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martes, 30 de diciembre de 2025

El cuchillo



La siguiente historia fue relatada por Rab Isroel Spira, el Rebe de Bluzhov, quien fue testigo de ella en el campo de concentración de Janowska:

"Cada mañana, al amanecer, los alemanes nos sacaban del campo para una jornada de trabajos forzados que solo terminaba al caer la noche. A cada pareja de trabajadores se le entregaba una enorme sierra y se esperaba que cortara una cuota determinada de troncos. Debido a las condiciones inhumanas del campo y a las raciones de hambre con las que se suponía que debíamos subsistir, la mayoría apenas podía mantenerse en pie. Sin embargo, trabajábamos sin parar, sabiendo que nuestras vidas dependían de ello; cualquiera que se desplomara durante el trabajo o no cumpliera con su cuota diaria era ejecutado en el acto, Dios libre.

Un día, mientras tiraba y empujaba la pesada sierra junto a mi compañero, se me acercó una joven de nuestro mismo grupo de trabajo. La palidez de su rostro evidenciaba un estado físico de extrema debilidad.

— Rebe—me susurró—, ¿tiene un cuchillo?

Comprendí de inmediato su intención y sentí el enorme peso de la responsabilidad que recaía sobre mí.

—Hija mía —le supliqué, concentrando todo el amor y la convicción de mi corazón para disuadirla de su propósito. No te quites la vida. Sé que tu existencia ahora es un infierno viviente, del cual la muerte parece una bendita liberación. Pero nunca debemos perder la esperanza. Con la ayuda de Hashem, sobreviviremos a esta prueba y veremos días mejores.

Pero la mujer parecía ajena a mis palabras.

—Un cuchillo —repitió—. Necesito un cuchillo. Ahora. Antes de que sea demasiado tarde.

En ese momento, uno de los guardias alemanes advirtió nuestra conversación en susurros y se acercó.

—¿Qué te dijo? —me exigió.

Ambos nos quedamos paralizados. Conversar durante el trabajo era una falta gravísima. Más de un prisionero del campo había sido fusilado en el acto por transgresiones mucho menores.

La mujer fue la primera en reaccionar.

—Le pedí un cuchillo —dijo. Para mi horror, dirigió entonces su pedido al propio guardia—: ¡Deme un cuchillo!

El alemán también adivinó su intención, y una sonrisa diabólica se dibujó en sus labios. Sin duda había visto los cuerpos de quienes, desesperados, se arrojaban durante la noche contra la cerca electrificada que rodeaba el campo; pero esto sería para él un espectáculo nuevo. Aún sonriendo, metió la mano en el bolsillo y le entregó un pequeño cuchillo.

Con el cuchillo en la mano, ella regresó apresuradamente a su puesto de trabajo y se inclinó sobre un pequeño bulto de trapos que había colocado sobre un tronco. Desatándolo con rapidez, sacó de allí a un diminuto bebé. Ante nuestros ojos atónitos, circuncidó con rapidez y destreza al niño de apenas una semana de vida.

— Boruj Ato Ado-noi Elo-heinu Melej Hoilom* —recitó con voz clara—, Asher Kideshonu Bemitzvoisov Vetzivonu Lehajnisoi Bibrisoi shel Avrohom Ovinu [Bendito eres Tú Hashem...que nos santificaste con Tus mandamientos y nos ordenaste introducirlo en el pacto de Abraham, nuestro padre].

Acunando al niño entre sus brazos, calmó su llanto. Luego elevó su mirada al cielo y dijo:

—Amo del universo. Hace ocho días me diste un hijo. Sé que ni él ni yo sobreviviremos mucho tiempo en este lugar maldito. Pero ahora, cuando lo tomes de regreso, lo recibirás como un judío pleno.

—Su cuchillo —dijo, devolviendo el objeto sagrado al alemán—. Gracias.


***

Asará beTevet no es solo un día que recuerda el comienzo del sitio de Jerusalén; es un día que nos enfrenta con el silencio, con la ausencia y con los nombres que no conocemos. Por eso fue establecido también como el día en el que decimos Kadish por aquellos seis millones de kedoshim cuyos últimos instantes quedaron sin fecha ni tumba.

La historia de esta madre en Janowska nos revela la esencia más profunda de este día. Cuando todo fue sitiado —la ciudad, el cuerpo, la dignidad humana—, el vínculo con Hashem permaneció intacto. En un mundo que había perdido toda imagen de humanidad, una mujer judía proclamó que el pacto eterno no podía ser cercado ni destruido.

Asará beTevet nos enseña que la verdadera victoria del pueblo judío no es la supervivencia física, sino la fidelidad espiritual. Cuando ya no había Templo, ni libertad, ni esperanza visible, hubo brit milá, hubo emuná, hubo santidad.

Que el ayuno de Asará beTevet despierte en nosotros la responsabilidad de recordar, de decir Kadish, y de vivir de tal manera que cada mitzvá sea una respuesta a quienes quisieron borrar nuestra identidad. 

Nuestros Rebeim explican que el sitio de Ierushalaim no fue solo un acto de destrucción desde afuera, sino también un reflejo de una verdad profunda: cuando los enemigos nos rodean, el pueblo judío se ve forzado a unirse. Las murallas que ellos levantan por fuera despiertan la unión por dentro. El asedio reveló que, frente al peligro, Israel se convierte en un solo cuerpo y un solo corazón.

Que este Asará beTevet nos ayude a transformar esa unión forzada en una unidad verdadera y voluntaria, nacida del amor y la responsabilidad mutua. Y que muy pronto merezcamos ver la unión completa de todo el pueblo judío, no por el asedio del enemigo, sino con la llegada de Mashíaj, cuando el ayuno se transformará en alegría y la unidad será plena y eterna, במהרה בימינו.


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Cambiando la óptica

El Diez de Tevet, día de ayuno (que este año cae el 30/12), en conmemoración del sitio de Ierushalaim que condujo a la destrucción del Beit Hamikdash, se ha convertido también en la ocasión para recitar Kadish por las almas de los seis millones de mártires del Holocausto cuyos fallecimientos no conocemos en fecha exacta.



Hace algunos años, Simon Wiesenthal, el célebre “cazador de nazis”, habló en una conferencia de Rabinos Europeos en Bratislava, Eslovaquia. Los rabinos le entregaron un reconocimiento al entonces Simon Wiesenthal, de 91 años, y él, visiblemente emocionado, les relató la siguiente historia:

Contó que se encontraba en Mauthausen después de la liberación del campo, cuando fue visitado allí por Rab Eliezer Silver, presidente de la Agudas Harabonim en los Estados Unidos, quien había llegado para ayudar y reconfortar a los sobrevivientes. Rabí Silver también organizó un rezo especial e invitó a Wiesenthal a unirse a los demás sobrevivientes para rezar. El señor Wiesenthal se negó y explicó el motivo.

—Cuando estuve en el campo —relató— vi a personas de todo tipo hacer distintas cosas. Había un judío religioso que me dejó absolutamente asombrado cuando vi que había logrado introducir de contrabando un *Sidur* en el campo. Me impresionó profundamente que arriesgara su vida para traer ese Sidur. Pero al día siguiente, para mi horror, descubrí que tomaba ese mismo sidur y lo alquilaba a otros prisioneros a cambio de su último pedazo de pan. Este hombre estaba tan debilitado que, al empezar a comer tanto del pan que recibía de quienes alquilaban el sidur, murió antes que los demás.

Wiesenthal continuó:

—Me llené de bronca contra ese judío. ¿Cómo podía tomar un Sidur sagrado y usarlo para quitarle a una persona su último pedazo de pan? Por eso no voy a rezar: si así se comportan los judíos, si eso es lo que hacen con algo que debería ser un libro de rezos.

Cuando Wiesenthal se dio vuelta para irse, Rab Silver lo tocó suavemente en el hombro y le dijo con ternura en idish:

—Oy, na’ar, na’ar (ay, muchacho ingenuo). ¿Por qué miras al judío que alquilaba su Aidur para quitarle a otros su última comida? ¿Por qué miras a ese judío malo? ¿Por qué no miras, en cambio, a las decenas de judíos que entregaron su último pedazo de pan con tal de poder usar un Sidur? Eso es fe. Ese es el verdadero poder del sidur.

Rabí Silver entonces le dio un fuerte abrazo.

—Cuando me dijo eso —concluyó Wiesenthal— caminé junto a él acompañándolo para rezar.

Que aprendamos a ver el bien en nuestra familia, en nuestra comunidad y en nuestro pueblo.
Que aprendamos a ver el bien en toda la creación de Hashem.


Fuente: Adaptado por Yerachmiel Tilles de shemayisrael.co.il
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jueves, 11 de diciembre de 2025

Yud Tet Kislev - La Respuesta del Alter Rebe al josid un msje para cada uno

En el jasid Reb Zalmen Sender se cumplía el dicho: “Torá y grandeza en una misma mesa”. Era un lamdán (estudioso) y un oved Hashem con toda su alma, y al mismo tiempo un hombre de negocios con ramificaciones amplias y exitosas. Reb Zalmen residía en Shklov, pero su red comercial estaba extendida sobre muchas ciudades. Sus múltiples actividades se desarrollaban tanto con judíos como con no judíos. Comerciantes y terratenientes eran sus amigos, y las casas de los señores feudales estaban abiertas para él.

Un hombre muy especial era Reb Zalmen, pues se destacaba también por sus buenas cualidades, y su cariño por todo judío era cosa conocida. A pesar de su riqueza y grandeza trataba con afecto también a la gente más sencilla y a los ignorantes. Su mano estaba extendida para todo necesitado, y muchos pobres llamaban regularmente a la puerta de su casa. Su nombre aparecía al tope de las listas de todos los gabaim de Tzedaká de la región. Ellos sabían que “vale la pena apoyarse en él (Reb Zalmen) en momentos de apremio”.

Y por si fuera poco, muchísimos habían tomado la costumbre de depositar en sus manos dinero para que él lo invirtiera. Todos sabían que las transacciones de Reb Zalmen eran exitosas y bendecidas con Siyata Dishmaya. Y las ganancias que producía con ese dinero las entregaba directamente a los depositantes, sin tomar nada para sí ni como pago ni como comisión.

Y llegó el día en que Reb Zalmen se enredó en una transacción gigantesca que fracasó. Tal como era grande el negocio y las ganancias que se esperaban de él, así de grande y dura fue la caída. El esfuerzo de años se fue al agua. Reb Zalmen, el gran rico y conocido hombre de jesed, se convirtió de golpe en un hombre común. Está de más decir que muchísimos compartieron el sufrimiento de Reb Zalmen, porque en realidad era también el suyo.

En su angustia, viajó Reb Zalmen a su Rebe, Rabí Shneur Zalman de Liadí. Al entrar en la habitación del Alter Rebe sintió que no había lugar más adecuado para derramar su corazón y contar las cosas tal como fueron. Con llanto conmovedor detalló ante el Rebe la secuencia de la fallida transacción que sepultó con ella todas sus posesiones.

Las emociones de Reb Zalmen lo desbordaron y su llanto se intensificó. “Si el Oibeshter desea quitarme mis bienes — Nu, no cuestionaré Sus caminos, jas veshalom—”, dijo con amargura, “pero primero debo saldar las deudas y cumplir mis compromisos. Tengo que *devolver el dinero a quienes lo depositaron en mis manos para que comerciara con él; tengo que cumplir lo prometido a todos los gabaim de tzedaká; tengo que cubrir los gastos de matrimonio de huérfanos y huérfanas a quienes prometí casar”…*

Todo ese tiempo el Rebe estaba sentado, los dos codos sobre la mesa y la cabeza entre las palmas de ambas manos, escuchando. Cuando Reb Zalmen terminó de derramar su corazón, se impuso en la habitación un silencio profundo. El Rebe alzó su mirada penetrante hacia su jasid, y su rostro se volvió como llamas. Y entonces el Rebe le dijo:
"דו זאגסט אלץ וואסדו דארפסט, און אויף וואס מען דארף דיר זאגסטו ניט"
“No dejas de pensar y hablar sobre lo que VOS necesitas; pero sobre una pregunta, al parecer, no pensaste en absoluto: ¿para qué TE necesitan?”

Las palabras del Rebe atravesaron el corazón de Reb Zalmen y allí mismo cayó desmayado. Los jasidim que estaban en la habitación exterior, esperando su turno para entrar, oyeron el golpe y se apresuraron a entrar para sacar a Reb Zalmen. Tras grandes esfuerzos, Reb Zalmen volvió del desmayo.

Después de recuperarse, Reb Zalmen se transformó en un hombre nuevo. Apartó de sí la preocupación por la pérdida de su riqueza y desplazó todo pensamiento sobre asuntos de este mundo. Comprendió que en esas duras palabras el Rebe quiso sacudirlo del mal oculto en lo profundo de su alma: de esa sensación de yeshut, de importancia propia, que no tiene lugar en los cuatro codos de la Shejiná. Por eso decidió quedarse un tiempo allí, próximo al Rebe.

En los días y semanas siguientes se sumergió por completo en Torá y en la avodá de la Tefilá. Después de un tiempo, se acercó a él el gabai del Rebe y le informó que dentro de dos semanas le correspondía otro Iejidut. Así se acostumbraba: avisar al jasid con anticipación la fecha para que pudiera prepararse debidamente.

Las dos semanas siguientes pasaron para Reb Zalmen con enorme esfuerzo. Dio a su cuerpo muy poco descanso y en comida y bebida procuró disminuir. Estudió sin pausa, se profundizó en los maamarim de jasidut del Rebe y rezó con inmensa devoción.

Llegado el momento del Iejidut, entró Reb Zalmen a la sala del Rebe con la cabeza inclinada y en profundo bitul. El Rebe lo miró con una mirada suave y afectuosa. “Ahora”, le dijo el Rebe, “después de que retornaste con completa teshuvá por el yeshut que había en vos; después de que apartaste de ti la arrogancia y la autosatisfacción del corazón— vuelve a tu hogar, y que Hashem te bendiga para que tengas éxito en todo lo que emprendas”.

En su camino a casa, pasó Reb Zalmen por una estación de tren, y de pronto allí se encontró con un grupo de terratenientes que antes solían comerciar con él. Ellos, que no sabían nada sobre su difícil situación económica, le expresaron su deseo de renovar los negocios. Reb Zalmen vio en esto una señal del Cielo y una oportunidad para acceder a la bendición de Hashem, aquella que el Rebe mencionó en el Iejidut.

Con el tiempo, Reb Zalmen comenzó a recuperarse de su caída. Poco a poco volvió a juntar su fortuna, y la prosperidad volvió a sonreírle. También pudo cumplir las obligaciones de tzedaká que había asumido tiempo atrás. Pero esta vez lo hacía sin yeshut, sino con la sensación de que él no era más que un “conducto” para el flujo que se otorga desde lo Alto.

Todos los días de su vida tuvo frente a sus ojos la pregunta incisiva del Rebe:
¿Para qué te necesitan?” [qué necesitan de mí]

***

Así como Reb Zalmen descubrió que su riqueza, sus talentos y aun sus desafíos no eran “para sí”, sino para cumplir la voluntad de Hashem y servir como un conducto de bondad y santidad en el mundo, también nosotros debemos preguntarnos cada día, con honestidad y humildad:

¿Qué esperan de mí desde el Shamaim? ¿Para qué me necesitan?

Y en verdad, esta historia encapsula el núcleo mismo del Jasidut: acostumbrarnos a mirar la vida no desde lo que *yo* necesito, sino desde para qué fui enviado, cuál es mi tarea específica en este mundo, y qué quiere Hashem de mí en cada circunstancia. Cuando un judío vive con esa pregunta grabada en el corazón, todo lo que tiene —sus capacidades, sus oportunidades, su sustento y hasta sus caídas— se transforma en herramientas para revelar la luz de Hashem en la tierra. Así aprendió Reb Zalmen de su Rebe, y así se convierte su historia en una guía eterna para cada uno de nosotros.




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Reb Shmuel Munkes y Reb Pinjas Raizes - Vanidades de este mundo

Reb Pinjos Reizes y Reb Shmuel Munkes eran inseparables, “amigos del alma”… aunque, si uno los veía juntos, parecía más bien un dúo cómico: *el serio y el travieso*.
Rab Pinjas era un genio brillante, gran erudito, elegante y siempre impecable. Heredero de una familia rabínica prestigiosa y con una casa digna de catálogo, vivía rodeado de alfombras que daban ganas de caminar en puntas de pie. Tenía una casa tan limpia y tan bien decorada que cualquiera que entraba dudaba si debía saludar o pedir un turno para hacer una visita guiada.😂

Reb Shmuel, en cambio, era la otra mitad del contraste: vivía con sencillez, humildad y… bueno, cierto desorden creativo jasídico. Era profundamente sabio, pero también famoso por sus travesuras santas que dejaban a todos dudando si reír, llorar o revisar dos veces sus bolsillos.

Una vez, llegando con un grupo de jasidim a ver al Rebe, Rab Shmuel se colgó del portón de entrada como si fuera un cartel viviente. Cuando los demás lo miraron sorprendidos, él les explicó con la mayor seriedad del mundo:
“¿Qué pasa? En la tienda del sastre cuelgan telas; en la del zapatero, zapatos. ¡Y en la casa del Rebe —donde se hacen jasidim— se cuelga un jasid!”.

Y aun así, era un tzadik auténtico. De hecho, cuando los soldados rusos llegaron para arrestar al Alter Rebe, éste decidió aconsejarse y escuchar una opinión sincera acerca de si debía entregarse a las autoridades. Y fue justamente a Reb Shmuel a quien consultó. Reb Shmuel, con la honestidad y claridad que lo caracterizaban, le dijo:
“Rebe, si usted es realmente un Rebe, no tiene de qué temer (con la ayuda de Di-s nada malo le sucederá). Y si no es así… ¿con qué derecho nos ha quitado el gusto por los placeres y vanidades (תאוות) de este mundo?!”
Una respuesta profundamente jasídica y profundamente "shmuelesca".

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Una vez, Reb Shmuel llegó a visitar a Rab Pinjás. Venía del camino: botas embarradas, ropa polvorienta, aspecto de quien acaba de atravesar tres charcos, dos tormentas y media Rusia caminando.
Entró a la casa impecable de su amigo, esa casa donde hasta las alfombras parecían pedir permiso antes de dejarse pisar. Avanzó directo al sillón más elegante, se hundió en él… y se quedó dormido con las botas embarradas sobre el tapizado, como si nada.

La esposa de Rab Pinjas casi se desmaya, pero con toda delicadeza pidió a su marido que —por favor— le sugiriera al invitado quitarse las botas antes de redecorar involuntariamente toda la casa.

Rab Pinjas, ya un poco tenso, se acercó y le preguntó:
“Reb Shmuel… ¿esto también es una de tus bromitas? ¿Por qué acostarte con las botas sucias en el sillón limpio? Podías sacártelas, ¿no?”

Reb Shmuel pegó un salto como si hubiera dormido sobre un clavo.
“¡¿Qué?! ¿Vos me hablás de sillones y de botas? ¿Después de todo lo que aprendimos del Rebe? ¡Que todo este mundo es nada, vacío, vanidad! Si estas cosas te importan [estás preocupado por un sillón]… ¡ya no podemos ser amigos! ¡Que te vaya bien!”.
Y salió de la casa a toda velocidad.

Rab Pinjas se quedó petrificado. Pero enseguida reaccionó, salió corriendo detrás de él, lo alcanzó en la calle y lo agarró del brazo:
“¡Reb Shmuel, mir zainen jabeirim! ¡Somos amigos!”.

“No puedo ser tu amigo si te importa una mancha de barro”, contestó Rab Shmuel, tratando de escaparse.

“¡Somos amigos! ¡Somos amigos!”, repetía Rab Pinjas, aferrándolo como si fuera un Sefer Torá.

Finalmente Reb Shmuel cedió… con una condición muy sencilla (para él):
que Rab Pinjas —el respetadísimo, elegante, erudito y adinerado Rab Pinjas — corriera por las calles de Shklov montado sobre una escoba, como un nene de cinco años jugando al caballito.

“Si hacés eso —dijo Rab Shmuel—, te perdono. Así demostrás que no te importa el honor ni el qué dirán”.

Y Rab Pinjas aceptó sin titubear.
El resultado: las calles de Shklov presenciaron el espectáculo inolvidable de uno de sus hombres más distinguidos galopando con una escoba como si estuviera en una carrera de pura sangre. La gente movía la cabeza con lástima y susurraba:
“Pobre… tanta Torá, tanta grandeza… y mirá cómo terminó”.

Pero a Rab Pinjas no le importaba nada. Lo único que quería era recuperar la amistad de Rab Shmuel Munkes. Y lo logró.

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Esta historia —entre tierna, cómica y profundamente jasídica— muestra que la verdadera amistad no se construye sobre honores, comodidades o apariencias, sino sobre la verdad del alma. Cuando uno estudia jasidut y lo incorpora de verdad, descubre que todas las “prioridades” del mundo —el prestigio, la elegancia, la opinión ajena, lo que cualquiera consideraría “importante”— se desinflan por completo. Frente a la luz de Eloikus, esos valores quedan tan livianos como una pluma en el viento.

Reb Shmuel exigía autenticidad total: que su amigo demostrara, con hechos, que no estaba atrapado por la importancia imaginaria que el mundo da a los objetos, al estatus o a la imagen personal. Y Rab Pinjas, con verdadera grandeza interior, aceptó la reprensión sin ofenderse y sin defender su honor.

Así, su amistad nos enseña que cuando uno adopta la perspectiva jasídica —que sólo Di-s es real, y que lo demás es pasajero— puede desarmar su ego, relativizar lo material y dejar espacio para una conexión sincera. Donde hay humildad, verdad y Di-s en el centro, las relaciones no sólo perduran: se elevan.



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domingo, 30 de noviembre de 2025

10 de Kislev - La falsificación de una letra que llevó al arresto



"Puedes hacer todo lo que quieras; no tengo miedo de tus calumnias y denuncias."
Esta fue la firme y decisiva respuesta del Rebe a aquel hombre perverso que intentó extorsionarlo, amenazando con denunciarlo ante las autoridades.

Esto ocurrió en el año 1826 (5586). En la ciudad de Lubavitch, Jasidut Jabad estaba siendo dirigido por el Míteler Rebe, Rabí Dovber, hijo del Baal HaTania. Era reverenciado no sólo entre los judíos: incluso los gentiles de los alrededores lo respetaban profundamente y lo llamaban “Svittoi Rabi’n” —el Santo Rabino.

De repente, los jasidim se enteraron de que una grave denuncia había sido presentada ante el gobierno ruso contra el Rebe. Con el tiempo, comenzaron a conocerse los detalles.

Un año antes, Reb Pinjas Raizes, uno de los jasidim más importantes del Baal HaTania y del Míteler Rebe, había fallecido en Lubavitch. Era un hombre muy adinerado y de absoluta confianza para los Rebeim. No tuvo hijos, y toda su propiedad pasó a manos de su sobrino, un hombre malvado.

Entre los bienes de su tío, el sobrino encontró una carta que el Rebe le había escrito a Reb Pinjás cuando viajó a Lubavitch tras el fallecimiento del Alter Rebe. Durante ese viaje, Reb Pinjás había reunido una suma de 4.000 rublos de plata, y el Rebe le pidió que, junto con otras dos personas, se encargaran de distribuir ese dinero entre los necesitados.

Entonces comenzó a gestarse un vil complot en la mente del sobrino. Se dirigió al Rebe e intentó extorsionarlo, amenazándolo con acusarlo de recolectar dinero para fines clandestinos. El Rebe respondió que no le temía y que no le daría ni un centavo.

El hombre llevó a cabo su amenaza. Con la ayuda de otras personas perversas, prepararon un informe detallado para las autoridades. En la carta del Rebe hicieron una leve falsificación: donde estaba escrito “cuatro mil” (ד' אלפים), los informantes agregaron la letra kuf ['ק] —y así parecía que el Rebe había recolectado ciento cuatro mil rublos de plata, una suma descomunal. Argumentaron que el Rebe estaba enviando un soborno al Sultán turco, y agregaron otras acusaciones absurdas, como que el Beit Midrash del Rebe estaba construido según las dimensiones del Beit Hamikdash.

En Motzaéi Shabat de Parashat Noaj 5587, oficiales investigadores acompañados de policías llegaron a la casa del Rebe. Registraron exhaustivamente cada rincón. Otro escuadrón allanó el Beit Midrash.

Mientras tanto, una multitud se reunió alrededor de la casa. Desde adentro se oían los ruegos de los familiares. El único que permanecía sereno era el propio Rebe: estaba sentado en una de las habitaciones escribiendo un Maamar de Jasidut. Luego comenzó a recibir gente en Yejidut.

A la mañana siguiente, el Rebe fue subido a un carro policial y trasladado a Vítebsk. La noticia de su arresto se difundió rápidamente. En cada pueblo donde pasaba la carreta, cientos de judíos salían a recibirlo. Gracias a acuerdos alcanzados por quienes intercedieron por él, el viaje se realizó por etapas y con descansos, dado que la salud del Rebe era débil.

Cuando la caravana llegó a Liozna, el Rebe fue llevado a la Central de Policía y puesto bajo estricta vigilancia. Rápidamente se supo que estaba acusado de ser contrarrevolucionario y de rebelión contra el gobierno.

El Rebe estuvo encarcelado un mes y diez días, pero desde el inicio recibió condiciones especiales. A tres de sus colaboradores más cercanos se les permitió acompañarlo, y tres veces al día los guardias dejaban entrar a veinte judíos para rezar. Dos veces por semana se le permitió decir Jasidut ante cincuenta personas, luego de que el médico del Rebe explicara que pronunciar Jasidut constituía para él la esencia de su vida, una necesidad vital concreta.

Durante todo ese período se realizó un enorme trabajo y presión por parte de líderes comunitarios y diversos contactos. Ministros que escucharon sobre la grandeza del Rebe comenzaron a intervenir en favor de su liberación. El Rebe fue sometido a numerosos interrogatorios, en los que demostró que no tenía relación alguna con el Sultán turco ni la intención de ocupar el lugar del Zar.

Al finalizar las investigaciones, un resumen fue presentado al Ministro del Interior. Tras revisarlo, quedó impresionado por las respuestas del Rebe y decidió realizar una confrontación directa entre él y el denunciante.

En el día señalado, el Rebe vistió sus ropas blancas de Shabat y su apariencia era como la de un Malaj (ángel) de Hashem. Al entrar en la sala, su presencia impactó profundamente al ministro, quien lo recibió con gran respeto y, de forma inusual, ordenó traerle una silla para que se sentara.

Comenzó la confrontación. El acusador lanzó sus acusaciones y el Rebe las refutó una por una. En un momento, el acusador se dirigió al Rebe diciendo “Rebe”. Inmediatamente, el Rebe señaló al ministro:
“¡Mire usted! Dice de mí que soy un estafador y un rebelde contra el Reino, y ahora me llama ‘Rebe’…”

El acusador quedó avergonzado. A partir de ese momento se confundió y comenzó a balbucear incoherencias, hasta que el ministro le dijo: “¡Deje de ladrar!”. Avergonzado, lo sacaron del salón, mientras el Rebe fue acompañado respetuosamente a su habitación, con la promesa de que su liberación estaba próxima.

El 10 de Kislev, mientras el Rebe recitaba los capítulos de Tehilim correspondientes al día, se le notificó su liberación. Más tarde reveló que recibió la noticia exactamente al llegar al Pasuk (cap. 55):
“Rescató mi alma en paz.”


***

Así como ocurrió con su padre, el Alter Rebe, el arresto del Míteler Rebe no fue sólo un acontecimiento terrenal: reflejó también, למעלה, una acusación celestial contra la inmensa difusión de Jasidut que él llevaba adelante —y precisamente en su modo característico, tan amplio, detallado y profundamente explayado.

Su liberación, el 10 de Kislev, constituye para nosotros, como jasidim, un llamado claro: tomar sus enseñanzas, y las de todos los Rebeim posteriores, y estudiarlas en el espíritu propio del Míteler Rebe —de forma extremadamente abundante, amplia y expansiva— hasta que impregnen todo nuestro ser.

Que este Yom HaGueulá nos inspire a redoblar la difusión de la luz de la Jasidut en el mundo, tal como él lo deseaba.

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Fuente: Sijat Hashavua Vayetze 5785 (de Beit Rabí y Sefer Hasijot)
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jueves, 20 de noviembre de 2025

Un emocionante relato de un Brit Milá casi postergado

Esto sucedió en el mes de Elul, hace tres años. Eran cerca de la una de la madrugada.
En el corazón de los padres primerizos,David y Noa Argaman, residentes de Be’er Yaakov, crecía una preocupación cada vez mayor. Al día siguiente debía realizarse el Brit Milá de su pequeño, pero ahora el bebé tenía fiebre y se veía inquieto.

Los padres dudaban en despertar al mohel a esa hora para consultarle si debían llevar a cabo el Brit Milá según lo planeado. Decidieron llevar al niño a la guardia de emergencias.
“El niño está un poco caliente”, dijo el médico, y recomendó posponer el brit para otra fecha.

A la mañana siguiente, el padre llamó al mohel, el rabino Janán Kohonovski, Sheliaj de Jabad en Ramat Eliahu, Rishon Letzion.
“Tenemos que posponer el brit”, le anunció con voz decepcionada, contándole la recomendación del médico.
“¿Qué llevó al médico a decidir eso?”, preguntó el mohel. El padre relató con detalle todo lo ocurrido durante la noche.

El mohel percibió la tristeza de los padres ante la necesidad de postergar el brit.
Todas las preparaciones —el salón, el catering, los invitados— ya estaban listas. Ahora había que cancelarlo todo.

“Quisiera ver al bebé y examinarlo antes de que decidan definitivamente posponer el Brit”, propuso el mohel. “Por ahora, esperen (y no sigan mandando) avisos de cancelación.”

Los padres aceptaron, y poco después el mohel llegó a su casa.
Examinó al bebé y observó que su estado general era perfectamente normal.
“Vamos a tomarle la temperatura nuevamente”, sugirió. El resultado mostró que la fiebre había desaparecido por completo.

“¿Puede ser que le aplicaron algo?”, preguntó el mohel. Su experiencia no lo defraudó: resultó que la abuela había untado al bebé con una cierta pomada.

El mohel sonrió levemente. “Conozco los efectos de esa pomada”, explicó. “Puede causar una leve irritación o enrojecimiento en la piel, pero no representa ningún peligro. El Brit puede hacerse en la fecha prevista.”

Los padres lo miraron con duda. “¿Está usted seguro?”, preguntaron.

“Miren —respondió el mohel con confianza—, llevo décadas desempeñándome en esto. Por mi experiencia, puedo asegurarles que el brit puede realizarse con total normalidad y que no hay ningún riesgo para el bebé. Les digo esto con plena responsabilidad.”

Los padres se tranquilizaron y decidieron realizar la ceremonia en su momento.
Reanudaron las invitaciones a los familiares y amigos a quienes ya habían avisado de la cancelación.
El brit se llevó a cabo a su debido tiempo, sin ningún problema, y la salud del bebé estaba óptima.

Al día siguiente, el mohel volvió a la casa para una revisión rutinaria. Encontró al bebé tranquilo y en excelente estado.

“¿Qué quiso Hashem de nosotros?”, preguntó el padre al mohel después de la revisión y de recibir las indicaciones para el cuidado posterior.
“¿Por qué tuvimos que pasar por toda esta confusión —cancelar el brit, avisar a todos— y al final hacerlo igual?”

El mohel levantó las manos hacia el cielo y sonrió con dulzura. “Sin duda todo fue decretado desde el Cielo —respondió—, aunque no sé decirles el motivo.”

Pasaron algunos meses.
Un día sonó el teléfono del rabino Kohonovski. En la pantalla apareció el nombre David Argaman.
“Rabino”, dijo emocionado, “en su momento no entendí por qué Hashem nos hizo pasar por toda esa conmoción: cancelar el brit y luego hacerlo igual. Ahora entiendo por qué todo ocurrió así.”

Y contó lo siguiente:

“Aquel mismo día en que cancelamos el brit, estaba muy angustiado por toda la situación. Salí al balcón para tomar un poco de aire. En el balcón de al lado estaba sentada nuestra vecina, Milá Gilovski. Me vio caminar de un lado a otro, nervioso, y me preguntó qué pasaba.

“Le conté que el bebé había tenido un poco de fiebre y que habíamos postergado el brit. Pero también le dije que, aunque no entendíamos por qué Hashem quería que canceláramos todo, el salón y los invitados, yo creía con fe completa que todo es del Cielo y todo es para bien.
Ella me deseó que así fuera, y yo volví a entrar en casa.”

“Unos días después —continuó David— la vecina le contó a mi esposa que también ellos estaban pasando un momento difícil.
Los médicos que la atendían le habían dicho que el feto que llevaba podía nacer con graves malformaciones, y le recomendaron interrumpir el embarazo.
Sin otra opción, ella y su esposo decidieron seguir el consejo médico.

Pero después de nuestra conversación aquella mañana en el balcón, la mujer le contó a su marido, Arián, lo que yo le había dicho, y agregó:
‘Mira a nuestros vecinos: no se desesperaron ni se quebraron por lo que les ocurrió. Confían en el Creador de que todo es para bien. Lo veo como una señal también para nosotros. Sigamos adelante, y creo que todo saldrá bien’.

Su esposo tenía miedo de esa decisión, pero ella se mantuvo firme. Le dijo:
‘Vi a nuestro vecino levantar los ojos al cielo y rezar a Hashem. Yo también voy a rezar y pedir desde lo más profundo de mi corazón que nuestro bebé nazca sano, y estoy segura de que así será’.”

Y David concluyó:
“Ayer nació su hijo, sano y completo, ¡todo salió perfectamente bien!”

El día del brit, el rabino Kohonovski también llevó a cabo el Brit de ese bebé, y compartió con el público la conmovedora historia.

*

En Jasidut se enseña que nada ocurre por casualidad, y que cada situación está guiada con precisión por la Hashgajá Pratit.
El retraso de un Brit, una conversación al pasar en el balcón, todo fue parte del plan de Hashem para traer una nueva vida al mundo.
Cuando el judío enfrenta cada momento con emuná y bitajón, esa fe se vuelve una fuerza que ilumina y da vida, más allá de lo que puede verse a simple vista.


Fuente: Sijat Hashavua Lej Lejá #2026

20 de Jeshvan - Iom Huledet del Rebe Rashab - El Rashab y el Razó


Cuando eran niños, el Razó (Reb Zalman Aharon) le propuso al Rebe Rashab (Shalom Dovber) jugar a “Rebe y jasid”. El Rebe le respondió:
"וואס איז א רבי - ווייס איך נישט; נאר דאס ווייס איך אז א חסיד איז נישט קיין שפיל און א שפיל איז נישט קיין חסיד."

—[Para representar a un Rebe hace falta saber] qué es un Rebe. Y yo eso no lo sé. En cuanto a jasid: hay una cosa que sí sé: no es ningún juego/acto. Un actor puede fingir muchas cosas, pero no un josid (un jasid real).

Finalmente, el Rebe Rashab aceptó participar del juego, y de aquel momento surgieron varias anécdotas que fueron recordadas más tarde, de las cuales se pueden aprender profundas enseñanzas sobre lo que significa ser un verdadero josid y un auténtico líder.

En otra ocasión, mientras jugaban en el patio, Zalman Aharon —mayor en años pero de menor estatura— metió a su hermano en un pequeño pozo y dijo:
“Ahora sí, yo soy más alto, como corresponde, porque soy el mayor.”
El padre los llamó, miró al hijo mayor y le dijo:
—Nunca te engrandezcas humillando al otro. Si querés ser más alto, súbete a una silla.

*

Ser “jasid” no es un papel que se actúa, sino una manera de vivir con verdad, entrega y sinceridad. Y ser “alto” no significa elevarse por encima de otros, sino crecer uno mismo —con esfuerzo, humildad y superación personal— sin que nadie tenga que caer para que nosotros ascendamos.


Fuente: Rab Gringlas, "Sipurei Hitvaaduyot"