Un día, el Baal Shem Tov escuchó hablar de un judío, habitante de uno de las aldeas, cuyo corazón estaba lleno de confianza en Hashem y que jamás se dejaba llevar por preocupación alguna. El Baal Shem Tov decidió conocer personalmente a aquel judío y viajó hasta su casa.
El hombre recibió a su huésped, sin saber quién era, con un semblante amable y cordial. Mientras conversaban, el Baal Shem Tov comenzó a preguntarle acerca de su vida y de sus actividades. Así descubrió que aquel hombre tenía arrendada una propiedad perteneciente al Poritz, señor feudal de la región. Allí administraba una posada y se dedicaba también a cultivar la tierra.
—¿Cuánto pagas de alquiler? —preguntó el Baal Shem Tov.
—Tres mil monedas al año —respondió el hombre.
—¿Y en cuántos pagos debes entregar ese dinero?
—Lo pago todo de una sola vez, al finalizar el año de alquiler.
A medida que avanzaba la conversación, el Baal Shem Tov descubrió que el año de alquiler estaba a punto de culminar: faltaban apenas unos días.
—¿Ya has conseguido reunir toda la suma, o al menos la mayor parte? —preguntó a su anfitrión.
—Todavía no —respondió.
—¿Quizás cuentas con las deudas que otras personas tienen contigo? —continuó preguntando el Baal Shem Tov.
—Tampoco —respondió el hombre con tranquilidad—. Nadie me debe ni una moneda. Yo confío únicamente en Hakadosh Baruj Hu.
El Baal Shem Tov no desistió.
—¿Por qué no intentas conseguir el dinero? ¡Quizás podrías pedirles un préstamo a algunos amigos!
—Está escrito claramente en Tehilim:
"טוֹב לַחֲסוֹת בַּה' מִבְּטֹחַ בִּנְדִיבִים"
«Es mejor refugiarse en Hashem que confiar en el ser humano» —respondió el hombre con sencillez—. Una persona hoy está aquí y mañana quién sabe dónde, mientras que Hashem no abandona al necesitado en el día de la angustia.
El Baal Shem Tov quedó profundamente impresionado por el nivel de bitajón que demostraba aquel yehudi pashut. Le pidió entonces permiso para quedarse en su casa unos días más, para ver cómo terminaría todo.
El hombre aceptó de buen grado.
—Hajnasat Orjim es una mitzvá muy importante —comentó—, y continuó atendiendo al Baal Shem Tov durante los días siguientes.
Dos días antes de cumplirse el año de alquiler, llegaron a la propiedad los representantes del Poritz y exigieron al judío que saldara su deuda.
—Díganle al señor que todavía no ha llegado el momento del pago —respondió el hombre.
A la mañana siguiente, al amanecer, los hombres del Poritz regresaron para reclamar nuevamente el alquiler.
—Todavía queda mucho día por delante —les respondió el arrendatario, tal como en su momento había dicho Nakdimón ben Gurión.
Al mediodía, se detuvo frente a la propiedad un carruaje tirado por caballos. De él descendieron tres comerciantes de cereales.
—Queremos comprarle al señor feudal [dueño de estos terenos] determinada cantidad de trigo, determinada cantidad de cebada y determinada cantidad de avena —dijeron—. Hemos oído que el señor feudal es un hombre difícil y que no es sencillo hacer negocios con él. También nos han dicho que tú tienes experiencia tratando con él. Por eso queremos pedirte que intermedies entre nosotros y el señor feudal. Te pagaremos generosamente por tus servicios.
El judío los escuchó, oyó cuánto estaban dispuestos a pagar por la compra y les dijo:
—En mi opinión, el precio que están dispuestos a pagar por el cereal es demasiado alto. Supongo que el señor aceptará hacer el negocio incluso por una suma menor. En cambio, por mi trabajo como intermediario les pido tres mil monedas de oro.
Los comerciantes lo miraron como se mira a una persona codiciosa o a alguien que no sabe valorar razonablemente el precio de su trabajo.
—Quien pretende demasiado termina sin nada —le dijeron—. Estamos dispuestos a pagarte quinientas monedas de oro, pero ni una más.
El hombre se negó a negociar.
—Aunque me ofrecieran tres mil monedas de oro menos una sola, no aceptaría —les anunció con absoluta serenidad. E inmediatamente agregó—: Por favor, son libres de dirigirse ustedes mismos al señor feudal, o búsquense otro intermediario.
—Seguiremos nuestro camino y esperamos encontrar un intermediario más razonable —dijeron los comerciantes, decepcionados, mientras se marchaban.
—Vayan, y que Hashem los ayude —los bendijo el hombre.
Los comerciantes se fueron y el judío regresó tranquilamente a sus ocupaciones, con una serenidad asombrosa.
Faltaban apenas unas horas para que venciera el plazo del pago que había asumido frente al dueño de la propiedad, y, sin embargo, estaba dispuesto a dejar pasar un negocio que podría haberle permitido pagar una parte considerable de su deuda.
El judío se sentó y estudió un Sefer. Luego llegó la hora de Minjá, y se puso a rezar tranquilamente y con kavaná.
El día fue llegando a su fin y el sol ya estaba por ponerse. Por tercera vez, los representantes del Poritz se presentaron en su casa y le exigieron el pago, esta vez con mucha mayor firmeza.
—¡No te burles de nosotros! —protestaron enojados—. ¡Ya se te acabaron todas las excusas!
—Quédense aquí y les traeré el dinero —les respondió el judío.
Salió de su casa, se dirigió a la entrada de la propiedad y contempló el horizonte. El Baal Shem Tov observaba atentamente lo que estaba sucediendo.
De pronto, apareció a lo lejos el carruaje de los comerciantes, regresando hacia la propiedad. Los caballos se detuvieron relinchando, levantando con sus patas una nube de polvo.
—¡Aceptamos! ¡Aceptamos! —gritaron los tres al arrendatario.
Le contaron que todas las ofertas que habían recibido durante las últimas horas eran mucho más elevadas que la propuesta que él les había hecho, incluso teniendo en cuenta la elevada suma que les había pedido por la intermediación.
El arrendatario se dirigió entonces al Poritz, intermedió con éxito en el negocio, recibió sus honorarios y pagó su deuda hasta la última moneda.
Tiempo después, cuando el Baal Shem Tov contó a sus alumnos acerca de aquel arrendatario, concluyó diciendo:
—Gracias a su extraordinario bitajón, este judío tuvo el mérito de que todos aquellos que entraron en contacto con él terminaran satisfechos. El Poritz y los comerciantes quedaron satisfechos con el exitoso negocio que realizaron entre ellos;
el propio arrendatario recibió generosamente su recompensa y pudo saldar su deuda;
Hashem estaba complacido con la fe pura y sencilla que había demostrado aquel simple hombre del pueblo;
y yo también salí beneficiado, pues tuve el mérito de presenciar una manifestación tan extraordinaria de bitajón en Hashem.
Fuente: Sijat Hashavua #976
©JasidiNews
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