Jasidishe Maises, Yortzaits de Tzadikim y Jsidim. Sijot, notas y artículos jasídicos y Kisvei Yad. Videos y Nigunim. Yemei Jabad. Todo en español.
AdSense
martes, 10 de febrero de 2026
15 de Shvat - Rosh Hashaná de los árboles
Nisim Kinuri vivía no lejos de Tiberíades, en una humilde aldea a orillas del lago Kineret, del cual tomó su apellido. Era extremadamente pobre. No poseía campos ni huertos; todo lo que tenía era un único árbol de granadas que se erguía solitario junto a su pequeña casa. El piadoso Reb Nisim solía sentarse a la sombra de sus densas y frondosas ramas y estudiar Torá durante los largos días soleados.
En su temporada, el majestuoso árbol se cubría de frutos: globos de un rojo profundo, jugosos y espléndidos, y toda la familia se llenaba de alegría. La venta de esas granadas constituía su principal fuente de sustento, y aun así siempre quedaba lo suficiente para que ellos mismos disfrutaran de aquel fruto delicioso.
Ya durante las Tres Semanas —en el verano, entre el ayuno del 17 de Tamuz y el de Tishá BeAv— el árbol estaba cargado de frutos. Sin embargo, nadie tomaba ni uno solo hasta después de Tishá BeAv. Solo entonces, una vez concluido el período de duelo, podía comenzar el tiempo de la alegría. Antes de Shabat Najamú Reb Nisim, acompañado por su hijo, se acercaba al árbol y seleccionaba los Bikurím, los frutos más selectos y maduros. En Shabat, con el corazón estremecido por la santidad del momento, recitaba la bendición de Shehejeianu con intensa alegría. Solo entonces probaba, finalmente, el sabor de su producción.
La calidad de las granadas del único árbol de Reb Nisim era conocida en toda la región de Tiberia. Judíos y árabes acudían por igual para comprarlas. Se decía que eran extraordinariamente beneficiosas para la salud: cuanto más se comía de ellas, mejor se sentía uno. Muchas mujeres afirmaban que la compota que preparaban con esas granadas poseía notables cualidades curativas.
Por supuesto, existe un límite a los ingresos que puede generar un solo árbol. Las famosas granadas se vendían a buen precio, pero aun así, con ese dinero Reb Nisim apenas lograba cubrir los gastos mínimos de todo un año para su numerosa familia. En verdad, parecía que tenía casi tantos hijos como granadas producía el árbol. Con el paso del tiempo, los niños crecieron y maduraron, al igual que los frutos del granado. Los años volaron, y sus hijas mayores florecieron en jóvenes hermosas, cuya hora de casarse se acercaba rápidamente. Era imprescindible comenzar a buscarles parejas apropiadas, pero no se veía ni la más remota posibilidad de reunir para cada una una dote respetable, como era la costumbre de aquellos tiempos.
Entonces, para agravar aún más la situación, sobrevino la desgracia. Ya habían comenzado las Tres Semanas, y he aquí que el árbol estaba completamente desnudo de frutos. Sus ramas se inclinaban hacia el suelo, como avergonzadas de lo sucedido.
Pasaron las Tres Semanas, y el espectro del hambre comenzó a alzar su fea cabeza. No había granadas para comer, no había dinero para comprar otros alimentos, y mucho menos para ahorrar con vistas a las dotes. En la víspera de Shabat Najamú, Reb Nisim se paró bajo el árbol y examinó atentamente sus ramas. Si tan solo pudiera encontrar un fruto, aunque fuera uno, para poder recitar la bendición de Shehejeianu, como cada año… Buscó y buscó, con lágrimas asomando a sus ojos: no había ni una sola granada.
De pronto, se le ocurrió una idea.
—Avraham —llamó a su hijo, que ya había alcanzado la edad de bar mitzvá—. Ven, por favor, y súbete al árbol. Tal vez entre las hojas encuentres una granada, y entonces mañana, con la ayuda de Hashem, podremos recitar una Brajá sobre ella.
Avraham era un muchacho vivaz y enérgico. ¡No hacía falta invitación dos veces para trepar a un árbol! En un instante ya estaba entre las ramas. Su padre aguardaba abajo, conteniendo la respiración.
—¡Encontré! ¡Encontré! —gritó Avraham—. ¡Y es una muy buena!
—Baruj Hashem —respondió su padre, lleno de alivio y gratitud.
—¡Otra más! ¡Encontré otra! —anunció el muchacho con entusiasmo.
Pocos momentos después, llamó triunfante diciendo que había descubierto una tercera. Luego descendió, informando que no había más en todo el árbol.
Reb Nisim examinó los tres frutos y quedó asombrado. Eran auténticas joyas: enormes, hermosas, llenas y jugosas. Jamás había visto ejemplares tan magníficos, ni siquiera en su propio árbol en años anteriores.
Mientras aún estaba allí, llegaron varias mujeres de la zona, con grandes canastas en las manos, esperando comprar, como de costumbre, sus excelentes granadas.
—Lo siento —les dijo con tristeza—, este año no tengo para vender. Solo hubo tres frutos.
Les contó que pensaba guardarlos para Tu BiShvat. Las mujeres comprendieron y se solidarizaron con él.
—Que Hashem reponga tu carencia con doble abundancia el año próximo —lo bendijeron, e incluso le pagaron “a cuenta” por la producción del verano siguiente. Él no quería aceptar dinero en tales condiciones, pero ellas insistieron y se lo entregaron.
La familia vivió el Shabat Najamu con un ambiente de gran celebración. Después de recitar el Shehejeianu sobre una de las granadas, probar un poco y darle un trozo a su esposa, Reb Nisim cortó el resto de ese fruto y otra granada en porciones, y las distribuyó equitativamente entre todos los hijos. La tercera la reservó.
Entretanto, la noticia de las tres granadas extraordinarias de Reb Nissim se difundió por toda la región. Se decía que poseían enormes propiedades curativas, ya que concentraban todo el jugo que normalmente estaría repartido entre los frutos de un árbol entero. Día tras día, la gente acudía y ofrecía sumas cada vez mayores por la granada restante. Pero Reb Nisim rechazaba todas las propuestas. Decía que la guardaba para Tu BiShvat.
Incluso su esposa le rogó que la vendiera.
—No tenemos comida en la casa y las chicas necesitan casarse —clamaba entre lágrimas.
Pero Reb Nisim se mantuvo firme. Guardaría el último fruto. Hashem sin duda los ayudaría; no había de qué preocuparse.
Sin embargo, desde entonces su esposa no le dio descanso. Le insistía en que viajara al extranjero para reunir donaciones para las bodas. Reb Nisim se resistió con todas sus fuerzas. No quería beneficiarse de su condición de residente de Eretz Hakodesh, pues sabía que los judíos de la Diáspora, conscientes de las dificultades de vivir en Eretz Israel en aquellos tiempos, sentirían lástima por él. Pero al ver el dolor en los ojos de su esposa y de sus hijas, finalmente cedió y comenzó a planificar el viaje. Para apaciguar su conciencia, decidió que en ningún lugar revelaría su procedencia.
Se despidió de su familia con el corazón oprimido y partió. Recorrió muchas tierras, numerosas ciudades y aldeas. Pero como se negaba a identificarse como oriundo de la Tierra Santa, nadie le prestaba demasiada atención, y apenas logró reunir algo de dinero, pese a que esa era la razón por la que había dejado su hogar.
Finalmente, llegó a Estambul, la capital del Imperio Otomano. Se dirigió directamente a la sinagoga principal. Apenas si alguien notó su entrada: toda la comunidad judía estaba sumida en una profunda angustia. El hijo del sultán estaba gravemente enfermo, y el sultán había llegado a convencerse de que los judíos eran responsables, quizá porque lo habían maldecido. Por ello decretó que, si su hijo no sanaba para una fecha determinada —el quince de Shvat, Tu Bishvat—, expulsaría a todos los judíos de su reino. La amenaza de expulsión pendía sobre la comunidad.
Al concluir las tefilot, toda la congregación permaneció en la sinagoga para recitar Tehilim, esperando así anular el duro decreto. Reb Nisim, por supuesto, se unió a ellos. De pronto, el encargado de la sinagoga se le acercó y le preguntó:
—¿Acaso usted es de Eretz Israel?
Reb Nisim quedó tan sorprendido que apenas pudo hablar.
—¿Cómo lo sabe? —balbuceó al fin.
—Nuestro Rab es un hombre santo —respondió el encargado—. Dijo que percibía en el recinto el aroma de Eretz Israel. Ahora, por favor, dígame su nombre, y lo llevaré a conocerlo.
Lo condujo a una pequeña sala interior y lo presentó al rabino, un anciano venerable y de aspecto distinguido. El rabino le estrechó la mano.
—Hace mucho tiempo que no recibimos aquí a un judío de la Tierra de Israel. ¿Cómo están nuestros hermanos allí?
Reb Nisim seguía conmocionado.
—¿Cómo supo que soy de allí? —preguntó—. ¿Acaso percibió el aroma de la granada que traigo conmigo?
— ¿Traes contigo una granada de Eretz Israel? —exclamó el rabino con emoción.
—Sí, rabí —respondió humildemente—. La he guardado para comerla hoy, en honor a Tu Bishvat. Sería un honor para mí compartirla con usted.
El anciano rabino saltó de su asiento y lo abrazó.
—Hashem te ha enviado aquí, hijo mío —dijo con entusiasmo—, para salvar a los judíos de nuestra ciudad del decreto de expulsión que se cierne sobre nosotros.
Y le explicó: la noche anterior habían realizado el seder y los tikuním de Tu Bishvat según la costumbre sefaradí. Al estudiar profundamente el significado de las tres categorías de frutos, la palabra רימונים (granadas) comenzó a latir ante sus ojos. Finalmente comprendió que allí se ocultaba la clave de la salvación. Las letras de rimoním formaban un acróstico:
רפואת מלך ובנו, נסים יביא מהרה
Refuat Melej Ubenó Nissim Yaiví Meherá —“La curación del rey y de su hijo será traída rápidamente mediante milagros”.
—Y ahora vienes tú, cuyo nombre es Nisim, “milagros” —concluyó el rabino—. No es casualidad. A través de ti, Hashem realizará el milagro que nos salvará. Vamos de inmediato al palacio.
Conmocionado y confundido, Reb Nissim acompañó al rabino ante el sultán. Fueron conducidos de inmediato a su presencia. El sultán clamaba desesperado:
—¡Salven a mi hijo! ¡Si lo hacen, los cubriré de oro y seré bueno con los judíos por el resto de mi vida!
Los llevaron a la habitación del príncipe, que yacía pálido e inconsciente. Reb Nisim sacó la granada de su bolsa y la partió con cuidado. A pesar de tener seis meses, estaba fresca y jugosa, como recién cortada. Exprimió unas gotas en una pequeña copa y las hizo pasar por la garganta del joven.
En cuanto el jugo fue ingerido, el príncipe abrió los ojos. Con más gotas, comenzó a recobrar fuerzas, hasta sentarse. ¡La enfermedad había desaparecido!
El sultán, fuera de sí de alegría, besó sus manos.
— ¡Han salvado la vida de mi hijo!
—He guardado media granada para Tu bishvat, para poder recitar la Brajá —susurró Reb Nissim al rabino.
Reb Nisim regresó a la Tierra de Israel cargado de oro y plata. Y cuando finalmente llegó a su hogar, lo primero que vio fue el viejo granado frente a su casa, repleto nuevamente de relucientes frutos rojos.
Fuente: Yerajmiel Tilles
*
Cuando un judío se aferra con fe simple a una mitzvá, aun en los momentos de mayor escasez, Hashem convierte un solo fruto en fuente de bendición para muchos, y de esa fidelidad nace la salvación.
Sium HaRambam y comienzo de un nuevo ciclo de estudio
Esta semana en todo el mundo comenzamos un nuevo ciclo de estudio del Rambam en sus tres maslulim — un perek diario, tres prakim diarios del Mishné Torá, o la Mitzvá diaria del Sefer HaMitzvot (especialmente indicada para mujeres y niños)—, un momento más que ideal para sumarse a esta gran iniciativa del Rebe, una senda de estudio que sin duda sólo traerá brajá.
*
Una respuesta especial
Rav Moshe Katzman, shliaj en Staten Island, relata:
Era ya tarde en la noche de Sucot del año 5752 (1991). Caminaba por Kingston Avenue cuando me encontré con el rabino Shmuel Lew, y conversamos. Le compartí que, si bien recibía respuestas del Rebe, sentía que eran respuestas “generales”. Tenía un fuerte anhelo de recibir una orientación directa, como la que los shlujim más veteranos habían tenido el mérito de recibir en años anteriores.
En ese período, el Rebe no respondía a todas las preguntas y solicitudes. En general, alentaba a que las personas consultaran a su rav y a su mashpia. Aun así, yo sentía un profundo deseo de merecer esa oportunidad. Era una especie de 'ietzer hará jasídico' que muchos de nosotros, los shlujim más jóvenes, teníamos.
El rabino Lew me preguntó:
—¿Y qué hay del Rambam? ¿Lo estudias todos los días?
Fui sincero con él: por lo general estudiaba Rambam, pero no era especialmente constante, y a veces lo omitía.
Al oír esto, el rabino Lew me dio un consejo:
—Estudia Rambam todos los días, sin faltar ninguno, y el Rebe te responderá.
Decidí aceptar su consejo y tomé una firme hajlatá de estudiar todos los días.
En aquel momento nos encontrábamos en una verdadera parshat derajim, un cruce de caminos, en nuestro Shlijut: debíamos tomar una decisión difícil entre dos caminos. Ambos eran complejos y estaban cargados de diversos desafíos.
Como correspondía, seguí la directiva del Rebe y traté el asunto con mi mashpia y con los miembros más veteranos de Tzaj, quienes supervisan las peulot de los shlujim en Nueva York.
La orientación que recibí no era con la que me sentía cómodo, pero yo había hecho lo que se esperaba de mí. Entonces me acerqué a Mazkirut y les pedí que escribieran una nota al Rebe en mi nombre, detallando todos los aspectos del asunto. Al principio me dijeron que simplemente pidiera una broje para cumplir con la orientación recibida, pero insistí en que deseaba preguntarle al Rebe sobre esta cuestión.
Escribí acerca del tema, incluyendo el consejo que había recibido de mi rav y de Tzaj. Para mi sorpresa y alegría, recibí una respuesta muy clara del Rebe, en la que señalaba un problema en su sugerencia y recomendaba que hablara con yedidim mevinim (amigos entendidos). El desenlace resultó ser completamente distinto de lo que se me había aconsejado previamente.
"Siento que ese mérito especial que tuve fue un resultado directo de mi hajlatá de estudiar Rambam de manera correcta y constante."
Fuente: "Derher", Tamuz 5781
22 de Shvat - Iom Hilula (Iortzait) de la Rebetzn Jaia Mushka ע"ה
A comienzos de la década de los '60 se instauró la costumbre de que un grupo de bojurim (estudiantes) provenientes de Eretz Israel viajara para estudiar junto al Rebe durante un año. Para aquellos bojurim que tenían el mérito de integrar la "kvutze" (el grupo), aquello significaba la concreción de un anhelo profundo: por fin podían ver al Rebe con sus propios ojos, no a través de una fotografía —o de un video, algo muy poco común en aquellos tiempos—, sino estar realmente en su presencia, verlo y escucharlo.
Uno de los que llegó en esos primeros años fue un joven cuyos padres habían crecido en Rusia, en la región de Poltava. En su hogar se hablaba a menudo de distintos aspectos del Jotzer del Rebe, donde además de su casa se encontraban la sinagoga, la yeshive y otros edificios.
Si bien estaba emocionado más allá de toda descripción por haber alcanzado este enorme zejut (mérito) de ver al Rebe y estar cerca de él, sentía que su deseo aún no estaba completo. Anhelaba también ver y conocer la casa del Rebe, tal como su padre y su abuelo habían visto la casa del Frierdiker Rebe y del Rebe Rashab.
Su fortuna fue que uno de sus parientes cercanos tenía, de vez en cuando, el mérito de ayudar en la casa del Rebe. Se dirigió a este pariente y le pidió —casi como una exigencia— que por favor lo llevara a la casa del Rebe la próxima vez que fuera. Para su decepción, su primo le respondió:
—Lo siento, pero no funciona así. Nadie, absolutamente nadie, puede entrar en la casa sin el permiso explícito de la Rebetzin. Sin embargo, hay ocasiones en las que se me permite llevar a alguien, y eso ocurre cuando hay un trabajo que no puedo realizar solo.
—Dado que eres pariente mío —continuó—, la próxima vez que se presente una situación así, le pediré a la Rebetzin permiso para traer a alguien de confianza que me ayude.
Esto lo dejó conforme, pues comprendió que su familiar estaba haciendo todo lo posible por ayudarlo, pero de una manera correcta y apropiada.
Pasó algún tiempo —quizás semanas o meses— hasta que su pariente se le acercó y le dijo:
—Mañana habrá una entrega en la vereda de un aire acondicionado para la casa del Rebe. Como no puedo ingresarlo solo, le pedí permiso a la Rebetzin para traer a alguien que me ayude, y ella accedió. Así que prepárate para tal hora.
El bojur se sentía en el séptimo cielo: por fin tendría el mérito y la oportunidad de entrar en la casa del Rebe.
A la hora indicada llegó y ayudó a su pariente a llevar el aparato al interior de la casa y a colocarlo junto a la ventana donde sería instalado al día siguiente. Mientras caminaba, sus ojos recorrían cada rincón, intentando absorber y grabar en su memoria todo lo que pudiera de las pocas habitaciones que alcanzó a ver.
Cuando estaban a punto de retirarse, la Rebetzin entró en la habitación y le preguntó:
—Vemen’s bist du? —¿Quiénes son tus padres?
Al mencionar los nombres, la Rebetzin comentó:
—Recuerdo que cuando yo estaba creciendo y se hablaba de los jsidim de la región de Poltava, se mencionaba a tu familia.
Luego continuó, dirigiéndose a ambos:
—Bojurim’laj… —jóvenes— dejé algo de comida en la cocina. Yo no estaré allí, para que no se sientan incómodos al comer.
No sabe por qué, pero por alguna razón aquel bojur sintió que debía responder, y dijo:
— Fui criado en un 'jasidishe shtup' (en un hogar jasídico), y me enseñaron que no se debe comer en la casa del Rebe.
[Nota del autor: probablemente quiso decir que no hay que sentirse demasiado cómodo allí, o, en otras palabras, recordar que el Rebe es Rebe y no simplemente un gran tzadik.]
La Rebetzin respondió con serenidad:
— Yo también fui criada en un hogar jasídico, y me enseñaron —o mi padre me enseñó— que cuando entramos en la casa de alguien, debemos dejar una Broje, es decir, recitar una bendición.
Naturalmente, entraron a la cocina y dijeron las brajot correspondientes.
"Desde entonces y hasta el día de hoy, cada vez que entro/visito la casa de otra persona, me aseguro de decir una brajá allí."
*
En el iortzait de la Rebetzin, esta historia nos recuerda cómo, con una sola frase y un gesto de sensibilidad jasídica, dejó grabada una enseñanza eterna: que incluso en lo más simple — entrar a una casa y recitar allí una Broje— se revela la nobleza y la santidad de un verdadero hogar judío.
Fuente: Rev Sholom Avtzon
©JasidiNews
22 de Shvat - #2
22 de Shvat
Relata Rev Shmuel Lew:
En Nueva York vive una pareja de shlujim; la mujer es hija del Dr. Moshe Feldman, el médico personal del Rebe. Por ser hija del médico, ella y su esposo, Rev Levi Shem-Tov, tuvieron el mérito de entrar a ver a la Rebetzn y pedir una Brajá antes de su matrimonio. Cuando estuvieron con la Rebetzn, ella le preguntó al novio: “¿Eres nieto del josid Rev Bentzion Shem-Tov?”. Al responder afirmativamente, la Rebetzn se mostró a gusto y satisfecha, pues comprendió que tanto el jatán como la kalá provenían de familias con linaje jasídico, hogares en los que el idish era la lengua viva y natural. Entonces dijo: “Si es así, muy bien, porque ahora estoy segura de que vuestros hijos hablarán en idish…”.
Se casaron, pero después de la boda no tuvieron hijos —esta historia la escuché del propio Rev Levi Shem-Tov hace unos meses—. “Sin embargo”, me contó, “no estuvimos tristes en absoluto, porque la Rebetzn dijo que hablaríamos con nuestros hijos en idish, y para poder cumplir las palabras de la Rebetzn, la primera condición es que tengamos hijos; por eso estábamos seguros de que seríamos bendecidos con descendencia, y no solo con uno, sino con más, porque la Rebetzn dijo ‘mit di kinder’ —hijos—”.
Pasaron catorce años y, en el año 2001, les nacieron mellizos, un varón y una mujer, quienes fueron llamados Menajem Mendel y Jaia Mushka.
Él concluye el relato diciendo: “No perdimos la esperanza ni por un solo instante, porque sabíamos que la Rebetzn tenía el poder de bendecir…”.
*
En el mensaje del 21 de Shvat del HaYom-Yom se habla del deber de las mujeres y las hijas de los jasidim de estar en la primera fila. En el mensaje del 23 de Shvat se relata acerca del Alter Rebe y su Rebetzn, y sobre su grandeza. Es llamativo que en ambos días, el 21 de Shvat y el 23 de Shvat, se trate de la grandeza de las mujeres e hijas de los jasidim y de las Rebetzns, y que precisamente en la fecha del 22 de Shevat no haya en el mensaje diario ninguna relación con el tema de las mujeres e hijas de los jasidim ni de las Rebetzns. Escuché de jasidim que vieron en ello algo semejante a aquel asunto por el cual precisamente en la parashá de Tetzavé —que suele caer en proximidad al día del fallecimiento de Moshé Rabenu— no se menciona el nombre de Moshé; así también, en el HaYom-Yom del 22 de Shvat, día del fallecimiento de la Rebetzn, no se menciona el tema de las Bnot Israel.
Hubo jasidim que añadieron y dijeron aún más: así como la Rebetzn se ocultaba a sí misma y procuraba que la conocieran lo menos posible (y todo el conocimiento sobre ella era solo por lo que se oía de personas que la habían encontrado, etc.), de igual modo, en el mensaje del HaYom-Yom relacionado con su día no se insinúa de manera explícita acerca de su rectitud; sino que se aprende sobre su grandeza y su esencia únicamente a partir de los días contiguos…
©JasidiNews
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)