Por Rav Sholom Avtzon
El Rav Adin Even-Israel Steinsaltz (conocido comúnmente como Rav Steinsaltz) relató el siguiente pensamiento en un farbrenguen:
Cuando yo era estudiante en la yeshivá, mi mashpia era Rabí Shlomo Jaim Kesselman. Después de cierto farbrenguen en particular, me levanté y dije: “Este fue un farbrenguen excepcional”.
Al día siguiente comencé a preguntarme: ¿qué tuvo de tan excepcional el farbrenguen de anoche? ¿Por qué me causó una impresión tan fuerte, más que otros farbrenguens? Después de todo, las historias que contó ya las había relatado en encuentros anteriores, o yo las conocía de otras fuentes. Las enseñanzas y reflexiones que extrajo de ellas también eran cosas que ya le había oído a él o a otros. Las melodías eran las mismas que cantamos en cada farbrenguen. Entonces, ¿qué hizo diferente al de anoche?
Reflexionando, llegué a la siguiente conclusión: fue porque anoche yo vine a participar en el farbrenguen, y no simplemente a escuchar como un observador, un espectador o incluso como un alumno que asiste porque es lo correcto. Vine porque quería estar; quería escuchar e inspirarme. Estuve completamente presente y concentrado en el farbrenguen. En idish: Ij hob tzuguetrogen — “yo me involucré”.
Esta percepción suya quizá nos brinde mayor claridad para comprender la siguiente historia que relató el Frierdiker Rebe, Rabí Yosef Itzjak Schneersohn.
Cierta vez, cuando el Miteler Rebe era aún un niño en el jéder, entró al cuarto de su padre y le formuló la siguiente pregunta:
En Shemot, capítulo 24, versículo 4 (parashat Mishpatim), el pueblo judío le dijo a Moshé Rabenu: “Haremos todo lo que Hashem nos ordene”. Y tres versículos más adelante, en el versículo 7, pronunciaron las famosas palabras: Naasé venishmá — “Haremos y comprenderemos”. Tatí, ¿qué ocurrió en esos tres versículos que llevó al pueblo a reformular su respuesta, pasando de “Naasé” a “Naasé venishmá”?
Su padre, el Rebe, le respondió:
En un principio, el pueblo judío dijo: “Naasé” — haremos todo lo que Hashem nos ordene, ya sea que lo entendamos o no, que lo disfrutemos o no.
Sin embargo, Moshé Rabenu, el pastor fiel, quiso inculcar en el pueblo la perspectiva correcta. Les habló y les explicó la belleza de tener el mérito de cumplir las mitzvot de Hashem, hasta que el pueblo reformuló su respuesta y dijo: “Haremos todo lo que Hashem nos pida, y además procuraremos comprenderlo”, para así experimentar orgullo y disfrute por la oportunidad y el privilegio de cumplir Sus mitzvot.
El cambio estuvo en el enfoque. Las mitzvot eran las mismas; lo que cambió fue la manera de abordarlas y de entender qué significa una mitzvá. Al principio respondieron: “Haremos”, porque estamos obligados; después de todo, Hashem realizó enormes milagros para salvarnos innumerables veces.
Pero después de que Moshé habló con ellos, su enfoque cambió: “Haremos las mitzvot porque reconocemos que son una hermosa oportunidad y un inmenso mérito que Hashem nos concede para acercarnos a Él” (pues mitzvá también implica vínculo y conexión). Así, la mitzvá se cumple con alegría, entusiasmo y vitalidad, y no sólo por deber u obligación.
Cuando el joven DovBer salió de la habitación de su padre, se encontró con el jasid Rev Shmuel Munkes, quien le preguntó:
—¿Qué te dijo tu padre, el Rebe?
Con picardía, el niño respondió:
—Mi padre dijo que los misnagdim respondieron “Naasé”, mientras que los jsidim respondieron “Naasé venishmá”.
***
Para explicar lo que entiendo de su respuesta, relataré algo que contó en una ocasión el Rav Joseph B. Soloveitchik (conocido comúnmente como el Rabino J. B. Soloveitchik).
Mi padre contrató para nosotros distintos melamdim (maestros). Uno de ellos era un jasid y, aunque mi padre le había indicado que no nos enseñara el Tania, lo hacía en secreto. Una vez, mi padre entró inesperadamente en la habitación; el melamed intentó ocultarlo, pero mi padre notó cómo guardaba el Tania y le advirtió que debía dejar de enseñarlo. Sin embargo, mi abuelo le dijo que continuara, pues era importante que lo estudiáramos.
Yo notaba que los melamdim provenían de comunidades y enfoques distintos, y quise comprender por mí mismo cuál era la diferencia entre jasidim y litvish (misnagdim). Después de todo, observaba que ambos eran meticulosos en cada mitzvá. Así que profundicé más, hasta darme cuenta de que el melamed litvish cumplía cada mitzvá con el mismo sentimiento de obediencia —kabalat ol— y santidad. Bailaba en Simjat Torá porque hay una mitzvá de bailar, y ayunaba en Iom Kipur porque es una mitzvá ayunar.
En cambio, el melamed jasidí bailaba en Simjat Torá porque estaba genuinamente alegre; y en Iom Kipur se percibía en él una profunda introspección.
Alguien podría preguntar: ¿qué diferencia hay entre cumplir una mitzvá con alegría interior o simplemente cumplirla porque eso es lo que Hashem quiere?
Esto puede comprenderse a través de la conocida historia de Reb Gavriel Noiseh Jein —Rav Gavriel, quien “hallaba gracia” ante los ojos de todos los demás.
Gavriel era una persona acomodada, que ayudaba a otros con mano abierta y entregaba sumas importantes cada vez que un emisario venía a recolectar fondos en nombre del Rebe.
Aunque parecía tenerlo todo y mostrarse feliz, en lo personal estaba quebrado y afligido: ya habían pasado quince años desde su matrimonio y aún no habían sido bendecidos con hijos. Más aún, cada vez que mencionaba esto al Rebe y pedía una bendición, el Rebe no le respondía con una berajá explícita.
Con el tiempo, tampoco su prosperidad material perduró. La rueda de la fortuna giró y cayó en una pobreza extrema.
Aceptó su nueva situación sin queja alguna, agradeciendo a Hashem por los años de bienestar que había disfrutado, y continuó su vida como si nada hubiera cambiado.
Un día regresó del Shul y su esposa notó en su rostro una expresión sombría.
—Gavriel —le dijo con suavidad—, ¿por qué estás tan afligido? ¿Acaso no me has dicho siempre que todo lo que Hashem hace es para bien y que Él es el Juez verdadero?
—Tienes razón, querida esposa —respondió—. No estoy triste porque ya no podamos comprar los alimentos o las ropas que antes podíamos permitirnos. Hoy noté que un emisario del Rebe vino a recolectar fondos y está evitando acercarse a mí, porque sabe que ya no tengo dinero para enviar al Rebe.
Hashem es justo en Sus actos y sabe que no merezco riqueza. Pero ¿por qué debe verse afectado el pobre que necesita desesperadamente la tzedaká que yo solía dar? ¿Por qué ha de sufrir él por mis carencias?
Y Gavriel suspiró profundamente.
Su esposa reflexionó un momento y luego dijo:
—Aún me queda una joya. La empeñaré y el dinero que recibamos se lo entregarás al Rebe.
De inmediato buscó la joya, la llevó a la casa de empeños y recibió a cambio algunas monedas de cobre.
Pero entonces pensó: este es el último objeto de valor que poseemos; quién sabe si volveremos a tener el mérito de dar tzedaká. Al menos, que lo hagamos de la manera correcta.
Tomó arena y comenzó a frotar y pulir cada moneda para que brillara y se viera presentable. Sin darse cuenta, sus lágrimas comenzaron a fluir y se mezclaron con la arena mientras pulía las monedas, hasta que estas resplandecieron con intensidad.
Como el emisario del Rebe continuó su viaje hacia otras ciudades y pensaba regresar en algunos días, Reb Gavriel decidió llevar personalmente las monedas al Rebe. Temía que en el transcurso de esos días pudiera verse tentado a utilizarlas para comprar algo de comida para él y su esposa.
Cuando entregó al Rebe las monedas envueltas en un pañuelo, el Rebe le preguntó por qué se había tomado la molestia de traerlas él mismo, en vez de dárselas al emisario.
Reb Gavriel entonces le explicó su verdadera situación. El Rebe abrió el pañuelo y notó cuán intensamente brillaban las monedas. Gavriel le relató lo que su esposa había hecho.
El rostro del Rebe se iluminó de alegría y dijo:
—Las mujeres donaron sus espejos de cobre, y Moshé los utilizó para construir el kiyor en el patio del Mishkán.
Luego bendijo a Rav Gavriel para que hallara gracia ante los ojos de los demás y le prometió que se volvería más rico que antes. Le aconsejó dedicarse al comercio de piedras preciosas. Finalmente concluyó:
—Por la pureza del acto de tu esposa, serán bendecidos con descendencia.
Amigos míos, esa es la recompensa de cumplir una mitzvá con alegría y entusiasmo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario