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martes, 21 de julio de 2026

El silencio que le salvó la vida


Los prisioneros del campo de trabajo ya conocían el sadismo del oficial nazi. De tanto en tanto aparecía en la plaza de formación y pronunciaba los números de tres o cuatro prisioneros. Cada uno rezaba en silencio para no escuchar el suyo.

Uno de aquellos prisioneros era Rev Abraham Steiner, nacido en 1912 en la localidad de Dukla, Polonia. Sus padres eran personas rectas y honestas, que vivían dignamente gracias a un comercio de cueros. Como tantos otros judíos de Europa, jamás imaginaron la magnitud de la tragedia que estaba por abatirse sobre ellos.

Tras la invasión alemana a Polonia, los nazis ocuparon el pueblo y comenzaron de inmediato la persecución contra los judíos. Muchos fueron secuestrados para realizar trabajos forzados y las sinagogas fueron profanadas.

En el verano de 1942, todos los judíos de Dukla fueron reunidos en la plaza del mercado para una cruel selección. Los ancianos y enfermos fueron llevados al bosque cercano y asesinados. Muchos otros fueron enviados al campo de exterminio de Bełżec. Los jóvenes aptos para trabajar, entre ellos Abraham, fueron trasladados a un campo de trabajo, donde realizaban tareas agotadoras en canteras y en la construcción de caminos, bajo condiciones inhumanas.

Allí, la vida de cada prisionero pendía constantemente de un hilo. Bastaba con desfallecer durante el trabajo para recibir un disparo en el acto.

Pero había algo todavía más aterrador.

El oficial de las SS tenía un macabro "pasatiempo". Cada pocos días se presentaba frente a las filas de los prisioneros y leía tres o cuatro números. Todos sabían perfectamente lo que aquello significaba: quienes escuchaban su número eran conducidos a un pequeño edificio del que, al poco tiempo, comenzaban a oírse desgarradores gritos. Luego... un silencio absoluto.

Los prisioneros eran asesinados tras terribles torturas.

Por eso, cada vez que el oficial aparecía, el miedo se apoderaba de todos.

Un día, como de costumbre, sacó una lista y comenzó a leer cuatro números.
Tres prisioneros salieron inmediatamente de la fila.
Cuando pronunció el cuarto número, nadie se movió.

El hombre cuyo número había sido llamado quedó completamente paralizado por el terror. El oficial volvió a gritar el número, pero seguía sin obtener respuesta.

Furioso, rugió:

—¿Quién es ese prisionero?

Entonces, aquel hombre —que estaba parado junto a Abraham Steiner— recuperó el aliento, levantó lentamente una mano temblorosa y señaló a Abraham.

—Ese es —dijo con voz quebrada.

Ante la mirada atónita de todos, Abraham salió serenamente de la fila y se unió a los otros tres prisioneros.

Los cuatro fueron llevados al edificio donde tantos otros habían encontrado una muerte espantosa.

Esperaron durante largos minutos... luego horas...

Cada instante parecía eterno.
Pero, sorprendentemente, no ocurrió nada.

De repente comenzaron a escucharse disparos y gritos provenientes de la plaza de formación. Poco después volvió a reinar un silencio sepulcral.
Solo entonces comprendieron lo sucedido.

Aquel día, el verdugo nazi había decidido cambiar su macabro "juego". En lugar de asesinar a los prisioneros cuyos números había llamado, ordenó ejecutar a todos los que habían permanecido en la formación.

Así, precisamente por haber permanecido en silencio y haber salido de la fila sin decir una sola palabra, Abraham Steiner salvó milagrosamente su vida.

Años más tarde, su hija, la señora Shoshana Shevaks, contó que su padre, sobreviviente del Holocausto, emigró a Eretz Israel, formó una familia y durante décadas se negó a hablar de todo lo que había vivido. Solo en sus últimos años, cuando sus nietos le insistieron una y otra vez, accedió a compartir algunos recuerdos.

Entre las pocas historias que decidió relatar estaba esta, porque veía en ella una enseñanza para toda la vida.

Solía repetir una y otra vez:
"Cuando uno guarda silencio, nunca pierde; al contrario, gana. Mientras la palabra no ha salido de la boca, la persona es dueña de ella. Desde el momento en que la pronuncia, la palabra pasa a ser dueña de la persona."

Y no eran solo palabras.
Jamás habló lashón hará ni participó en conversaciones donde se hablara mal de otra persona. Si escuchaba que alguien comenzaba a criticar al prójimo, simplemente se levantaba y se retiraba discretamente, sin reprochar a nadie ni llamar la atención.

En una ocasión le preguntaron por qué, en aquel momento tan decisivo, después de que otro prisionero lo señalara, no aclaró que se trataba de un error.

Su respuesta fue tan sencilla como profunda:

"No pensé demasiado. Me dije que, si no iba, el nazi terminaría matándonos a los dos."

Rev Abraham vivió casi cien años y gozó de una salud extraordinaria hasta el final de sus días.

Poco antes de fallecer, después de una caída por la que fue trasladado al hospital, vio el rostro preocupado de su hija y le dijo con total serenidad:
"Todo Min Hashamaim, [todo viene de Hashem]."

Así vivió toda su vida: con una emuná sencilla, una confianza absoluta en el Creador y un profundo cuidado por cada palabra que salía de su boca.



Fuente: Sijat Hashavua #2062 Matot-Masei 5786.

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