fuerza, ¿cómo tuve yo la fortaleza y la capacidad de levantarme una y otra vez —cuando era un niño, luego adolescente y finalmente adulto en la Rusia comunista— y continuar viviendo ahora, en el mundo libre, como un josid?

Todo se debe a un episodio que recuerdo con absoluta claridad, ocurrido cuando era un niño pequeño.

Era pleno invierno, un invierno helado y severo. Para nuestra sorpresa, mi padre abrió la ventana, permitiendo que el aire gélido entrara en la casa, mientras retiraba la nieve y el hielo congelado del marco.

Todos estábamos confundidos. Luego de cerrar la ventana, mi padre me llamó y me dijo:

—Zalmen, ahora que la ventana está despejada y ya no hay nieve ni escarcha que bloqueen tu visión, ¿puedes ver los árboles afuera?

—Sí —respondí.

—Zalmen, ¿hay hojas creciendo en ellos? —preguntó mi padre.

—No, no crece nada.

—Entonces, alguien que mirara el árbol ahora pensaría que está muerto —continuó mi padre—. Pero, Zalmen, ¿cuál es la diferencia entre este “árbol muerto” y un animal muerto?

Sin esperar mi respuesta, contestó él mismo:

—Cuando un animal, un ave o un pez mueren, caen y ese es el final. Sin embargo, cuando un árbol “muere”, como este árbol que perdió sus hojas hace algunos meses y permanecerá así por muchos meses más, podríamos concluir que murió. Después de todo, está congelado, sin movimiento ni señal visible de vida. Pero dentro de varios meses comenzará a brotar un pequeño retoño que luego florecerá. Entonces verás que el árbol no murió; simplemente estaba en estado de letargo, como algunos animales que hibernan durante el invierno. Cuando ya no están dominados ni congelados por el frío, despiertan y viven una vida vibrante, demostrando que en realidad nunca estuvieron “muertos”.

Mi padre continuó:

—Zalmen, nosotros somos comparados a ese árbol. Sí, debemos ser cuidadosos, porque esas personas malvadas tienen el poder y la capacidad de dañarnos. Por eso, ante ellos no mostramos ninguna señal de que cumplimos silenciosamente las Mitzves de Hashem. Pero recuerda: la primavera llegará. Tal vez tu primavera llegue dentro de muchos años, cuando, con la ayuda de Hashem, puedas abandonar este país y su dominio. Hasta entonces, recuerda que eres un judío vivo y vibrante.

Concluyó Rev Zalmen: ese pensamiento me dio la fuerza para mantenerme firme, tomando cada día como un día más en el que debía ocultar mi esencia interior y verdadera: que estoy orgulloso de ser un judío que sirve a Hashem lo mejor que puede.


Una enseñanza sencilla que podemos extraer es que nunca debemos desistir de un talmid (alumno), un javer (amigo) o un compañero, ya sea actual o antiguo. Puede parecer que está “congelado” —frío o indiferente—, pero cuando un soplo de calidez llegue a él, especialmente si proviene de alguien con quien tuvo cercanía, se descongelará y se entibiará. Y entonces podremos maravillarnos ante las hermosas flores que brotarán de su vitalidad interior.

martes, 10 de febrero de 2026

Maamar Jasidut para Yud Shvat 5786

Vaiehí Beetzem Haiom Hazé 5746 

15 de Shvat - Rosh Hashaná de los árboles

Nisim Kinuri vivía no lejos de Tiberíades, en una humilde aldea a orillas del lago Kineret, del cual tomó su apellido. Era extremadamente pobre. No poseía campos ni huertos; todo lo que tenía era un único árbol de granadas que se erguía solitario junto a su pequeña casa. El piadoso Reb Nisim solía sentarse a la sombra de sus densas y frondosas ramas y estudiar Torá durante los largos días soleados.

En su temporada, el majestuoso árbol se cubría de frutos: globos de un rojo profundo, jugosos y espléndidos, y toda la familia se llenaba de alegría. La venta de esas granadas constituía su principal fuente de sustento, y aun así siempre quedaba lo suficiente para que ellos mismos disfrutaran de aquel fruto delicioso.

Ya durante las Tres Semanas —en el verano, entre el ayuno del 17 de Tamuz y el de Tishá BeAv— el árbol estaba cargado de frutos. Sin embargo, nadie tomaba ni uno solo hasta después de Tishá BeAv. Solo entonces, una vez concluido el período de duelo, podía comenzar el tiempo de la alegría. Antes de Shabat Najamú Reb Nisim, acompañado por su hijo, se acercaba al árbol y seleccionaba los Bikurím, los frutos más selectos y maduros. En Shabat, con el corazón estremecido por la santidad del momento, recitaba la bendición de Shehejeianu con intensa alegría. Solo entonces probaba, finalmente, el sabor de su producción.

La calidad de las granadas del único árbol de Reb Nisim era conocida en toda la región de Tiberia. Judíos y árabes acudían por igual para comprarlas. Se decía que eran extraordinariamente beneficiosas para la salud: cuanto más se comía de ellas, mejor se sentía uno. Muchas mujeres afirmaban que la compota que preparaban con esas granadas poseía notables cualidades curativas.

Por supuesto, existe un límite a los ingresos que puede generar un solo árbol. Las famosas granadas se vendían a buen precio, pero aun así, con ese dinero Reb Nisim apenas lograba cubrir los gastos mínimos de todo un año para su numerosa familia. En verdad, parecía que tenía casi tantos hijos como granadas producía el árbol. Con el paso del tiempo, los niños crecieron y maduraron, al igual que los frutos del granado. Los años volaron, y sus hijas mayores florecieron en jóvenes hermosas, cuya hora de casarse se acercaba rápidamente. Era imprescindible comenzar a buscarles parejas apropiadas, pero no se veía ni la más remota posibilidad de reunir para cada una una dote respetable, como era la costumbre de aquellos tiempos.

Entonces, para agravar aún más la situación, sobrevino la desgracia. Ya habían comenzado las Tres Semanas, y he aquí que el árbol estaba completamente desnudo de frutos. Sus ramas se inclinaban hacia el suelo, como avergonzadas de lo sucedido.

Pasaron las Tres Semanas, y el espectro del hambre comenzó a alzar su fea cabeza. No había granadas para comer, no había dinero para comprar otros alimentos, y mucho menos para ahorrar con vistas a las dotes. En la víspera de Shabat Najamú, Reb Nisim se paró bajo el árbol y examinó atentamente sus ramas. Si tan solo pudiera encontrar un fruto, aunque fuera uno, para poder recitar la bendición de Shehejeianu, como cada año… Buscó y buscó, con lágrimas asomando a sus ojos: no había ni una sola granada.

De pronto, se le ocurrió una idea.
—Avraham —llamó a su hijo, que ya había alcanzado la edad de bar mitzvá—. Ven, por favor, y súbete al árbol. Tal vez entre las hojas encuentres una granada, y entonces mañana, con la ayuda de Hashem, podremos recitar una Brajá sobre ella.

Avraham era un muchacho vivaz y enérgico. ¡No hacía falta invitación dos veces para trepar a un árbol! En un instante ya estaba entre las ramas. Su padre aguardaba abajo, conteniendo la respiración.

—¡Encontré! ¡Encontré! —gritó Avraham—. ¡Y es una muy buena!
—Baruj Hashem —respondió su padre, lleno de alivio y gratitud.

—¡Otra más! ¡Encontré otra! —anunció el muchacho con entusiasmo.
Pocos momentos después, llamó triunfante diciendo que había descubierto una tercera. Luego descendió, informando que no había más en todo el árbol.

Reb Nisim examinó los tres frutos y quedó asombrado. Eran auténticas joyas: enormes, hermosas, llenas y jugosas. Jamás había visto ejemplares tan magníficos, ni siquiera en su propio árbol en años anteriores.

Mientras aún estaba allí, llegaron varias mujeres de la zona, con grandes canastas en las manos, esperando comprar, como de costumbre, sus excelentes granadas.
—Lo siento —les dijo con tristeza—, este año no tengo para vender. Solo hubo tres frutos.

Les contó que pensaba guardarlos para Tu BiShvat. Las mujeres comprendieron y se solidarizaron con él.
—Que Hashem reponga tu carencia con doble abundancia el año próximo —lo bendijeron, e incluso le pagaron “a cuenta” por la producción del verano siguiente. Él no quería aceptar dinero en tales condiciones, pero ellas insistieron y se lo entregaron.

La familia vivió el Shabat Najamu con un ambiente de gran celebración. Después de recitar el Shehejeianu sobre una de las granadas, probar un poco y darle un trozo a su esposa, Reb Nisim cortó el resto de ese fruto y otra granada en porciones, y las distribuyó equitativamente entre todos los hijos. La tercera la reservó.

Entretanto, la noticia de las tres granadas extraordinarias de Reb Nissim se difundió por toda la región. Se decía que poseían enormes propiedades curativas, ya que concentraban todo el jugo que normalmente estaría repartido entre los frutos de un árbol entero. Día tras día, la gente acudía y ofrecía sumas cada vez mayores por la granada restante. Pero Reb Nisim rechazaba todas las propuestas. Decía que la guardaba para Tu BiShvat.

Incluso su esposa le rogó que la vendiera.
—No tenemos comida en la casa y las chicas necesitan casarse —clamaba entre lágrimas.
Pero Reb Nisim se mantuvo firme. Guardaría el último fruto. Hashem sin duda los ayudaría; no había de qué preocuparse.

Sin embargo, desde entonces su esposa no le dio descanso. Le insistía en que viajara al extranjero para reunir donaciones para las bodas. Reb Nisim se resistió con todas sus fuerzas. No quería beneficiarse de su condición de residente de Eretz Hakodesh, pues sabía que los judíos de la Diáspora, conscientes de las dificultades de vivir en Eretz Israel en aquellos tiempos, sentirían lástima por él. Pero al ver el dolor en los ojos de su esposa y de sus hijas, finalmente cedió y comenzó a planificar el viaje. Para apaciguar su conciencia, decidió que en ningún lugar revelaría su procedencia.

Se despidió de su familia con el corazón oprimido y partió. Recorrió muchas tierras, numerosas ciudades y aldeas. Pero como se negaba a identificarse como oriundo de la Tierra Santa, nadie le prestaba demasiada atención, y apenas logró reunir algo de dinero, pese a que esa era la razón por la que había dejado su hogar.

Finalmente, llegó a Estambul, la capital del Imperio Otomano. Se dirigió directamente a la sinagoga principal. Apenas si alguien notó su entrada: toda la comunidad judía estaba sumida en una profunda angustia. El hijo del sultán estaba gravemente enfermo, y el sultán había llegado a convencerse de que los judíos eran responsables, quizá porque lo habían maldecido. Por ello decretó que, si su hijo no sanaba para una fecha determinada —el quince de Shvat, Tu Bishvat—, expulsaría a todos los judíos de su reino. La amenaza de expulsión pendía sobre la comunidad.

Al concluir las tefilot, toda la congregación permaneció en la sinagoga para recitar Tehilim, esperando así anular el duro decreto. Reb Nisim, por supuesto, se unió a ellos. De pronto, el encargado de la sinagoga se le acercó y le preguntó:
—¿Acaso usted es de Eretz Israel?

Reb Nisim quedó tan sorprendido que apenas pudo hablar.
—¿Cómo lo sabe? —balbuceó al fin.

—Nuestro Rab es un hombre santo —respondió el encargado—. Dijo que percibía en el recinto el aroma de Eretz Israel. Ahora, por favor, dígame su nombre, y lo llevaré a conocerlo.

Lo condujo a una pequeña sala interior y lo presentó al rabino, un anciano venerable y de aspecto distinguido. El rabino le estrechó la mano.
—Hace mucho tiempo que no recibimos aquí a un judío de la Tierra de Israel. ¿Cómo están nuestros hermanos allí?

Reb Nisim seguía conmocionado.
—¿Cómo supo que soy de allí? —preguntó—. ¿Acaso percibió el aroma de la granada que traigo conmigo?

— ¿Traes contigo una granada de Eretz Israel? —exclamó el rabino con emoción.

—Sí, rabí —respondió humildemente—. La he guardado para comerla hoy, en honor a Tu Bishvat. Sería un honor para mí compartirla con usted.

El anciano rabino saltó de su asiento y lo abrazó.
—Hashem te ha enviado aquí, hijo mío —dijo con entusiasmo—, para salvar a los judíos de nuestra ciudad del decreto de expulsión que se cierne sobre nosotros.

Y le explicó: la noche anterior habían realizado el seder y los tikuním de Tu Bishvat según la costumbre sefaradí. Al estudiar profundamente el significado de las tres categorías de frutos, la palabra רימונים (granadas) comenzó a latir ante sus ojos. Finalmente comprendió que allí se ocultaba la clave de la salvación. Las letras de rimoním formaban un acróstico:
רפואת מלך ובנו, נסים יביא מהרה
 Refuat Melej Ubenó Nissim Yaiví Meherá —“La curación del rey y de su hijo será traída rápidamente mediante milagros”.

—Y ahora vienes tú, cuyo nombre es Nisim, “milagros” —concluyó el rabino—. No es casualidad. A través de ti, Hashem realizará el milagro que nos salvará. Vamos de inmediato al palacio.

Conmocionado y confundido, Reb Nissim acompañó al rabino ante el sultán. Fueron conducidos de inmediato a su presencia. El sultán clamaba desesperado:
—¡Salven a mi hijo! ¡Si lo hacen, los cubriré de oro y seré bueno con los judíos por el resto de mi vida!

Los llevaron a la habitación del príncipe, que yacía pálido e inconsciente. Reb Nisim sacó la granada de su bolsa y la partió con cuidado. A pesar de tener seis meses, estaba fresca y jugosa, como recién cortada. Exprimió unas gotas en una pequeña copa y las hizo pasar por la garganta del joven.

En cuanto el jugo fue ingerido, el príncipe abrió los ojos. Con más gotas, comenzó a recobrar fuerzas, hasta sentarse. ¡La enfermedad había desaparecido!

El sultán, fuera de sí de alegría, besó sus manos.
— ¡Han salvado la vida de mi hijo!

—He guardado media granada para Tu bishvat, para poder recitar la Brajá —susurró Reb Nissim al rabino.

Reb Nisim regresó a la Tierra de Israel cargado de oro y plata. Y cuando finalmente llegó a su hogar, lo primero que vio fue el viejo granado frente a su casa, repleto nuevamente de relucientes frutos rojos.


Fuente: Yerajmiel Tilles

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Cuando un judío se aferra con fe simple a una mitzvá, aun en los momentos de mayor escasez, Hashem convierte un solo fruto en fuente de bendición para muchos, y de esa fidelidad nace la salvación.