“Esta es una hora de Etz Ratzón (oportuna, de favor Divino)”, cruzó por la mente del jasid Rabí Abraham Bartzuner. Había llegado desde la ciudad de Gómil, en el sudeste de Bielorrusia, para celebrar Purim de 5686 (1926) junto al Rabí Yosef Itzjak Schneersohn, el sexto Rebe de Lubavitch.
Eran días oscuros y difíciles. El régimen comunista actuaba con brutalidad para erradicar todo lo que sea religión en toda la Unión Soviética. Los Talmud Torá eran clausurados. Las mikvaot eran cerradas. La shejitá kasher estaba prohibida. Realizar un brit milá constituía un grave delito. Rabinos y difusores de Torá eran enviados a Siberia; muchos fueron ejecutados.
El Rebe asumió el liderazgo precisamente en esa época tan crítica. Actuó con todas sus fuerzas para preservar la llama judía en la Unión Soviética. Bajo su instrucción se estableció una red clandestina jasídica en todo el país, dedicada a sostener la vida judía.
Las autoridades seguían de cerca sus pasos. En su casa de Rostov realizaron un minucioso registro y estuvieron a punto de arrestarlo. Finalmente, la policía aceptó no encarcelarlo con la condición de que trasladara su residencia a Leningrado, donde podrían vigilarlo mejor.
Pero también allí el Rebe continuó trabajando por el judaísmo, plenamente consciente del peligro que implicaba su actividad. En ese clima se reunieron los jasidim en su casa para el farbrenguen de Purim.
En cierto momento, Rev Abraham se acercó al Rebe.
—Pido una broje para lograr salir de Rusia y poder ascender a Eretz Israel —solicitó.
La respuesta del Rebe fue breve y enigmática:
—Debes hacer aquí una Tierra de Israel.
Rabí Abraham no comprendió el sentido de aquellas palabras. Entonces el Rebe hizo un gesto con la mano en dirección a la sala de yejidut (audiencia privada). Entendió que estaba siendo convocado a una entrevista personal en la que el Rebe aclararía su intención. En efecto, inmediatamente después de Purim ingresó a yejidut. Al salir, se negó a revelar lo que se le había dicho y regresó de inmediato a su ciudad.
Pasaron unos tres años. Las autoridades cerraban cada vez más yeshivot, y sus alumnos debían dispersarse a otras ciudades. Uno de los estudiantes mayores —que también actuaba como maestro y guía— era Rev Mendel Futerfas, quien tiempo después sería condenado a diez años de prisión en Siberia y más tarde se convertiría en uno de los mashpiim más reconocidos.
En aquel entonces se le encomendó acompañar a un grupo de jóvenes que fueron enviados a estudiar a Gómil. El responsable local era Rev Abraham Bartzuner. Alojaba a cada joven en una casa diferente y se ocupaba de proveerles alimento y libros. El lugar de estudio era la sinagoga, y el propio Rev Mendel se hospedaba en la casa de Rev Abraham.
Ambos se acercaron mucho y se hicieron amigos. Rev Abraham no temía compartir con Rabí Mendel incluso asuntos personales. En una ocasión, Rev Mendel le preguntó qué había ocurrido en aquel yejidut con el Rebe.
—Esto fue lo que me dijo el Rebe —respondió finalmente Rev Abraham—: “Debes ayunar un ‘taanit hafsaká’ durante tres días consecutivos, desde el domingo hasta el martes por la noche. El tercer día, antes de romper el ayuno, sube a la Bimá de la sinagoga de tu ciudad y volcá todo lo que hay en tu corazón. Comenzá a trabajar; se reunirán a tu alrededor algunos avrejim (jóvenes casados) y respetarán lo que les digas”.
—Así lo hice —continuó relatando—. Tras el ayuno de interrupción subí a la bimá de la sinagoga y volqué la amargura de mi corazón ante el público. Les dije:
“¡Escuchen, judíos! Tal vez pueda comprenderse que profanen el Shabat. Ustedes alegan que no tienen alternativa y que deben llevar sustento a sus hogares.
“¡Pero cómo consienten enviar a sus hijos a las escuelas comunistas! ¡Con ello los entregan a la apostasía! ¡No quedará quien diga Kadish por ustedes! Por esto se debe entregar la vida literalmente. ¡Es un ‘yehareg ve’al yaavor’ (debe uno dejarse matar antes que transgredir)!”.
Rabí Abraham agregó que apenas logró terminar sus palabras, pues los gabbaim se acercaron alarmados para retirarlo de la bimá, temiendo que declaraciones así provocaran el cierre de la sinagoga y el castigo de todos los presentes.
—Pero después —continuó— varios padres jóvenes se acercaron a mí y establecimos una nueva red clandestina. Abrimos un jéder para niños, fijamos clases de Torá en Shulján Aruj y en Ein Yaakov para adultos, e incluso comencé a dictar una clase de Tania.
Rev Mendel solía relatar con admiración la figura de Rev Abraham. No estaba dotado de talentos extraordinarios, pero en la clase de Tania que impartía se sentaban incluso los eruditos de la ciudad, pues percibían la verdad que irradiaba de él.
Durante muchas horas al día, Rev Abraham recorría la ciudad reuniendo fondos para la yeshivá. El resto del tiempo lo dedicaba a difundir judaísmo y jasidut con entrega diaria y sacrificada. En sus momentos libres estudiaba Mishnaiot y se sustentaba con unas pocas rebanadas de pan.
El Shemá antes de dormir le tomaba cerca de dos horas. Entre abundantes lágrimas hacía un profundo analísis e introspección por sus “faltas” y “transgresiones”.
Rev Mendel contó que en cierta ocasión le preguntó por qué se lamentaba tanto, siendo que toda su vida estaba consagrada a sostener la Torá y el judaísmo con abnegación.
—Incluso tus momentos libres están plenamente aprovechados; no hay un solo instante desperdiciado. Entonces, ¿por qué lloras tanto? —le preguntó.
Rabí Abraham respondió en voz baja:
—Sí, hacemos, hacemos…
Y de pronto exclamó con voz firme:
—¡Pero todo esto huele a ieshus, a ego y orgullo personal!…
(Basado en relatos de Rabí Mendel).