En la pequeña ciudad de Okop, en el oeste de Ucrania, donde nació y también vivió durante un tiempo Rabí Israel Baal Shem Tov, había un hombre muy rico llamado Rev Yoel. Pero no era respetado solamente por su riqueza: era un gran talmid jojom, iere Shamaim y muy cuidadoso en el cumplimiento de las mitzvot.
Un día sintió un fuerte deseo de cumplir la última mitzvá de la Torá —la mitzvá número 613—: que cada judío escriba un Sefer Torá para sí mismo. Pero para Rabí Yoel, cumplir una mitzvá “como corresponde” significaba cumplirla de la manera más hermosa y majestuosa posible.
Compró ganado, regaló la carne a los pobres y mandó preparar cuidadosamente los cueros para producir un pergamino de excelente calidad, digno de un Sefer Torá excepcionalmente bello. Luego contrató a un sofer muy reconocido, famoso tanto por su habilidad como por su gran temor a Hashem. Lo llevó a vivir a Okop y lo hospedó en su casa durante muchos meses mientras trabajaba en la escritura del Séfer Torá.
Cada día, antes de escribir, el sofer se sumergía en la mikve. Cada letra era escrita con santidad y reverencia.
Finalmente, cuando el Sefer Torá estuvo terminado, Rabí Yoel organizó una gran celebración. Después de todo, nuestros Sabios enseñan que completar un Sefer Torá merece una verdadera Seudat Mitzvá.
Entre los invitados estaban los rabanim de la ciudad, los dayanim, jazanim, shojatim, filántropos y líderes comunitarios. El propio Rabí Yoel pasó varios días preparando el evento, la organización, los invitados, de cerca y de lejos, y el discurso que pensaba decir en la celebración: un pilpul profundo y sofisticado, capaz de impresionar incluso a los grandes estudiosos de Okop.
Entre toda la gente de la ciudad, Berel el aguatero no había recibido invitación.
Berel era un judío simple. No era rico ni erudito. Cada mañana, antes del amanecer, iba al pequeño shul llamado “Jevras Tehilim”, donde él y otros trabajadores se reunían para rezar y recitar todo el libro de Tehilim antes de salir a sus trabajos diarios.
Cuando Berel escuchó sobre la celebración del nuevo Sefer Torá, inocentemente pensó que cualquier judío que amara la Torá podía participar, y decidió asistir.
Entonces se puso sus gastadas ropas de Shabat, se arregló lo mejor que pudo y fue a la casa de Rev Yoel. Sin pensarlo demasiado, se sentó entre los invitados importantes.
Cuando Rev Yoel vio a Berel el aguatero sentado en un lugar reservado para los estudiosos de Torá, se acercó molesto y le dijo en voz baja:
—Epa, epa, epa… ¿Solo porque dices mucho Tehilim te crees una persona importante y distinguida?
Berel entendió inmediatamente. Sin decir una palabra, se levantó y se fue silenciosamente.
Mientras tanto, la celebración continuó con toda su grandeza. Copas de plata brillaban sobre las mesas, enormes candelabros iluminaban el salón y abundaban las comidas refinadas y los vinos finos. Los músicos tocaban melodías alegres y los invitados bailaron alrededor del Sefer Torá con enorme entusiasmo.
Rabí Yoel estaba lleno de felicidad. Bailó con pasión, dijo su elaborado discurso de Torá y disfrutó de la admiración de los estudiosos de la ciudad, que quedaron impresionados por su sabiduría, amplitud de conocimientos y brillantes explicaciones sobre el versículo: “Y ahora, escriban para ustedes este cántico”.
Muy tarde esa noche, después de que el último invitado se retiró, Rev Yoel se acostó completamente satisfecho consigo mismo. Todo había salido perfecto.
Entonces se quedó dormido… y soñó.
En el sueño, una tormenta violenta lo atrapó y lo arrastró como una ola gigantesca hacia un desierto vacío y oscuro. Se encontró solo, aterrorizado, en medio de aquella desolación, hasta que de repente divisó a lo lejos una construcción intensamente iluminada.
Golpeó la puerta y entró. Dentro había un Tribunal Celestial: jueces solemnes sentados alrededor de una larga mesa.
Inmediatamente, el juez principal anunció:
—Rav Yoel de Okop, usted ha sido convocado a juicio.
El acusador se adelantó. Rev Yoel tembló al descubrir —o mejor dicho, al sentir con claridad en aquel sueño— que se trataba nada menos que del mismísimo David Hamelej.
—Lo acuso —declaró David Hamelej— de despreciar mis Tehilim y avergonzar públicamente a Berel el aguatero, quien recita cada palabra de los 150 capítulos todos los días con sinceridad y entrega.
Luego se levantó el fiscal celestial y exigió el castigo más severo: que el alma de Rev Yoel no fuera devuelta a su cuerpo.
Rev Yoel quedó paralizado del miedo. No podía hablar ni moverse.
Entonces, inesperadamente, apareció alguien para defenderlo: el Baal Shem Tov.
—Si Rev Yoel muere ahora —argumentó— la gente jamás aprenderá el enorme valor que tiene decir Tehilim con sinceridad. Déjenlo regresar para que esta enseñanza sea conocida.
Inmediatamente volvió aquella tormenta y lo devolvió a su cama.
Rev Yoel despertó temblando de miedo y empapado en sudor frío. Todo había parecido increíblemente real.
A la tarde siguiente, entre Minjá y Maariv, Rev Yoel fue al humilde shul de la “Jevras Tehilim”. Allí, delante de todos, le pidió perdón públicamente a Berel.
Los presentes escucharon asombrados mientras Rev Yoel relataba toda la historia: la celebración, la humillación, el juicio celestial y la gran lección que había aprendido.
Desde aquel día, Rabí Yoel cambió completamente. Ya no se enorgullecía de ser el mayor estudioso de la ciudad.
En cambio, cada mañana se sentaba junto a aquellos trabajadores simples y sinceros del pequeño shul. Se sentaba en un humilde banco de madera al fondo, como uno más entre todos los presentes, y recitaba Tehilim con humildad, calidez y un corazón verdadero.
Fuente: Yerajmiel Tilles, adaptado de "Sipurei Tzadikim".
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