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domingo, 12 de abril de 2026

Mi encuentro con el Rebe - Daniel Levin

11 de Nisan

En el mes de Kislev de 5737 (1976), viajé desde Sídney, Australia —donde nací— para encontrarme con el Rebe en Nueva York —relata Daniel Levin, quien hoy divide su tiempo entre Australia y Ierushalaim.

Esto ocurrió unos dos años y medio después de un terrible accidente automovilístico que le costó la vida a mi padre, Eliahu, de bendita memoria. Llevaba dentro de mí las secuelas de aquel evento traumático y me sentía confundido respecto a cómo continuar mi vida. Recordaba lo que mi padre me había dicho cuando yo era niño:
“El Rebe es un gran líder del pueblo judío. Si alguna vez sientes que algo supera tus fuerzas, escríbele o ve a verlo y pídele su consejo”.

“A mi padre le oí decir: ve a verlo y pídele su consejo”.

Tenía diecinueve años cuando me encontré con el Rebe. Antes de la audiencia escribí una carta de dos páginas en la que describía mi situación y le planteaba una serie de preguntas.

Mi primera preocupación era mi madre. Ella había sido testigo directo del accidente y había entrado en un estado de shock, lo que hoy se conoce como trastorno de estrés postraumático. Le pregunté al Rebe qué debía hacer para ayudarla y si podía transmitirle palabras de consuelo de su parte.

En respuesta, el Rebe habló durante unos minutos sobre la mitzvá de honrar a los padres, y agregó:
“Cuando regreses a casa, dile a tu madre que me visitaste, y que dije que el mayor consuelo para una madre judía es ver que su hijo continúa el camino de su padre y se apega al cumplimiento de la Torá. Cuando actúes de ese modo, traerás consuelo al alma de tu padre y también aliviarás el dolor de tu madre”.

Otra serie de preguntas se refería a mi futuro. Mi padre era dueño de una farmacia, y yo dudaba si estudiar la carrera (farmacéutico), ingresar a una ieshivá o incluso dedicarme al jazanut (canto litúrgico).

Antes de responder, el Rebe me dijo:
“Quisiera preguntarte sobre el fallecimiento de tu padre. Supongo que te resulta doloroso, pero creo que es importante que hables de ello”.

Le conté que ocurrió un Motzaei Shabat. Mis padres solían salir a tomar un café en ese momento. De regreso a casa, mi padre se detuvo en la farmacia. Ya estaba volviendo al auto cuando un conductor que viajaba a más de 140 km/h lo atropelló con gran violencia.

Me resultó extremadamente difícil relatar todos estos detalles. Hasta ese momento no lo había hablado con nadie. Amaba profundamente a mi padre y lo extrañaba intensamente. Solo después de ese encuentro comprendí que estaba atravesando una depresión. El Rebe probablemente lo percibió y por eso quiso que hablara.

No es fácil para una persona traumatizada compartir sus sentimientos. Necesita a alguien que escuche con paciencia y sin juzgar, alguien ante quien pueda abrir su corazón. Hasta entonces no lo había logrado; en cambio, había reprimido mis emociones concentrándome en las necesidades de mi madre.

El Rebe dijo que lo más urgente era asegurar el sustento de la familia, que dependía de la farmacia, y por eso me recomendó inscribirme en estudios de farmacia. Así lo hice y, aunque no obtuve el título formal, dirigí el negocio durante cerca de una década.

El Rebe añadió que, si bien no podía indicarme que estudiara en la ieshivá a costa del sustento familiar, enfatizó que no debía renunciar a fijar tiempos para el estudio de la Torá.
“Lo que se requiere de ti es conocer y cumplir todas las halajot necesarias”.

Me asustó la magnitud de los volúmenes del “Shulján Aruj” que imaginé que tendría que estudiar. Entonces el Rebe sacó de su cajón un ejemplar del “Kitzur Shulján Aruj” y me preguntó:
“¿Tienes este libro?”
Lo tenía, y ya lo había estudiado en varias ocasiones.

Sosteniendo el libro en su mano, el Rebe dijo:
“A lo largo de tu vida, recuerda que este libro te indica exactamente cómo debes conducirte. Solo necesitas estudiarlo bien y vivir de acuerdo con él”.

La imagen del Rebe sosteniendo el “Kitzur Shulján Aruj” quedó grabada en mi memoria y me ayudó a seguir por el camino correcto.

Para concluir, el Rebe me dijo:
“Me contaste todos los consejos que recibiste de otros, pero no mencionaste qué es lo que tú mismo deseas. ¿Hay algo que realmente quieras?”

Respondí:
“Lo único que quiero es ver la llegada del Mashíaj. Hay demasiado sufrimiento en el mundo”.
Y añadí con profunda emoción:
“Y cuando llegue el gran día de Tejiat Hametim, quiero ver a mi padre y correr hacia él lo más rápido que pueda, abrazarlo y besarlo, y decirle cuánto lo amo y cuánto lo extraño. Eso es todo lo que quiero”.

Al terminar estas palabras estaba tan desbordado emocionalmente que me desplomé en el suelo y perdí el conocimiento. Cuando abrí los ojos, el rabino Leibel Groner, secretario del Rebe, me ayudó a ponerme de pie.

Al levantarme, vi al Rebe sentado junto a su escritorio, con la cabeza inclinada. No podía ver su rostro, pero parecía que su cuerpo temblaba. Finalmente alzó la vista y se secó los ojos. Me sorprendió ver que el Rebe estaba llorando. Me dolió pensar que yo había causado su llanto.

Intenté disculparme, pero el Rebe dijo:
“No hay ninguna necesidad de disculparse. Es la primera vez en mi vida que escucho a un judío decir que su único deseo es que venga el Mashíaj”.

Al finalizar el yejidut, las últimas palabras del Rebe hacia mí fueron:
“Que Hashem te bendiga”.
Luego se incorporó ligeramente de su silla y repitió:
“Sí, que Hashem te bendiga”.


*

Yud Alef Nisán celebramos el nacimiento del Rebe, un día que no es solo conmemorativo, sino profundamente transformador.

El Rebe enseñó que un cumpleaños es un momento de renovación espiritual, un tiempo propicio para tomar החלטות טובות — buenas resoluciones — en el estudio de la Torá, el cumplimiento de las mitzvot y el fortalecimiento de nuestra misión en el mundo.

Que podamos llevar inspiración de esta historia a la práctica, agregando en Torá, mitzvot y אהבת ישראל, y así convertirnos en eslabones vivos en la cadena que el Rebe continúa impulsando.


Fuente: Basado en una entrevista para JEM en el verano de 5784 (2024)

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