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domingo, 22 de febrero de 2026
Historia contada por el Ben Ish Jai con 2 enseñanzas valiosas
El Lejem Hapanim en Tzfat
Estoy verdaderamente presente
Por Rav Sholom Avtzon
El Rav Adin Even-Israel Steinsaltz (conocido comúnmente como Rav Steinsaltz) relató el siguiente pensamiento en un farbrenguen:
Cuando yo era estudiante en la yeshivá, mi mashpia era Rabí Shlomo Jaim Kesselman. Después de cierto farbrenguen en particular, me levanté y dije: “Este fue un farbrenguen excepcional”.
Al día siguiente comencé a preguntarme: ¿qué tuvo de tan excepcional el farbrenguen de anoche? ¿Por qué me causó una impresión tan fuerte, más que otros farbrenguens? Después de todo, las historias que contó ya las había relatado en encuentros anteriores, o yo las conocía de otras fuentes. Las enseñanzas y reflexiones que extrajo de ellas también eran cosas que ya le había oído a él o a otros. Las melodías eran las mismas que cantamos en cada farbrenguen. Entonces, ¿qué hizo diferente al de anoche?
Reflexionando, llegué a la siguiente conclusión: fue porque anoche yo vine a participar en el farbrenguen, y no simplemente a escuchar como un observador, un espectador o incluso como un alumno que asiste porque es lo correcto. Vine porque quería estar; quería escuchar e inspirarme. Estuve completamente presente y concentrado en el farbrenguen. En idish: Ij hob tzuguetrogen — “yo me involucré”.
Esta percepción suya quizá nos brinde mayor claridad para comprender la siguiente historia que relató el Frierdiker Rebe, Rabí Yosef Itzjak Schneersohn.
Cierta vez, cuando el Miteler Rebe era aún un niño en el jéder, entró al cuarto de su padre y le formuló la siguiente pregunta:
En Shemot, capítulo 24, versículo 4 (parashat Mishpatim), el pueblo judío le dijo a Moshé Rabenu: “Haremos todo lo que Hashem nos ordene”. Y tres versículos más adelante, en el versículo 7, pronunciaron las famosas palabras: Naasé venishmá — “Haremos y comprenderemos”. Tatí, ¿qué ocurrió en esos tres versículos que llevó al pueblo a reformular su respuesta, pasando de “Naasé” a “Naasé venishmá”?
Su padre, el Rebe, le respondió:
En un principio, el pueblo judío dijo: “Naasé” — haremos todo lo que Hashem nos ordene, ya sea que lo entendamos o no, que lo disfrutemos o no.
Sin embargo, Moshé Rabenu, el pastor fiel, quiso inculcar en el pueblo la perspectiva correcta. Les habló y les explicó la belleza de tener el mérito de cumplir las mitzvot de Hashem, hasta que el pueblo reformuló su respuesta y dijo: “Haremos todo lo que Hashem nos pida, y además procuraremos comprenderlo”, para así experimentar orgullo y disfrute por la oportunidad y el privilegio de cumplir Sus mitzvot.
El cambio estuvo en el enfoque. Las mitzvot eran las mismas; lo que cambió fue la manera de abordarlas y de entender qué significa una mitzvá. Al principio respondieron: “Haremos”, porque estamos obligados; después de todo, Hashem realizó enormes milagros para salvarnos innumerables veces.
Pero después de que Moshé habló con ellos, su enfoque cambió: “Haremos las mitzvot porque reconocemos que son una hermosa oportunidad y un inmenso mérito que Hashem nos concede para acercarnos a Él” (pues mitzvá también implica vínculo y conexión). Así, la mitzvá se cumple con alegría, entusiasmo y vitalidad, y no sólo por deber u obligación.
Cuando el joven DovBer salió de la habitación de su padre, se encontró con el jasid Rev Shmuel Munkes, quien le preguntó:
—¿Qué te dijo tu padre, el Rebe?
Con picardía, el niño respondió:
—Mi padre dijo que los misnagdim respondieron “Naasé”, mientras que los jsidim respondieron “Naasé venishmá”.
***
Para explicar lo que entiendo de su respuesta, relataré algo que contó en una ocasión el Rav Joseph B. Soloveitchik (conocido comúnmente como el Rabino J. B. Soloveitchik).
Mi padre contrató para nosotros distintos melamdim (maestros). Uno de ellos era un jasid y, aunque mi padre le había indicado que no nos enseñara el Tania, lo hacía en secreto. Una vez, mi padre entró inesperadamente en la habitación; el melamed intentó ocultarlo, pero mi padre notó cómo guardaba el Tania y le advirtió que debía dejar de enseñarlo. Sin embargo, mi abuelo le dijo que continuara, pues era importante que lo estudiáramos.
Yo notaba que los melamdim provenían de comunidades y enfoques distintos, y quise comprender por mí mismo cuál era la diferencia entre jasidim y litvish (misnagdim). Después de todo, observaba que ambos eran meticulosos en cada mitzvá. Así que profundicé más, hasta darme cuenta de que el melamed litvish cumplía cada mitzvá con el mismo sentimiento de obediencia —kabalat ol— y santidad. Bailaba en Simjat Torá porque hay una mitzvá de bailar, y ayunaba en Iom Kipur porque es una mitzvá ayunar.
En cambio, el melamed jasidí bailaba en Simjat Torá porque estaba genuinamente alegre; y en Iom Kipur se percibía en él una profunda introspección.
Alguien podría preguntar: ¿qué diferencia hay entre cumplir una mitzvá con alegría interior o simplemente cumplirla porque eso es lo que Hashem quiere?
Esto puede comprenderse a través de la conocida historia de Reb Gavriel Noiseh Jein —Rav Gavriel, quien “hallaba gracia” ante los ojos de todos los demás.
Gavriel era una persona acomodada, que ayudaba a otros con mano abierta y entregaba sumas importantes cada vez que un emisario venía a recolectar fondos en nombre del Rebe.
Aunque parecía tenerlo todo y mostrarse feliz, en lo personal estaba quebrado y afligido: ya habían pasado quince años desde su matrimonio y aún no habían sido bendecidos con hijos. Más aún, cada vez que mencionaba esto al Rebe y pedía una bendición, el Rebe no le respondía con una berajá explícita.
Con el tiempo, tampoco su prosperidad material perduró. La rueda de la fortuna giró y cayó en una pobreza extrema.
Aceptó su nueva situación sin queja alguna, agradeciendo a Hashem por los años de bienestar que había disfrutado, y continuó su vida como si nada hubiera cambiado.
Un día regresó del Shul y su esposa notó en su rostro una expresión sombría.
—Gavriel —le dijo con suavidad—, ¿por qué estás tan afligido? ¿Acaso no me has dicho siempre que todo lo que Hashem hace es para bien y que Él es el Juez verdadero?
—Tienes razón, querida esposa —respondió—. No estoy triste porque ya no podamos comprar los alimentos o las ropas que antes podíamos permitirnos. Hoy noté que un emisario del Rebe vino a recolectar fondos y está evitando acercarse a mí, porque sabe que ya no tengo dinero para enviar al Rebe.
Hashem es justo en Sus actos y sabe que no merezco riqueza. Pero ¿por qué debe verse afectado el pobre que necesita desesperadamente la tzedaká que yo solía dar? ¿Por qué ha de sufrir él por mis carencias?
Y Gavriel suspiró profundamente.
Su esposa reflexionó un momento y luego dijo:
—Aún me queda una joya. La empeñaré y el dinero que recibamos se lo entregarás al Rebe.
De inmediato buscó la joya, la llevó a la casa de empeños y recibió a cambio algunas monedas de cobre.
Pero entonces pensó: este es el último objeto de valor que poseemos; quién sabe si volveremos a tener el mérito de dar tzedaká. Al menos, que lo hagamos de la manera correcta.
Tomó arena y comenzó a frotar y pulir cada moneda para que brillara y se viera presentable. Sin darse cuenta, sus lágrimas comenzaron a fluir y se mezclaron con la arena mientras pulía las monedas, hasta que estas resplandecieron con intensidad.
Como el emisario del Rebe continuó su viaje hacia otras ciudades y pensaba regresar en algunos días, Reb Gavriel decidió llevar personalmente las monedas al Rebe. Temía que en el transcurso de esos días pudiera verse tentado a utilizarlas para comprar algo de comida para él y su esposa.
Cuando entregó al Rebe las monedas envueltas en un pañuelo, el Rebe le preguntó por qué se había tomado la molestia de traerlas él mismo, en vez de dárselas al emisario.
Reb Gavriel entonces le explicó su verdadera situación. El Rebe abrió el pañuelo y notó cuán intensamente brillaban las monedas. Gavriel le relató lo que su esposa había hecho.
El rostro del Rebe se iluminó de alegría y dijo:
—Las mujeres donaron sus espejos de cobre, y Moshé los utilizó para construir el kiyor en el patio del Mishkán.
Luego bendijo a Rav Gavriel para que hallara gracia ante los ojos de los demás y le prometió que se volvería más rico que antes. Le aconsejó dedicarse al comercio de piedras preciosas. Finalmente concluyó:
—Por la pureza del acto de tu esposa, serán bendecidos con descendencia.
Amigos míos, esa es la recompensa de cumplir una mitzvá con alegría y entusiasmo.
lunes, 16 de febrero de 2026
La instrucción secreta
“Esta es una hora de Etz Ratzón (oportuna, de favor Divino)”, cruzó por la mente del jasid Rabí Abraham Bartzuner. Había llegado desde la ciudad de Gómil, en el sudeste de Bielorrusia, para celebrar Purim de 5686 (1926) junto al Rabí Yosef Itzjak Schneersohn, el sexto Rebe de Lubavitch.
Eran días oscuros y difíciles. El régimen comunista actuaba con brutalidad para erradicar todo lo que sea religión en toda la Unión Soviética. Los Talmud Torá eran clausurados. Las mikvaot eran cerradas. La shejitá kasher estaba prohibida. Realizar un brit milá constituía un grave delito. Rabinos y difusores de Torá eran enviados a Siberia; muchos fueron ejecutados.
El Rebe asumió el liderazgo precisamente en esa época tan crítica. Actuó con todas sus fuerzas para preservar la llama judía en la Unión Soviética. Bajo su instrucción se estableció una red clandestina jasídica en todo el país, dedicada a sostener la vida judía.
Las autoridades seguían de cerca sus pasos. En su casa de Rostov realizaron un minucioso registro y estuvieron a punto de arrestarlo. Finalmente, la policía aceptó no encarcelarlo con la condición de que trasladara su residencia a Leningrado, donde podrían vigilarlo mejor.
Pero también allí el Rebe continuó trabajando por el judaísmo, plenamente consciente del peligro que implicaba su actividad. En ese clima se reunieron los jasidim en su casa para el farbrenguen de Purim.
En cierto momento, Rev Abraham se acercó al Rebe.
—Pido una broje para lograr salir de Rusia y poder ascender a Eretz Israel —solicitó.
La respuesta del Rebe fue breve y enigmática:
—Debes hacer aquí una Tierra de Israel.
Rabí Abraham no comprendió el sentido de aquellas palabras. Entonces el Rebe hizo un gesto con la mano en dirección a la sala de yejidut (audiencia privada). Entendió que estaba siendo convocado a una entrevista personal en la que el Rebe aclararía su intención. En efecto, inmediatamente después de Purim ingresó a yejidut. Al salir, se negó a revelar lo que se le había dicho y regresó de inmediato a su ciudad.
Pasaron unos tres años. Las autoridades cerraban cada vez más yeshivot, y sus alumnos debían dispersarse a otras ciudades. Uno de los estudiantes mayores —que también actuaba como maestro y guía— era Rev Mendel Futerfas, quien tiempo después sería condenado a diez años de prisión en Siberia y más tarde se convertiría en uno de los mashpiim más reconocidos.
En aquel entonces se le encomendó acompañar a un grupo de jóvenes que fueron enviados a estudiar a Gómil. El responsable local era Rev Abraham Bartzuner. Alojaba a cada joven en una casa diferente y se ocupaba de proveerles alimento y libros. El lugar de estudio era la sinagoga, y el propio Rev Mendel se hospedaba en la casa de Rev Abraham.
Ambos se acercaron mucho y se hicieron amigos. Rev Abraham no temía compartir con Rabí Mendel incluso asuntos personales. En una ocasión, Rev Mendel le preguntó qué había ocurrido en aquel yejidut con el Rebe.
—Esto fue lo que me dijo el Rebe —respondió finalmente Rev Abraham—: “Debes ayunar un ‘taanit hafsaká’ durante tres días consecutivos, desde el domingo hasta el martes por la noche. El tercer día, antes de romper el ayuno, sube a la Bimá de la sinagoga de tu ciudad y volcá todo lo que hay en tu corazón. Comenzá a trabajar; se reunirán a tu alrededor algunos avrejim (jóvenes casados) y respetarán lo que les digas”.
—Así lo hice —continuó relatando—. Tras el ayuno de interrupción subí a la bimá de la sinagoga y volqué la amargura de mi corazón ante el público. Les dije:
“¡Escuchen, judíos! Tal vez pueda comprenderse que profanen el Shabat. Ustedes alegan que no tienen alternativa y que deben llevar sustento a sus hogares.
“¡Pero cómo consienten enviar a sus hijos a las escuelas comunistas! ¡Con ello los entregan a la apostasía! ¡No quedará quien diga Kadish por ustedes! Por esto se debe entregar la vida literalmente. ¡Es un ‘yehareg ve’al yaavor’ (debe uno dejarse matar antes que transgredir)!”.
Rabí Abraham agregó que apenas logró terminar sus palabras, pues los gabbaim se acercaron alarmados para retirarlo de la bimá, temiendo que declaraciones así provocaran el cierre de la sinagoga y el castigo de todos los presentes.
—Pero después —continuó— varios padres jóvenes se acercaron a mí y establecimos una nueva red clandestina. Abrimos un jéder para niños, fijamos clases de Torá en Shulján Aruj y en Ein Yaakov para adultos, e incluso comencé a dictar una clase de Tania.
Rev Mendel solía relatar con admiración la figura de Rev Abraham. No estaba dotado de talentos extraordinarios, pero en la clase de Tania que impartía se sentaban incluso los eruditos de la ciudad, pues percibían la verdad que irradiaba de él.
Durante muchas horas al día, Rev Abraham recorría la ciudad reuniendo fondos para la yeshivá. El resto del tiempo lo dedicaba a difundir judaísmo y jasidut con entrega diaria y sacrificada. En sus momentos libres estudiaba Mishnaiot y se sustentaba con unas pocas rebanadas de pan.
El Shemá antes de dormir le tomaba cerca de dos horas. Entre abundantes lágrimas hacía un profundo analísis e introspección por sus “faltas” y “transgresiones”.
Rev Mendel contó que en cierta ocasión le preguntó por qué se lamentaba tanto, siendo que toda su vida estaba consagrada a sostener la Torá y el judaísmo con abnegación.
—Incluso tus momentos libres están plenamente aprovechados; no hay un solo instante desperdiciado. Entonces, ¿por qué lloras tanto? —le preguntó.
Rabí Abraham respondió en voz baja:
—Sí, hacemos, hacemos…
Y de pronto exclamó con voz firme:
—¡Pero todo esto huele a ieshus, a ego y orgullo personal!…
(Basado en relatos de Rabí Mendel).
El árbol no muere
A comienzos de la semana pasada fue el 15 de Shevat (Rosh Hashaná de los árboles), y, inevitablemente, cuando se habla del 15 de Shevat se menciona el versículo: “Porque el hombre es como el árbol del campo”, del cual se aprende una enseñanza.
La semana pasada escuché una hermosa historia relacionada con este concepto de boca de Rev Sholom Avtzon, quien la oyó directamente de Rev Zalman Yudkin ע"ה, según se la había contado Rev Moshe Rubin.
Uno de los aspectos que Rev Zalman me relató fue una conversación muy breve —un intercambio sencillo— que tuvo con su padre. Y dijo Rev Zalman que aquello le dio en su momento, y continúa dándole hasta hoy, la fuerza para permanecer un yhudi frum y jasid.
Comenzó señalando que los comunistas eran realmente expertos en moldear la perspectiva de las personas. Perfeccionaron ese arte hasta tal punto que, incluso hoy —más de cincuenta años después de que, con la ayuda de Hashem, pude salir de Rusia—, tristemente debo decir que aquellos pensamientos y filosofías heréticas que sembraron con tanto cuidado y grabaron en nuestras mentes impresionables todavía afloran. Incluso pueden aparecer mientras estoy rezando una Amidá (Shemone Esré).
Entonces surge la pregunta: si ellos fueron capaces de implantarlo con tanta fuerza, ¿cómo tuve yo la fortaleza y la capacidad de levantarme una y otra vez —cuando era un niño, luego adolescente y finalmente adulto en la Rusia comunista— y continuar viviendo ahora, en el mundo libre, como un josid?
Todo se debe a un episodio que recuerdo con absoluta claridad, ocurrido cuando era un niño pequeño.
Era pleno invierno, un invierno helado y severo. Para nuestra sorpresa, mi padre abrió la ventana, permitiendo que el aire gélido entrara en la casa, mientras retiraba la nieve y el hielo congelado del marco.
Todos estábamos confundidos. Luego de cerrar la ventana, mi padre me llamó y me dijo:
—Zalmen, ahora que la ventana está despejada y ya no hay nieve ni escarcha que bloqueen tu visión, ¿puedes ver los árboles afuera?
—Sí —respondí.
—Zalmen, ¿hay hojas creciendo en ellos? —preguntó mi padre.
—No, no crece nada.
—Entonces, alguien que mirara el árbol ahora pensaría que está muerto —continuó mi padre—. Pero, Zalmen, ¿cuál es la diferencia entre este “árbol muerto” y un animal muerto?
Sin esperar mi respuesta, contestó él mismo:
—Cuando un animal, un ave o un pez mueren, caen y ese es el final. Sin embargo, cuando un árbol “muere”, como este árbol que perdió sus hojas hace algunos meses y permanecerá así por muchos meses más, podríamos concluir que murió. Después de todo, está congelado, sin movimiento ni señal visible de vida. Pero dentro de varios meses comenzará a brotar un pequeño retoño que luego florecerá. Entonces verás que el árbol no murió; simplemente estaba en estado de letargo, como algunos animales que hibernan durante el invierno. Cuando ya no están dominados ni congelados por el frío, despiertan y viven una vida vibrante, demostrando que en realidad nunca estuvieron “muertos”.
Mi padre continuó:
—Zalmen, nosotros somos comparados a ese árbol. Sí, debemos ser cuidadosos, porque esas personas malvadas tienen el poder y la capacidad de dañarnos. Por eso, ante ellos no mostramos ninguna señal de que cumplimos silenciosamente las Mitzves de Hashem. Pero recuerda: la primavera llegará. Tal vez tu primavera llegue dentro de muchos años, cuando, con la ayuda de Hashem, puedas abandonar este país y su dominio. Hasta entonces, recuerda que eres un judío vivo y vibrante.
Concluyó Rev Zalmen: ese pensamiento me dio la fuerza para mantenerme firme, tomando cada día como un día más en el que debía ocultar mi esencia interior y verdadera: que estoy orgulloso de ser un judío que sirve a Hashem lo mejor que puede.
Una enseñanza sencilla que podemos extraer es que nunca debemos desistir de un talmid (alumno), un javer (amigo) o un compañero, ya sea actual o antiguo. Puede parecer que está “congelado” —frío o indiferente—, pero cuando un soplo de calidez llegue a él, especialmente si proviene de alguien con quien tuvo cercanía, se descongelará y se entibiará. Y entonces podremos maravillarnos ante las hermosas flores que brotarán de su vitalidad interior.