Uno de los Talmidim (alumnos) del Jafetz Jaim se disponía a emigrar a los Estados Unidos y acudió a despedirse de su maestro para recibir su Broje.
La respuesta del Jafetz Jaim sorprendió profundamente a aquel discípulo, un hombre temeroso de Hashem. El gran sabio condicionó su bendición a que le prometiera, mediante un solemne apretón de manos (tekíat kaf), que seguiría cuidando el Shabat también en América.
Solo después de sellar aquella promesa recibió la Brajá de su maestro y emprendió el viaje junto con su esposa.
Al llegar a Estados Unidos, le resultó muy difícil encontrar un empleo estable. Debido a su estricta observancia del Shabat, era despedido una y otra vez, y la familia vivía con enormes privaciones. Finalmente consiguió trabajo como limpiador de ventanas en una escuela cuyo director aceptó respetar esa condición.
Con el paso del tiempo demostró ser un empleado ejemplar. Gracias a su dedicación y responsabilidad fue ascendiendo, hasta ser nombrado encargado de todo el personal de limpieza de la escuela. Su situación económica mejoró considerablemente, vivía con tranquilidad y hasta había conseguido ahorrar algo de dinero.
Sin embargo, un día el director le comunicó que, de allí en adelante, tendría que trabajar los sábados también.
Por más que expresó su asombro y le suplicó que respetara el acuerdo original, nada sirvió. Como se negó a profanar el Shabat, fue despedido en el acto.
Pasaron seis largos meses. La familia fue consumiendo, día tras día, los ahorros que tanto esfuerzo les había costado reunir. Lo que había sido un pequeño respaldo económico terminó por desaparecer casi por completo. Con las últimas monedas que le quedaban compró lo indispensable para honrar el Shabat.
Al ser padre de familia, llegó a pensar que la situación rozaba el peligro de vida. Al concluir aquel Shabat tomó una dolorosa decisión: caminaría hasta la casa del director para decirle que estaba dispuesto a trabajar los sábados.
Pero mientras iba de camino recordó el apretón de manos con el Jafetz Jaim, aquella promesa sagrada de jamás profanar el Shabat.
No pudo seguir avanzando.
Se dio media vuelta y regresó a su hogar, decidido a empezar de nuevo y confiando en que el mérito de cuidar el Shabat le abriría un camino.
Poco tiempo después de regresar a casa, esa misma noche, escuchó que golpeaban la puerta.
Al abrir, quedó completamente sorprendido.
Frente a él estaban el director de la escuela y otro hombre.
El director, visiblemente feliz, le pidió permiso para entrar. Una vez sentados, le dijo:
—Seguramente te preguntas por qué he venido. Déjame explicártelo.
El hombre que está conmigo es un amigo mío. Exactamente hace seis meses me preguntó por qué empleaba a un judío en la escuela.
Le respondí que jamás había conocido a una persona tan íntegra como tú. Siempre has sido un trabajador leal, responsable y digno de confianza. Eres fiel a tus principios y convicciones, y estaba seguro de que no aceptarías profanar el Shabat ni por toda la fortuna del mundo.
Mi amigo insistió en que cualquier judío vendería sus principios por dinero.
Entonces hicimos una apuesta de cinco mil dólares. Yo sostuve que, incluso si te despedía durante seis meses, jamás aceptarías trabajar en Shabat.
Hoy se cumplieron exactamente esos seis meses... y he venido a decirte que gané la apuesta.
Al oír la historia, el judío se alegró de haber tenido, al menos, el mérito de Kidush Hashem, santificar el Nombre de Hashem. Sonriendo, felicitó al director por haber ganado.
Entonces el director respondió:
—Pero tú también eres socio de esta ganancia. Gracias a ti gané la apuesta.
Y le entregó un sobre con 2.500 dólares. (Una importante suma en aquel entonces)
El hombre apenas pudo balbucear unas palabras de agradecimiento.
Entonces el director le preguntó:
—¿Recuerdas la condición que acordamos cuando comenzaste a trabajar aquí?
—Sí —respondió.
—Pues fui yo quien rompió ese acuerdo. Por lo tanto, considero que también debo pagarte el salario correspondiente a los últimos seis meses.
Y le entregó un segundo sobre, que contenía otros 2.500 dólares.
Mientras se levantaba para despedirse, añadió:
—Solo tengo un pedido más: mañana vuelve a tu trabajo.
Moraleja:
Quien cuida el Shabat jamás sale perdiendo.
Fuente: Hidabroot.org
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