AdSense

martes, 21 de julio de 2026

Una ansiosa anticipación

Desde su juventud, el gaón y tzadik Rab Moshe Teitelbaum, nacido en Galitzia, fue reconocido como un prodigio excepcional en el estudio de la Torá. Los grandes sabios de su generación lo apreciaban enormemente y lo apodaban "Baal Harosh Habarzel" ("el dueño de la cabeza de hierro"), por su extraordinaria capacidad intelectual. Con apenas diecisiete años ya enseñaba Torá a numerosos alumnos y mantenía correspondencia halájica con los más destacados eruditos de la época.

En una ocasión llegó a Lublin y, por indicación del Joize de Lublin, recibió el honor de pronunciar una derashá en la gran sinagoga, a pesar de que en aquel entonces todavía no pertenecía al círculo jasídico. Multitudes acudieron para escucharlo, y todos quedaron maravillados por la profundidad de sus palabras. Con el tiempo se convirtió en uno de los discípulos más cercanos y fieles del Joize.

Más adelante fue nombrado rabino de Shinova y, posteriormente, ocupó el rabinato de Oyhel, en Hungría, donde sirvió durante más de treinta años. Allí fundó una gran y prestigiosa ieshivá y fue el líder de miles de jasidim. Se cuenta que cuando enfermó Shmuel Biniomin, hijo del Jatam Sofer, este le envió un pedido especial para que bendijera a su hijo con una pronta recuperación.

Rab Moshe era conocido por la fuerza de su santidad. Incluso los no judíos reconocían su grandeza y acudían a él para pedirle consejo. Sin embargo, por encima de todo, era famoso por el profundo dolor que sentía por la destrucción del Bet Hamikdash y por el intenso anhelo con el que esperaba la Gueulá. Jamás dejaba de expresar ese sentimiento, tanto con sus palabras como con sus actos, hasta el punto de que en su generación se decía:
"Lleva consigo el alma del profeta Irmiahu."

Entre sus costumbres había una muy particular: mantenía siempre su ropa de Shabat al alcance de la mano, para que en el instante en que se oyera el sonido del shofar del Mashíaj no tuviera que perder ni un solo momento antes de salir a recibirlo.

Cierto día llegó a la casa de Rab Moshe la noticia de que su querido yerno, Rab Arie Leib Lipshitz, rabino de Vishnitz y autor del Arie Debei Ilaá, estaba por llegar de visita.

Toda la familia se llenó de alegría y comenzó enseguida con los preparativos para recibir al distinguido huésped. El propio Rab Moshe esperaba su llegada con enorme entusiasmo, pues cada visita significaba largas horas de estudio conjunto, profundizando en el Talmud y debatiendo apasionadamente cuestiones de Halajá.

A la hora prevista, toda la familia salió a esperar al visitante en la entrada de la casa.

Pero el carruaje no aparecía.

Los minutos pasaron... y se transformaron en horas.

La preocupación comenzó a hacerse sentir, y, como suele ocurrir, empezaron las conjeturas:

—Quizás entendimos mal su carta y en realidad pensaba venir otro día.

—Tal vez, jas veshalom, se enfermó.

—Puede que haya tenido algún contratiempo en el camino y el viaje se haya prolongado más de lo previsto.

—Quizás no imagina cuánto lo estamos esperando y por eso no tuvo apuro...

Cada uno aportaba una explicación distinta.

Mientras tanto, Rab Moshé permanecía en su habitación, completamente absorto en el estudio de la Guemará.

Algunos miembros de la familia subieron al altillo y se asomaron por la ventana que daba a la ruta que conducía a la ciudad de Oyhel. Parecía una competencia por ver quién sería el primero en divisar al visitante y correr a anunciar la noticia.

De pronto, a lo lejos apareció un pequeño punto que poco a poco fue haciéndose más grande.

El shamesh irrumpió emocionado en la habitación de Rab Moshé.

—¡Rebe!... ¡Llegó! —exclamó, y salió inmediatamente de nuevo hacia el ático para seguir observando.

No había pasado ni un minuto cuando Rab Moshé salió apresuradamente de su casa, vestido con sus relucientes ropas de Shabat. Su rostro irradiaba una alegría indescriptible; sus pies parecían no tocar el suelo, y todo su ser estaba envuelto en una inmensa emoción.

Aquello resultó bastante lllamativo, pues Rab Moshe aprovechaba cada instante de su tiempo con absoluto rigor, y jamás abandonaba su estudio sin una razón de enorme importancia.

Pero los ojos de todos estaban puestos en el carruaje que se acercaba, y nadie prestó atención a Rab Moshé.

Si lo hubieran hecho, habrían notado que su mirada estaba dirigida mucho más allá del horizonte. Afinaba el oído y agudizaba todos sus sentidos, intentando escuchar los pasos del Goel Tzedek.

Entonces ocurrió lo inesperado.

El carruaje se detuvo junto a él.

De él descendió... únicamente su yerno.

En ese instante Rab Moshé comprendió que había interpretado mal las palabras del shamesh. El "¡Llegó!" no se refería al Mashíaj, sino simplemente a la llegada de su yerno.

La desilusión fue tan inmensa, el dolor tan profundo, que no pudo soportarlo.
Cayó al suelo desmayado.

Las expresiones de alegría se apagaron de inmediato. Toda la familia corrió desesperada a asistirlo. Tras grandes esfuerzos lograron hacerlo reaccionar y recuperar el conocimiento.

Rab Moshé estaba extremadamente débil. Su rostro había perdido todo color.
Con un profundo suspiro murmuró:

—¡Ay!... Él no llegó... todavía no llegó...

Y no había una sola persona entre los presentes que no comprendiera perfectamente de quién estaba hablando.

*

Quizás nosotros estamos muy lejos del nivel de Rab Moshe Teitelbaum. Probablemente, si alguien gritara "¡Llegó!", lo último que pensaríamos sería que se refiere al Mashíaj.

Pero precisamente esa es la enseñanza que nos deja esta historia.

No se nos exige vivir con su nivel de grandeza, pero sí podemos incorporar algo de su forma de pensar. Podemos esforzarnos para que la Gueulá deje de ser una idea lejana y pase a ocupar un lugar central en nuestra vida; hablar más de ella, estudiarla, pedirla en nuestras tefilot y acostumbrarnos a mirar el mundo con la expectativa de que, en cualquier instante, todo puede cambiar.

Cuando una persona piensa constantemente en algo, eso termina moldeando su manera de vivir. Si llenamos nuestra mente y nuestro corazón con el anhelo de la Gueulá, también nuestras acciones comenzarán a reflejar esa esperanza.

Que podamos vivir con esa expectativa auténtica, aguardando cada día la llegada del Mashíaj, y que muy pronto dejemos de hablar de la Gueulá como una esperanza para comenzar a vivirla, con la llegada del Mashíaj, teikef umiyad mamash.



Fuente: Sijat Hashavua #1021

El error que no fue error

Comparte Reb Mendi Jerufi la siguiente anécdota reciente:

El jueves por la noche pasado (Leil Shishi) estábamos sentados varios amigos estudiando. En medio del estudio surgió una conversación sobre la Maalá (virtud y grandeza) de dar Tzedaká, y recordé una Sijá muy particular del Rebe.

El Rebe da allí un consejo maravilloso: darle tzedaká a una persona que nunca hayas visto, que no conoces y que tampoco podrá devolverte el favor. Un acto de bondad puro, sin ningún cálculo ni interés.
Entonces puede presentarse el iehudí ante Hakadosh Baruj Hu y pedirle:

“Ribono Shel Olam, así como yo actué con bondad incondicional y sin cálculos, actúa Tú también conmigo y con los miembros de mi hogar”.

Entre los allí reunidos estaba mi cuñado, Alex. En un momento me pidió que le enviara una foto de aquella sijá del Rebe. Se la envié… solo que se la envié al Alex equivocado.

En lugar de llegarle a mi cuñado, el mensaje fue a otro Alex: un viejo amigo, judío oriundo de Rusia, trompetista de profesión. Trabajamos juntos durante años.

Él no sabe leer hebreo y actualmente trabaja como guardia de seguridad en una escuela. Cuando la directora se acercó a él, le pidió que le tradujera lo que yo le había enviado.

Ella leyó las palabras del Rebe. Se detuvo. Se emocionó. Y le pidió que le reenviara la imagen.

Pasó una semana.

La semana pasada, muy temprano por la mañana, sonó el teléfono.

“Hola, Mendi… tengo que contarte algo”.

Alex me contó que esa mañana la directora se le acercó y le dijo que, desde que había leído las palabras del Rebe, decidió hacer exactamente lo que el Rebe aconseja: donó una tzedaká a una persona que no conocía y luego le pidió a Hashem que actuara también con su hija con una bondad que no tiene cálculos.

Su hija está luchando (hace  un tiempo ya) contra la anorexia.

Y entonces, con la voz emocionada, le dijo:

“No sé cómo explicarlo… pero desde la semana pasada hubo una mejoría enorme en su estado, un cambio que no habíamos visto antes”.

Cuando terminó la llamada me quedé inmóvil.

Pensé para mis adentros:

Yo ni siquiera tenía la intención de enviarle el mensaje a él. Fue un error. Se la mandé al contacto equivocado.

Pero a veces hace hace llegar un mensaje a través de un simple clic “equivocado”, para que llegue exactamente al corazón que lo necesitaba.

"מֵה' מִצְעֲדֵי גֶבֶר כּוֹנָנוּ"
“De Hashem son dirigidos los pasos del hombre”.




El silencio que le salvó la vida


Los prisioneros del campo de trabajo ya conocían el sadismo del oficial nazi. De tanto en tanto aparecía en la plaza de formación y pronunciaba los números de tres o cuatro prisioneros. Cada uno rezaba en silencio para no escuchar el suyo.

Uno de aquellos prisioneros era Rev Abraham Steiner, nacido en 1912 en la localidad de Dukla, Polonia. Sus padres eran personas rectas y honestas, que vivían dignamente gracias a un comercio de cueros. Como tantos otros judíos de Europa, jamás imaginaron la magnitud de la tragedia que estaba por abatirse sobre ellos.

Tras la invasión alemana a Polonia, los nazis ocuparon el pueblo y comenzaron de inmediato la persecución contra los judíos. Muchos fueron secuestrados para realizar trabajos forzados y las sinagogas fueron profanadas.

En el verano de 1942, todos los judíos de Dukla fueron reunidos en la plaza del mercado para una cruel selección. Los ancianos y enfermos fueron llevados al bosque cercano y asesinados. Muchos otros fueron enviados al campo de exterminio de Bełżec. Los jóvenes aptos para trabajar, entre ellos Abraham, fueron trasladados a un campo de trabajo, donde realizaban tareas agotadoras en canteras y en la construcción de caminos, bajo condiciones inhumanas.

Allí, la vida de cada prisionero pendía constantemente de un hilo. Bastaba con desfallecer durante el trabajo para recibir un disparo en el acto.

Pero había algo todavía más aterrador.

El oficial de las SS tenía un macabro "pasatiempo". Cada pocos días se presentaba frente a las filas de los prisioneros y leía tres o cuatro números. Todos sabían perfectamente lo que aquello significaba: quienes escuchaban su número eran conducidos a un pequeño edificio del que, al poco tiempo, comenzaban a oírse desgarradores gritos. Luego... un silencio absoluto.

Los prisioneros eran asesinados tras terribles torturas.

Por eso, cada vez que el oficial aparecía, el miedo se apoderaba de todos.

Un día, como de costumbre, sacó una lista y comenzó a leer cuatro números.
Tres prisioneros salieron inmediatamente de la fila.
Cuando pronunció el cuarto número, nadie se movió.

El hombre cuyo número había sido llamado quedó completamente paralizado por el terror. El oficial volvió a gritar el número, pero seguía sin obtener respuesta.

Furioso, rugió:

—¿Quién es ese prisionero?

Entonces, aquel hombre —que estaba parado junto a Abraham Steiner— recuperó el aliento, levantó lentamente una mano temblorosa y señaló a Abraham.

—Ese es —dijo con voz quebrada.

Ante la mirada atónita de todos, Abraham salió serenamente de la fila y se unió a los otros tres prisioneros.

Los cuatro fueron llevados al edificio donde tantos otros habían encontrado una muerte espantosa.

Esperaron durante largos minutos... luego horas...

Cada instante parecía eterno.
Pero, sorprendentemente, no ocurrió nada.

De repente comenzaron a escucharse disparos y gritos provenientes de la plaza de formación. Poco después volvió a reinar un silencio sepulcral.
Solo entonces comprendieron lo sucedido.

Aquel día, el verdugo nazi había decidido cambiar su macabro "juego". En lugar de asesinar a los prisioneros cuyos números había llamado, ordenó ejecutar a todos los que habían permanecido en la formación.

Así, precisamente por haber permanecido en silencio y haber salido de la fila sin decir una sola palabra, Abraham Steiner salvó milagrosamente su vida.

Años más tarde, su hija, la señora Shoshana Shevaks, contó que su padre, sobreviviente del Holocausto, emigró a Eretz Israel, formó una familia y durante décadas se negó a hablar de todo lo que había vivido. Solo en sus últimos años, cuando sus nietos le insistieron una y otra vez, accedió a compartir algunos recuerdos.

Entre las pocas historias que decidió relatar estaba esta, porque veía en ella una enseñanza para toda la vida.

Solía repetir una y otra vez:
"Cuando uno guarda silencio, nunca pierde; al contrario, gana. Mientras la palabra no ha salido de la boca, la persona es dueña de ella. Desde el momento en que la pronuncia, la palabra pasa a ser dueña de la persona."

Y no eran solo palabras.
Jamás habló lashón hará ni participó en conversaciones donde se hablara mal de otra persona. Si escuchaba que alguien comenzaba a criticar al prójimo, simplemente se levantaba y se retiraba discretamente, sin reprochar a nadie ni llamar la atención.

En una ocasión le preguntaron por qué, en aquel momento tan decisivo, después de que otro prisionero lo señalara, no aclaró que se trataba de un error.

Su respuesta fue tan sencilla como profunda:

"No pensé demasiado. Me dije que, si no iba, el nazi terminaría matándonos a los dos."

Rev Abraham vivió casi cien años y gozó de una salud extraordinaria hasta el final de sus días.

Poco antes de fallecer, después de una caída por la que fue trasladado al hospital, vio el rostro preocupado de su hija y le dijo con total serenidad:
"Todo Min Hashamaim, [todo viene de Hashem]."

Así vivió toda su vida: con una emuná sencilla, una confianza absoluta en el Creador y un profundo cuidado por cada palabra que salía de su boca.



Fuente: Sijat Hashavua #2062 Matot-Masei 5786.

Jinuj a la próxima generación - Farbrenguens en casa

De un Farbrenguen Iud Beis Tamuz con Reb Sholom Avtzon 

Mientras que el enfoque principal de un farbrenguen de Iud Beis Tamuz es la entrega absoluta (mesirut néfesh) del Rebe Anterior por cada aspecto del judaísmo, y especialmente en todo lo relacionado con la educación de niños judíos, también es un momento para prestar atención a los cientos —y quizás miles— de jasidim que no solo pusieron sus vidas en peligro, sino que muchos de ellos pagaron un precio muy alto. Algunos fueron encarcelados, otros enviados al exilio, y hubo quienes incluso entregaron su vida por cumplir la misión que el Rebe Anterior les había encomendado.

Aquellos jasidim conocían muy bien la gran posibilidad de lo que podía ocurrirles, pero eso no alteró en absoluto su decisión. También sabían que una condena a prisión o al exilio, en muchos casos, no era más que una sentencia de muerte encubierta, ya que muchos no lograban sobrevivir a las durísimas condiciones. Quienes sí sobrevivieron lo hicieron únicamente gracias a la inmensa bondad de Hashem.

Uno de esos jasidim que pasó muchos años en las cárceles soviéticas fue Reb Shmuel (Mule) Mochkin, el hijo mayor del mashpía Rab Peretz Mochkin.

En cierta ocasión, unos amigos del hijo de Reb Mule fueron a visitarlo a su casa. Uno de ellos le preguntó con asombro:

—¿Cómo pudo vivir de esa manera, con semejante mesirut néfesh en la Rusia soviética? ¡Preso, y en Siberia!

Reb Mule respondió:

—Lo que nosotros hicimos no tenía nada de extraordinario. Estoy completamente seguro de que si cualquiera de ustedes hubiera vivido en las mismas circunstancias que nosotros, también habría actuado con el mismo mesirut néfesh. Ninguno de nosotros hizo algo excepcional.

El muchacho, desconcertado, replicó:

—¿Está diciendo que no hay ninguna diferencia entre su generación y la nuestra? 

Reb Mule respondió:

—Sí, en realidad, noto una gran diferencia. Nosotros crecimos con una pasión y un ardiente deseo por participar en un jasídishe farbrenguen, especialmente cuando era en una fecha especial en Lubavitch ('Yoma Depagra'). En los niños y jóvenes de hoy no veo esa pasión.

Ese comentario me recordó algo que escuché de Rab Shlomo Galperin. Poco antes de que el Rebe Anterior abandonara Rusia, un josid le preguntó:

—¿Qué puedo y debo hacer para transmitir a mis hijos una impresión profunda, para que crezcan comportándose como verdaderos jasidim?

El Rebe le respondió:

—Procura que los farbrenguens se realicen en tu casa, y que ellos sean conscientes de ello.

Puede que en el momento no sintamos que hayamos obtenido algo especial de un farbrenguen. Sin embargo, con el paso de los años, cada uno podrá ver con claridad los enormes beneficios que un farbrenguen produce.

*

En este contexto, resulta oportuno recordar tres consejos que solía dar el secretario principal y mano derecha del Rebe, Rab Jaim Mordejai Aizik Jadakov, a los jóvenes jatanim que estaban por formar un nuevo hogar judío.

El primero era: comprar una mesa de comedor sólida y resistente. ¿La razón? Que pudiera soportar los farbrenguens que se realizarían en esa casa. En un verdadero jasídishe farbrenguen, cuando el calor espiritual iba en aumento, no era raro que los participantes golpearan con fuerza la mesa al cantar un Nigun o incluso se subieran sobre ella para bailar. La mesa debía estar preparada para ello.

El segundo consejo era que, cuando terminara de estudiar por la noche —ya fuera Jumash, Rambam, Guemara o Likutei Sijot—, no devolviera el libro al estante. Que lo dejara apoyado sobre la mesa. Así, cuando los hijos se levantaran por la mañana para ir al jeider o a la escuela, lo primero que vean sea un sefer sobre la mesa. Sin necesidad de discursos, esa imagen les transmitiría qué es lo verdaderamente importante en un hogar judío.

Y el tercer consejo era tener siempre en la casa un sidur con un señalador colocado en la página del Kidush del Shabat de día, dejándolo al alcance de la Baleboste (la mujer de la casa). De esa manera, mientras el esposo prolongaba su Tefilá con avodá y concentración, ella podía tener el Sidur listo para hacer Kidush a los niños sin demoras. También ese detalle educa: los hijos crecen viendo que la vida del hogar gira naturalmente en torno al Davenen, la Torá, el Shabat y los farbrenguens.

No son grandes discursos ni enseñanzas teóricas. Son pequeños actos cotidianos que van moldeando el ambiente del hogar. Porque, al igual que ocurre con un farbrenguen, quizás en el momento no siempre percibamos su efecto; pero con el paso de los años, los frutos de esa atmósfera se hacen visibles en toda una generación de hijos y nietos.

La promesa que le hizo tomar el Jafetz Jaim y su desenlace

Uno de los Talmidim (alumnos) del Jafetz Jaim se disponía a emigrar a los Estados Unidos y acudió a despedirse de su maestro para recibir su Broje.

La respuesta del Jafetz Jaim sorprendió profundamente a aquel discípulo, un hombre temeroso de Hashem. El gran sabio condicionó su bendición a que le prometiera, mediante un solemne apretón de manos (tekíat kaf), que seguiría cuidando el Shabat también en América.

Solo después de sellar aquella promesa recibió la Brajá de su maestro y emprendió el viaje junto con su esposa.

Al llegar a Estados Unidos, le resultó muy difícil encontrar un empleo estable. Debido a su estricta observancia del Shabat, era despedido una y otra vez, y la familia vivía con enormes privaciones. Finalmente consiguió trabajo como limpiador de ventanas en una escuela cuyo director aceptó respetar esa condición.

Con el paso del tiempo demostró ser un empleado ejemplar. Gracias a su dedicación y responsabilidad fue ascendiendo, hasta ser nombrado encargado de todo el personal de limpieza de la escuela. Su situación económica mejoró considerablemente, vivía con tranquilidad y hasta había conseguido ahorrar algo de dinero.

Sin embargo, un día el director le comunicó que, de allí en adelante, tendría que trabajar los sábados también.

Por más que expresó su asombro y le suplicó que respetara el acuerdo original, nada sirvió. Como se negó a profanar el Shabat, fue despedido en el acto.

Pasaron seis largos meses. La familia fue consumiendo, día tras día, los ahorros que tanto esfuerzo les había costado reunir. Lo que había sido un pequeño respaldo económico terminó por desaparecer casi por completo. Con las últimas monedas que le quedaban compró lo indispensable para honrar el Shabat.

Al ser padre de familia, llegó a pensar que la situación rozaba el peligro de vida. Al concluir aquel Shabat tomó una dolorosa decisión: caminaría hasta la casa del director para decirle que estaba dispuesto a trabajar los sábados.

Pero mientras iba de camino recordó el apretón de manos con el Jafetz Jaim, aquella promesa sagrada de jamás profanar el Shabat.

No pudo seguir avanzando.

Se dio media vuelta y regresó a su hogar, decidido a empezar de nuevo y confiando en que el mérito de cuidar el Shabat le abriría un camino.

Poco tiempo después de regresar a casa, esa misma noche, escuchó que golpeaban la puerta.

Al abrir, quedó completamente sorprendido.

Frente a él estaban el director de la escuela y otro hombre.

El director, visiblemente feliz, le pidió permiso para entrar. Una vez sentados, le dijo:

—Seguramente te preguntas por qué he venido. Déjame explicártelo.

El hombre que está conmigo es un amigo mío. Exactamente hace seis meses me preguntó por qué empleaba a un judío en la escuela.

Le respondí que jamás había conocido a una persona tan íntegra como tú. Siempre has sido un trabajador leal, responsable y digno de confianza. Eres fiel a tus principios y convicciones, y estaba seguro de que no aceptarías profanar el Shabat ni por toda la fortuna del mundo.

Mi amigo insistió en que cualquier judío vendería sus principios por dinero.

Entonces hicimos una apuesta de cinco mil dólares. Yo sostuve que, incluso si te despedía durante seis meses, jamás aceptarías trabajar en Shabat.

Hoy se cumplieron exactamente esos seis meses... y he venido a decirte que gané la apuesta.

Al oír la historia, el judío se alegró de haber tenido, al menos, el mérito de Kidush Hashem, santificar el Nombre de Hashem. Sonriendo, felicitó al director por haber ganado.

Entonces el director respondió:

—Pero tú también eres socio de esta ganancia. Gracias a ti gané la apuesta.

Y le entregó un sobre con 2.500 dólares. (Una importante suma en aquel entonces)

El hombre apenas pudo balbucear unas palabras de agradecimiento.

Entonces el director le preguntó:

—¿Recuerdas la condición que acordamos cuando comenzaste a trabajar aquí?

—Sí —respondió.

—Pues fui yo quien rompió ese acuerdo. Por lo tanto, considero que también debo pagarte el salario correspondiente a los últimos seis meses.

Y le entregó un segundo sobre, que contenía otros 2.500 dólares.

Mientras se levantaba para despedirse, añadió:

—Solo tengo un pedido más: mañana vuelve a tu trabajo.



Moraleja:
Quien cuida el Shabat jamás sale perdiendo.


Fuente: Hidabroot.org

jueves, 2 de julio de 2026

Operación Entebbe - 50 años

Contra Toda Probabilidad - Operación Entebbe - Derher 

martes, 30 de junio de 2026

La melodía que respondió todas las preguntas


Cuando el Rab Berel Baumgarten llegó a la Argentina como el primer sheliaj del Rebe de Lubavitch, la realidad judía del país era muy distinta de la que conocemos hoy.

Era la década de los sesenta. Gran parte de la juventud judía estaba profundamente identificada con los movimientos sionistas, kibutzianos y jalutzianos. La comunidad ortodoxa, en cambio, era pequeña, débil y con escasa presencia pública. Hablar de jasidut Jabad en la Argentina era prácticamente hablar de un sueño.

Con paciencia infinita y una entrega absoluta, Rab Baumgarten comenzó un verdadero trabajo de hormiga. Visitó hogares, dio clases, organizó encuentros, estudió con jóvenes uno a uno y despertó incontables neshamot. Muchos de aquellos muchachos continuaron luego sus estudios en ieshivot, algunos viajaron a estudiar a 770, y con el paso de los años formaron la gran mayoría de las familias jasídicas de Jabad que hoy existen en la Argentina.

Reb Shaul Mizraji recuerda uno de aquellos episodios que jamás olvidó.

«Yo era apenas un muchacho, pero ya me había acercado mucho a Rab Berel y procuraba absorber todo lo que podía de él. Estudiaba con él y, al mismo tiempo, colaboraba en distintas tareas. Como me gustaba manejar, muchas veces hacía de chofer, y fue justamente así como tuve el mérito de presenciar la siguiente historia. En cierta oportunidad llevé al Rab Baumgarten a un importante club judío —creo que era Lamroth Hakol o Macabi— donde había sido invitado a participar de un encuentro con el público.

Apenas llegamos, la atmósfera era tensa. Bastaba mirar los rostros de los presentes para comprender que muchos habían venido dispuestos a enfrentarlo. Ni bien fue presentado, comenzaron a llover preguntas desde todos los rincones de la sala.
Las preguntas eran de toda clase: filosóficas, científicas, ideológicas y religiosas. Algunas eran extremadamente elaboradas. Rab Baumgarten aún no manejaba el español con soltura, de modo que, además de la profundidad de los planteos, muchas veces le costaba incluso comprender exactamente qué le estaban preguntando...
Entonces ocurrió algo completamente inesperado.

Rab Berel se puso de pie y dijo con toda naturalidad:

—Permítanme comenzar este encuentro con un nigún, una melodía jasídica.

Todos sabían que poseía una voz extraordinaria. Era un excelente jazán y un jasid que cantaba con toda el alma.
Comenzó entonces a entonar el famoso nigún del Shpoler Zeide, Kol BaYaar.

La melodía describe, en forma de parábola, el profundo anhelo de Hashem, nuestro Padre, por el regreso de Sus hijos, el pueblo de Israel. Los hijos responden que un guardián les impide volver. La idea está basada en el Midrash, donde Hashem llama a Israel a regresar, y el pueblo responde: "Depende de Ti, Amo del Universo".

Rab Berel no se limitó a cantar una sola versión. Fue interpretando la misma melodía en varios idiomas: ídish, hebreo, inglés, portugués y, por supuesto, español.

Mientras cantaba, podía verse cómo el ambiente iba transformándose. El hielo comenzaba a derretirse. Los rostros endurecidos se suavizaban. La tensión desaparecía poco a poco.

Cuando terminó el nigún, reinó un silencio absoluto.

Toda la sala estaba conmovida.

Finalmente, uno de los dirigentes tomó la palabra, representando aparentemente el sentir de todos los presentes.
—Rabino —le dijo—, ahora díganos lo que vino a compartir con nosotros.

Y, curiosamente, ya no hizo falta responder ninguna de las preguntas.
El nigún había hablado por sí solo.

Aquella reunión dejó una huella imborrable. No convenció únicamente a las mentes; tocó las neshamot.

---

No era la primera vez que ocurría algo semejante.

Muchos años antes, el Alter Rebe llegó a la célebre ciudad de Shklov, en uno de los momentos más intensos de la oposición de los misnagdim contra el movimiento jasídico. Se convocó a todos los judíos de la ciudad, especialmente a los grandes talmidei jajamim, para escuchar al líder jasídico.

Apenas llegó, comenzaron también allí las preguntas, los cuestionamientos y los desafíos halájicos.
Pero el Alter Rebe no respondió inmediatamente.
Primero entonó el nigún Taamu UReú.

Aquel nigún expresó aquello que las palabras no podían transmitir.

Se cuenta que, al concluir el encuentro, decenas de aquellos eruditos salieron detrás del Alter Rebe. Aquel primer contacto los marcó profundamente y, con el tiempo, muchos de ellos se convirtieron en sus jasidim.
No sólo por las respuestas que escucharon.
Sino por la verdad que habían sentido.

*
Quizás allí radica una de las mayores enseñanzas de esta historia.

Rab Berel Baumgarten actuó exactamente como lo habían hecho el Alter Rebe y, después de él, todos los Rebeim. Frente a un ambiente aparentemente hostil, frente a personas que parecían llegar dispuestas a discutir y refutar, no se dejó intimidar por las apariencias ni por el clima del momento.

Porque un jasid sabe que, por más capas que puedan cubrirla, en lo profundo de cada judío arde una neshamá pura que anhela conectarse con Hashem.

Con el tokef jasídico —esa firmeza serena, segura de la verdad de la Torá y llena de amor por cada judío— Rab Berel no respondió al desafío con confrontación, sino revelando aquello que todos compartían en lo más profundo: el vínculo eterno entre Hashem y Su pueblo.

Y cuando esa verdad aflora, muchas veces las preguntas dejan de necesitar respuestas.
Porque el corazón ya encontró aquello que la mente todavía estaba buscando.







Letra del Nigun Kol Bayaar

קוֹל בַּיַּעַר אָנוֹכִי שׁוֹמֵעַ, אַב לַבָּנִים קוֹל קוֹרֵא / 

א געשריי און א געוואלד און א געפילדער א פאטר אין וואלד זוכט דאך זיינע קינדער .
Una voz en el bosque escucho llamar,
un padre a sus hijos que viene a buscar.


בָּנַי בָּנַי לְהֵיכָן הָלַכְתֶּם, אֲשֶׁר עָלַי כָּךְ שְׁכַחְתֶּם / 
קינדער קינדער וואו זייט איהר געווזען וואס אויף מיר האט איהר שוין פארגעסען.
¡Hijos míos!, ¿Dónde pueden estar?
¿Cómo fue que de su Padre se pudieron olvidar?

 בָּנַי בָּנַי שׁוּבו לְבֵיתִי, כִּי לֹא אוּכַל לָשֶׁבֶת יְחִידִי בְּבֵיתִי / 
קינדער קינדער קומט צו מיר אהיים ווארום מיר איז אומעטיג צו זיצען אליין /

¡Hijos! ¡Hijos! regresen de nuevo al hogar;
ya no puedo Yo solito en Mi Casa morar.

אָבִינוּ אָבִינוּ אֵיךְ נָשׁוּב, והַשּׁוֹמֵר עוֹמֵד בְּשַׁעַר הַמֶּלֶךְ... / 
פאטער פאטער ווי קענען מיר געהן צו דיר אז דער שומר שטייט דאך ביי דער טיר /
¡Padre! ¡Padre! ¿cómo iremos hasta Ti,
si el guardián está en la puerta impidiéndonos subir?

🎵🎶Ay, ay, ay... ay, ay, ay...🎶🎵