AdSense

martes, 25 de agosto de 2026

Cuando la Neshamá comenzó a cantar - 20 de Av


A primera vista, nada hacía pensar que era judío. Llevaba la cabeza descubierta, el rostro completamente afeitado y vestía como los cantantes de ópera de la Rusia de aquellos años. Era el famoso Sr. Liber, un reconocido tenor de la década de 1930.

Sin embargo, en lo más profundo de su corazón nunca olvidó quién era. Era un descendiente de Rabí Abraham "HaMalaj", hijo del Maguid de Mezritch. Durante el resto del año ocultaba cuidadosamente su identidad judía, pues manifestarla podía costarle su carrera e incluso atraer la atención de la policía secreta soviética. Pero cuando llegaban los Iamim Noraím, regresaba a su pueblo, al Shul.

Los empleados estatales recibían un mes de vacaciones al año. Muchos Jazanim aprovechaban ese permiso para hacerlo coincidir con las Altas Fiestas. Para evitar sospechas, viajaban a ciudades lejanas.

Así fue como, en uno de los días de Elul, el Sr. Liber llegó a Yekatrinoslav (actual Dnipro) y se ofreció como jazán para Rosh Hashaná y Iom Kipur.

En aquella ciudad vivía una numerosa comunidad judía, aunque el régimen soviético había cerrado casi todas las sinagogas. Solo una permanecía abierta, oficialmente porque sus fieles eran obreros y artesanos: el gabai era sastre, el tesorero zapatero, y así sucesivamente. Allí rezaba también el gran rabino de la ciudad, Rabí Levi Itzjak Schneerson, padre del Rebe de Lubavitch.

Al mismo tiempo llegó otro candidato para el puesto de jazán: un hombre de aspecto claramente judío, descendiente de la prestigiosa familia rabínica Shapiro de Slavita. Ambos explicaron que deseaban profundamente rezar en un ambiente judío y que habían elegido Yekatrinoslav por la extraordinaria personalidad y valentía de su rabino.

Los dirigentes comunitarios los enviaron ante Rabí Levi Itzjak.

Con su mirada penetrante, el rabino comprendió enseguida que, para el Sr. Liber, el jazanut no era, en ese momento, más que un medio de ganarse la vida. Sin embargo, decidió pasar por alto ese detalle. Sabía que incluso un judío alejado, cuando se le brinda la oportunidad de derramar su alma en la Tefilá, deja aflorar todos los sentimientos que había guardado durante el año.

Aceptó a ambos como jazanim para los Iamim Noraím y también para Sucot, recordándoles la enorme responsabilidad que tenían: despertar el corazón del pueblo mediante la tefilá y fortalecer el sentimiento judío de cada asistente.

Al llegar Rosh Hashaná surgió un grave problema. Muchos judíos habían sido obligados por las autoridades soviéticas a presentarse a trabajar incluso en Rosh Hashaná y en Iom Kipur. Desconsolados, acudieron al rabino buscando una solución.

Rabí Leví Itzjak organizó un primer minián que comenzaba muy temprano por la mañana y concluía exactamente a las ocho. Así, quienes no tenían otra opción podían rezar y luego dirigirse inmediatamente a sus trabajos.

Inspirados por la grandeza espiritual del rabino, los dos jazanim desempeñaron su tarea con una emoción indescriptible. Sus plegarias brotaron de lo más profundo del alma y conmovieron a todos los presentes.

Al acercarse Iom Kipur, otra preocupación ocupaba la mente de Rabí Levi Itzjak. En muchas sinagogas existía la costumbre de apresurar las tefilot y terminar Neilá antes de la verdadera salida del día. De esa manera, mucha gente comenzaba a comer o realizaba trabajos mientras Iom Kipur aún no había concluido.

El rabino habló discretamente con los jazanim y les pidió prolongar las plegarias. Aunque algunos feligreses protestaban, ellos continuaron rezando lentamente. De ese modo, Neilá concluyó apenas unos instantes antes de la salida de Iom Kipur, evitando que muchos quebrantaran el ayuno antes de tiempo.

Después del ayuno, le costaba a Rab Levi Itzjak despedirse de la santidad del día. Tras beber una taza de té, reunía a quienes deseaban escucharlo en un farbrenguen que se prolongaba hasta altas horas de la noche.

Hablaba, una y otra vez, del inmenso valor de una Neshamá Iehudí. En especial recordaba a aquellos judíos obligados a trabajar durante las Altas Fiestas.

"Cuando terminaron su jornada laboral y llegaron para Neilá, el Shul estaba completamente lleno. No pudieron entrar y tuvieron que quedarse rezando en la calle, agotados por el ayuno y tras haber caminado largas distancias, con el corazón destrozado por haber sido obligados a trabajar en Rosh Hashaná y en Iom Kipur. Allí permanecieron, rezando con un quebranto imposible de describir."

Mientras relataba aquella escena, Rab Levi Itzjak rompió a llorar desconsoladamente. Al mismo tiempo expresó la inmensa satisfacción que provocaba en el Cielo el despertar espiritual de esos judíos y repetía emocionado:
"¡Vengan y vean lo que es un Iehudí!"

Los dos jazanim permanecieron junto al Rab también durante Sucot y Simjat Torá.

Durante las noches del Jag, quienes deseaban celebrar se reunían en su casa. Al principio entraban con temor, por miedo a los ojos de los informantes soviéticos. Pero una vez dentro quedaban completamente absorbidos por la inmensa alegría que irradiaba el Rab, hasta olvidar el mundo exterior.

Al regresar a sus hogares, ambos escribieron una carta de agradecimiento a la Rebetzin Jana, esposa de Rabí Leví Itzjak.

En ella describieron un fenómeno que jamás habían presenciado: mientras el Rab bailaba con una alegría desbordante en Simjat Torá, al mismo tiempo derramaba lágrimas interiores imposibles de describir.

El Sr. Liber confesó que el cambio espiritual que había experimentado durante aquellas semanas en Yekatrinoslav era fruto del encuentro con Rabí Leví Itzjak. La calidez, la profundidad de sus enseñanzas y la intensidad con la que vivía cada mitzvá habían despertado en él una parte de su alma que creía dormida.



Fuente: Sijat Hashavua #1129
©JasidiNews

No hay comentarios:

Publicar un comentario