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domingo, 12 de abril de 2026

2 pequeñas anécdotas de Seudat Mashíaj con el Rebe

En la tradición de Jabad, Seudat Mashíaj de Ajarón Shel Pesaj no es simplemente una comida más de Yom Tov, sino un momento de profunda conexión con la Gueulá. Nuestros Rebes enseñaron que, en estas horas finales de Pesaj, ilumina ya una chispa de la redención futura. Por eso, participamos de manera concreta y física: comiendo matzá y bebiendo cuatro copas de vino. No es solo un símbolo, sino una vivencia real que nos impregna de emuná —fe viva— en la llegada del Mashíaj y en la inminente Gueulá.


En el año 5726(1966), Reb Avraham Popack estaba internado en estado crítico, y los médicos habían programado una operación para el día después de Pesaj. En el farbrenguen de Ajarón Shel Pesaj, el Rebe le entregó a su hijo, Reb Shmuel Aizik Popack, algunos trozos de matzá para que se los llevara.

Al día siguiente, tras comer la matzá, la operación fue cancelada y, de manera sorprendente, comenzó a recuperarse.

En ese mismo farbrenguen, el Rebe habló sobre la importancia de beber las cuatro copas, preguntando a varios presentes si habían cumplido con su “cuota”. Entre ellos estaba un joven, Avraham Moshe Daitch. El Rebe le preguntó varias veces si había bebido las cuatro copas, hasta que finalmente lo hizo, lo cual causó gran satisfacción al Rebe.

Poco después, en Shavuot, el padre del joven, Reb Shalom Yeshaya Daitch, sufrió un grave ataque cardíaco. Informaron al Rebe, quien le dio una brajá para una pronta recuperación. Para Yud-Beis Tamuz, ya estaba lo suficientemente bien como para participar del farbrenguen. Al acercarse al Rebe con una botella de mashke y decirle: “Baruj Hashem, me recuperé”, el Rebe respondió: “No te recuperaste ahora, sino en Ajarón Shel Pesaj, cuando tu hijo bebió las cuatro copas…”.

Esta historia nos permite vislumbrar hasta qué punto estas acciones —aparentemente simples— tienen un alcance profundo y real.


*

En otra ocasión, el Rebe relató que su suegro, el Rebe Yosef Itzjok Schneersohn, en Ajarón Shel Pesaj, indicaba bailar el “baile de Mashíaj”. Este baile, explicó el Rebe, puede entenderse de dos maneras: como una preparación para la llegada del Mashíaj, o como un baile en el que el propio Mashíaj ya participa.

Y concluyó: si depende de nosotros, elegimos la segunda interpretación —la mejor—: que el Mashíaj baila con nosotros.

Luego, el Rebe indicó entonar el nigún “Nye Zhuritsye Kjloptsi” (“No se preocupen, amigos”) y bailar el “baile de Mashíaj”, teniendo en mente ambas ideas a la vez.

Así, la Seudat Mashíaj no queda como un concepto abstracto o lejano, sino como algo que vivimos, comemos, bebemos y hasta bailamos. Y de allí nos llevamos una certeza fortalecida: que la Gueulá no es solo una creencia, sino una realidad que ya comienza a revelarse —y que, con nuestras acciones, podemos traer de manera inmediata ממש.

13 de Nisan - Hilula (Iortzait) del Tzemaj Tzedek



Un grupo de soldados judíos estaba destinado en un campamento del ejército ruso situado cerca de la ciudad de Lubavitch. Esta ubicación les permitía mantener un nivel razonable de vida judía: podían conseguir comida kosher y, de vez en cuando, rezar con minian en Shabat.

Para su gran pesar, recibieron la noticia de que su unidad sería trasladada. Como si esto no fuera suficiente, el traslado tendría lugar justamente en las cercanías de la festividad de Pésaj. Según el plan de su comandante, durante Pésaj estarían en plena marcha hacia el interior de Rusia, lejos de toda comunidad judía.

Angustiados, los soldados decidieron buscar el consejo del Tzemaj Tzedek, y enviaron a uno de ellos como emisario a Lubavitch. Este le expuso la situación, destacando especialmente las enormes dificultades que tendrían para observar las leyes de Pésaj durante el viaje.

—Les sugiero que se acerquen a su capitán con una ruta alternativa —respondió el Rebe—. Explíquenle que el camino que ha planeado presenta varios inconvenientes. Dado que las ciudades en su itinerario están separadas por más de una jornada de viaje, se verán obligados a acampar por la noche en campo abierto.

—Propónganle una ruta diferente: que pase por Rusia Blanca, deteniéndose en Orsha, Shklov, Kapust y Mohilev. Las distancias más cortas entre estas ciudades harán el trayecto mucho más conveniente para todos. Y ustedes, por supuesto, podrán acceder a las comunidades judías de esos lugares.

Luego añadió:

—También tengo una petición personal. Es muy probable que estén en Shklov durante los primeros días del Iom Tev. Cuando vayan al Shul en la víspera de Pésaj, alguien los invitará a su casa. Acepten la invitación para el séder y las comidas festivas. Sin embargo, si los invitan a dormir allí, discúlpense y pasen la noche en el Shul conocido como “el Shul Verde”.

—En los últimos días de Pésaj estarán en Mohilev. Allí también acepten las invitaciones para las comidas festivas, pero insistan en dormir en la casa de huéspedes comunitaria.

El Tzemaj Tzedek concluyó sus indicaciones y bendijo al soldado antes de despedirlo. Al regresar al campamento, el emisario transmitió fielmente sus palabras a sus compañeros.

Uno de los soldados expresó el sentir de todos:

—El consejo es excelente… pero ¿cómo vamos a atrevernos a sugerírselo? El comandante se ofenderá profundamente si siquiera insinuamos que su plan no es perfecto.

Durante varios días debatieron el asunto. Dudaban en acercarse a su comandante, conocido por su carácter irascible. Sin embargo, la proximidad de la fecha de partida finalmente los obligó a actuar. Confiando en la broje del Rebe, presentaron la ruta alternativa.

Para su sorpresa, el comandante no solo no se ofendió, sino que quedó impresionado.

—Su propuesta es muy buena. ¿Cómo es posible que simples soldados hayan ideado algo así? —preguntó, incrédulo.

—Para decir la verdad, señor comandante —respondieron—, no es idea nuestra, sino el consejo de un gran sabio: el Tzemaj Tzedek.

Siguiendo el nuevo plan, la tropa se encontró efectivamente en Shklov en la víspera de Pésaj. A los soldados judíos se les concedieron dos días de licencia, y corrieron a la sinagoga local para organizarse para la festividad. Todos fueron cordialmente invitados a distintas casas.

Después del séder, el soldado que había recibido las instrucciones del Rebe se preparó para marcharse. A pesar de la insistencia de su anfitrión, se disculpó y se dirigió al “Shul Verde”, donde encontró un rincón y se dispuso a dormir.

Al poco tiempo, fue despertado por suspiros y gemidos que provenían de la otra punta del Shul. Solo entonces notó a un anciano encorvado sobre una mesa, visiblemente angustiado. El soldado se acercó y le preguntó con suavidad:

—¿Por qué está tan afligido? ¿Puedo ayudarlo?

—¿Ayudarme? —respondió el hombre con amargura—. Vuelva a dormir y déjeme en paz.

El soldado se retiró, respetando su deseo. Pero los lamentos continuaban y le impedían conciliar el sueño. Finalmente, volvió a acercarse:

—Por favor, comparta conmigo su pena. Tal vez pueda aliviar su dolor.

Conmovido por la sinceridad del joven, el hombre comenzó a relatar:

—Soy viudo y me casé con una mujer mucho más joven que yo. Pensé que sería un matrimonio tranquilo, pero se convirtió en una pesadilla. A las pocas semanas llegó una orquesta itinerante al pueblo. Uno de los músicos entabló amistad con mi esposa, y antes de que pudiera darme cuenta, ambos huyeron juntos llevándose todo mi dinero.

—No tengo ingresos, ni hogar, ni idea de qué hacer. Por eso duermo aquí, en la sinagoga.

El soldado intentó consolarlo:

—Nunca se sabe… quizá pueda ayudarlo. Nuestra unidad se dirige hacia el interior de Rusia y pasaremos por muchos pueblos. Descríbame a su esposa y a ese hombre. Tal vez los encuentre en el camino. Haré todo lo posible por ayudarlo.

El anciano describió a ambos, y tranquilizado por la compasión del soldado, finalmente se quedó dormido.

La tropa continuó su viaje durante Jol Hamoed y, tal como había anticipado el Tzemaj Tzedek, llegaron a Mohilev en la víspera de los últimos días del Jag. Nuevamente, los soldados judíos recibieron permiso y aceptaron invitaciones en casas locales.

Una vez más, el soldado se retiró por la noche y fue a dormir a la casa de huéspedes comunitaria, tal como se le había indicado.

En medio de la noche, un gran alboroto lo despertó. Un grupo de viajeros había llegado para pasar allí la noche. Para su asombro, entre ellos había un hombre y una mujer que coincidían exactamente con la descripción que había escuchado en Shklov.

A la mañana siguiente, antes de que los recién llegados despertaran, el soldado corrió a la casa del rabino de la ciudad y golpeó la puerta con urgencia.

—Perdón por molestarlo, Rabino, pero hay un asunto urgente.

Le relató rápidamente la historia del anciano de Shklov y añadió:

—Creo que he encontrado a su esposa fugitiva y a su cómplice.

El rabino actuó de inmediato: contactó a las autoridades, y ambos fueron arrestados. El dinero y los objetos robados fueron recuperados y, después del Jag, el rabino se ocupó de gestionar el divorcio.

*

A veces, una persona cree que ciertos detalles “no son tan importantes” —como dónde dormir, o cómo organizar un viaje—, pero cuando uno se conecta con un Rebe y sigue sus indicaciones con fidelidad, incluso en los aspectos que parecen secundarios, descubre que todo está guiado con una precisión extraordinaria.

El consejo del Tzemaj Tzedek no solo permitió a los soldados cuidar Pésaj, sino que también los convirtió en emisarios para hacer justicia y ayudar a otro judío en un momento de gran dolor.

Y lo mismo ocurre con el Séder de Pésaj: hay pasos, costumbres y detalles que a simple vista pueden parecer técnicos o incluso sin sentido, pero en realidad cada uno de ellos encierra una profundidad inmensa y forma parte de un orden Divino exacto. Justamente en esos “detalles” se revela la esencia de la mitzvá.

Mi encuentro con el Rebe - Daniel Levin

11 de Nisan

En el mes de Kislev de 5737 (1976), viajé desde Sídney, Australia —donde nací— para encontrarme con el Rebe en Nueva York —relata Daniel Levin, quien hoy divide su tiempo entre Australia y Ierushalaim.

Esto ocurrió unos dos años y medio después de un terrible accidente automovilístico que le costó la vida a mi padre, Eliahu, de bendita memoria. Llevaba dentro de mí las secuelas de aquel evento traumático y me sentía confundido respecto a cómo continuar mi vida. Recordaba lo que mi padre me había dicho cuando yo era niño:
“El Rebe es un gran líder del pueblo judío. Si alguna vez sientes que algo supera tus fuerzas, escríbele o ve a verlo y pídele su consejo”.

“A mi padre le oí decir: ve a verlo y pídele su consejo”.

Tenía diecinueve años cuando me encontré con el Rebe. Antes de la audiencia escribí una carta de dos páginas en la que describía mi situación y le planteaba una serie de preguntas.

Mi primera preocupación era mi madre. Ella había sido testigo directo del accidente y había entrado en un estado de shock, lo que hoy se conoce como trastorno de estrés postraumático. Le pregunté al Rebe qué debía hacer para ayudarla y si podía transmitirle palabras de consuelo de su parte.

En respuesta, el Rebe habló durante unos minutos sobre la mitzvá de honrar a los padres, y agregó:
“Cuando regreses a casa, dile a tu madre que me visitaste, y que dije que el mayor consuelo para una madre judía es ver que su hijo continúa el camino de su padre y se apega al cumplimiento de la Torá. Cuando actúes de ese modo, traerás consuelo al alma de tu padre y también aliviarás el dolor de tu madre”.

Otra serie de preguntas se refería a mi futuro. Mi padre era dueño de una farmacia, y yo dudaba si estudiar la carrera (farmacéutico), ingresar a una ieshivá o incluso dedicarme al jazanut (canto litúrgico).

Antes de responder, el Rebe me dijo:
“Quisiera preguntarte sobre el fallecimiento de tu padre. Supongo que te resulta doloroso, pero creo que es importante que hables de ello”.

Le conté que ocurrió un Motzaei Shabat. Mis padres solían salir a tomar un café en ese momento. De regreso a casa, mi padre se detuvo en la farmacia. Ya estaba volviendo al auto cuando un conductor que viajaba a más de 140 km/h lo atropelló con gran violencia.

Me resultó extremadamente difícil relatar todos estos detalles. Hasta ese momento no lo había hablado con nadie. Amaba profundamente a mi padre y lo extrañaba intensamente. Solo después de ese encuentro comprendí que estaba atravesando una depresión. El Rebe probablemente lo percibió y por eso quiso que hablara.

No es fácil para una persona traumatizada compartir sus sentimientos. Necesita a alguien que escuche con paciencia y sin juzgar, alguien ante quien pueda abrir su corazón. Hasta entonces no lo había logrado; en cambio, había reprimido mis emociones concentrándome en las necesidades de mi madre.

El Rebe dijo que lo más urgente era asegurar el sustento de la familia, que dependía de la farmacia, y por eso me recomendó inscribirme en estudios de farmacia. Así lo hice y, aunque no obtuve el título formal, dirigí el negocio durante cerca de una década.

El Rebe añadió que, si bien no podía indicarme que estudiara en la ieshivá a costa del sustento familiar, enfatizó que no debía renunciar a fijar tiempos para el estudio de la Torá.
“Lo que se requiere de ti es conocer y cumplir todas las halajot necesarias”.

Me asustó la magnitud de los volúmenes del “Shulján Aruj” que imaginé que tendría que estudiar. Entonces el Rebe sacó de su cajón un ejemplar del “Kitzur Shulján Aruj” y me preguntó:
“¿Tienes este libro?”
Lo tenía, y ya lo había estudiado en varias ocasiones.

Sosteniendo el libro en su mano, el Rebe dijo:
“A lo largo de tu vida, recuerda que este libro te indica exactamente cómo debes conducirte. Solo necesitas estudiarlo bien y vivir de acuerdo con él”.

La imagen del Rebe sosteniendo el “Kitzur Shulján Aruj” quedó grabada en mi memoria y me ayudó a seguir por el camino correcto.

Para concluir, el Rebe me dijo:
“Me contaste todos los consejos que recibiste de otros, pero no mencionaste qué es lo que tú mismo deseas. ¿Hay algo que realmente quieras?”

Respondí:
“Lo único que quiero es ver la llegada del Mashíaj. Hay demasiado sufrimiento en el mundo”.
Y añadí con profunda emoción:
“Y cuando llegue el gran día de Tejiat Hametim, quiero ver a mi padre y correr hacia él lo más rápido que pueda, abrazarlo y besarlo, y decirle cuánto lo amo y cuánto lo extraño. Eso es todo lo que quiero”.

Al terminar estas palabras estaba tan desbordado emocionalmente que me desplomé en el suelo y perdí el conocimiento. Cuando abrí los ojos, el rabino Leibel Groner, secretario del Rebe, me ayudó a ponerme de pie.

Al levantarme, vi al Rebe sentado junto a su escritorio, con la cabeza inclinada. No podía ver su rostro, pero parecía que su cuerpo temblaba. Finalmente alzó la vista y se secó los ojos. Me sorprendió ver que el Rebe estaba llorando. Me dolió pensar que yo había causado su llanto.

Intenté disculparme, pero el Rebe dijo:
“No hay ninguna necesidad de disculparse. Es la primera vez en mi vida que escucho a un judío decir que su único deseo es que venga el Mashíaj”.

Al finalizar el yejidut, las últimas palabras del Rebe hacia mí fueron:
“Que Hashem te bendiga”.
Luego se incorporó ligeramente de su silla y repitió:
“Sí, que Hashem te bendiga”.


*

Yud Alef Nisán celebramos el nacimiento del Rebe, un día que no es solo conmemorativo, sino profundamente transformador.

El Rebe enseñó que un cumpleaños es un momento de renovación espiritual, un tiempo propicio para tomar החלטות טובות — buenas resoluciones — en el estudio de la Torá, el cumplimiento de las mitzvot y el fortalecimiento de nuestra misión en el mundo.

Que podamos llevar inspiración de esta historia a la práctica, agregando en Torá, mitzvot y אהבת ישראל, y así convertirnos en eslabones vivos en la cadena que el Rebe continúa impulsando.


Fuente: Basado en una entrevista para JEM en el verano de 5784 (2024)

El Mesirut Nefesh para llevar la alegría y las Mitzvot de Purim a los Jaialim - La firmeza de un Sheliaj

Hace cincuenta años, en Purim 5736 (1976), ocurrió esta impresionante historia que no quedó como un recuerdo del pasado, sino como una enseñanza viva y palpitante. Medio siglo después, su mensaje no sólo no perdió vigencia, sino que parece más actual que nunca.



En el año 5736 (1976), los jóvenes de Tzeirei Agudat Jabad en Ierushalaim organizaron la actividad de Purim, que incluía, entre otras cosas, llegar a la mayor cantidad posible de soldados en las bases militares, llevarles Mishloaj Manot, alegría y las demás mitzvot del Jag.

El rabino Iosef Itzjak Gurevitz (hoy Mashpía en la ieshivá Yeshivat Tomjei Tmimim Migdal HaEmek) fue asignado al grupo que viajó a alegrar a soldados en la zona de Shomrón.

A las 8:30 de la mañana salió de Ierushalaim el camión militar modelo “Dodge” y tomó la salida de Nevé Yaakov hacia la carretera número 60, que conduce a Ramala y Al-Bireh, y de allí a Shejem. En esa zona hay dispersas numerosas bases militares e instalaciones de seguridad, y hacia ellas se dirigían los ocupantes del camión.

En la cabina iban el conductor y otro soldado que acompañaba a los pasajeros; en la parte trasera viajaban los jasidim de Jabad.

De pronto el gran camión se detuvo con un chirrido. Un olor a quemado llenó el aire y humo negro penetró hacia adentro. Los jasidim no entendían por qué se había detenido el camión, hasta que vieron al soldado asomarse por la parte trasera con el rostro pálido.

—Jevre, una alta barrera de piedras bloquea nuestro camino y también hay neumáticos ardiendo que cortan la carretera. Multitudes de árabes están alrededor y comienzan a acercarse hacia nosotros. Tenemos que regresar.

No es de extrañar que todos entraran en tensión. Aún estaban atónitos cuando de pronto se oyó un golpe: una piedra cayó sobre el costado del camión. Tras la primera, llegaron decenas más de piedras y rocas. El soldado montó su arma y disparó una ráfaga. Por un breve instante la multitud retrocedió, pero enseguida recobró ánimo y continuó corriendo ladera abajo hacia el camión.

Entonces el rabino Gurevitz, joven que acababa de llegar del Rebe en Nueva York, se dirigió al soldado y le dijo con firmeza jasídica:

—¡No regresamos, seguimos adelante!

El soldado lo miró sorprendido.

—Volvemos atrás —repitió—. Cargo la responsabilidad sobre ustedes.

Gurevitz insistió:

—Si tú vuelves, yo me bajo y me quedo aquí.

—¿Qué? —preguntó el soldado, atónito.

Gurevitz explicó con gran seriedad:

—Tengo un “seguro” excelente. Estoy en Eretz Israel por un Shlijut del Rebe. También este viaje en el camión es por misión del Rebe, y el Rebe nos dijo antes de salir que todo lo que le ocurra a los enviados recae “sobre mí y sobre mi cuello”. Él asume plena responsabilidad por todo. Por eso no tengo miedo.

Tras un intercambio de palabras, el soldado se convenció. El conductor volvió a encender el camión, apretó a fondo el acelerador, aplastando la barrera de piedras en llamas. La multitud enfurecida continuó arrojando piedras y rocas, pero finalmente el camión siguió su camino hasta llegar a una base militar cercana. Allí los jóvenes descendieron, colocaron tefilín con los soldados y “hicieron sameaj” como corresponde.

Esa misma noche, el rabino Gurevitz se apresuró a llamar a la secretaría del Rebe para informar sobre lo sucedido.

A las 4:30 de la madrugada, el rabino Gurevitz se despertó y corrió, junto con muchos otros jasidim, para escuchar el farbrenguen de Purim del Rebe en transmisión en vivo. Comenzó el farbrenguen, la primera sijá trató temas del día. Tras un nigún vino la segunda sijá, y entonces el Rebe dijo —para asombro de Gurvitz, que estaba sentado en Ierushalim escuchando a esa hora temprana—:

"Hace poco me llegó una noticia desde Eretz Hakodesh sobre un suceso que expresa lo anteriormente dicho, que es en esencia el contenido de la Meguilá: cuando un judío camina con firmeza en su judaísmo y no lo piensa dos veces, sino que, por el contrario, cumple en la práctica lo que se le exige, entonces tiene éxito sin sufrir daño ni causar daño —no sólo a judíos sino también a no judíos."

"Dado que hubo una petición [la del Rebe a sus jasidim de salir en “Mivtza Purim”] de llevar mishloaj manot junto con una “palabra de Purim” y mensajes de inspiración en el espíritu de la Meguilá —cuyo contenido es que no hay que intimidarse por las 127 provincias del rey Ajashverosh, sino al contrario, “no se arrodillará ni se inclinará”, y por ello “para los judíos hubo luz” etc.—. Y la petición fue ir especialmente a aquellos judíos que tienen el mérito de defender con su propio cuerpo Eretz Hakodesh,, pues están apostados en ciertos lugares donde es necesario infundir temor, y por el solo hecho de estar allí (con armas, etc.) impiden que ocurran hechos indeseables."

"Y contar y explicar a esos judíos que “el Santo, bendito sea, nos salva de sus manos” y que “el Guardián de Israel no dormita ni duerme”, aunque en realidad esos mismos judíos lo viven día a día y no necesitan explicación."

"Y como es costumbre de los judíos: cuando oyen de la posibilidad de llevar a otro judío una buena noticia —ánimo y fortalecimiento espiritual—, y más aún a uno que protege con su cuerpo la Tierra Santa, se esfuerzan en ello al máximo.

Por eso, en el día de Purim salió una caravana de varios shlujim hacia Shjem, para llegar a los soldados que servían allí. Como recientemente había disturbios, se unieron a la caravana un conductor y un hombre del ejército.

Cuando ya estaban a cierta distancia antes de Shejem, descubrieron que residentes árabes del lugar, que querían impedir que llegaran nuevos suministros o soldados y judíos a la ciudad, habían bloqueado la carretera con tierra, árboles y piedras. Además, al costado del camino se habían apostado varios “seres humanos” — árabes.

Cuando el conductor vio esto, pensó: ¿para qué asumir responsabilidad por los enviados y por las “cosas alegres” que llevan consigo (vino que alegra y “palabras de alegría”)? Mejor que la misión se haga en otro lugar con otras personas. Pero los Shlujim le respondieron con sencillez: puesto que tenemos la misión de alentar a judíos y alegrarlos con la alegría de Purim, y contarles que 
לַיְּהוּדִים הָיְתָה אוֹרָה וְשִׂמְחָה וְשָׂשֹׂן וִיקָר!
 “para los judíos hubo luz, alegría, regocijo y honor” —y no sólo “a posteriori”, en el pasado, sino 
כֵּן תִּהְיֶה לָנוּ!
“así será para nosotros”, no sólo en una región sino en “ciento veintisiete provincias”—, no hay que tomar en cuenta una barrera de “tierra, árboles y piedras”, ni tampoco árabes que no son dueños de elección, y no ocurrirá nada.

Después de que los jasidim convencieron a los hombres del ejército de no preocuparse por su misión y seguir adelante, así fue: continuaron el viaje, y todo el incidente no dañó a nadie, ni a Bnei Israel ni a árabes. Llegaron a los soldados, hubo allí un purím'dike farbrenguen muy alegre —como corresponde a Purim—, y regresaron sanos y salvos, alegres y con buen corazón, a Ierushalaim, Ir Hakodesh…"


El Rebe continuó:

—Este relato es un ejemplo vivo de un suceso ocurrido en este Purim 5736: al principio surgieron impedimentos y obstáculos del reino inanimado, vegetal y “hablante”, pero cuando se va en misión del Santo, bendito sea, a alegrar a otro judío con la alegría de una mitzvá —la alegría de Purim—, entonces “para los judíos hubo luz, alegría, regocijo y honor”, según su interpretación: “honor” son los tefilín, que los shlujim colocaron con algunos soldados que por alguna razón aún no los habían puesto ese día, y también “luz, alegría, regocijo y honor” en su sentido simple y literal.

—Los árabes residentes de Shjem vieron que nadie pretendía pelear con ellos, sino que judíos en la Tierra Santa querían conducirse como la Torá sagrada exige; y cuando llega Purim y el judío sabe que Shjem pertenece a los judíos desde tiempos inmemoriales —y sobre ella dijo Iaakov a Iosef “la tomé con mi espada y con mi arco”—, es evidente que también en Shjem debe celebrarse Purim con alegría. Y más evidente aún que nadie puede impedirlo a un judío —por supuesto, por caminos pacíficos y sin dañar a nadie.

—Y el hecho de que se informó de esto a Estados Unidos [es decir, a la secretaría del Rebe] no fue para contar una bonita historia, sino conforme a la enseñanza del Baal Shem Tov: cuando un judío ve u oye algo, es seguro que encierra una instrucción personal para su conducta hoy, mañana y pasado mañana.

—Y la enseñanza de esta historia es clara: si alguien viene a “contar” que hay 127 no judíos que hablan en nombre de 127 reyes (la mayoría de los cuales, según una opinión del Talmud, eran “un rey necio”, y si hay algunos según la otra opinión, probablemente no pueden expresar otra postura… pues de lo contrario no permitirían hacer tonterías), el judío debe ser sabio por medio de la Torá, “que es vuestra sabiduría y vuestro entendimiento”; no sólo en la sinagoga, sino —como continúa el versículo— “a ojos de los pueblos”. Entonces se anulan todos los “bloqueos”, incluso si allí hay personas, pues “el corazón de los reyes está en manos de Hashem” y “cayó el temor de los judíos sobre ellos”; también en la Tierra Santa, hasta cumplirse “daré paz en la tierra y dormiréis sin que nadie os atemorice”, y como continúa el versículo: “y os conduciré erguidos” —que por el hecho de que el judío espera que “nos conduzca erguidos”, habrá “daré paz en la tierra”.

כֵּן תִּהְיֶה לָנוּ!

*
En aquellos días, el Rebe mostró cómo la firmeza judía, cuando nace de la emuná y de la conciencia de estar en shlijut, no es imprudencia sino claridad; no es temeridad sino ביטחון אמיתי. Un judío que camina con decisión, cumpliendo la misión que Hashem le encomendó, puede atravesar incluso “bloqueos de piedras y fuego” y transformarlos en luz y alegría de Purim.

Cincuenta años después, cuando el mundo vuelve a presentar desafíos y “127 provincias” intentan intimidar, esta historia nos recuerda que la respuesta no es retroceder, sino avanzar con identidad, con orgullo y con alegría de mitzvá. Porque cuando un judío va con la fuerza de su judaísmo —y sabe Quién lo envía—, los obstáculos se disuelven y “ליהודים היתה אורה ושמחה וששון ויקר” vuelve a cumplirse, una vez más, ante nuestros ojos

Carta del Rebe para Pesaj 5746 - Traducida Pesaj 5786

Carta Rebe Pesaj 5786-2026