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domingo, 22 de febrero de 2026

El Lejem Hapanim en Tzfat


Un relato realmente conmovedor acerca de la grandeza de la Emuná temimá, la fe sencilla y pura, está traído en varios Sforim acerca de uno de los anusim que llegó desde Portugal y fijó su residencia en la ciudad santa de Tzfat.

Cierta vez, escuchó a uno de los Rabanim de la ciudad, en su derashá, hablar acerca del Lejem HaPanim, que era ofrecido en el Beit HaMikdash cada Shabat. El rabino suspiró profundamente y exclamó:

—Y ahora, debido a nuestros numerosos pecados, lamentablemente no contamos con eso, no contamos con algo así sobre lo que pueda reposar la abundancia y Hashpaá que otorgaba el Lejem Hapanim…

Aquellas palabras penetraron en el corazón de aquel yehudí como fuego sagrado. Con la inocencia de un niño y la sinceridad de una neshamá que había sufrido por su fe, regresó a su casa y le pidió a su esposa:

—Cada viernes prepárame dos Jalot, dos hogazas de pan, con harina que haya sido tamizada trece veces. Amasa la masa en pureza, con sumo esmero y belleza, y hornéala bien en nuestro horno.

Su intención era simple y absoluta: llevarlas ante el Hejal de Hashem. Acercarlas al Aron Hakodesh del Beit Hakneset. Quizá el Todopoderoso las aceptaría. Quizá se apiadaría de él y recibiría su ofrenda.

Así lo hizo su esposa. Cada viernes, el hombre tomaba las dos Jalot aún tibias, las llevaba al Beit Hakneset y las colocaba con reverencia ante el Arón HaKodesh. Allí permanecía largo rato, suplicando con lágrimas:

—Ribono Shel Olam, acepta mi pan con agrado. Que Te sea placentero. Que Te sea dulce. Que encuentre gracia ante Ti…

Hablaba como un hijo que se confía plenamente en su padre. Luego se retiraba, dejando su presente ante el Rey del mundo.

El Shamesh de la sinagoga, al llegar para ordenar el lugar, encontraba aquellas dos magníficas hogazas. Sin hacer preguntas, las tomaba y se alegraba con ellas como quien se alegra en tiempo de cosecha. Y así ocurrió cada viernes.

Por la noche, tras Arvit, el yehudí pashut corría nuevamente a la sinagoga. Se acercaba con el corazón palpitante al Arón HaKodesh… y al no encontrar allí el pan, su rostro se iluminaba con una alegría indescriptible.

Volvía a su casa radiante y decía a su esposa:

—¡Alabanzas y agradecimiento a Hakadosh Baruj Hu! No despreció la aflicción del pobre. Aceptó el pan… ¡y lo comió caliente! No te descuides jamás en prepararlo. Si no tenemos oro ni plata para honrarlo, al menos ofrezcámosle aquello que vemos que Le es grato. Es nuestro deber darle Najat Ruaj (satisfacción) con estos panes.

Y así siguió durante un tiempo, continuó con esta santa costumbre, con pureza y constancia.

Pero un viernes ocurrió lo inesperado. El rabino cuya Derashá había despertado aquella iniciativa se encontraba en la sinagoga, sobre la bimá, preparando su sermón para Shabat. El anús entró como siempre, con las Jalot en sus manos y el corazón rebosante de emoción. Se acercó al Heijal y comenzó a rezar, sin advertir la presencia del rabino.

El rabino escuchó todo. Vio su fervor. Oyó sus palabras. Y, en lugar de conmoverse, se alteró profundamente.
Llamó al hombre y lo reprendió con dureza:

—¡Tonto que sos! ¡Probablemente es el Shamesh quien se lleva el pan cada semana! ¿Acaso Hakadosh Baruj Hu come o bebe? ¡ Atribuir corporeidad al Creador es un grave error. Y siguió dándole Musar ante lo que le parecía una conducta totalmente inaceptable e inútil. 

En ese momento entró el shamash. El rabino lo llamó y le ordenó que explicara la verdad. El shamash confesó sin vergüenza que él se llevaba las Jalot cada viernes.

Al oírlo, el anús rompió en llanto. Su mundo se derrumbó. Con voz entrecortada suplicó:

—Perdóneme, rabino. Creí cumplir una Mitzvá. Pensé dar satisfacción al Creador… y, según lo que me dice, he errado.

Mientras aún hablaban, llegó un emisario especial del santo Itzjak Luria —el Arí HaKadosh— convocando al rabino de inmediato.

Cuando el rabino se presentó ante el Arí, éste le dijo con solemnidad:

—Ve a tu casa y deja todo dispuesto; prepara tu testamento. El decreto ya fue proclamado en el Shamaim.

El rabino, pálido, preguntó temblando:

—¿Cuál es mi falta?¿Qué hice?!

El Arizal le respondió:

— Desde el día que se destruyó el Beit HaMikdash, no hubo para el Creador un Najat Ruaj como el que tuvo cuando este anús, este yehudí pashut traía sus dos Jalot con sencillez absoluta, creyendo con pureza total que Hashem las recibía. Y tú anulaste ese contento. Por haber interrumpido esa ofrenda nacida de la fe más pura, fue decretada tu muerte. Y no hay forma de anular el decreto.

El rabino regresó a su casa, escribió su testamento y, efectivamente, pocos días después, en Shabat Kodesh, a la hora en que debía disertar su derashá ante la congregación, devolvió su alma al Creador, conforme a la palabra que le había sido dicha por el Tzadik.

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Este relato nos deja una enseñanza que estremece el corazón: Hakadosh Baruj Hu no busca sofisticación ni erudición vacía. Lo que más Le es preciado es la pureza del corazón, la fe simple, sincera y sin cálculos.

A veces, aquello que parece ingenuidad ante los ojos humanos… es, en los Cielos, el mayor de los tesoros

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