Hace cincuenta años, en Purim 5736 (1976), ocurrió esta impresionante historia que no quedó como un recuerdo del pasado, sino como una enseñanza viva y palpitante. Medio siglo después, su mensaje no sólo no perdió vigencia, sino que parece más actual que nunca.
En el año 5736 (1976), los jóvenes de Tzeirei Agudat Jabad en Ierushalaim organizaron la actividad de Purim, que incluía, entre otras cosas, llegar a la mayor cantidad posible de soldados en las bases militares, llevarles Mishloaj Manot, alegría y las demás mitzvot del Jag.
El rabino Iosef Itzjak Gurevitz (hoy Mashpía en la ieshivá Yeshivat Tomjei Tmimim Migdal HaEmek) fue asignado al grupo que viajó a alegrar a soldados en la zona de Shomrón.
A las 8:30 de la mañana salió de Ierushalaim el camión militar modelo “Dodge” y tomó la salida de Nevé Yaakov hacia la carretera número 60, que conduce a Ramala y Al-Bireh, y de allí a Shejem. En esa zona hay dispersas numerosas bases militares e instalaciones de seguridad, y hacia ellas se dirigían los ocupantes del camión.
En la cabina iban el conductor y otro soldado que acompañaba a los pasajeros; en la parte trasera viajaban los jasidim de Jabad.
De pronto el gran camión se detuvo con un chirrido. Un olor a quemado llenó el aire y humo negro penetró hacia adentro. Los jasidim no entendían por qué se había detenido el camión, hasta que vieron al soldado asomarse por la parte trasera con el rostro pálido.
—Jevre, una alta barrera de piedras bloquea nuestro camino y también hay neumáticos ardiendo que cortan la carretera. Multitudes de árabes están alrededor y comienzan a acercarse hacia nosotros. Tenemos que regresar.
No es de extrañar que todos entraran en tensión. Aún estaban atónitos cuando de pronto se oyó un golpe: una piedra cayó sobre el costado del camión. Tras la primera, llegaron decenas más de piedras y rocas. El soldado montó su arma y disparó una ráfaga. Por un breve instante la multitud retrocedió, pero enseguida recobró ánimo y continuó corriendo ladera abajo hacia el camión.
Entonces el rabino Gurevitz, joven que acababa de llegar del Rebe en Nueva York, se dirigió al soldado y le dijo con firmeza jasídica:
—¡No regresamos, seguimos adelante!
El soldado lo miró sorprendido.
—Volvemos atrás —repitió—. Cargo la responsabilidad sobre ustedes.
Gurevitz insistió:
—Si tú vuelves, yo me bajo y me quedo aquí.
—¿Qué? —preguntó el soldado, atónito.
Gurevitz explicó con gran seriedad:
—Tengo un “seguro” excelente. Estoy en Eretz Israel por un Shlijut del Rebe. También este viaje en el camión es por misión del Rebe, y el Rebe nos dijo antes de salir que todo lo que le ocurra a los enviados recae “sobre mí y sobre mi cuello”. Él asume plena responsabilidad por todo. Por eso no tengo miedo.
Tras un intercambio de palabras, el soldado se convenció. El conductor volvió a encender el camión, apretó a fondo el acelerador, aplastando la barrera de piedras en llamas. La multitud enfurecida continuó arrojando piedras y rocas, pero finalmente el camión siguió su camino hasta llegar a una base militar cercana. Allí los jóvenes descendieron, colocaron tefilín con los soldados y “hicieron sameaj” como corresponde.
Esa misma noche, el rabino Gurevitz se apresuró a llamar a la secretaría del Rebe para informar sobre lo sucedido.
A las 4:30 de la madrugada, el rabino Gurevitz se despertó y corrió, junto con muchos otros jasidim, para escuchar el farbrenguen de Purim del Rebe en transmisión en vivo. Comenzó el farbrenguen, la primera sijá trató temas del día. Tras un nigún vino la segunda sijá, y entonces el Rebe dijo —para asombro de Gurvitz, que estaba sentado en Ierushalim escuchando a esa hora temprana—:
"Hace poco me llegó una noticia desde Eretz Hakodesh sobre un suceso que expresa lo anteriormente dicho, que es en esencia el contenido de la Meguilá: cuando un judío camina con firmeza en su judaísmo y no lo piensa dos veces, sino que, por el contrario, cumple en la práctica lo que se le exige, entonces tiene éxito sin sufrir daño ni causar daño —no sólo a judíos sino también a no judíos."
"Dado que hubo una petición [la del Rebe a sus jasidim de salir en “Mivtza Purim”] de llevar mishloaj manot junto con una “palabra de Purim” y mensajes de inspiración en el espíritu de la Meguilá —cuyo contenido es que no hay que intimidarse por las 127 provincias del rey Ajashverosh, sino al contrario, “no se arrodillará ni se inclinará”, y por ello “para los judíos hubo luz” etc.—. Y la petición fue ir especialmente a aquellos judíos que tienen el mérito de defender con su propio cuerpo Eretz Hakodesh,, pues están apostados en ciertos lugares donde es necesario infundir temor, y por el solo hecho de estar allí (con armas, etc.) impiden que ocurran hechos indeseables."
"Y contar y explicar a esos judíos que “el Santo, bendito sea, nos salva de sus manos” y que “el Guardián de Israel no dormita ni duerme”, aunque en realidad esos mismos judíos lo viven día a día y no necesitan explicación."
"Y como es costumbre de los judíos: cuando oyen de la posibilidad de llevar a otro judío una buena noticia —ánimo y fortalecimiento espiritual—, y más aún a uno que protege con su cuerpo la Tierra Santa, se esfuerzan en ello al máximo.
Por eso, en el día de Purim salió una caravana de varios shlujim hacia Shjem, para llegar a los soldados que servían allí. Como recientemente había disturbios, se unieron a la caravana un conductor y un hombre del ejército.
Cuando ya estaban a cierta distancia antes de Shejem, descubrieron que residentes árabes del lugar, que querían impedir que llegaran nuevos suministros o soldados y judíos a la ciudad, habían bloqueado la carretera con tierra, árboles y piedras. Además, al costado del camino se habían apostado varios “seres humanos” — árabes.
Cuando el conductor vio esto, pensó: ¿para qué asumir responsabilidad por los enviados y por las “cosas alegres” que llevan consigo (vino que alegra y “palabras de alegría”)? Mejor que la misión se haga en otro lugar con otras personas. Pero los Shlujim le respondieron con sencillez: puesto que tenemos la misión de alentar a judíos y alegrarlos con la alegría de Purim, y contarles que
לַיְּהוּדִים הָיְתָה אוֹרָה וְשִׂמְחָה וְשָׂשֹׂן וִיקָר!
“para los judíos hubo luz, alegría, regocijo y honor” —y no sólo “a posteriori”, en el pasado, sino
כֵּן תִּהְיֶה לָנוּ!
“así será para nosotros”, no sólo en una región sino en “ciento veintisiete provincias”—, no hay que tomar en cuenta una barrera de “tierra, árboles y piedras”, ni tampoco árabes que no son dueños de elección, y no ocurrirá nada.
Después de que los jasidim convencieron a los hombres del ejército de no preocuparse por su misión y seguir adelante, así fue: continuaron el viaje, y todo el incidente no dañó a nadie, ni a Bnei Israel ni a árabes. Llegaron a los soldados, hubo allí un purím'dike farbrenguen muy alegre —como corresponde a Purim—, y regresaron sanos y salvos, alegres y con buen corazón, a Ierushalaim, Ir Hakodesh…"
El Rebe continuó:
—Este relato es un ejemplo vivo de un suceso ocurrido en este Purim 5736: al principio surgieron impedimentos y obstáculos del reino inanimado, vegetal y “hablante”, pero cuando se va en misión del Santo, bendito sea, a alegrar a otro judío con la alegría de una mitzvá —la alegría de Purim—, entonces “para los judíos hubo luz, alegría, regocijo y honor”, según su interpretación: “honor” son los tefilín, que los shlujim colocaron con algunos soldados que por alguna razón aún no los habían puesto ese día, y también “luz, alegría, regocijo y honor” en su sentido simple y literal.
—Los árabes residentes de Shjem vieron que nadie pretendía pelear con ellos, sino que judíos en la Tierra Santa querían conducirse como la Torá sagrada exige; y cuando llega Purim y el judío sabe que Shjem pertenece a los judíos desde tiempos inmemoriales —y sobre ella dijo Iaakov a Iosef “la tomé con mi espada y con mi arco”—, es evidente que también en Shjem debe celebrarse Purim con alegría. Y más evidente aún que nadie puede impedirlo a un judío —por supuesto, por caminos pacíficos y sin dañar a nadie.
—Y el hecho de que se informó de esto a Estados Unidos [es decir, a la secretaría del Rebe] no fue para contar una bonita historia, sino conforme a la enseñanza del Baal Shem Tov: cuando un judío ve u oye algo, es seguro que encierra una instrucción personal para su conducta hoy, mañana y pasado mañana.
—Y la enseñanza de esta historia es clara: si alguien viene a “contar” que hay 127 no judíos que hablan en nombre de 127 reyes (la mayoría de los cuales, según una opinión del Talmud, eran “un rey necio”, y si hay algunos según la otra opinión, probablemente no pueden expresar otra postura… pues de lo contrario no permitirían hacer tonterías), el judío debe ser sabio por medio de la Torá, “que es vuestra sabiduría y vuestro entendimiento”; no sólo en la sinagoga, sino —como continúa el versículo— “a ojos de los pueblos”. Entonces se anulan todos los “bloqueos”, incluso si allí hay personas, pues “el corazón de los reyes está en manos de Hashem” y “cayó el temor de los judíos sobre ellos”; también en la Tierra Santa, hasta cumplirse “daré paz en la tierra y dormiréis sin que nadie os atemorice”, y como continúa el versículo: “y os conduciré erguidos” —que por el hecho de que el judío espera que “nos conduzca erguidos”, habrá “daré paz en la tierra”.
כֵּן תִּהְיֶה לָנוּ!
*
En aquellos días, el Rebe mostró cómo la firmeza judía, cuando nace de la emuná y de la conciencia de estar en shlijut, no es imprudencia sino claridad; no es temeridad sino ביטחון אמיתי. Un judío que camina con decisión, cumpliendo la misión que Hashem le encomendó, puede atravesar incluso “bloqueos de piedras y fuego” y transformarlos en luz y alegría de Purim.
Cincuenta años después, cuando el mundo vuelve a presentar desafíos y “127 provincias” intentan intimidar, esta historia nos recuerda que la respuesta no es retroceder, sino avanzar con identidad, con orgullo y con alegría de mitzvá. Porque cuando un judío va con la fuerza de su judaísmo —y sabe Quién lo envía—, los obstáculos se disuelven y “ליהודים היתה אורה ושמחה וששון ויקר” vuelve a cumplirse, una vez más, ante nuestros ojos