A comienzos de la década de los '60 se instauró la costumbre de que un grupo de bojurim (estudiantes) provenientes de Eretz Israel viajara para estudiar junto al Rebe durante un año. Para aquellos bojurim que tenían el mérito de integrar la "kvutze" (el grupo), aquello significaba la concreción de un anhelo profundo: por fin podían ver al Rebe con sus propios ojos, no a través de una fotografía —o de un video, algo muy poco común en aquellos tiempos—, sino estar realmente en su presencia, verlo y escucharlo.
Uno de los que llegó en esos primeros años fue un joven cuyos padres habían crecido en Rusia, en la región de Poltava. En su hogar se hablaba a menudo de distintos aspectos del Jotzer del Rebe, donde además de su casa se encontraban la sinagoga, la yeshive y otros edificios.
Si bien estaba emocionado más allá de toda descripción por haber alcanzado este enorme zejut (mérito) de ver al Rebe y estar cerca de él, sentía que su deseo aún no estaba completo. Anhelaba también ver y conocer la casa del Rebe, tal como su padre y su abuelo habían visto la casa del Frierdiker Rebe y del Rebe Rashab.
Su fortuna fue que uno de sus parientes cercanos tenía, de vez en cuando, el mérito de ayudar en la casa del Rebe. Se dirigió a este pariente y le pidió —casi como una exigencia— que por favor lo llevara a la casa del Rebe la próxima vez que fuera. Para su decepción, su primo le respondió:
—Lo siento, pero no funciona así. Nadie, absolutamente nadie, puede entrar en la casa sin el permiso explícito de la Rebetzin. Sin embargo, hay ocasiones en las que se me permite llevar a alguien, y eso ocurre cuando hay un trabajo que no puedo realizar solo.
—Dado que eres pariente mío —continuó—, la próxima vez que se presente una situación así, le pediré a la Rebetzin permiso para traer a alguien de confianza que me ayude.
Esto lo dejó conforme, pues comprendió que su familiar estaba haciendo todo lo posible por ayudarlo, pero de una manera correcta y apropiada.
Pasó algún tiempo —quizás semanas o meses— hasta que su pariente se le acercó y le dijo:
—Mañana habrá una entrega en la vereda de un aire acondicionado para la casa del Rebe. Como no puedo ingresarlo solo, le pedí permiso a la Rebetzin para traer a alguien que me ayude, y ella accedió. Así que prepárate para tal hora.
El bojur se sentía en el séptimo cielo: por fin tendría el mérito y la oportunidad de entrar en la casa del Rebe.
A la hora indicada llegó y ayudó a su pariente a llevar el aparato al interior de la casa y a colocarlo junto a la ventana donde sería instalado al día siguiente. Mientras caminaba, sus ojos recorrían cada rincón, intentando absorber y grabar en su memoria todo lo que pudiera de las pocas habitaciones que alcanzó a ver.
Cuando estaban a punto de retirarse, la Rebetzin entró en la habitación y le preguntó:
—Vemen’s bist du? —¿Quiénes son tus padres?
Al mencionar los nombres, la Rebetzin comentó:
—Recuerdo que cuando yo estaba creciendo y se hablaba de los jsidim de la región de Poltava, se mencionaba a tu familia.
Luego continuó, dirigiéndose a ambos:
—Bojurim’laj… —jóvenes— dejé algo de comida en la cocina. Yo no estaré allí, para que no se sientan incómodos al comer.
No sabe por qué, pero por alguna razón aquel bojur sintió que debía responder, y dijo:
— Fui criado en un 'jasidishe shtup' (en un hogar jasídico), y me enseñaron que no se debe comer en la casa del Rebe.
[Nota del autor: probablemente quiso decir que no hay que sentirse demasiado cómodo allí, o, en otras palabras, recordar que el Rebe es Rebe y no simplemente un gran tzadik.]
La Rebetzin respondió con serenidad:
— Yo también fui criada en un hogar jasídico, y me enseñaron —o mi padre me enseñó— que cuando entramos en la casa de alguien, debemos dejar una Broje, es decir, recitar una bendición.
Naturalmente, entraron a la cocina y dijeron las brajot correspondientes.
"Desde entonces y hasta el día de hoy, cada vez que entro/visito la casa de otra persona, me aseguro de decir una brajá allí."
*
En el iortzait de la Rebetzin, esta historia nos recuerda cómo, con una sola frase y un gesto de sensibilidad jasídica, dejó grabada una enseñanza eterna: que incluso en lo más simple — entrar a una casa y recitar allí una Broje— se revela la nobleza y la santidad de un verdadero hogar judío.
Fuente: Rev Sholom Avtzon
©JasidiNews
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