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miércoles, 7 de enero de 2026

Jesed shel Emet - Historia contada por Rab Zonnenfeld

En el sefer “Esh al HaJomá” está traída una historia maravillosa, transmitida por el gaón Rab Iosef Jaim Zonenfeld זצ"ל, acerca de un 'jésed shel emet', una bondad auténtica realizada con aquellas neshamot que ya partieron de este mundo, y cómo del Shamaim mismo se recompensó a quien la llevó a cabo, aun cuando en el momento de hacerlo no albergaba expectativa alguna de retribución.

Durante muchos años vivió en Ierushalaim una mujer honorable y temerosa de Hashem, dueña de un negocio bien establecido. Con constancia y discreción destinaba una suma fija e importante de Tzedaká a una ieshivá, con un fin específico: para que se dijera allí el Kadish por las almas solitarias de Israel —ya fuera porque no dejaron hijos, o porque aun habiéndolos dejado nadie decía Kadish por ellos— y para ello había preparado una lista ordenada con los nombres de personas de la ciudad cuyas neshamot necesitaban que alguien se alzara a decir Kadish por ellas.

Pasaron los años, y la suerte de esta señora cambió: su esposo falleció, y con su partida se resquebrajó también el sustento que ambos habían construido. El negocio decayó, los ingresos se redujeron, y la situación económica de la casa se volvió cada vez más precaria. Día tras día, la mujer luchaba por mantener su hogar, y sobre su corazón pesaba, como una piedra, la preocupación por el futuro de sus dos hijas, que ya habían llegado a la edad de casarse.

Todo ello lo aceptó la mujer con silencio y fortaleza. No se escuchó de sus labios queja ni reproche; aceptó el decreto con emuná y entereza. Sin embargo, había una pena que la afligía más que todas: ya no tenía con qué continuar su donación a la ieshivá, y tendría que interrumpir la recitación del Kadish por aquellas almas abandonadas.

Con el corazón oprimido, se dirigió a los directivos de la ieshivá y les suplicó que continuaran diciendo el Kadish aun sin la contribución que solía entregarles. Prometió que, con la ayuda del Creador, cuando la rueda del sustento volviera a girar, retomaría su apoyo como antes.

El Rosh Yeshivá escuchó sus palabras y comprendió la profundidad de su rectitud: nada pedía para sí, nada lamentaba por su propia carencia, sino únicamente la suerte de aquellas neshamot. Conmovido, le prometió que continuarían diciendo el Kadish tal como hasta entonces.

La mujer salió de la ieshivá con el corazón ligero. Una calma profunda descendió sobre ella, como si hubiese sido liberada de su mayor carga. Aunque su pobreza seguía siendo grande y el futuro de sus hijas incierto, confió todo en Hakadosh Baruj Hu, Padre de huérfanos y Juez de viudas, seguro de que Él no abandonaría a quienes confían en Él.

Y sucedió que, justo al salir de la ieshivá en su camino a su casa, se encontró con un anciano judío cuyo rostro irradiaba nobleza y distinción. El anciano se acercó y la saludó con respeto. La mujer se sorprendió, pues jamás lo había visto antes.

El anciano se interesó por su situación y la de su familia. La mujer suspiró y, con palabras sencillas, le relató su difícil realidad: cómo en otros tiempos había vivido con holgura, cómo desde el fallecimiento de su esposo luchaba por sostener su hogar, y cómo no tenía siquiera lo mínimo necesario para los casamientos de sus dos hijas.

— *¿Cuánto es lo que necesita para cubrir los gastos de sus bodas?* —preguntó el anciano.

La mujer se sorprendió por la pregunta, pero mencionó la suma aproximada.

Sin decir más, el anciano sacó de su bolsillo un cheque del banco local y escribió en él exactamente el monto que ella había indicado. Antes de firmarlo, pidió que se llamara a dos jóvenes de la ieshivá para que fueran testigos de su firma. Firmó el cheque ante ellos y luego firmó también en un papel aparte, para que quedara constancia de su firma.

*Los dos testigos —relató Rab Iosef Jaim Zonnenfeld— éramos yo y mi compañero, el gaón Rab Iehudá Grinwald,* autor del Sefer “Zijrón Iehudá”.

El anciano entregó el cheque a la mujer y le indicó que, a la mañana siguiente, se presentara sin demora en el banco para cobrarlo. Todo aquello le resultaba incomprensible: ¿qué vínculo podía haber entre ella y aquel desconocido, para que actuara con una generosidad tan extraordinaria? Aun así, obedeció sus palabras.

A la mañana siguiente, se presentó temprano en el banco. Cuando el empleado examinó el cheque, palideció. Volvió a mirarlo una y otra vez, y luego a la mujer. Sin decir palabra, le pidió que aguardara y se dirigió al despacho del director y presidente del banco. Al ver el cheque, el director del banco cayó de su silla y perdió el conocimiento.

La conmoción fue grande. Los empleados, temiendo un engaño, condujeron a la mujer a una oficina lateral.

Poco después, el director recobró el sentido y pidió ver a la mujer.

—¿Cuándo recibió este cheque? —preguntó con voz temblorosa.
—Ayer —respondió ella—. Me lo entregó un hombre mayor, y lo firmó ante dos testigos.

El director le preguntó entonces si podría reconocer al hombre que le había entregado el cheque, y mandó traer varias fotografías de distintos ancianos. La mujer las observó una a una, con atención, hasta que señaló una de ellas con absoluta certeza y dijo:
—Este es el hombre.

El director ordenó de inmediato que se pagara el cheque.

Luego explicó, conmovido, lo sucedido:
*El hombre que le entregó el cheque es mi padre, que falleció hace diez años.* Anoche se me apareció en un sueño y me dijo: “Desde que te apartaste del camino (de la Torá y Mitzvot) te casaste con una mujer no judía y no te ocupaste de decir el Kadish por mí, mi alma no halló descanso. Hasta que una mujer desconocida pidió que se dijera Kadish por almas solitarias, sin quien dijera Kadish por ellas. *El mérito de ese Kadish se alzó en favor de mi alma.* Mañana, esa mujer llegará a tu banco con un cheque que le entregué para cubrir todos los gastos del casamiento de sus dos hijas”.

Al despertar, conté el sueño a mi esposa, pero ella se burló de mis palabras y no les dio crédito alguno. Ahora, al ver el cheque con la firma de mi padre y al escuchar que fue reconocido sin duda alguna, comprendí que el sueño era verdadero.

A raíz de este suceso, el director del banco regresó en Teshuvá completa. Su esposa se convirtió conforme a la halajá, y juntos tuvieron el mérito de edificar un hogar fiel en Israel.

***

La mujer no pidió por sí, no reclamó por su pobreza ni por el futuro incierto de sus hijas.
Pidió únicamente que no se interrumpiera el Kadish por almas solitarias.
Y justamente ese olvido de sí misma fue lo que abrió para ella las puertas de la salvación.




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