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martes, 21 de julio de 2026

La promesa que le hizo tomar el Jafetz Jaim y su desenlace

Uno de los Talmidim (alumnos) del Jafetz Jaim se disponía a emigrar a los Estados Unidos y acudió a despedirse de su maestro para recibir su Broje.

La respuesta del Jafetz Jaim sorprendió profundamente a aquel discípulo, un hombre temeroso de Hashem. El gran sabio condicionó su bendición a que le prometiera, mediante un solemne apretón de manos (tekíat kaf), que seguiría cuidando el Shabat también en América.

Solo después de sellar aquella promesa recibió la Brajá de su maestro y emprendió el viaje junto con su esposa.

Al llegar a Estados Unidos, le resultó muy difícil encontrar un empleo estable. Debido a su estricta observancia del Shabat, era despedido una y otra vez, y la familia vivía con enormes privaciones. Finalmente consiguió trabajo como limpiador de ventanas en una escuela cuyo director aceptó respetar esa condición.

Con el paso del tiempo demostró ser un empleado ejemplar. Gracias a su dedicación y responsabilidad fue ascendiendo, hasta ser nombrado encargado de todo el personal de limpieza de la escuela. Su situación económica mejoró considerablemente, vivía con tranquilidad y hasta había conseguido ahorrar algo de dinero.

Sin embargo, un día el director le comunicó que, de allí en adelante, tendría que trabajar los sábados también.

Por más que expresó su asombro y le suplicó que respetara el acuerdo original, nada sirvió. Como se negó a profanar el Shabat, fue despedido en el acto.

Pasaron seis largos meses. La familia fue consumiendo, día tras día, los ahorros que tanto esfuerzo les había costado reunir. Lo que había sido un pequeño respaldo económico terminó por desaparecer casi por completo. Con las últimas monedas que le quedaban compró lo indispensable para honrar el Shabat.

Al ser padre de familia, llegó a pensar que la situación rozaba el peligro de vida. Al concluir aquel Shabat tomó una dolorosa decisión: caminaría hasta la casa del director para decirle que estaba dispuesto a trabajar los sábados.

Pero mientras iba de camino recordó el apretón de manos con el Jafetz Jaim, aquella promesa sagrada de jamás profanar el Shabat.

No pudo seguir avanzando.

Se dio media vuelta y regresó a su hogar, decidido a empezar de nuevo y confiando en que el mérito de cuidar el Shabat le abriría un camino.

Poco tiempo después de regresar a casa, esa misma noche, escuchó que golpeaban la puerta.

Al abrir, quedó completamente sorprendido.

Frente a él estaban el director de la escuela y otro hombre.

El director, visiblemente feliz, le pidió permiso para entrar. Una vez sentados, le dijo:

—Seguramente te preguntas por qué he venido. Déjame explicártelo.

El hombre que está conmigo es un amigo mío. Exactamente hace seis meses me preguntó por qué empleaba a un judío en la escuela.

Le respondí que jamás había conocido a una persona tan íntegra como tú. Siempre has sido un trabajador leal, responsable y digno de confianza. Eres fiel a tus principios y convicciones, y estaba seguro de que no aceptarías profanar el Shabat ni por toda la fortuna del mundo.

Mi amigo insistió en que cualquier judío vendería sus principios por dinero.

Entonces hicimos una apuesta de cinco mil dólares. Yo sostuve que, incluso si te despedía durante seis meses, jamás aceptarías trabajar en Shabat.

Hoy se cumplieron exactamente esos seis meses... y he venido a decirte que gané la apuesta.

Al oír la historia, el judío se alegró de haber tenido, al menos, el mérito de Kidush Hashem, santificar el Nombre de Hashem. Sonriendo, felicitó al director por haber ganado.

Entonces el director respondió:

—Pero tú también eres socio de esta ganancia. Gracias a ti gané la apuesta.

Y le entregó un sobre con 2.500 dólares. (Una importante suma en aquel entonces)

El hombre apenas pudo balbucear unas palabras de agradecimiento.

Entonces el director le preguntó:

—¿Recuerdas la condición que acordamos cuando comenzaste a trabajar aquí?

—Sí —respondió.

—Pues fui yo quien rompió ese acuerdo. Por lo tanto, considero que también debo pagarte el salario correspondiente a los últimos seis meses.

Y le entregó un segundo sobre, que contenía otros 2.500 dólares.

Mientras se levantaba para despedirse, añadió:

—Solo tengo un pedido más: mañana vuelve a tu trabajo.



Moraleja:
Quien cuida el Shabat jamás sale perdiendo.


Fuente: Hidabroot.org

jueves, 2 de julio de 2026

Operación Entebbe - 50 años

Contra Toda Probabilidad - Operación Entebbe - Derher 

martes, 30 de junio de 2026

La melodía que respondió todas las preguntas


Cuando el Rab Berel Baumgarten llegó a la Argentina como el primer sheliaj del Rebe de Lubavitch, la realidad judía del país era muy distinta de la que conocemos hoy.

Era la década de los sesenta. Gran parte de la juventud judía estaba profundamente identificada con los movimientos sionistas, kibutzianos y jalutzianos. La comunidad ortodoxa, en cambio, era pequeña, débil y con escasa presencia pública. Hablar de jasidut Jabad en la Argentina era prácticamente hablar de un sueño.

Con paciencia infinita y una entrega absoluta, Rab Baumgarten comenzó un verdadero trabajo de hormiga. Visitó hogares, dio clases, organizó encuentros, estudió con jóvenes uno a uno y despertó incontables neshamot. Muchos de aquellos muchachos continuaron luego sus estudios en ieshivot, algunos viajaron a estudiar a 770, y con el paso de los años formaron la gran mayoría de las familias jasídicas de Jabad que hoy existen en la Argentina.

Reb Shaul Mizraji recuerda uno de aquellos episodios que jamás olvidó.

«Yo era apenas un muchacho, pero ya me había acercado mucho a Rab Berel y procuraba absorber todo lo que podía de él. Estudiaba con él y, al mismo tiempo, colaboraba en distintas tareas. Como me gustaba manejar, muchas veces hacía de chofer, y fue justamente así como tuve el mérito de presenciar la siguiente historia. En cierta oportunidad llevé al Rab Baumgarten a un importante club judío —creo que era Lamroth Hakol o Macabi— donde había sido invitado a participar de un encuentro con el público.

Apenas llegamos, la atmósfera era tensa. Bastaba mirar los rostros de los presentes para comprender que muchos habían venido dispuestos a enfrentarlo. Ni bien fue presentado, comenzaron a llover preguntas desde todos los rincones de la sala.
Las preguntas eran de toda clase: filosóficas, científicas, ideológicas y religiosas. Algunas eran extremadamente elaboradas. Rab Baumgarten aún no manejaba el español con soltura, de modo que, además de la profundidad de los planteos, muchas veces le costaba incluso comprender exactamente qué le estaban preguntando...
Entonces ocurrió algo completamente inesperado.

Rab Berel se puso de pie y dijo con toda naturalidad:

—Permítanme comenzar este encuentro con un nigún, una melodía jasídica.

Todos sabían que poseía una voz extraordinaria. Era un excelente jazán y un jasid que cantaba con toda el alma.
Comenzó entonces a entonar el famoso nigún del Shpoler Zeide, Kol BaYaar.

La melodía describe, en forma de parábola, el profundo anhelo de Hashem, nuestro Padre, por el regreso de Sus hijos, el pueblo de Israel. Los hijos responden que un guardián les impide volver. La idea está basada en el Midrash, donde Hashem llama a Israel a regresar, y el pueblo responde: "Depende de Ti, Amo del Universo".

Rab Berel no se limitó a cantar una sola versión. Fue interpretando la misma melodía en varios idiomas: ídish, hebreo, inglés, portugués y, por supuesto, español.

Mientras cantaba, podía verse cómo el ambiente iba transformándose. El hielo comenzaba a derretirse. Los rostros endurecidos se suavizaban. La tensión desaparecía poco a poco.

Cuando terminó el nigún, reinó un silencio absoluto.

Toda la sala estaba conmovida.

Finalmente, uno de los dirigentes tomó la palabra, representando aparentemente el sentir de todos los presentes.
—Rabino —le dijo—, ahora díganos lo que vino a compartir con nosotros.

Y, curiosamente, ya no hizo falta responder ninguna de las preguntas.
El nigún había hablado por sí solo.

Aquella reunión dejó una huella imborrable. No convenció únicamente a las mentes; tocó las neshamot.

---

No era la primera vez que ocurría algo semejante.

Muchos años antes, el Alter Rebe llegó a la célebre ciudad de Shklov, en uno de los momentos más intensos de la oposición de los misnagdim contra el movimiento jasídico. Se convocó a todos los judíos de la ciudad, especialmente a los grandes talmidei jajamim, para escuchar al líder jasídico.

Apenas llegó, comenzaron también allí las preguntas, los cuestionamientos y los desafíos halájicos.
Pero el Alter Rebe no respondió inmediatamente.
Primero entonó el nigún Taamu UReú.

Aquel nigún expresó aquello que las palabras no podían transmitir.

Se cuenta que, al concluir el encuentro, decenas de aquellos eruditos salieron detrás del Alter Rebe. Aquel primer contacto los marcó profundamente y, con el tiempo, muchos de ellos se convirtieron en sus jasidim.
No sólo por las respuestas que escucharon.
Sino por la verdad que habían sentido.

*
Quizás allí radica una de las mayores enseñanzas de esta historia.

Rab Berel Baumgarten actuó exactamente como lo habían hecho el Alter Rebe y, después de él, todos los Rebeim. Frente a un ambiente aparentemente hostil, frente a personas que parecían llegar dispuestas a discutir y refutar, no se dejó intimidar por las apariencias ni por el clima del momento.

Porque un jasid sabe que, por más capas que puedan cubrirla, en lo profundo de cada judío arde una neshamá pura que anhela conectarse con Hashem.

Con el tokef jasídico —esa firmeza serena, segura de la verdad de la Torá y llena de amor por cada judío— Rab Berel no respondió al desafío con confrontación, sino revelando aquello que todos compartían en lo más profundo: el vínculo eterno entre Hashem y Su pueblo.

Y cuando esa verdad aflora, muchas veces las preguntas dejan de necesitar respuestas.
Porque el corazón ya encontró aquello que la mente todavía estaba buscando.







Letra del Nigun Kol Bayaar

קוֹל בַּיַּעַר אָנוֹכִי שׁוֹמֵעַ, אַב לַבָּנִים קוֹל קוֹרֵא / 

א געשריי און א געוואלד און א געפילדער א פאטר אין וואלד זוכט דאך זיינע קינדער .
Una voz en el bosque escucho llamar,
un padre a sus hijos que viene a buscar.


בָּנַי בָּנַי לְהֵיכָן הָלַכְתֶּם, אֲשֶׁר עָלַי כָּךְ שְׁכַחְתֶּם / 
קינדער קינדער וואו זייט איהר געווזען וואס אויף מיר האט איהר שוין פארגעסען.
¡Hijos míos!, ¿Dónde pueden estar?
¿Cómo fue que de su Padre se pudieron olvidar?

 בָּנַי בָּנַי שׁוּבו לְבֵיתִי, כִּי לֹא אוּכַל לָשֶׁבֶת יְחִידִי בְּבֵיתִי / 
קינדער קינדער קומט צו מיר אהיים ווארום מיר איז אומעטיג צו זיצען אליין /

¡Hijos! ¡Hijos! regresen de nuevo al hogar;
ya no puedo Yo solito en Mi Casa morar.

אָבִינוּ אָבִינוּ אֵיךְ נָשׁוּב, והַשּׁוֹמֵר עוֹמֵד בְּשַׁעַר הַמֶּלֶךְ... / 
פאטער פאטער ווי קענען מיר געהן צו דיר אז דער שומר שטייט דאך ביי דער טיר /
¡Padre! ¡Padre! ¿cómo iremos hasta Ti,
si el guardián está en la puerta impidiéndonos subir?

🎵🎶Ay, ay, ay... ay, ay, ay...🎶🎵

YUD BEIS TAMUZ 5786 - Las lágrimas de un abuelo



Sonó el teléfono.

—Hola, Karen, habla Tzipi. ¿Te gustaría pasar este Shabat con nosotros?

Karen, estudiante de una universidad local, se sintió conmovida de que alguien de la comunidad de Lubavitch de Saint Paul todavía se acordara de ella. Había conocido a Tzippi el verano anterior, en 1978, cuando tomó algunas clases en la Midrashá de Beis Jana de Minnesota, y había disfrutado muchas mesas de Shabat con Tzipi y su familia.
Aunque recientemente se había vuelto ambivalente respecto a la observancia de las mitzvot, Karen aceptó la invitación. Después se alegró de haberlo hecho. Se sentía bien volver a la comunidad de Lubavitch y experimentar la alegría del Shabat. Se sentía afortunada de conocerlos, aunque no fuera una de ellos.

Al concluir Shabat la convencieron de asistir a una reunión especial en honor al Iortzait del Frierdiker Rebe, donde hablaría el rabino Shlomó Zalman Hejt (Sheliaj enviado por el Frierdiker Rebe, más de treinta años antes, en la década de 1940, para fortalecer a la comunidad judía de Chicago).

Al comenzar su charla, el rabino Hejt compartió una enseñanza que había escuchado personalmente del Frierdiker Rebe.

El Frierdiker Rebe relató una costumbre del Baal Shem Tov. Cuando alguien acudía a él, solía preguntarle:
"וואס געדיינקסטו?"
—¿Qué recuerdas?
No se refería a conocimientos o ideas, sino a aquel acontecimiento de la vida que permanecía grabado en la memoria de la persona. Luego le explicaba qué enseñanza debía extraer de ese recuerdo.

Y agregó:

—Una de las expresiones de la Providencia Divina es que cada persona escucha aquello que necesita escuchar y ve aquello que necesita ver.

A continuación, el rabino Hejt comenzó a relatar historias sobre el Frierdiker Rebe.

En un momento recordó un episodio ocurrido al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

En aquellos años existía una organización llamada Keren Hatzalá, dedicada a ayudar a los refugiados judíos. Entre quienes fueron enviados a Europa para distribuir la ayuda se encontraba Shmuel Broida, un importante dirigente comunitario de Chicago que no era un jasid de Jabad.

Al regresar, Broida contó una experiencia que jamás olvidaría.
En París había conocido a numerosos refugiados provenientes de Rusia. Quería comprender cómo habían logrado conservar su identidad judía después de tantos años bajo el régimen soviético. Habló con ancianos, con adultos y finalmente con un pequeño niño.

Le preguntó:

—Voy a regresar a América. ¿Hay algo que desees mucho, que quizás pueda traerte?

Esperaba escuchar un pedido propio de un niño: golosinas, algún juguete o ropa nueva.

Pero la respuesta lo dejó sin palabras.

—Me gustaría ir a América para verlo al Rebe.

Con lágrimas en los ojos, Broida comentó después:

—Puedo entender que una persona mayor quiera ver al Rebe. Pero un niño pequeño... Pensé que pediría caramelos o juguetes. Sólo deseaba una cosa: ver al Rebe.

Y concluyó:

—Si el Rebe puede dejar una impresión tan profunda veinte años después de haber abandonado Rusia, hasta el punto de que niños pequeños crezcan con ese anhelo, entonces esto es algo extraordinario.

El rabino Hejt recorrió con la mirada la silenciosa sala. Algunas personas se estaban secando los ojos. En la primera fila vio a una joven con lágrimas corriendo por su rostro.

Entre los presentes se encontraba también el rabino Moshe Feller, el sheliaj del Rebe en Minnesota. Al verla llorar de aquella manera, le comentó al rabino Hejt que sospechaba que aquella joven podía ser una nieta del Sr. Broida.

Al concluir la conferencia, el rabino Hejt se acercó a ella en privado.

—¿Eres familiar de Shmuel Broida?

Karen asintió.
—Era mi abuelo.

Entonces el rabino Hejt le contó algo que no había compartido públicamente.

Años después de aquella experiencia en París, su abuelo le había pedido que le consiguiera un iejidut con el Frierdiker Rebe.

Era 1947 y, debido al delicado estado de salud del Rebe, obtener una audiencia privada era algo muy difícil. Sin embargo, logró organizarla.

Viajaron juntos a New York. Al salir del iejidut, su abuelo estaba profundamente emocionado.

—Esta ha sido una de las experiencias más extraordinarias de mi vida —fue todo lo que quiso decir.

Poco después, el secretario salió y le informó que el Rebe deseaba verlo.

Cuando entró, el Frierdiker Rebe le dijo:

—Reb Shmuel Broida estuvo aquí conmigo. Le pregunté por sus actividades y luego le pregunté: "¿Qué sucede con tus hijos?" Y rompió en llanto.

Entonces el Rebe agregó:

"Le prometí que algún día tendrá najes de sus nietos."

Mientras relataba todo esto, el rabino Hejt observó que Karen volvía a emocionarse. Ella sabía perfectamente por qué había llorado su abuelo allí adentro, en ese Iejidut. Cuando él falleció, ninguno de sus diecisiete nietos observaba Torá y mitzvot.

El rabino Hejt le dijo entonces:

—Hasta hoy no entendía por qué el Rebe me contó aquella conversación. Ahora lo entiendo. Fueron aquellas lágrimas de tu abuelo las que te trajeron de regreso.

Aquella noche marcó un punto de inflexión en la vida de Karen. Poco tiempo después ingresó a estudiar en Majón Jana y comenzó su camino de retorno al judaísmo. Con el tiempo, ella y sus hermanos formaron hogares observantes.

Quizás por eso el rabino Hejt comenzó aquella noche recordando la enseñanza del Baal Shem Tov.
"וואס געדיינקסטו?"
"¿Qué recuerdas?"

Y quizás por eso Karen estaba allí.

Porque una de las expresiones de la Hashgajá Pratit es que cada persona escucha aquello que necesita escuchar y ve aquello que necesita ver.

Aquella noche, Karen escuchó la historia de las lágrimas de su abuelo. Y comprendió que, décadas después, seguían dando fruto.



Fuente: Adaptado por Yerajmiel Tilles de un artículo publicado en L'Chaim nº 424 y de la historia original del libro "From the Heavens to the Heart", de Tzvi Jacobs.

La respuesta a una carta que nunca fue enviada



Esta historia me acompaña desde que era una niña de segundo grado. Mi nombre es Jana (hoy Logov, entonces Mendelson), y mi hermano menor, que en aquel momento estaba en primer grado, se llama Baruj (hoy es Sheliaj del Rebe en Kiev).

En esa época, Baruj era un niño débil. Sufría repetidamente de neumonías, y mi madre, Sheina Mendelson z”l, estaba muy preocupada. Decidió escribirle al Rebe de Lubavitch para pedir una bendición por su salud.

Cuando yo, una pequeña niña de segundo grado, vi a mi madre escribiendo junto con Baruj, le dije enseguida:

—Mamá, ¡yo también quiero escribirle una carta al Rebe!

Mi madre respondió de inmediato:

—¿Qué dices, Jana’le? El Rebe no es un amigo nuestro; no se le escribe por cualquier cosa.

Pero, como toda niña pequeña, insistí una y otra vez, hasta que mi madre cedió y dijo:

—Está bien, escribe.

Me senté y escribí una carta propia de una niña: le conté al Rebe que pronto sería mi cumpleaños y otras pequeñas cosas que interesan a los niños.

Esa noche, cuando mi madre fue a enviar las cartas, su conciencia jasídica comenzó a inquietarla. Pensó para sí:

“Realmente, el Rebe no es un amigo; ¿cómo voy a molestarlo con una carta de una niña pequeña sobre su cumpleaños?”

Tomó la carta de Baruj y la envió. Mi carta, en cambio, la dobló, la guardó en un armario entre su ropa y decidió no enviarla.

Pasaron unas dos semanas y media.

Mi madre regresó del trabajo, abrió el buzón de correo y casi se desmayó allí mismo.

En el buzón la esperaba un sobre oficial de 770, de la Secretaría del Rebe. En el sobre estaba escrito claramente:

“Para Jana y Baruj Mendelson”.

Mi madre tembló por completo. ¡La carta de Jana jamás había sido enviada! ¡Estaba guardada dentro del armario de la casa!

Cuando abrimos el sobre, encontramos dos cartas separadas.

Una era para Baruj, en la que el Rebe lo bendecía con una pronta recuperación y buena salud.

¿Y la otra?

Una carta personal dirigida a mí, Jana, con una respuesta precisa a todo lo que yo había escrito.

Tiempo después, en una celebración familiar, mi madre se encontró con su tío, el josid y principal joizer (repetidor de los discursos del Rebe), Rev Yoel Cahn  ע"ה.

Con enorme emoción le contó esta historia y le dijo:

—Rev Yoel, ¡mire qué milagro, qué manifestación tan evidente de Ruaj Hakodesh del Rebe!

Rev Yoel escuchó atentamente y luego le dijo una frase que me acompaña hasta el día de hoy:

—Sheina, que el Rebe tiene Ruaj Hakodesh es algo claro y sabido; de eso no hay que maravillarse. ¿De qué sí hay que maravillarse? Del interés y la preocupación del Rebe. El Rebe estaba sentado en su habitación en Brooklyn y vio, con su ruaj hakodesh, que un hermano iba a recibir una carta y su hermana no, y que ella se sentiría triste. Lo que debe asombrarnos es el cariño y la preocupación del Rebe por una pequeña niña judía.

Esa carta quedó en nuestra familia como un testimonio vivo del Ruaj Hakodesh del Rebe. Pero más aún, quedó como un recordatorio del inmenso amor y la preocupación que el Rebe sentía por cada judío, incluso por una pequeña niña que podía sentirse triste al ver que su hermano había recibido una carta y ella no.

Esa es la verdadera maravilla.






Los tefilín que salvaron una vida


Era fines de 1959. Shalom (Shelly) Ber recibió la orden de incorporarse al ejército de los Estados Unidos. Antes de presentarse al servicio militar, ingresó a yejidut con el Rebe y le informó que partiría el 17 de noviembre. El Rebe lo bendijo.

Al concluir el entrenamiento básico, le comunicaron que sería enviado a Corea. Antes de partir recibió una breve licencia. Al llegar a su casa, su madre le dijo:

—Llamaron de 770. El Rebe quiere verte.

Shalom no entendía el motivo, pero fue de inmediato.

El Rebe lo recibió con una amplia sonrisa y pidió a su secretario que trajera un paquete preparado para él. Dentro había un par de tefilín.

—Ya tengo tefilín desde mi Bar Mitzvá —comentó Shalom.

—Lo sé —respondió el Rebe—, pero quiero que lleves estos contigo. Prométeme que te los pondrás y recitarás el Shemá todos los días.

Shalom estaba emocionado, pero permaneció en silencio.

—No escuché tu promesa —le dijo el Rebe.

Entonces prometió cumplirlo.

Antes de despedirse, el Rebe agregó:

—Quiero prepararte. Allí te resultará muy difícil. Y si alguna vez no puedes colocarte los tefilín, asegúrate al menos de recitar el Shemá.

El viaje a Corea comenzó con un largo vuelo desde California, con escalas en Hawai, la isla Wake y Japón. Mientras los soldados aguardaban para continuar el trayecto, Shalom se levantó para estirar las piernas.

Justo en ese instante apareció un oficial y le ordenó subir inmediatamente a otro avión. Fue elegido simplemente porque era el único que estaba de pie.

Más tarde se supo que el avión en el que originalmente debía viajar desapareció y se perdió todo contacto con él. Nadie volvió a saber qué ocurrió. Su vida había sido salvada milagrosamente.

Ya en Corea, Shalom intentaba ponerse los tefilín cada mañana, pero su comandante le hacía la vida imposible. Le asignaba las tareas más difíciles y buscaba cualquier excusa para perjudicarlo.

En una ocasión obtuvo permiso para una salida especial. Debía viajar en una pequeña avioneta para dos personas. En pleno vuelo, el motor dejó de funcionar y la aeronave comenzó a caer. El piloto intentó un aterrizaje de emergencia en un arrozal, pero segundos antes del impacto el motor volvió a encenderse. Nuevamente, se salvó de manera milagrosa.

Aun así, las dificultades continuaron. Desanimado por la constante presión de su superior, Shalom dejó de ponerse los tefilín y se limitó a recitar el Shemá.

Poco después recibió una carta de su madre:

—Mi querido hijo, acabo de recibir un mensaje de 770. El Rebe dice que no estás cumpliendo tu promesa.

Shalom quedó atónito.

Comprendió que debía encontrar la manera de conectarse y servir a Hashem aun en aquellas circunstancias. Solicitó un traslado y fue enviado a una unidad de ingeniería de combate que operaba detrás de las líneas enemigas, realizando peligrosísimas misiones de demolición de puentes, desactivación de minas y destrucción de instalaciones militares.

Allí, por fin, pudo volver a ponerse los tefilín todos los días.

Siete meses después, cuando ya se acercaba el final de su servicio, su unidad fue sorprendida por un intenso bombardeo en la frontera entre Corea del Norte y Corea del Sur.

Los soldados, atrapados en trincheras llenas de barro bajo la lluvia y el granizo, carecían de suficiente munición. La situación parecía desesperada.

En medio del caos, uno de los soldados que compartía barracón con él le gritó:

—¡Ber, necesitamos a Di-s! Tú tienes esas cajitas que te pones cada mañana. ¡Reza por todos nosotros!

Shalom dudó, pero el soldado insistió:

—¡Reza por nosotros o te disparo!

Con las manos cubiertas de barro, sacó los tefilín, se los colocó apresuradamente y, en medio del estruendo de la artillería, levantó los ojos al cielo y exclamó:

"Shemá Israel, Ado-nai Elo-heinu, Ado-nai Ejad".

En ese mismo instante cesó el bombardeo.

Un silencio absoluto se apoderó del lugar.

—No podía creer lo que veía —recordaría más tarde.

Los soldados salieron de las trincheras y regresaron sanos y salvos.

Años después, Shalom resumió la experiencia con estas palabras:

—El Rebe vio que necesitaría esa fuerza para atravesar todo lo que me esperaba en la guerra. Los tefilín del Rebe salvaron mi vida una y otra vez. Gracias a la protección que me brindaron estoy aquí para contar mi historia y alentar a cada judío a ponerse tefilín, aunque sea una sola vez.

Fuente: JEM, "My Encounter".

*
Esta noche entramos en Guímel Tamuz, fecha que nos impulsa a reflexionar sobre nuestro vínculo con el Rebe y, sobre todo, sobre la vigencia de sus enseñanzas y sus directivas.

La mejor manera de conectarnos con el Rebe es fortalecernos en aquello que él pidió de cada judío: más Torá, más Mitzvot, más Ahavat Israel y más difusión de la luz del judaísmo.

Que podamos tomar una Hajlatá, una buena decisión en honor a este día y merecer muy pronto la Gueulá verdadera y completa, ahora.

En 2023, Shelly Ber regresó a Corea para volver a colocarse los Tefilín del Rebe en aquel lugar histórico.


ESPECIAL PARA GUIMEL TAMUZ 5786 - 32 AÑOS



El rabino Pinjas Taitz, reconocido dirigente de New Jersey, realizó veintidós viajes a la Unión Soviética durante los años más duros del régimen comunista. Mientras millones de judíos permanecían atrapados detrás de la Cortina de Hierro, él se convirtió en uno de los pocos rabinos occidentales que lograban ingresar regularmente al país.

Gracias a sus contactos y a la confianza que le dispensaban las autoridades, podía visitar Rusia con relativa libertad. Sin embargo, aprovechaba cada viaje para introducir clandestinamente Sidurim, Jumashim, Tefilín y otros artículos necesarios para mantener viva la llama del judaísmo entre los judíos soviéticos.

Aunque provenía del mundo lituano tradicional y no era jasid de Jabad, admiraba profundamente el heroísmo de aquellos jasidim que arriesgaban su libertad y sus vidas para preservar la Torá y las mitzvot. A lo largo de los años se convirtió en un importante vínculo entre el Rebe y los judíos que vivían detrás de la Cortina de Hierro.

En una ocasión, poco antes de emprender otro de sus viajes, un emisario del Rebe llegó a su casa con el acostumbrado paquete de sidurim, jumashim y tefilín. Sin embargo, aquella vez había algo más.

El emisario sacó un pequeño ejemplar del Tania y le dijo:

—El Rebe pidió que lo lleve consigo durante todo el viaje.

El rabino Teitz quedó sorprendido. Introducir Tefilín o Sidurim ya implicaba cierto riesgo. Pero un Tania era algo completamente diferente. El nombre de Jabad era bien conocido por la KGB, y la sola posesión de ese libro podía despertar sospechas.

Aun así, decidió aceptar. Si el Rebe se lo había pedido, debía haber una razón.

Tres días después de llegar a Moscú, mientras regresaba a su hotel tras rezar Arvit en la Gran Sinagoga, dos jóvenes aparecieron repentinamente en una calle oscura. Lo sujetaron de los brazos y lo condujeron rápidamente hacia un automóvil estacionado.

Por un momento pensó que había caído en manos de la KGB.

Su alivio fue inmenso cuando descubrió que aquellos misteriosos "secuestradores" eran en realidad dos jasidim de Jabad... Le explicaron que aquella era la única manera segura de llevarlo a una casa clandestina sin despertar sospechas.

Una vez a salvo, le revelaron el motivo de la reunión.

Ambos necesitaban urgentemente la orientación del Rebe.

El primero acababa de enterarse de que la KGB seguía de cerca sus actividades. Quería saber si debía abandonar Moscú y esconderse en otra ciudad o permanecer allí, continuando su labor educativa clandestina.

El segundo enfrentaba un dilema diferente. Tenía la posibilidad de solicitar un permiso para emigrar a Eretz Israel. Sin embargo, presentar la solicitud significaba perder inmediatamente su prestigioso empleo como ingeniero, y si el permiso era rechazado podría quedarse sin medios para mantenerse.

El rabino Teitz prometió memorizar cuidadosamente sus nombres y preguntas para transmitirlas al Rebe a su regreso. Escribir cualquier dato en papel habría sido demasiado peligroso.

La tensión fue disminuyendo y comenzaron a conversar.

En medio de la charla, el rabino Teitz mencionó casualmente que llevaba consigo un pequeño Tania que el Rebe le había entregado, para llevar durante el viaje.

Los dos jasidim quedaron inmóviles.

—¿Quiere decir que tiene aquí consigo el Tania del Rebe?

Con manos temblorosas, el rabino sacó el libro de su bolsillo.
Los jasidim quedaron sobrecogidos. Antes de siquiera tocar el libro, se colocaron un gartel, como preparación y muestra de respeto ante aquel momento tan especial. Sólo entonces, con manos temblorosas y profunda reverencia, tomaron el Tania. Lo observaban desde todos los ángulos, acariciaban sus páginas y lo sostenían con reverencia. Para ellos, no era simplemente un libro: era el Tania personal del Rebe, que había estado en sus manos apenas unos días antes, y que ahora había llegado milagrosamente hasta aquella habitación oculta en el corazón de la Unión Soviética.

De repente, uno de ellos descubrió algo.
Una esquina de una página estaba doblada.

Abrió el libro en ese lugar y comenzó a leer las primeras palabras y el primer renglón de la página [pág. קסב:
"שהשעה דחוקה לו ביותר וא"א לו בשום אופן להמתין"]
El texto hablaba de alguien que se encontraba bajo una gran presión y no podía permitirse ninguna demora.

El jasid palideció.

—¡Esta es mi respuesta! —exclamó con voz entrecortada—. ¡El Rebe me está diciendo que debo salir inmediatamente de aquí!

El segundo jasid tomó rápidamente el libro y comenzó a revisarlo con mayor atención.

Y entonces encontró otro doblez.

Abrió la página correspondiente.

Las palabras que aparecían allí eran: [pág. לח:
"ליכנס לארץ"]
 "entrar a la Tierra".

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¡Y esta es mi respuesta! ¡El Rebe me está indicando que debo solicitar inmediatamente permiso para hacer aliá!

Durante unos instantes permanecieron inmóviles, intentando asimilar lo que acababa de ocurrir.

Luego, incapaces de contener la emoción, los dos jasidim se tomaron mutuamente de los brazos y comenzaron a bailar.
Era un auténtico Tantzn jasídico.

Giraban una y otra vez por la pequeña habitación, cantando en voz baja para no llamar la atención de los vecinos, pero con una alegría imposible de ocultar.

El rabino Taitz observaba la escena con absoluto asombro.

Desde su perspectiva lituana y no jasídica, todo aquello le resultaba difícil de comprender. Dos hombres acababan de tomar decisiones que afectarían el resto de sus vidas —decisiones que podían determinar su libertad, su sustento e incluso su seguridad personal— basándose en unos pequeños dobleces encontrados en un Tania.

Y sin embargo, allí estaban, bailando con una certeza y una alegría que parecían provenir de otro mundo.

Años más tarde recordaría que aquella escena lo había dejado completamente desconcertado.

Pero los jasidim no tenían dudas.
Para ellos era evidente que aquellos dobleces no eran casuales. El Rebe había preparado aquellas señales antes incluso de que sus preguntas llegaran hasta él.

Cuando el rabino Taitz regresó a Estados Unidos, acudió al Rebe para informarle sobre su viaje.

Le contó todo lo sucedido, excepto un detalle.
No mencionó el episodio de los dobleces del Tania.

Temía que al Rebe no le agradara saber que aquellos jasidim habían basado decisiones tan trascendentales en señales encontradas en un libro.

Sin embargo, al finalizar la conversación, el Rebe le preguntó:

—¿Mostró el Tania a los jasidim?

—Sí —respondió.

Entonces el Rebe continuó:

—¿Y, prestaron atención a los kneitshn, a los dobleces de las páginas?
...
Al concluir el yejidut, el rabino Pinjas Taitz salió profundamente conmovido.

Como era habitual, varios bajurim que aguardaban cerca de la puerta se acercaron inmediatamente, intentando captar alguna palabra sobre lo que había sucedido en aquella audiencia privada. Todos sabían que el rabino acababa de regresar de Rusia y que seguramente había compartido con el Rebe información de suma importancia.

Esperaban escuchar alguna revelación extraordinaria.

Y, en cierto sentido, eso fue exactamente lo que ocurrió.
El rabino Taitz los observó y les dijo:

—Del rúaj hakódesh del Rebe no estoy impresionado.

Los presentes quedaron sorprendidos.

Continuó:

—A lo largo de mi vida tuve el mérito de conocer a varios grandes tzadikim y rabanim que poseían un rúaj hakódesh manifiesto. No es eso lo que me impresiona.

Hizo una pausa y añadió:

—Lo que realmente me impresiona es la fe pura, absoluta y genuina de los jasidim del Rebe.

Los bajurim escuchaban atentamente.

—Piensen en aquellos jasidim que conocí en Rusia. Vivían bajo la vigilancia constante del KGB. Sus decisiones podían determinar su libertad, su sustento e incluso su propia vida. Y, sin embargo, cuando encontraron aquellos pequeños dobleces en las páginas del Tania del Rebe, no dudaron ni un instante. Comprendieron el mensaje y actuaron en consecuencia con una certeza total.

Eso es lo que me deja verdaderamente impresionado. La extraordinaria convicción con la que un jasid sabe que su Rebe lo guía y lo acompaña, incluso desde miles de kilómetros de distancia, incluso detrás de la Cortina de Hierro, e incluso a través de un simple doblez en la esquina de una página.

Muchos años después, quienes escucharon aquellas palabras seguían recordándolas.

Porque provenían de alguien que no había crecido en Jabad, que observaba todo desde afuera y que, precisamente por ello, podía apreciar con claridad la singular profundidad del vínculo entre el Rebe y sus jasidim.


Fuente: La historia está basada en el testimonio del propio rabino Pinjas Taitz, quien durante décadas evitó que fuera publicada debido al peligro que aún corrían los judíos que permanecían en la Unión Soviética. (collive.com)

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Esta semana (el miércoles de noche y jueves) se cumplen 32 años de Guímel Tamuz, el día en que el Rebe desapareció de nuestra vista física.

Historias como ésta adquieren hoy un significado aún más profundo.

Aquellos jasidim de Rusia no podían ver al Rebe. Estaban separados de él por miles de kilómetros, por fronteras infranqueables y por el régimen más opresivo del mundo. No podían llamarlo, visitarlo libremente ni recibir respuestas inmediatas. Sin embargo, estaban convencidos de que el Rebe conocía su situación, se preocupaba por ellos y encontraba la manera de guiarlos.

Y precisamente esa fue la lección que aprendió el rabino Pinjas Taitz. Lo que más lo impresionó no fue el rúaj hakódesh del Rebe, sino la profunda convicción de sus jasidim de que el vínculo con el Rebe no dependía de la cercanía física.

Treinta y dos años después de Guímel Tamuz, ese mensaje sigue vigente.

La verdadera pregunta no es cuánto podemos ver al Rebe, sino cuánto permitimos que sus enseñanzas, sus instrucciones y su visión influyan en nuestras vidas.

Cuando estudiamos sus Sijot, cumplimos sus Horaot, fortalecemos una mitzvá, ayudamos a otro judío o participamos en la tarea de preparar el mundo para la Gueulá, el vínculo con el Rebe se vuelve algo vivo y tangible.

Los jasidim de Rusia nos enseñan que la distancia física nunca fue un obstáculo. Si ellos pudieron sentir la guía del Rebe detrás de la Cortina de Hierro, nosotros ciertamente podemos encontrar inspiración y dirección en sus palabras, sus enseñanzas y su legado.

Que este Guímel Tamuz nos inspire a fortalecer nuestro hiskashrus, a agregar en Torá, Avodá y Guemilut jasadim, y a cumplir la misión que el Rebe encomendó a nuestra generación: preparar al mundo para la llegada inmediata de Mashíaj, ya mismo.