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martes, 28 de julio de 2026

El nombre que continuó su misión


Una noche, un joven bajur salió de su ieshivá para hacer una llamada telefónica.

No podía imaginar que aquella llamada no solo cambiaría la vida de una niña que acababa de nacer.

Tampoco podía imaginar que, décadas más tarde, su propia madre recibiría una llamada telefónica que le demostraría que su hijo nunca había dejado de cambiar vidas.

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Era la noche del domingo 27 de Sivan de 5737 (12 de junio de 1977), víspera del lunes.

Avrohom Eliezer Goldman, conocido cariñosamente como Avreimi, tenía apenas 17 años.

Era hijo de Rev Moshe y la señora Esther Goldman, que tengan larga vida, distinguidos Lubavitchers jasidim de Crown Heights. Avreimi estudiaba en la Ieshivá Oholei Torá y era un joven fuera de lo común, con un enorme potencial para alcanzar grandes logros.

Su sonrisa radiante y su personalidad humilde, sencilla y modesta conquistaban el corazón de todos: adultos, adolescentes y niños por igual.

Se destacaba por su dedicación al estudio y por sus extraordinarias cualidades personales. Estudiaba hasta altas horas de la noche, ayudaba a sus compañeros con sus estudios y rezaba con una sinceridad y una melodiosa voz que inspiraban incluso a los adultos.

Avreimi no era simplemente un joven que cumplía mitzvot. Vivía para ellas.

Desde muy joven demostró una gran capacidad de liderazgo e incluso una notable visión de futuro. Organizó, por ejemplo, la recaudación del maamad [el dinero que los jasidim acostumbran entregar al Rebe para sus gastos personales y sus necesidades particulares] en su ieshivá.

Cuando el Rebe llamó a los jóvenes mayores de 13 años a comenzar a colocarse también los tefilín de Rabenu Tam, además de los de Rashi, Avreimi organizó un fondo para ayudar a los alumnos que no podían permitirse comprar un par, cuyo precio era elevado.

El llamado del Rebe a acercar a otros judíos no era para Avreimi una actividad ocasional. Era su forma de vida.

Todos los viernes viajaba junto a otros alumnos a Manhattan para invitar a judíos a colocarse tefilín y cumplir otras mitzvot.

En una de esas ocasiones conoció a un hombre con quien comenzó a colocarse [de forma regular, todos los viernes] los tefilín.

Un día, el hombre le contó que su esposa había dado a luz a una niña.

—¿Ya tiene un nombre judío? —le preguntó Avreimi.
El hombre todavía no se lo había puesto.

Avremi insistió con cariño y logró convencerlo de que le diera a su hija un nombre judío.

La noche anterior a la ceremonia, Avreimi recordó que debía llamar al padre para recordarle que al día siguiente fuera al Shul.

El teléfono de la ieshivá no funcionaba, así que salió del edificio de la Ieshivá Oholei Torá y caminó hasta una cabina telefónica ubicada en la esquina de Montgomery Street.

Logró comunicarse con el padre de la bebé y, con su habitual entusiasmo, insistió en que al día siguiente por la mañana se acercara a 770 para darle a su hija un nombre judío durante la lectura de la Torá, en presencia del Rebe.

Mientras todavía se encontraba hablando con él por teléfono, tres delincuentes se acercaron y lo apuñalaron brutalmente, sin piedad, por la única razón de ser judío. Más tarde, ellos mismos admitirían que habían salido con la intención de matar a un judío.

A pesar de las graves heridas, Avreimi logró regresar caminando hasta la ieshivá.

Pidió un vaso de agua.
Y recitó la brajá:
“Shehakol niyá bidvaró”.

Poco después, su pura y santa alma regresó a su Creador.
Tenía apenas 17 años.

Miles de judíos asistieron a su funeral, encabezado por el propio Rebe.

Avreimi fue sepultado junto a su abuelo, el gran jasid Harav Eliahu Simpson, de bendita memoria, muy cerca del lugar de descanso del Rebe Anterior [el Ohel].

Pero la historia no termina allí.

Los amigos de Avreimi se ocuparon de que aquella pequeña niña recibiera el nombre judío que él había ayudado a elegir.
Pesha.

El nombre fue anunciado durante una lectura de la Torá en 770, en presencia del Rebe.

Tras la tragedia, y bajo la guía del Rebe, el rabino Eli y la señora Lea Lipsker establecieron un fondo en memoria de Avreimi para ayudar a niños de familias con dificultades económicas a asistir a campamentos de verano. El fondo recibió el nombre de Keren Avrohom Eliezer.

Y cada verano, desde entonces, numerosos niños pueden disfrutar de una experiencia que, de otro modo, sus familias no podrían permitirse.

Mientras tanto, Pesha crecía.

Cuando tenía un año, su familia se mudó a Florida. Aunque en su hogar la observancia del judaísmo era limitada, desde muy pequeña sentía que había algo más.

Sus padres la llamaban Pamela, el nombre que utilizó durante toda su infancia y juventud. Aunque tenía un nombre judío —Pesha—, ella no lo sabía y nunca lo utilizaba.

En cuarto grado les pidió a sus padres que la inscribieran en una escuela hebrea.

A los dieciséis años, su padre falleció de cáncer.

Durante su enfermedad, el rabino Yosef Biston, el Sheliaj de Jabad de la zona y amigo de su padre, lo visitaba, lo fortalecía y lo ayudaba a colocarse los tefilín.

Además, durante la enfermedad, el rabino Biston llevó en dos oportunidades a sus padres ante el Rebe para recibir su bendición.

Años más tarde, Pamela comenzó a asistir a clases de Torá y a los rezos de Shabat.

Poco a poco, comenzó a cuidar el Shabat y a vivir una vida cada vez más conectada con el judaísmo.

Al enterarse de que había un Beit Jabad a poca distancia de su hogar, comenzó a asistir allí regularmente y encontró una cálida familia que la recibió.

Con el tiempo, su camino la llevó a hacer teshuvá.

Se casó con un joven israelí y juntos se establecieron en Rejovot, Israel, donde formaron un hogar de Torá y mitzvot.

Cuando llegó el momento de su boda, le pidió al rabino Yosef Biston, quien había estado muy cerca de su padre, que oficiara la ceremonia. Fue entonces cuando el rabino le preguntó cuál era su nombre judío.

Pamela no sabía siquiera que tenía uno.

—Tu nombre es Pesha —le respondió.

Y entonces le contó la historia.

La historia del joven que, 32 años antes, había salido de su ieshivá para llamar al padre de una bebé y convencerlo de llevarla al 770 para darle un nombre judío.
La historia de Avrohom Eliezer Goldman.

En el primer aniversario de su boda, la madre de Pesha la sorprendió con un regalo muy especial: un retrato enmarcado del Rebe, junto con varios dólares que sus padres habían recibido de él.

Entonces Pesha descubrió algo más.

Durante la enfermedad de su padre, el rabino Biston había llevado a sus padres ante el Rebe para recibir sus bendiciones.

De pronto, todo cobró sentido.

Aquel amor por el judaísmo que había sentido desde niña.

Aquel deseo de acercarse a la Torá.

Aquel camino que la había llevado a hacer teshuvá.

Quizás todo había comenzado mucho antes de que ella pudiera recordarlo.

Quizás había comenzado con las bendiciones del Rebe.

Y con los esfuerzos de un joven de 17 años que había decidido que una niña judía debía tener un nombre judío.

Durante años, Pesha soñó con encontrar a la familia de Avreimi.

Finalmente, en el 2009, 32 años después de la tragedia, reunió el valor para hacer una llamada telefónica.

Una llamada tan difícil como emocionante.

—Llamo por su hijo, que fue asesinado hace treinta años...

La Sra. Goldman comprendió inmediatamente.

—¡Tú debes ser aquella pequeña niña!

—Sí —respondió Pesha—. Quiero que sepan que hoy soy una baalat teshuvá, vivo en Eretz Israel y estoy criando una familia dedicada a la Torá y las mitzvot.

Y agregó:

—Todo esto comenzó gracias a los esfuerzos de su hijo.

Pesha le contó que durante toda su infancia había preguntado a sus padres por el origen de aquel nombre tan particular, un nombre que ninguno de sus hermanos tenía.

Al conocer finalmente la historia de su nombre, sintió un profundo deseo de aprender más sobre su herencia y su fe judía.

Un año después, Pesha viajó a Crown Heights para conocer personalmente a los padres y familiares de Avreimi.

También compartió su extraordinaria historia durante la cena anual de recaudación de fondos del Keren Avrohom Eliezer.

Luego acompañó a la Sra. Goldman a visitar la tumba de Avreimi, cerca del Ohel.

Durante toda su vida había sido conocida como Pamela.

Pero ahora, al descubrir la historia del nombre que Avremi había ayudado a darle y comprender el significado que tenía en su propia vida, tomó una decisión: dejaría de utilizar el nombre Pamela y comenzaría a llamarse únicamente Pesha.

Pesha: el nombre que Avreimi había ayudado a darle.

Ese mismo año nació su cuarto hijo.

En memoria de aquel joven que había dedicado su vida a ayudar a otros judíos, decidió llamarlo:

Avraham Eliezer.

Inmediatamente después del brit milá llamó a la Sra. Goldman para compartir con ella la emocionante noticia.

Hoy Pesha tiene cinco hijos, todos varones, educados en instituciones de Jabad.

Sus hijos crecen con amor por la Torá, por  Jasidut y por las mitzvot.

Sus dos hijos mayores ya son Bajurim de Ieshivá, concurren diariamente a la mikve y cumplen las mitzvot con entusiasmo.

Y cada viernes por la tarde salen a ofrecer la mitzvá de tefilín a los judíos que encuentran por la calle.

Tal como hacía Avreimi.

---

Ninguno de nosotros puede comprender por qué una vida tan luminosa fue interrumpida tan joven.

Pero sí podemos ver sus frutos.

Avreimi salió aquella noche para hacer una llamada.
Logró comunicarse con el padre de la nena y consiguió convencerlo de que al día siguiente llevara a su hija al 770 para darle un nombre judío.

Luego, mientras todavía se encontraba en aquella llamada, fue atacado y asesinado.

Pero aquella conversación no terminó allí.

Llegó a una niña que recibió un nombre judío.

Llegó a una mujer que encontró su camino de regreso a la Torá.

Llegó a una familia que hoy vive en Israel.

Llegó a cinco niños que crecen en instituciones de Jabad.

Llegó a un niño que lleva el mismo nombre que él.

Y continúa llegando, cada viernes por la tarde, a los judíos que reciben la invitación de ponerse tefilín.

Avreimi tenía 17 años cuando su vida terminó.

Pero la misión que llevó a cabo durante aquella última llamada continúa hasta el día de hoy.

Porque cuando un judío ayuda a otro judío a acercarse a una mitzvá, nunca podemos saber hasta dónde llegará ese acto.

A veces, una mitzvá puede continuar dando frutos durante décadas.

A veces, una pequeña acción puede cambiar una vida.

Y a veces, la luz de un joven jasid puede seguir brillando mucho después de que él ya no está aquí.
Avrohom Eliezer Goldman, הי״ד.*

Su vida fue corta.
Pero su misión continúa.



Fuente: Collive, con detalles compilados de otras fuentes.
©JasidiNews





Por esto fue destruida la tierra - Tishá Beav


Besarabia era una región de Europa Oriental en la que vivían numerosos judíos. Una de las ciudades de la región era conocida como una ciudad de grandes talmidei jajamim y observantes de las mitzvot. Sin embargo, sus habitantes también se habían hecho famosos por una característica bastante menos positiva: la tacañería.

Los habitantes examinaban con lupa a cada pobre que llegaba a la ciudad. Observaban cuidadosamente si era meticuloso en el cumplimiento de las mitzvot, y de acuerdo con ello determinaban el trato que recibiría.

En una ocasión, pasó el Shabat en la ciudad Rabí Avraham Yehoshua Heshel, el Rebe de Apt. Él se desempeñaba como rabino de la ciudad de Iași, en Besarabia.

Una gran multitud acudió a verlo rezar y a participar en el Tish que llevaría a cabo. Durante la seudá shlishit, se reunió una gran cantidad de personas en el salón. El Rebe se dirigió a los presentes y comenzó:

—He oído que ustedes son talmidei jajamim. Si es así, estudiemos juntos un relato que nos transmitieron nuestros Jajamim z"l.

La Guemará, en el tratado de Guitín, relata que por causa de Kamtza y Bar Kamtza fue destruida Yerushalaim.

Había un hombre que organizó una comida y le pidió a su sirviente que invitara a su amigo Kamtza. Pero el sirviente se equivocó e invitó a Bar Kamtza, enemigo del anfitrión.

Cuando el dueño de la comida descubrió a Bar Kamtza sentado entre los invitados, le pidió que abandonara el lugar.

Bar Kamtza le suplicó que tuviera compasión de él y se ofreció a pagar el costo de la comida que consumiría. El anfitrión se negó.

El invitado propuso pagar la mitad del costo de toda la comida, pero el anfitrión también rechazó esa propuesta.

Avergonzado, Bar Kamtza intentó ofrecerle que pagaría todos los gastos de la fiesta. Sin embargo, el anfitrión también se negó y finalmente lo expulsó del lugar.

Al ver que los talmidei jajamim presentes en la Seudá no protestaron por lo sucedido, Bar Kamtza concluyó que aprobaban la conducta del anfitrión y decidió denunciar a los judíos ante el rey.

—Los judíos se han rebelado contra ti —le dijo.
—Demuéstralo —respondió el rey.

Bar Kamtza le propuso enviar un sacrificio al Beit Hamikdash y poner a prueba a los judíos. El rey aceptó.

Bar Kamtza provocó un defecto en los labios del animal, para que quedara descalificado para ser ofrecido sobre el altar. Otra opinión sostiene que el defecto fue en el párpado del ojo.

El Rebe de Apt terminó de relatar la historia de la Guemará y dijo:

—Ahora que hemos estudiado juntos este relato de la Guemará, me dirijo a ustedes y les pregunto: ¿Acaso por un acontecimiento pequeño y aparentemente tan poco importante, por una disputa entre dos personas cuyos nombres ni siquiera conocemos, fueron destruidos el Beit Hamikdash y Yerushalaim, y salimos a un exilio largo y difícil? ¿Acaso así funciona la justicia Divina?

Los presentes, que eran algunos de los ciudadanos más importantes de la ciudad, se miraron en silencio, tratando de comprender a qué se refería el Rebe.

El tzadik comenzó a explicar:

—Considero que esta historia no se refiere a personas desconocidas. Jazal se referían a dos judíos que encontramos todos los días, en una ciudad, en un pueblo o en una aldea: uno rico y otro pobre.

Al rico, nuestros Sabios lo llaman «Kamtza», pues así dijeron Jazal (Menajot 86a): «Los ricos son tacaños».

Y al pobre lo llaman «Bar Kamtza», porque suele permanecer siempre afuera — לְבַר lebar, «afuera»— de la casa del rico «Kamtza», esperando que el dueño de casa se digne a extenderle la mano y darle una donación digna.

Y el hecho fue así:

Un hombre organizó en su casa una comida de brit milá o de casamiento. Era una persona importante y un talmid jajam reconocido, y sus colegas, también grandes estudiosos de la Torá, acudieron a participar de su comida.

El hombre le ordenó a su sirviente que invitara únicamente a los ricos, a aquellos que representaban a «Kamtza».

Pero el sirviente se equivocó e invitó a un pobre, a Bar Kamtza, quien estaba acostumbrado a permanecer afuera y golpear las puertas de los ricos y tacaños.

Cuando el anfitrión entró y encontró a un pobre sentado entre los invitados ricos, la escena no le agradó en absoluto y le exigió que abandonara la comida.

El pobre le suplicó que no lo avergonzara públicamente y le prometió que iría de puerta en puerta entre personas generosas para reunir el dinero necesario para devolverle la mitad del costo de la comida, o incluso el costo total.

Pero el anfitrión endureció su corazón y rechazó su propuesta.

Los sabios que estaban sentados junto a las mesas preparadas vieron lo que estaba ocurriendo y permanecieron en silencio, por respeto a su rico compañero.

El pobre, humillado, abandonó la comida con una profunda sensación de vergüenza y dolor.

Pensó para sí:

«Ya que los sabios estaban presentes y no protestaron, iré a protestar ante el Rey: Hakadosh Baruj Hu, el Rey de todos los reyes».

—¡Ribono Shel Olam! —clamó el pobre con el corazón quebrantado—. ¡Los judíos se han rebelado contra Ti!

Para demostrarlo, el pobre propuso que Hakadosh Baruj Hu pusiera a prueba a los sabios y les enviara un sacrificio: una persona pobre y necesitada. Entonces se vería cómo se comportarían con ella.

Y así ocurrió.

Cuando aquel «sacrificio-pobre» llegó ante ellos, incluso antes de que lo introdujeran para alimentarlo y darle de beber, comenzaron a encontrarle defectos.

Uno encontró un defecto en sus labios:

—En mi opinión, no es suficientemente Iere Shamaim. Cuando reza, parece que solamente mueve los labios, pero no se escucha su voz.

Otro encontró un defecto en sus ojos:

—Por la mirada se nota que es un mentiroso. No es tan pobre como pretende aparentar.

Y así, los ricos sentados allí comenzaron a encontrar todo tipo de excusas, cada una más extraña que la anterior, para evitar ayudar al pobre necesitado.

El pobre continuó explicando las palabras de la Guemará:
«לדידן הוו מומא —
 Para nosotros, los defectos eran considerados defectos».

A los pobres los juzgan con severidad y encuentran en ellos todo tipo de imperfecciones.

Pero:
«לדידהו לא הוו מומא —
 En ellos mismos, no veían ningún defecto».

Cuando ellos mismos no rezaban como corresponde o engañaban en sus negocios, no consideraban que eso fuera un defecto ni una imperfección.

El Rebe de Apt fijó su mirada en los hombres importantes de la ciudad y exclamó con voz atronadora:

—¡Por este pecado fue destruida la tierra!

Ahora los presentes comprendieron perfectamente la reprimenda del Rebe y prometieron mejorar sus caminos.

*

Quizás esta es una de las enseñanzas más importantes para este día de Tishá BeAv.

La destrucción del Beit Hamikdash no comenzó únicamente con una discusión. Comenzó cuando un judío fue humillado y quienes estaban a su alrededor permanecieron en silencio.

Tishá BeAv no es solamente un día para recordar algo que ocurrió hace miles de años. Es un día para preguntarnos qué podemos hacer nosotros para reparar aquello que causó la destrucción.

¿Sabemos mirar los defectos de los demás, pero no los nuestros?

¿Vemos a alguien que necesita ayuda y preferimos no involucrarnos?

¿Hay alguien que se siente solo, rechazado o humillado, y nosotros permanecemos en silencio?

El Apter Rebe terminó su enseñanza con unas palabras estremecedoras:

«¡Por este pecado fue destruida la tierra!»

Y quizás, justamente por eso, la reparación también comienza con algo aparentemente pequeño: una palabra amable, una ayuda, una sonrisa, defender a alguien que está siendo avergonzado y, sobre todo, aprender a mirar al otro con amor.

Que podamos transformar el sinat jinam en ahavat Israel, incondicional, y que por medio de ello merezcamos que este Tishá BeAv se transforme en un día de alegría, con la llegada del Mashíaj y la reconstrucción del Beit Hamikdash, במהרה בימינו ממש.


Fuente: Sijat Hashavua #1962

martes, 21 de julio de 2026

Una ansiosa anticipación

Desde su juventud, el gaón y tzadik Rab Moshe Teitelbaum, nacido en Galitzia, fue reconocido como un prodigio excepcional en el estudio de la Torá. Los grandes sabios de su generación lo apreciaban enormemente y lo apodaban "Baal Harosh Habarzel" ("el dueño de la cabeza de hierro"), por su extraordinaria capacidad intelectual. Con apenas diecisiete años ya enseñaba Torá a numerosos alumnos y mantenía correspondencia halájica con los más destacados eruditos de la época.

En una ocasión llegó a Lublin y, por indicación del Joize de Lublin, recibió el honor de pronunciar una derashá en la gran sinagoga, a pesar de que en aquel entonces todavía no pertenecía al círculo jasídico. Multitudes acudieron para escucharlo, y todos quedaron maravillados por la profundidad de sus palabras. Con el tiempo se convirtió en uno de los discípulos más cercanos y fieles del Joize.

Más adelante fue nombrado rabino de Shinova y, posteriormente, ocupó el rabinato de Oyhel, en Hungría, donde sirvió durante más de treinta años. Allí fundó una gran y prestigiosa ieshivá y fue el líder de miles de jasidim. Se cuenta que cuando enfermó Shmuel Biniomin, hijo del Jatam Sofer, este le envió un pedido especial para que bendijera a su hijo con una pronta recuperación.

Rab Moshe era conocido por la fuerza de su santidad. Incluso los no judíos reconocían su grandeza y acudían a él para pedirle consejo. Sin embargo, por encima de todo, era famoso por el profundo dolor que sentía por la destrucción del Bet Hamikdash y por el intenso anhelo con el que esperaba la Gueulá. Jamás dejaba de expresar ese sentimiento, tanto con sus palabras como con sus actos, hasta el punto de que en su generación se decía:
"Lleva consigo el alma del profeta Irmiahu."

Entre sus costumbres había una muy particular: mantenía siempre su ropa de Shabat al alcance de la mano, para que en el instante en que se oyera el sonido del shofar del Mashíaj no tuviera que perder ni un solo momento antes de salir a recibirlo.

Cierto día llegó a la casa de Rab Moshe la noticia de que su querido yerno, Rab Arie Leib Lipshitz, rabino de Vishnitz y autor del Arie Debei Ilaá, estaba por llegar de visita.

Toda la familia se llenó de alegría y comenzó enseguida con los preparativos para recibir al distinguido huésped. El propio Rab Moshe esperaba su llegada con enorme entusiasmo, pues cada visita significaba largas horas de estudio conjunto, profundizando en el Talmud y debatiendo apasionadamente cuestiones de Halajá.

A la hora prevista, toda la familia salió a esperar al visitante en la entrada de la casa.

Pero el carruaje no aparecía.

Los minutos pasaron... y se transformaron en horas.

La preocupación comenzó a hacerse sentir, y, como suele ocurrir, empezaron las conjeturas:

—Quizás entendimos mal su carta y en realidad pensaba venir otro día.

—Tal vez, jas veshalom, se enfermó.

—Puede que haya tenido algún contratiempo en el camino y el viaje se haya prolongado más de lo previsto.

—Quizás no imagina cuánto lo estamos esperando y por eso no tuvo apuro...

Cada uno aportaba una explicación distinta.

Mientras tanto, Rab Moshé permanecía en su habitación, completamente absorto en el estudio de la Guemará.

Algunos miembros de la familia subieron al altillo y se asomaron por la ventana que daba a la ruta que conducía a la ciudad de Oyhel. Parecía una competencia por ver quién sería el primero en divisar al visitante y correr a anunciar la noticia.

De pronto, a lo lejos apareció un pequeño punto que poco a poco fue haciéndose más grande.

El shamesh irrumpió emocionado en la habitación de Rab Moshé.

—¡Rebe!... ¡Llegó! —exclamó, y salió inmediatamente de nuevo hacia el ático para seguir observando.

No había pasado ni un minuto cuando Rab Moshé salió apresuradamente de su casa, vestido con sus relucientes ropas de Shabat. Su rostro irradiaba una alegría indescriptible; sus pies parecían no tocar el suelo, y todo su ser estaba envuelto en una inmensa emoción.

Aquello resultó bastante lllamativo, pues Rab Moshe aprovechaba cada instante de su tiempo con absoluto rigor, y jamás abandonaba su estudio sin una razón de enorme importancia.

Pero los ojos de todos estaban puestos en el carruaje que se acercaba, y nadie prestó atención a Rab Moshé.

Si lo hubieran hecho, habrían notado que su mirada estaba dirigida mucho más allá del horizonte. Afinaba el oído y agudizaba todos sus sentidos, intentando escuchar los pasos del Goel Tzedek.

Entonces ocurrió lo inesperado.

El carruaje se detuvo junto a él.

De él descendió... únicamente su yerno.

En ese instante Rab Moshé comprendió que había interpretado mal las palabras del shamesh. El "¡Llegó!" no se refería al Mashíaj, sino simplemente a la llegada de su yerno.

La desilusión fue tan inmensa, el dolor tan profundo, que no pudo soportarlo.
Cayó al suelo desmayado.

Las expresiones de alegría se apagaron de inmediato. Toda la familia corrió desesperada a asistirlo. Tras grandes esfuerzos lograron hacerlo reaccionar y recuperar el conocimiento.

Rab Moshé estaba extremadamente débil. Su rostro había perdido todo color.
Con un profundo suspiro murmuró:

—¡Ay!... Él no llegó... todavía no llegó...

Y no había una sola persona entre los presentes que no comprendiera perfectamente de quién estaba hablando.

*

Quizás nosotros estamos muy lejos del nivel de Rab Moshe Teitelbaum. Probablemente, si alguien gritara "¡Llegó!", lo último que pensaríamos sería que se refiere al Mashíaj.

Pero precisamente esa es la enseñanza que nos deja esta historia.

No se nos exige vivir con su nivel de grandeza, pero sí podemos incorporar algo de su forma de pensar. Podemos esforzarnos para que la Gueulá deje de ser una idea lejana y pase a ocupar un lugar central en nuestra vida; hablar más de ella, estudiarla, pedirla en nuestras tefilot y acostumbrarnos a mirar el mundo con la expectativa de que, en cualquier instante, todo puede cambiar.

Cuando una persona piensa constantemente en algo, eso termina moldeando su manera de vivir. Si llenamos nuestra mente y nuestro corazón con el anhelo de la Gueulá, también nuestras acciones comenzarán a reflejar esa esperanza.

Que podamos vivir con esa expectativa auténtica, aguardando cada día la llegada del Mashíaj, y que muy pronto dejemos de hablar de la Gueulá como una esperanza para comenzar a vivirla, con la llegada del Mashíaj, teikef umiyad mamash.



Fuente: Sijat Hashavua #1021

El error que no fue error

Comparte Reb Mendi Jerufi la siguiente anécdota reciente:

El jueves por la noche pasado (Leil Shishi) estábamos sentados varios amigos estudiando. En medio del estudio surgió una conversación sobre la Maalá (virtud y grandeza) de dar Tzedaká, y recordé una Sijá muy particular del Rebe.

El Rebe da allí un consejo maravilloso: darle tzedaká a una persona que nunca hayas visto, que no conoces y que tampoco podrá devolverte el favor. Un acto de bondad puro, sin ningún cálculo ni interés.
Entonces puede presentarse el iehudí ante Hakadosh Baruj Hu y pedirle:

“Ribono Shel Olam, así como yo actué con bondad incondicional y sin cálculos, actúa Tú también conmigo y con los miembros de mi hogar”.

Entre los allí reunidos estaba mi cuñado, Alex. En un momento me pidió que le enviara una foto de aquella sijá del Rebe. Se la envié… solo que se la envié al Alex equivocado.

En lugar de llegarle a mi cuñado, el mensaje fue a otro Alex: un viejo amigo, judío oriundo de Rusia, trompetista de profesión. Trabajamos juntos durante años.

Él no sabe leer hebreo y actualmente trabaja como guardia de seguridad en una escuela. Cuando la directora se acercó a él, le pidió que le tradujera lo que yo le había enviado.

Ella leyó las palabras del Rebe. Se detuvo. Se emocionó. Y le pidió que le reenviara la imagen.

Pasó una semana.

La semana pasada, muy temprano por la mañana, sonó el teléfono.

“Hola, Mendi… tengo que contarte algo”.

Alex me contó que esa mañana la directora se le acercó y le dijo que, desde que había leído las palabras del Rebe, decidió hacer exactamente lo que el Rebe aconseja: donó una tzedaká a una persona que no conocía y luego le pidió a Hashem que actuara también con su hija con una bondad que no tiene cálculos.

Su hija está luchando (hace  un tiempo ya) contra la anorexia.

Y entonces, con la voz emocionada, le dijo:

“No sé cómo explicarlo… pero desde la semana pasada hubo una mejoría enorme en su estado, un cambio que no habíamos visto antes”.

Cuando terminó la llamada me quedé inmóvil.

Pensé para mis adentros:

Yo ni siquiera tenía la intención de enviarle el mensaje a él. Fue un error. Se la mandé al contacto equivocado.

Pero a veces hace hace llegar un mensaje a través de un simple clic “equivocado”, para que llegue exactamente al corazón que lo necesitaba.

"מֵה' מִצְעֲדֵי גֶבֶר כּוֹנָנוּ"
“De Hashem son dirigidos los pasos del hombre”.




El silencio que le salvó la vida


Los prisioneros del campo de trabajo ya conocían el sadismo del oficial nazi. De tanto en tanto aparecía en la plaza de formación y pronunciaba los números de tres o cuatro prisioneros. Cada uno rezaba en silencio para no escuchar el suyo.

Uno de aquellos prisioneros era Rev Abraham Steiner, nacido en 1912 en la localidad de Dukla, Polonia. Sus padres eran personas rectas y honestas, que vivían dignamente gracias a un comercio de cueros. Como tantos otros judíos de Europa, jamás imaginaron la magnitud de la tragedia que estaba por abatirse sobre ellos.

Tras la invasión alemana a Polonia, los nazis ocuparon el pueblo y comenzaron de inmediato la persecución contra los judíos. Muchos fueron secuestrados para realizar trabajos forzados y las sinagogas fueron profanadas.

En el verano de 1942, todos los judíos de Dukla fueron reunidos en la plaza del mercado para una cruel selección. Los ancianos y enfermos fueron llevados al bosque cercano y asesinados. Muchos otros fueron enviados al campo de exterminio de Bełżec. Los jóvenes aptos para trabajar, entre ellos Abraham, fueron trasladados a un campo de trabajo, donde realizaban tareas agotadoras en canteras y en la construcción de caminos, bajo condiciones inhumanas.

Allí, la vida de cada prisionero pendía constantemente de un hilo. Bastaba con desfallecer durante el trabajo para recibir un disparo en el acto.

Pero había algo todavía más aterrador.

El oficial de las SS tenía un macabro "pasatiempo". Cada pocos días se presentaba frente a las filas de los prisioneros y leía tres o cuatro números. Todos sabían perfectamente lo que aquello significaba: quienes escuchaban su número eran conducidos a un pequeño edificio del que, al poco tiempo, comenzaban a oírse desgarradores gritos. Luego... un silencio absoluto.

Los prisioneros eran asesinados tras terribles torturas.

Por eso, cada vez que el oficial aparecía, el miedo se apoderaba de todos.

Un día, como de costumbre, sacó una lista y comenzó a leer cuatro números.
Tres prisioneros salieron inmediatamente de la fila.
Cuando pronunció el cuarto número, nadie se movió.

El hombre cuyo número había sido llamado quedó completamente paralizado por el terror. El oficial volvió a gritar el número, pero seguía sin obtener respuesta.

Furioso, rugió:

—¿Quién es ese prisionero?

Entonces, aquel hombre —que estaba parado junto a Abraham Steiner— recuperó el aliento, levantó lentamente una mano temblorosa y señaló a Abraham.

—Ese es —dijo con voz quebrada.

Ante la mirada atónita de todos, Abraham salió serenamente de la fila y se unió a los otros tres prisioneros.

Los cuatro fueron llevados al edificio donde tantos otros habían encontrado una muerte espantosa.

Esperaron durante largos minutos... luego horas...

Cada instante parecía eterno.
Pero, sorprendentemente, no ocurrió nada.

De repente comenzaron a escucharse disparos y gritos provenientes de la plaza de formación. Poco después volvió a reinar un silencio sepulcral.
Solo entonces comprendieron lo sucedido.

Aquel día, el verdugo nazi había decidido cambiar su macabro "juego". En lugar de asesinar a los prisioneros cuyos números había llamado, ordenó ejecutar a todos los que habían permanecido en la formación.

Así, precisamente por haber permanecido en silencio y haber salido de la fila sin decir una sola palabra, Abraham Steiner salvó milagrosamente su vida.

Años más tarde, su hija, la señora Shoshana Shevaks, contó que su padre, sobreviviente del Holocausto, emigró a Eretz Israel, formó una familia y durante décadas se negó a hablar de todo lo que había vivido. Solo en sus últimos años, cuando sus nietos le insistieron una y otra vez, accedió a compartir algunos recuerdos.

Entre las pocas historias que decidió relatar estaba esta, porque veía en ella una enseñanza para toda la vida.

Solía repetir una y otra vez:
"Cuando uno guarda silencio, nunca pierde; al contrario, gana. Mientras la palabra no ha salido de la boca, la persona es dueña de ella. Desde el momento en que la pronuncia, la palabra pasa a ser dueña de la persona."

Y no eran solo palabras.
Jamás habló lashón hará ni participó en conversaciones donde se hablara mal de otra persona. Si escuchaba que alguien comenzaba a criticar al prójimo, simplemente se levantaba y se retiraba discretamente, sin reprochar a nadie ni llamar la atención.

En una ocasión le preguntaron por qué, en aquel momento tan decisivo, después de que otro prisionero lo señalara, no aclaró que se trataba de un error.

Su respuesta fue tan sencilla como profunda:

"No pensé demasiado. Me dije que, si no iba, el nazi terminaría matándonos a los dos."

Rev Abraham vivió casi cien años y gozó de una salud extraordinaria hasta el final de sus días.

Poco antes de fallecer, después de una caída por la que fue trasladado al hospital, vio el rostro preocupado de su hija y le dijo con total serenidad:
"Todo Min Hashamaim, [todo viene de Hashem]."

Así vivió toda su vida: con una emuná sencilla, una confianza absoluta en el Creador y un profundo cuidado por cada palabra que salía de su boca.



Fuente: Sijat Hashavua #2062 Matot-Masei 5786.

Jinuj a la próxima generación - Farbrenguens en casa

De un Farbrenguen Iud Beis Tamuz con Reb Sholom Avtzon 

Mientras que el enfoque principal de un farbrenguen de Iud Beis Tamuz es la entrega absoluta (mesirut néfesh) del Rebe Anterior por cada aspecto del judaísmo, y especialmente en todo lo relacionado con la educación de niños judíos, también es un momento para prestar atención a los cientos —y quizás miles— de jasidim que no solo pusieron sus vidas en peligro, sino que muchos de ellos pagaron un precio muy alto. Algunos fueron encarcelados, otros enviados al exilio, y hubo quienes incluso entregaron su vida por cumplir la misión que el Rebe Anterior les había encomendado.

Aquellos jasidim conocían muy bien la gran posibilidad de lo que podía ocurrirles, pero eso no alteró en absoluto su decisión. También sabían que una condena a prisión o al exilio, en muchos casos, no era más que una sentencia de muerte encubierta, ya que muchos no lograban sobrevivir a las durísimas condiciones. Quienes sí sobrevivieron lo hicieron únicamente gracias a la inmensa bondad de Hashem.

Uno de esos jasidim que pasó muchos años en las cárceles soviéticas fue Reb Shmuel (Mule) Mochkin, el hijo mayor del mashpía Rab Peretz Mochkin.

En cierta ocasión, unos amigos del hijo de Reb Mule fueron a visitarlo a su casa. Uno de ellos le preguntó con asombro:

—¿Cómo pudo vivir de esa manera, con semejante mesirut néfesh en la Rusia soviética? ¡Preso, y en Siberia!

Reb Mule respondió:

—Lo que nosotros hicimos no tenía nada de extraordinario. Estoy completamente seguro de que si cualquiera de ustedes hubiera vivido en las mismas circunstancias que nosotros, también habría actuado con el mismo mesirut néfesh. Ninguno de nosotros hizo algo excepcional.

El muchacho, desconcertado, replicó:

—¿Está diciendo que no hay ninguna diferencia entre su generación y la nuestra? 

Reb Mule respondió:

—Sí, en realidad, noto una gran diferencia. Nosotros crecimos con una pasión y un ardiente deseo por participar en un jasídishe farbrenguen, especialmente cuando era en una fecha especial en Lubavitch ('Yoma Depagra'). En los niños y jóvenes de hoy no veo esa pasión.

Ese comentario me recordó algo que escuché de Rab Shlomo Galperin. Poco antes de que el Rebe Anterior abandonara Rusia, un josid le preguntó:

—¿Qué puedo y debo hacer para transmitir a mis hijos una impresión profunda, para que crezcan comportándose como verdaderos jasidim?

El Rebe le respondió:

—Procura que los farbrenguens se realicen en tu casa, y que ellos sean conscientes de ello.

Puede que en el momento no sintamos que hayamos obtenido algo especial de un farbrenguen. Sin embargo, con el paso de los años, cada uno podrá ver con claridad los enormes beneficios que un farbrenguen produce.

*

En este contexto, resulta oportuno recordar tres consejos que solía dar el secretario principal y mano derecha del Rebe, Rab Jaim Mordejai Aizik Jadakov, a los jóvenes jatanim que estaban por formar un nuevo hogar judío.

El primero era: comprar una mesa de comedor sólida y resistente. ¿La razón? Que pudiera soportar los farbrenguens que se realizarían en esa casa. En un verdadero jasídishe farbrenguen, cuando el calor espiritual iba en aumento, no era raro que los participantes golpearan con fuerza la mesa al cantar un Nigun o incluso se subieran sobre ella para bailar. La mesa debía estar preparada para ello.

El segundo consejo era que, cuando terminara de estudiar por la noche —ya fuera Jumash, Rambam, Guemara o Likutei Sijot—, no devolviera el libro al estante. Que lo dejara apoyado sobre la mesa. Así, cuando los hijos se levantaran por la mañana para ir al jeider o a la escuela, lo primero que vean sea un sefer sobre la mesa. Sin necesidad de discursos, esa imagen les transmitiría qué es lo verdaderamente importante en un hogar judío.

Y el tercer consejo era tener siempre en la casa un sidur con un señalador colocado en la página del Kidush del Shabat de día, dejándolo al alcance de la Baleboste (la mujer de la casa). De esa manera, mientras el esposo prolongaba su Tefilá con avodá y concentración, ella podía tener el Sidur listo para hacer Kidush a los niños sin demoras. También ese detalle educa: los hijos crecen viendo que la vida del hogar gira naturalmente en torno al Davenen, la Torá, el Shabat y los farbrenguens.

No son grandes discursos ni enseñanzas teóricas. Son pequeños actos cotidianos que van moldeando el ambiente del hogar. Porque, al igual que ocurre con un farbrenguen, quizás en el momento no siempre percibamos su efecto; pero con el paso de los años, los frutos de esa atmósfera se hacen visibles en toda una generación de hijos y nietos.

La promesa que le hizo tomar el Jafetz Jaim y su desenlace

Uno de los Talmidim (alumnos) del Jafetz Jaim se disponía a emigrar a los Estados Unidos y acudió a despedirse de su maestro para recibir su Broje.

La respuesta del Jafetz Jaim sorprendió profundamente a aquel discípulo, un hombre temeroso de Hashem. El gran sabio condicionó su bendición a que le prometiera, mediante un solemne apretón de manos (tekíat kaf), que seguiría cuidando el Shabat también en América.

Solo después de sellar aquella promesa recibió la Brajá de su maestro y emprendió el viaje junto con su esposa.

Al llegar a Estados Unidos, le resultó muy difícil encontrar un empleo estable. Debido a su estricta observancia del Shabat, era despedido una y otra vez, y la familia vivía con enormes privaciones. Finalmente consiguió trabajo como limpiador de ventanas en una escuela cuyo director aceptó respetar esa condición.

Con el paso del tiempo demostró ser un empleado ejemplar. Gracias a su dedicación y responsabilidad fue ascendiendo, hasta ser nombrado encargado de todo el personal de limpieza de la escuela. Su situación económica mejoró considerablemente, vivía con tranquilidad y hasta había conseguido ahorrar algo de dinero.

Sin embargo, un día el director le comunicó que, de allí en adelante, tendría que trabajar los sábados también.

Por más que expresó su asombro y le suplicó que respetara el acuerdo original, nada sirvió. Como se negó a profanar el Shabat, fue despedido en el acto.

Pasaron seis largos meses. La familia fue consumiendo, día tras día, los ahorros que tanto esfuerzo les había costado reunir. Lo que había sido un pequeño respaldo económico terminó por desaparecer casi por completo. Con las últimas monedas que le quedaban compró lo indispensable para honrar el Shabat.

Al ser padre de familia, llegó a pensar que la situación rozaba el peligro de vida. Al concluir aquel Shabat tomó una dolorosa decisión: caminaría hasta la casa del director para decirle que estaba dispuesto a trabajar los sábados.

Pero mientras iba de camino recordó el apretón de manos con el Jafetz Jaim, aquella promesa sagrada de jamás profanar el Shabat.

No pudo seguir avanzando.

Se dio media vuelta y regresó a su hogar, decidido a empezar de nuevo y confiando en que el mérito de cuidar el Shabat le abriría un camino.

Poco tiempo después de regresar a casa, esa misma noche, escuchó que golpeaban la puerta.

Al abrir, quedó completamente sorprendido.

Frente a él estaban el director de la escuela y otro hombre.

El director, visiblemente feliz, le pidió permiso para entrar. Una vez sentados, le dijo:

—Seguramente te preguntas por qué he venido. Déjame explicártelo.

El hombre que está conmigo es un amigo mío. Exactamente hace seis meses me preguntó por qué empleaba a un judío en la escuela.

Le respondí que jamás había conocido a una persona tan íntegra como tú. Siempre has sido un trabajador leal, responsable y digno de confianza. Eres fiel a tus principios y convicciones, y estaba seguro de que no aceptarías profanar el Shabat ni por toda la fortuna del mundo.

Mi amigo insistió en que cualquier judío vendería sus principios por dinero.

Entonces hicimos una apuesta de cinco mil dólares. Yo sostuve que, incluso si te despedía durante seis meses, jamás aceptarías trabajar en Shabat.

Hoy se cumplieron exactamente esos seis meses... y he venido a decirte que gané la apuesta.

Al oír la historia, el judío se alegró de haber tenido, al menos, el mérito de Kidush Hashem, santificar el Nombre de Hashem. Sonriendo, felicitó al director por haber ganado.

Entonces el director respondió:

—Pero tú también eres socio de esta ganancia. Gracias a ti gané la apuesta.

Y le entregó un sobre con 2.500 dólares. (Una importante suma en aquel entonces)

El hombre apenas pudo balbucear unas palabras de agradecimiento.

Entonces el director le preguntó:

—¿Recuerdas la condición que acordamos cuando comenzaste a trabajar aquí?

—Sí —respondió.

—Pues fui yo quien rompió ese acuerdo. Por lo tanto, considero que también debo pagarte el salario correspondiente a los últimos seis meses.

Y le entregó un segundo sobre, que contenía otros 2.500 dólares.

Mientras se levantaba para despedirse, añadió:

—Solo tengo un pedido más: mañana vuelve a tu trabajo.



Moraleja:
Quien cuida el Shabat jamás sale perdiendo.


Fuente: Hidabroot.org