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domingo, 17 de mayo de 2026

El aguatero y el Sefer Torá - Shavuot

En la pequeña ciudad de Okop, en el oeste de Ucrania, donde nació y también vivió durante un tiempo Rabí Israel Baal Shem Tov, había un hombre muy rico llamado Rev Yoel. Pero no era respetado solamente por su riqueza: era un gran talmid jojom, iere Shamaim y muy cuidadoso en el cumplimiento de las mitzvot.

Un día sintió un fuerte deseo de cumplir la última mitzvá de la Torá —la mitzvá número 613—: que cada judío escriba un Sefer Torá para sí mismo. Pero para Rabí Yoel, cumplir una mitzvá “como corresponde” significaba cumplirla de la manera más hermosa y majestuosa posible.

Compró ganado, regaló la carne a los pobres y mandó preparar cuidadosamente los cueros para producir un pergamino de excelente calidad, digno de un Sefer Torá excepcionalmente bello. Luego contrató a un sofer muy reconocido, famoso tanto por su habilidad como por su gran temor a Hashem. Lo llevó a vivir a Okop y lo hospedó en su casa durante muchos meses mientras trabajaba en la escritura del Séfer Torá.

Cada día, antes de escribir, el sofer se sumergía en la mikve. Cada letra era escrita con santidad y reverencia.

Finalmente, cuando el Sefer Torá estuvo terminado, Rabí Yoel organizó una gran celebración. Después de todo, nuestros Sabios enseñan que completar un Sefer Torá merece una verdadera Seudat Mitzvá.

Entre los invitados estaban los rabanim de la ciudad, los dayanim, jazanim, shojatim, filántropos y líderes comunitarios. El propio Rabí Yoel pasó varios días preparando el evento, la organización, los invitados, de cerca y de lejos, y el discurso que pensaba decir en la celebración: un pilpul profundo y sofisticado, capaz de impresionar incluso a los grandes estudiosos de Okop.

Entre toda la gente de la ciudad, Berel el aguatero no había recibido invitación.

Berel era un judío simple. No era rico ni erudito. Cada mañana, antes del amanecer, iba al pequeño shul llamado “Jevras Tehilim”, donde él y otros trabajadores se reunían para rezar y recitar todo el libro de Tehilim antes de salir a sus trabajos diarios.

Cuando Berel escuchó sobre la celebración del nuevo Sefer Torá, inocentemente pensó que cualquier judío que amara la Torá podía participar, y decidió asistir.

Entonces se puso sus gastadas ropas de Shabat, se arregló lo mejor que pudo y fue a la casa de Rev Yoel. Sin pensarlo demasiado, se sentó entre los invitados importantes.

Cuando Rev Yoel vio a Berel el aguatero sentado en un lugar reservado para los estudiosos de Torá, se acercó molesto y le dijo en voz baja:

—Epa, epa, epa… ¿Solo porque dices mucho Tehilim te crees una persona importante y distinguida?

Berel entendió inmediatamente. Sin decir una palabra, se levantó y se fue silenciosamente.

Mientras tanto, la celebración continuó con toda su grandeza. Copas de plata brillaban sobre las mesas, enormes candelabros iluminaban el salón y abundaban las comidas refinadas y los vinos finos. Los músicos tocaban melodías alegres y los invitados bailaron alrededor del Sefer Torá con enorme entusiasmo.

Rabí Yoel estaba lleno de felicidad. Bailó con pasión, dijo su elaborado discurso de Torá y disfrutó de la admiración de los estudiosos de la ciudad, que quedaron impresionados por su sabiduría, amplitud de conocimientos y brillantes explicaciones sobre el versículo: “Y ahora, escriban para ustedes este cántico”.

Muy tarde esa noche, después de que el último invitado se retiró, Rev Yoel se acostó completamente satisfecho consigo mismo. Todo había salido perfecto.

Entonces se quedó dormido… y soñó.

En el sueño, una tormenta violenta lo atrapó y lo arrastró como una ola gigantesca hacia un desierto vacío y oscuro. Se encontró solo, aterrorizado, en medio de aquella desolación, hasta que de repente divisó a lo lejos una construcción intensamente iluminada.

Golpeó la puerta y entró. Dentro había un Tribunal Celestial: jueces solemnes sentados alrededor de una larga mesa.

Inmediatamente, el juez principal anunció:

—Rav Yoel de Okop, usted ha sido convocado a juicio.

El acusador se adelantó. Rev Yoel tembló al descubrir —o mejor dicho, al sentir con claridad en aquel sueño— que se trataba nada menos que del mismísimo David Hamelej.

—Lo acuso —declaró David Hamelej— de despreciar mis Tehilim y avergonzar públicamente a Berel el aguatero, quien recita cada palabra de los 150 capítulos todos los días con sinceridad y entrega.

Luego se levantó el fiscal celestial y exigió el castigo más severo: que el alma de Rev Yoel no fuera devuelta a su cuerpo.

Rev Yoel quedó paralizado del miedo. No podía hablar ni moverse.

Entonces, inesperadamente, apareció alguien para defenderlo: el Baal Shem Tov.

—Si Rev Yoel muere ahora —argumentó— la gente jamás aprenderá el enorme valor que tiene decir Tehilim con sinceridad. Déjenlo regresar para que esta enseñanza sea conocida.

Inmediatamente volvió aquella tormenta y lo devolvió a su cama.

Rev Yoel despertó temblando de miedo y empapado en sudor frío. Todo había parecido increíblemente real.

A la tarde siguiente, entre Minjá y Maariv, Rev Yoel fue al humilde shul de la “Jevras Tehilim”. Allí, delante de todos, le pidió perdón públicamente a Berel.

Los presentes escucharon asombrados mientras Rev Yoel relataba toda la historia: la celebración, la humillación, el juicio celestial y la gran lección que había aprendido.

Desde aquel día, Rabí Yoel cambió completamente. Ya no se enorgullecía de ser el mayor estudioso de la ciudad.

En cambio, cada mañana se sentaba junto a aquellos trabajadores simples y sinceros del pequeño shul. Se sentaba en un humilde banco de madera al fondo, como uno más entre todos los presentes, y recitaba Tehilim con humildad, calidez y un corazón verdadero.



Fuente: Yerajmiel Tilles, adaptado de "Sipurei Tzadikim".

miércoles, 13 de mayo de 2026

Especial para Lag Baomer 5786 - El electricista tuerto en Merón



Los alumnos de la escuela en Ramat Gan estaban asombrados. El hombre que vestía el uniforme de la Jevrat Jashmal —la Compañía Eléctrica de Israel— que había venido a explicarles los peligros y las precauciones de seguridad relacionados con el uso de la electricidad, llevaba un parche negro cubriéndole un ojo. Tal vez pensaron que era un veterano de guerra herido.

Pero cuando dio la misma charla una semana después en la escuela primaria de Kfar Jabad, ya no llevaba el parche. Al terminar, uno de los Morim, Rev Jaim Ben-Natan, lo invitó a ponerse los Tefilín. El hombre aceptó con entusiasmo. Cuando terminó de recitar el Shemá Israel, Meir (no es su verdadero nombre) le ofreció contarle su historia al Moré.

Durante muchos años ha sufrido de diabetes. Recientemente desarrolló un problema doloroso en uno de sus ojos y una pérdida de visión. Dado que esto estaba relacionado con la diabetes, todos los médicos insistieron en que no había cura posible. Su médico más reciente le dio una pomada para aliviar el dolor y un parche negro para cubrir el ojo afectado, de modo de no comprometer la visión de su único ojo sano.

Su visión incompleta hizo imposible que continuara trabajando como técnico. En cambio, la compañía eléctrica lo capacitó para dar presentaciones a niños en escuelas sobre electricidad.

En una ocasión estaba manejando por una ruta en el Galil hacia una actividad en una escuela en Carmiel. En el camino llamó a su oficina para confirmar la dirección. Su supervisora, una mujer judía religiosa, al escuchar dónde se encontraba, le recomendó desviarse hacia uno de los lugares sagrados de sepultura en el norte de Israel y rezar allí por una mejora en su condición.

“¿Por qué no?”, pensó. “No puede hacer daño”. Y se dirigió a Merón, al lugar de sepultura del gran sabio de la Mishná y del Zohar, Rabí Shimón bar Iojai.

Mientras estaba allí rezando con una mano apoyada sobre la tumba (claramente no era en Lag BaOmer), escuchó a un hombre en una mesa cercana sollozar y clamar repetidamente: “¡Hashem, Di-s, ayúdame por favor! ¡Bizjut Rabí Shimón, ayúdame ahora!”

Cuando Meir terminó su propia Tefilá, se apartó del Kever. El hombre que había estado clamando lo miró con asombro, abrió grandes los ojos y de repente lo agarró del brazo. “¡Ishtabaj Shemó! ¡Hodu LaHashem! ¡Mis tefilot fueron respondidas! ¡Rabí Shimón te envió a mí!”

“¿De qué estás hablando?”, dijo Meir con calma. “Nadie me envió aquí”.

“¡De verdad, no tengo dudas!”, proclamó Uri (tampoco es su nombre real), negándose a soltarle el brazo. “Tengo una esposa y cinco hijos en casa y no tenemos electricidad. He estado haciendo Tefilá durante horas para que vuelva la luz, y aquí estás vos, de la Jebrat Jashmal (compañía eléctrica)”. Señaló el emblema en el uniforme de Meir. “Está claro que te enviaron para ayudarme. ¡Ahora devuélveme la electricidad!”

Uri le explicó que le habían cortado la luz porque debía miles de shekels en facturas impagas que no podía pagar. Luego volvió a exigir, cada vez más fuerte, que Meir haga algo para que vuelva a contar con electricidad en su casa. Meir trató de explicarle que su trabajo no tenía ninguna relación con el problema de Uri, ni técnica ni financiera. Nada de lo que decía ayudaba. Uri no cedía en su convicción de que “obviamente” Meir había sido enviado del Shamaim y por Rabí Shimón bar Iojai para ayudarlo...

Desesperado de poder hacerlo entrar en razón, y con riesgo de llegar tarde a su compromiso, Meir finalmente le pidió el número de su cuenta. Uri le mostró su última factura. Meir dijo: “Mira, déjame salir un momento, llamaré a alguien muy importante en la administración, veré cuál es la situación e intentaré arreglar algo para ti”.

Uri sonrió lleno de expectativa y dio un paso atrás. Meir salió, utilizó su dispositivo interno de comunicación de la compañía, verificó la cuenta de Uri, confirmó que debía 2500 shekels… ¡y pagó toda la deuda con su propia tarjeta de crédito!

Al volver adentro, le dijo: “Bien, ya está todo arreglado con la compañía. Puedes volver a tu casa. En dos horas tendrás electricidad”. Uri le estrechó la mano con entusiasmo. No podía agradecerle lo suficiente. “¿Ves?”, dijo, “yo tenía razón, ¡Rabí Shimón te envió a mí! ¡Ishtabaj Shemó!”

Meir volvió a su auto, moviendo la cabeza con asombro ante su propio acto espontáneo de bondad. Unos diez minutos después, a mitad de camino hacia su destino, tuvo que detenerse al costado del camino. El ojo enfermo le picaba tanto que no podía esperar más para quitarse el parche y frotárselo. Se quitó el parche con la mano derecha y llevó la izquierda hacia el ojo para masajearlo, cuando de repente se dio cuenta de que estaba viendo a través del parabrisas… ¡con el ojo que había estado cubierto! Veía normalmente. ¡Su visión se había restaurado por completo!

Los distintos médicos que lo habían estado atendiendo no podían creer lo que veían. “Esto solo puede ser un milagro”, declaró cada uno, aunque no estaba claro que antes de este episodio creyeran en milagros. Meir sonrió, entendiendo la fórmula simple: si le das luz a otro judío, Di-s te da luz a ti. Y también, como dice el Talmud: “Se puede confiar en Rabí Shimón bar Iojai en situaciones de apremio”.


Fuente: Yerajmiel Tilles. Escuchado de varios jasidim de Jabad en Tzfat, incluyendo al hermano del rabino Ben-Natan en la historia.

©JasidiNews

Lag Baomer

La siguiente historia la escuché en la entrada al Ohel directamente de su protagonista, el sheliaj Reb Alter Bukiet (Boston):

Lag Baomer 5744 (1984)

En Lag Baomer era bien sabido que muchos acudían al Rebe para recibir una brajá de זרעא חייא וקיימא —hijos sanos y perdurables—, y en numerosos casos se veían resultados concretos.

Aquel año, debido a la gran multitud, se dispuso que las parejas esperaran al Rebe frente a su casa en President Street. Se organizó un Vaad Hamesader de avrejim para ordenar el flujo de gente. Entre ellos estaba Reb Alter Bukiet, quien pidió no tener que empujar a las personas; en su lugar, se le asignó abrir y cerrar la puerta del auto del Rebe.

“Había una presión enorme —relata—. Muchas parejas, de Anash y no de Anash, y también algunas de Satmer —a pesar de que aquellos años fueron recordados como una etapa particularmente difícil y tensa en la historia de las relaciones entre Satmer y Lubavitch—.

El Rebe tardó unos veinte minutos en avanzar desde la puerta de su casa hasta el coche. Se oían llantos y súplicas; algunos recibían brajot, otros no lograban ser escuchados. Era una escena muy intensa.

“Cuando el Rebe llegó al auto, yo sostenía la puerta con todas mis fuerzas para que no se cerrara por la presión de la multitud. De pronto, un avrej jasid de Satmer se introdujo parcialmente dentro del auto y, con gran desesperación, pidió una broje por hijos.

La presión aumentaba y yo sostenía la puerta para que no lo aplastara. El Rebe lo bendijo y luego le dijo:
‘Der kind vet darfn hobn mit vemen tzu shpiln zij’ —‘El niño necesitará con quién jugar’.
Al ver que no entendía, le indicó: ‘¡Zog Omein!’ —‘¡Di Amén!’—.
El hombre respondió ‘¡Omein!’, salió, cerré la puerta y el Rebe partió.

“Esa frase me quedó grabada. Nunca había escuchado algo así”.

Años más tarde, en 5759 (1999), Reb Alter viajó desde Boston al Ohel en el aniversario de su padre. De madrugada, mientras recitaba el Maane Lashon, vio entrar a un jasid de Satmer con dos niños. Tras recitar algunos Tehilim y leer un Pidion Nefesh, el padre les dice a los niños: "Nemt arois di Maamer"... "Saquen el Maamer", y los muchachos sacaron un maamar de Bar Mitzvá y lo recitaron allí mismo, junto al Tzion.

Más tarde, al encontrarse afuera, Reb Alter le preguntó quiénes eran.

El hombre respondió:
“Estos son 'Dem Rebe'ns Kinder', ‘los hijos del Rebe’. Nacieron gracias a su broje."

Y relató cómo, tras años sin hijos, se acercó al Rebe y recibió esa bendición, con las mismas palabras:
“Der kind vet darfn hobn mit vemen tzu shpiln zij”… ¡Zog Omein!

“Y gracias a eso nacieron mis mellizos”.

Como un rayo, Reb Alter lo reconoció:
“Dime, ¿eso fue en Lag Baomer 5744, junto al auto del Rebe?”

“¡Sí! ¡Incluso me metí dentro del auto!”, respondió.

“Entonces —dijo Reb Alter emocionado— yo era quien sostenía la puerta para que no te aplastaran”.

El jasid sonrió:
“Ahora entiendo por qué me resultabas conocido…”.

Señalando a los niños, concluyó:
“Son mellizos. Nacieron gracias a esa brajá, unos años después. Hoy es su Bar Mitzvá.
Estos son los únicos hijos que tengo — son los hijos del Rebe”. 


*

Lag Baomer es un momento especialmente propicio para pedir por hijos —o por cualquier pareja que lo necesite—. Con más razón aún, es un mérito escribir en este día un Pan al Rebe, quien continúa la cadena de los Tzadikim de Pnimiut HaTorá iniciada (de forma revelada) por Rabí Shimón Bar Iojai.

Y, junto a ello, participar en la marcha de los niños en honor a Rabí Shimon —una expresión viva de conexión con esa misma cadena.

Un momento verdaderamente imperdible.

Pesaj Sheiní



El rabino Itzjok ("Itche") Groner ע"ה era un gran erudito y un orador extraordinario. Fue enviado por el Rebe en Shlijus a Australia, donde fundó numerosas instituciones educativas y desarrolló un amplio פעילות.

En una ocasión, al llegar a visitar al Rebe y tener el mérito de tener un Iejidut, el Rebe lo sorprendió con un pedido inesperado:
“Cuando regreses a Australia, por favor viaja a través de la India”.
A pesar de que su pasaje ya estaba programado por otra ruta, el rabino Groner no preguntó el motivo. Si el Rebe lo pedía, sin duda había una buena razón.

Antes de partir, se dirigió a la oficina del Vaad Lehafatzat Sijot y le pidió a su director, Reb Shneur Zalman Janin, varios ejemplares de Sijot del Rebe en inglés, aunque no sabía para qué los necesitaría en la India.

Al llegar a la India, aún no tenía idea de cuál era su misión. Al salir del aeropuerto, tomó el primer taxi que encontró y le indicó simplemente: “Lléveme a una sinagoga”. Así llegó a un Beit Kneset, donde conversó con judíos locales sobre temas de Torá y dejó allí las hojas con las sijot del Rebe antes de continuar su camino.

Unos meses después, el rabino Janin recibió una llamada telefónica de una mujer judía de Arizona. Ella contó que su hijo había abandonado el hogar enojado hacía más de un año, había viajado a la India y había desaparecido.

Relató además que recientemente había logrado hablar con él, y fue entonces cuando su propio hijo le confesó que, aunque se había ido en busca de “algo” que pensaba que le daría sentido y felicidad, en realidad estaba atravesando una profunda sensación de vacío y desilusión.

Recientemente, había recibido de él una carta sorprendente: un día, mientras estaba sentado en una plaza, intentando cubrirse del sol, tomó un folleto que encontró cerca suyo. Eran hojas en inglés — una sijá del Rebe sobre Pesaj Shení—.

En esa sijá, el Rebe explicaba que Pesaj Shení simboliza la capacidad de no desistir ni caer en la desilusión, y que “en el judaísmo no existe nada perdido”.

El joven comenzó a preguntarse qué hacía en la India y escribió a su madre que quería regresar al judaísmo, pidiéndole que le encontrara un rabino que pudiera guiarlo. Adjuntó el número del Vaad Lehafatzat Sijot que aparecía en las hojas.

Finalmente, el joven regresó a su hogar, se puso en contacto con Beit Jabad en Arizona y comenzó a acercarse nuevamente al judaísmo.

Cuando el rabino Janin oyó toda la historia, le dijo al rabino Groner en su siguiente visita:
“Quizás aún no sabes cuál fue tu misión en la India… entonces déjame contarte cuál fue el verdadero propósito de ese viaje”.



Fuente: "Hitvaadut", Rab Jaim Sholom Daitch.

domingo, 12 de abril de 2026

2 pequeñas anécdotas de Seudat Mashíaj con el Rebe

En la tradición de Jabad, Seudat Mashíaj de Ajarón Shel Pesaj no es simplemente una comida más de Yom Tov, sino un momento de profunda conexión con la Gueulá. Nuestros Rebes enseñaron que, en estas horas finales de Pesaj, ilumina ya una chispa de la redención futura. Por eso, participamos de manera concreta y física: comiendo matzá y bebiendo cuatro copas de vino. No es solo un símbolo, sino una vivencia real que nos impregna de emuná —fe viva— en la llegada del Mashíaj y en la inminente Gueulá.


En el año 5726(1966), Reb Avraham Popack estaba internado en estado crítico, y los médicos habían programado una operación para el día después de Pesaj. En el farbrenguen de Ajarón Shel Pesaj, el Rebe le entregó a su hijo, Reb Shmuel Aizik Popack, algunos trozos de matzá para que se los llevara.

Al día siguiente, tras comer la matzá, la operación fue cancelada y, de manera sorprendente, comenzó a recuperarse.

En ese mismo farbrenguen, el Rebe habló sobre la importancia de beber las cuatro copas, preguntando a varios presentes si habían cumplido con su “cuota”. Entre ellos estaba un joven, Avraham Moshe Daitch. El Rebe le preguntó varias veces si había bebido las cuatro copas, hasta que finalmente lo hizo, lo cual causó gran satisfacción al Rebe.

Poco después, en Shavuot, el padre del joven, Reb Shalom Yeshaya Daitch, sufrió un grave ataque cardíaco. Informaron al Rebe, quien le dio una brajá para una pronta recuperación. Para Yud-Beis Tamuz, ya estaba lo suficientemente bien como para participar del farbrenguen. Al acercarse al Rebe con una botella de mashke y decirle: “Baruj Hashem, me recuperé”, el Rebe respondió: “No te recuperaste ahora, sino en Ajarón Shel Pesaj, cuando tu hijo bebió las cuatro copas…”.

Esta historia nos permite vislumbrar hasta qué punto estas acciones —aparentemente simples— tienen un alcance profundo y real.


*

En otra ocasión, el Rebe relató que su suegro, el Rebe Yosef Itzjok Schneersohn, en Ajarón Shel Pesaj, indicaba bailar el “baile de Mashíaj”. Este baile, explicó el Rebe, puede entenderse de dos maneras: como una preparación para la llegada del Mashíaj, o como un baile en el que el propio Mashíaj ya participa.

Y concluyó: si depende de nosotros, elegimos la segunda interpretación —la mejor—: que el Mashíaj baila con nosotros.

Luego, el Rebe indicó entonar el nigún “Nye Zhuritsye Kjloptsi” (“No se preocupen, amigos”) y bailar el “baile de Mashíaj”, teniendo en mente ambas ideas a la vez.

Así, la Seudat Mashíaj no queda como un concepto abstracto o lejano, sino como algo que vivimos, comemos, bebemos y hasta bailamos. Y de allí nos llevamos una certeza fortalecida: que la Gueulá no es solo una creencia, sino una realidad que ya comienza a revelarse —y que, con nuestras acciones, podemos traer de manera inmediata ממש.

13 de Nisan - Hilula (Iortzait) del Tzemaj Tzedek



Un grupo de soldados judíos estaba destinado en un campamento del ejército ruso situado cerca de la ciudad de Lubavitch. Esta ubicación les permitía mantener un nivel razonable de vida judía: podían conseguir comida kosher y, de vez en cuando, rezar con minian en Shabat.

Para su gran pesar, recibieron la noticia de que su unidad sería trasladada. Como si esto no fuera suficiente, el traslado tendría lugar justamente en las cercanías de la festividad de Pésaj. Según el plan de su comandante, durante Pésaj estarían en plena marcha hacia el interior de Rusia, lejos de toda comunidad judía.

Angustiados, los soldados decidieron buscar el consejo del Tzemaj Tzedek, y enviaron a uno de ellos como emisario a Lubavitch. Este le expuso la situación, destacando especialmente las enormes dificultades que tendrían para observar las leyes de Pésaj durante el viaje.

—Les sugiero que se acerquen a su capitán con una ruta alternativa —respondió el Rebe—. Explíquenle que el camino que ha planeado presenta varios inconvenientes. Dado que las ciudades en su itinerario están separadas por más de una jornada de viaje, se verán obligados a acampar por la noche en campo abierto.

—Propónganle una ruta diferente: que pase por Rusia Blanca, deteniéndose en Orsha, Shklov, Kapust y Mohilev. Las distancias más cortas entre estas ciudades harán el trayecto mucho más conveniente para todos. Y ustedes, por supuesto, podrán acceder a las comunidades judías de esos lugares.

Luego añadió:

—También tengo una petición personal. Es muy probable que estén en Shklov durante los primeros días del Iom Tev. Cuando vayan al Shul en la víspera de Pésaj, alguien los invitará a su casa. Acepten la invitación para el séder y las comidas festivas. Sin embargo, si los invitan a dormir allí, discúlpense y pasen la noche en el Shul conocido como “el Shul Verde”.

—En los últimos días de Pésaj estarán en Mohilev. Allí también acepten las invitaciones para las comidas festivas, pero insistan en dormir en la casa de huéspedes comunitaria.

El Tzemaj Tzedek concluyó sus indicaciones y bendijo al soldado antes de despedirlo. Al regresar al campamento, el emisario transmitió fielmente sus palabras a sus compañeros.

Uno de los soldados expresó el sentir de todos:

—El consejo es excelente… pero ¿cómo vamos a atrevernos a sugerírselo? El comandante se ofenderá profundamente si siquiera insinuamos que su plan no es perfecto.

Durante varios días debatieron el asunto. Dudaban en acercarse a su comandante, conocido por su carácter irascible. Sin embargo, la proximidad de la fecha de partida finalmente los obligó a actuar. Confiando en la broje del Rebe, presentaron la ruta alternativa.

Para su sorpresa, el comandante no solo no se ofendió, sino que quedó impresionado.

—Su propuesta es muy buena. ¿Cómo es posible que simples soldados hayan ideado algo así? —preguntó, incrédulo.

—Para decir la verdad, señor comandante —respondieron—, no es idea nuestra, sino el consejo de un gran sabio: el Tzemaj Tzedek.

Siguiendo el nuevo plan, la tropa se encontró efectivamente en Shklov en la víspera de Pésaj. A los soldados judíos se les concedieron dos días de licencia, y corrieron a la sinagoga local para organizarse para la festividad. Todos fueron cordialmente invitados a distintas casas.

Después del séder, el soldado que había recibido las instrucciones del Rebe se preparó para marcharse. A pesar de la insistencia de su anfitrión, se disculpó y se dirigió al “Shul Verde”, donde encontró un rincón y se dispuso a dormir.

Al poco tiempo, fue despertado por suspiros y gemidos que provenían de la otra punta del Shul. Solo entonces notó a un anciano encorvado sobre una mesa, visiblemente angustiado. El soldado se acercó y le preguntó con suavidad:

—¿Por qué está tan afligido? ¿Puedo ayudarlo?

—¿Ayudarme? —respondió el hombre con amargura—. Vuelva a dormir y déjeme en paz.

El soldado se retiró, respetando su deseo. Pero los lamentos continuaban y le impedían conciliar el sueño. Finalmente, volvió a acercarse:

—Por favor, comparta conmigo su pena. Tal vez pueda aliviar su dolor.

Conmovido por la sinceridad del joven, el hombre comenzó a relatar:

—Soy viudo y me casé con una mujer mucho más joven que yo. Pensé que sería un matrimonio tranquilo, pero se convirtió en una pesadilla. A las pocas semanas llegó una orquesta itinerante al pueblo. Uno de los músicos entabló amistad con mi esposa, y antes de que pudiera darme cuenta, ambos huyeron juntos llevándose todo mi dinero.

—No tengo ingresos, ni hogar, ni idea de qué hacer. Por eso duermo aquí, en la sinagoga.

El soldado intentó consolarlo:

—Nunca se sabe… quizá pueda ayudarlo. Nuestra unidad se dirige hacia el interior de Rusia y pasaremos por muchos pueblos. Descríbame a su esposa y a ese hombre. Tal vez los encuentre en el camino. Haré todo lo posible por ayudarlo.

El anciano describió a ambos, y tranquilizado por la compasión del soldado, finalmente se quedó dormido.

La tropa continuó su viaje durante Jol Hamoed y, tal como había anticipado el Tzemaj Tzedek, llegaron a Mohilev en la víspera de los últimos días del Jag. Nuevamente, los soldados judíos recibieron permiso y aceptaron invitaciones en casas locales.

Una vez más, el soldado se retiró por la noche y fue a dormir a la casa de huéspedes comunitaria, tal como se le había indicado.

En medio de la noche, un gran alboroto lo despertó. Un grupo de viajeros había llegado para pasar allí la noche. Para su asombro, entre ellos había un hombre y una mujer que coincidían exactamente con la descripción que había escuchado en Shklov.

A la mañana siguiente, antes de que los recién llegados despertaran, el soldado corrió a la casa del rabino de la ciudad y golpeó la puerta con urgencia.

—Perdón por molestarlo, Rabino, pero hay un asunto urgente.

Le relató rápidamente la historia del anciano de Shklov y añadió:

—Creo que he encontrado a su esposa fugitiva y a su cómplice.

El rabino actuó de inmediato: contactó a las autoridades, y ambos fueron arrestados. El dinero y los objetos robados fueron recuperados y, después del Jag, el rabino se ocupó de gestionar el divorcio.

*

A veces, una persona cree que ciertos detalles “no son tan importantes” —como dónde dormir, o cómo organizar un viaje—, pero cuando uno se conecta con un Rebe y sigue sus indicaciones con fidelidad, incluso en los aspectos que parecen secundarios, descubre que todo está guiado con una precisión extraordinaria.

El consejo del Tzemaj Tzedek no solo permitió a los soldados cuidar Pésaj, sino que también los convirtió en emisarios para hacer justicia y ayudar a otro judío en un momento de gran dolor.

Y lo mismo ocurre con el Séder de Pésaj: hay pasos, costumbres y detalles que a simple vista pueden parecer técnicos o incluso sin sentido, pero en realidad cada uno de ellos encierra una profundidad inmensa y forma parte de un orden Divino exacto. Justamente en esos “detalles” se revela la esencia de la mitzvá.

Mi encuentro con el Rebe - Daniel Levin

11 de Nisan

En el mes de Kislev de 5737 (1976), viajé desde Sídney, Australia —donde nací— para encontrarme con el Rebe en Nueva York —relata Daniel Levin, quien hoy divide su tiempo entre Australia y Ierushalaim.

Esto ocurrió unos dos años y medio después de un terrible accidente automovilístico que le costó la vida a mi padre, Eliahu, de bendita memoria. Llevaba dentro de mí las secuelas de aquel evento traumático y me sentía confundido respecto a cómo continuar mi vida. Recordaba lo que mi padre me había dicho cuando yo era niño:
“El Rebe es un gran líder del pueblo judío. Si alguna vez sientes que algo supera tus fuerzas, escríbele o ve a verlo y pídele su consejo”.

“A mi padre le oí decir: ve a verlo y pídele su consejo”.

Tenía diecinueve años cuando me encontré con el Rebe. Antes de la audiencia escribí una carta de dos páginas en la que describía mi situación y le planteaba una serie de preguntas.

Mi primera preocupación era mi madre. Ella había sido testigo directo del accidente y había entrado en un estado de shock, lo que hoy se conoce como trastorno de estrés postraumático. Le pregunté al Rebe qué debía hacer para ayudarla y si podía transmitirle palabras de consuelo de su parte.

En respuesta, el Rebe habló durante unos minutos sobre la mitzvá de honrar a los padres, y agregó:
“Cuando regreses a casa, dile a tu madre que me visitaste, y que dije que el mayor consuelo para una madre judía es ver que su hijo continúa el camino de su padre y se apega al cumplimiento de la Torá. Cuando actúes de ese modo, traerás consuelo al alma de tu padre y también aliviarás el dolor de tu madre”.

Otra serie de preguntas se refería a mi futuro. Mi padre era dueño de una farmacia, y yo dudaba si estudiar la carrera (farmacéutico), ingresar a una ieshivá o incluso dedicarme al jazanut (canto litúrgico).

Antes de responder, el Rebe me dijo:
“Quisiera preguntarte sobre el fallecimiento de tu padre. Supongo que te resulta doloroso, pero creo que es importante que hables de ello”.

Le conté que ocurrió un Motzaei Shabat. Mis padres solían salir a tomar un café en ese momento. De regreso a casa, mi padre se detuvo en la farmacia. Ya estaba volviendo al auto cuando un conductor que viajaba a más de 140 km/h lo atropelló con gran violencia.

Me resultó extremadamente difícil relatar todos estos detalles. Hasta ese momento no lo había hablado con nadie. Amaba profundamente a mi padre y lo extrañaba intensamente. Solo después de ese encuentro comprendí que estaba atravesando una depresión. El Rebe probablemente lo percibió y por eso quiso que hablara.

No es fácil para una persona traumatizada compartir sus sentimientos. Necesita a alguien que escuche con paciencia y sin juzgar, alguien ante quien pueda abrir su corazón. Hasta entonces no lo había logrado; en cambio, había reprimido mis emociones concentrándome en las necesidades de mi madre.

El Rebe dijo que lo más urgente era asegurar el sustento de la familia, que dependía de la farmacia, y por eso me recomendó inscribirme en estudios de farmacia. Así lo hice y, aunque no obtuve el título formal, dirigí el negocio durante cerca de una década.

El Rebe añadió que, si bien no podía indicarme que estudiara en la ieshivá a costa del sustento familiar, enfatizó que no debía renunciar a fijar tiempos para el estudio de la Torá.
“Lo que se requiere de ti es conocer y cumplir todas las halajot necesarias”.

Me asustó la magnitud de los volúmenes del “Shulján Aruj” que imaginé que tendría que estudiar. Entonces el Rebe sacó de su cajón un ejemplar del “Kitzur Shulján Aruj” y me preguntó:
“¿Tienes este libro?”
Lo tenía, y ya lo había estudiado en varias ocasiones.

Sosteniendo el libro en su mano, el Rebe dijo:
“A lo largo de tu vida, recuerda que este libro te indica exactamente cómo debes conducirte. Solo necesitas estudiarlo bien y vivir de acuerdo con él”.

La imagen del Rebe sosteniendo el “Kitzur Shulján Aruj” quedó grabada en mi memoria y me ayudó a seguir por el camino correcto.

Para concluir, el Rebe me dijo:
“Me contaste todos los consejos que recibiste de otros, pero no mencionaste qué es lo que tú mismo deseas. ¿Hay algo que realmente quieras?”

Respondí:
“Lo único que quiero es ver la llegada del Mashíaj. Hay demasiado sufrimiento en el mundo”.
Y añadí con profunda emoción:
“Y cuando llegue el gran día de Tejiat Hametim, quiero ver a mi padre y correr hacia él lo más rápido que pueda, abrazarlo y besarlo, y decirle cuánto lo amo y cuánto lo extraño. Eso es todo lo que quiero”.

Al terminar estas palabras estaba tan desbordado emocionalmente que me desplomé en el suelo y perdí el conocimiento. Cuando abrí los ojos, el rabino Leibel Groner, secretario del Rebe, me ayudó a ponerme de pie.

Al levantarme, vi al Rebe sentado junto a su escritorio, con la cabeza inclinada. No podía ver su rostro, pero parecía que su cuerpo temblaba. Finalmente alzó la vista y se secó los ojos. Me sorprendió ver que el Rebe estaba llorando. Me dolió pensar que yo había causado su llanto.

Intenté disculparme, pero el Rebe dijo:
“No hay ninguna necesidad de disculparse. Es la primera vez en mi vida que escucho a un judío decir que su único deseo es que venga el Mashíaj”.

Al finalizar el yejidut, las últimas palabras del Rebe hacia mí fueron:
“Que Hashem te bendiga”.
Luego se incorporó ligeramente de su silla y repitió:
“Sí, que Hashem te bendiga”.


*

Yud Alef Nisán celebramos el nacimiento del Rebe, un día que no es solo conmemorativo, sino profundamente transformador.

El Rebe enseñó que un cumpleaños es un momento de renovación espiritual, un tiempo propicio para tomar החלטות טובות — buenas resoluciones — en el estudio de la Torá, el cumplimiento de las mitzvot y el fortalecimiento de nuestra misión en el mundo.

Que podamos llevar inspiración de esta historia a la práctica, agregando en Torá, mitzvot y אהבת ישראל, y así convertirnos en eslabones vivos en la cadena que el Rebe continúa impulsando.


Fuente: Basado en una entrevista para JEM en el verano de 5784 (2024)