Un relato que cita el Ben Ish Jai en "Niflaím Maaseja" [124]:
Tuvia el Juez era honrado por la gran mayoría del pueblo; todos los asuntos judiciales se resolvían conforme a su dictamen. Sin embargo, también tenía enemigos, movidos por la envidia, que intentaban sin cesar provocar su caída. Finalmente lo lograron. El rey creyó sus calumnias —aunque todas las acusaciones contra Tuvia eran falsas— y ordenó destituirlo y castigarlo por los supuestos delitos.
Tuvia era sagaz y comprendió lo que estaba por suceder. Se vistió con ropas sencillas y escapó. Quienes lo vieron aquella noche atravesando las calles oscuras no se dieron cuenta de que se trataba del célebre Tuvia, quien apenas unas horas antes era la persona más poderosa del gobierno, después del rey.
Tuvia salió de la ciudad, cruzó el desierto y llegó al río. Si lograba cruzarlo, sería un hombre libre. Pero ¿cómo hacerlo sin barca ni balsa?
Pronto el rey descubriría su fuga y lo perseguiría. Tuvia permanecía a la orilla del río, confundido y preocupado.
Hashem se apiadó de él. Un campesino de la aldea cercana reconoció a Tuvia el distinguido Juez.
Tuvia le dijo que necesitaba cruzar el río. El aldeano era bajo y enclenque, y en circunstancias normales jamás habría considerado nadar cargando a un hombre alto y corpulento como Tuvia. Pero al tratarse de Tuvia el Juez, pensó:
“Esta es una oportunidad de oro para establecer contactos… Quién sabe, tal vez algún día comparezca ante el tribunal y Tuvia me estará en deuda por haberle hecho este favor”.
Y le dijo: “Honorable juez, aférrese a mi espalda. Yo nadaré y lo cruzaré”.
Pensando en la recompensa y la riqueza que podría obtener por hacerlo, casi ni sintió el peso de Tuvia.
Cuando habían recorrido tres cuartas partes del río, Tuvia comentó: “Si Hashem se apiada de mí y vuelvo a ser juez, te recompensaré enormemente…”
—“¿Quieres decir que ya no eres el gran juez?”
—“Así es. Personas corruptas me calumniaron ante el rey. Estoy huyendo…”
El campesino soltó a Tuvia ahí mismo en el agua y dijo: “Cuando regreses a tu cargo y vuelvas a ser juez, entonces te sacaré del agua”, y nadó solo de regreso a la orilla.
La gente reprendió al campesino: “Si pudiste llevar a Tuvia el Juez hasta tres cuartas partes del río, deberías haberlo llevado hasta el final”.
—“Todos saben que soy débil —respondió—. No puedo cargar a una persona pesada como Tuvia. Me imaginaba el honor que obtendría por asistirlo, además de toda la riqueza que eso podría traerme, y eso me dio fuerzas. Casi no sentía su peso, por la alegría que anticipaba. Pero cuando Tuvia me dijo que estaba huyendo, comprendí de inmediato que no obtendría ningún favor de él. Entonces sentí de golpe todo su peso y ya no tuve fuerzas para llevarlo hasta la orilla…”
*
El Ben Ish Jai contó esta historia para expresar cuán cuidadosos debemos ser con nuestra palabra. Si Tuvia hubiera permanecido en silencio, habría sido llevado a la orilla del país vecino y su vida se habría salvado. Sus problemas provinieron de hablar [de más]. Toda palabra prohibida, e incluso el hablar innecesario y vano, puede causar daño a uno mismo, sin mencionar a los demás.
Otra enseñanza que vemos en este relato es que cuando una persona desea algo con gran intensidad, no siente las dificultades que implica alcanzarlo. Puede cargar grandes pesos sobre sus hombros y no sentirlos. Puede estudiar Torá durante horas, invertir todas sus energías en una Tefilá, cumplir mitzvot con mesirut néfesh, y no sentirá que se ha esforzado en exceso
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