AdSense

martes, 28 de julio de 2026

El nombre que continuó su misión


Una noche, un joven bajur salió de su ieshivá para hacer una llamada telefónica.

No podía imaginar que aquella llamada no solo cambiaría la vida de una niña que acababa de nacer.

Tampoco podía imaginar que, décadas más tarde, su propia madre recibiría una llamada telefónica que le demostraría que su hijo nunca había dejado de cambiar vidas.

---

Era la noche del domingo 27 de Sivan de 5737 (12 de junio de 1977), víspera del lunes.

Avrohom Eliezer Goldman, conocido cariñosamente como Avreimi, tenía apenas 17 años.

Era hijo de Rev Moshe y la señora Esther Goldman, que tengan larga vida, distinguidos Lubavitchers jasidim de Crown Heights. Avreimi estudiaba en la Ieshivá Oholei Torá y era un joven fuera de lo común, con un enorme potencial para alcanzar grandes logros.

Su sonrisa radiante y su personalidad humilde, sencilla y modesta conquistaban el corazón de todos: adultos, adolescentes y niños por igual.

Se destacaba por su dedicación al estudio y por sus extraordinarias cualidades personales. Estudiaba hasta altas horas de la noche, ayudaba a sus compañeros con sus estudios y rezaba con una sinceridad y una melodiosa voz que inspiraban incluso a los adultos.

Avreimi no era simplemente un joven que cumplía mitzvot. Vivía para ellas.

Desde muy joven demostró una gran capacidad de liderazgo e incluso una notable visión de futuro. Organizó, por ejemplo, la recaudación del maamad [el dinero que los jasidim acostumbran entregar al Rebe para sus gastos personales y sus necesidades particulares] en su ieshivá.

Cuando el Rebe llamó a los jóvenes mayores de 13 años a comenzar a colocarse también los tefilín de Rabenu Tam, además de los de Rashi, Avreimi organizó un fondo para ayudar a los alumnos que no podían permitirse comprar un par, cuyo precio era elevado.

El llamado del Rebe a acercar a otros judíos no era para Avreimi una actividad ocasional. Era su forma de vida.

Todos los viernes viajaba junto a otros alumnos a Manhattan para invitar a judíos a colocarse tefilín y cumplir otras mitzvot.

En una de esas ocasiones conoció a un hombre con quien comenzó a colocarse [de forma regular, todos los viernes] los tefilín.

Un día, el hombre le contó que su esposa había dado a luz a una niña.

—¿Ya tiene un nombre judío? —le preguntó Avreimi.
El hombre todavía no se lo había puesto.

Avremi insistió con cariño y logró convencerlo de que le diera a su hija un nombre judío.

La noche anterior a la ceremonia, Avreimi recordó que debía llamar al padre para recordarle que al día siguiente fuera al Shul.

El teléfono de la ieshivá no funcionaba, así que salió del edificio de la Ieshivá Oholei Torá y caminó hasta una cabina telefónica ubicada en la esquina de Montgomery Street.

Logró comunicarse con el padre de la bebé y, con su habitual entusiasmo, insistió en que al día siguiente por la mañana se acercara a 770 para darle a su hija un nombre judío durante la lectura de la Torá, en presencia del Rebe.

Mientras todavía se encontraba hablando con él por teléfono, tres delincuentes se acercaron y lo apuñalaron brutalmente, sin piedad, por la única razón de ser judío. Más tarde, ellos mismos admitirían que habían salido con la intención de matar a un judío.

A pesar de las graves heridas, Avreimi logró regresar caminando hasta la ieshivá.

Pidió un vaso de agua.
Y recitó la brajá:
“Shehakol niyá bidvaró”.

Poco después, su pura y santa alma regresó a su Creador.
Tenía apenas 17 años.

Miles de judíos asistieron a su funeral, encabezado por el propio Rebe.

Avreimi fue sepultado junto a su abuelo, el gran jasid Harav Eliahu Simpson, de bendita memoria, muy cerca del lugar de descanso del Rebe Anterior [el Ohel].

Pero la historia no termina allí.

Los amigos de Avreimi se ocuparon de que aquella pequeña niña recibiera el nombre judío que él había ayudado a elegir.
Pesha.

El nombre fue anunciado durante una lectura de la Torá en 770, en presencia del Rebe.

Tras la tragedia, y bajo la guía del Rebe, el rabino Eli y la señora Lea Lipsker establecieron un fondo en memoria de Avreimi para ayudar a niños de familias con dificultades económicas a asistir a campamentos de verano. El fondo recibió el nombre de Keren Avrohom Eliezer.

Y cada verano, desde entonces, numerosos niños pueden disfrutar de una experiencia que, de otro modo, sus familias no podrían permitirse.

Mientras tanto, Pesha crecía.

Cuando tenía un año, su familia se mudó a Florida. Aunque en su hogar la observancia del judaísmo era limitada, desde muy pequeña sentía que había algo más.

Sus padres la llamaban Pamela, el nombre que utilizó durante toda su infancia y juventud. Aunque tenía un nombre judío —Pesha—, ella no lo sabía y nunca lo utilizaba.

En cuarto grado les pidió a sus padres que la inscribieran en una escuela hebrea.

A los dieciséis años, su padre falleció de cáncer.

Durante su enfermedad, el rabino Yosef Biston, el Sheliaj de Jabad de la zona y amigo de su padre, lo visitaba, lo fortalecía y lo ayudaba a colocarse los tefilín.

Además, durante la enfermedad, el rabino Biston llevó en dos oportunidades a sus padres ante el Rebe para recibir su bendición.

Años más tarde, Pamela comenzó a asistir a clases de Torá y a los rezos de Shabat.

Poco a poco, comenzó a cuidar el Shabat y a vivir una vida cada vez más conectada con el judaísmo.

Al enterarse de que había un Beit Jabad a poca distancia de su hogar, comenzó a asistir allí regularmente y encontró una cálida familia que la recibió.

Con el tiempo, su camino la llevó a hacer teshuvá.

Se casó con un joven israelí y juntos se establecieron en Rejovot, Israel, donde formaron un hogar de Torá y mitzvot.

Cuando llegó el momento de su boda, le pidió al rabino Yosef Biston, quien había estado muy cerca de su padre, que oficiara la ceremonia. Fue entonces cuando el rabino le preguntó cuál era su nombre judío.

Pamela no sabía siquiera que tenía uno.

—Tu nombre es Pesha —le respondió.

Y entonces le contó la historia.

La historia del joven que, 32 años antes, había salido de su ieshivá para llamar al padre de una bebé y convencerlo de llevarla al 770 para darle un nombre judío.
La historia de Avrohom Eliezer Goldman.

En el primer aniversario de su boda, la madre de Pesha la sorprendió con un regalo muy especial: un retrato enmarcado del Rebe, junto con varios dólares que sus padres habían recibido de él.

Entonces Pesha descubrió algo más.

Durante la enfermedad de su padre, el rabino Biston había llevado a sus padres ante el Rebe para recibir sus bendiciones.

De pronto, todo cobró sentido.

Aquel amor por el judaísmo que había sentido desde niña.

Aquel deseo de acercarse a la Torá.

Aquel camino que la había llevado a hacer teshuvá.

Quizás todo había comenzado mucho antes de que ella pudiera recordarlo.

Quizás había comenzado con las bendiciones del Rebe.

Y con los esfuerzos de un joven de 17 años que había decidido que una niña judía debía tener un nombre judío.

Durante años, Pesha soñó con encontrar a la familia de Avreimi.

Finalmente, en el 2009, 32 años después de la tragedia, reunió el valor para hacer una llamada telefónica.

Una llamada tan difícil como emocionante.

—Llamo por su hijo, que fue asesinado hace treinta años...

La Sra. Goldman comprendió inmediatamente.

—¡Tú debes ser aquella pequeña niña!

—Sí —respondió Pesha—. Quiero que sepan que hoy soy una baalat teshuvá, vivo en Eretz Israel y estoy criando una familia dedicada a la Torá y las mitzvot.

Y agregó:

—Todo esto comenzó gracias a los esfuerzos de su hijo.

Pesha le contó que durante toda su infancia había preguntado a sus padres por el origen de aquel nombre tan particular, un nombre que ninguno de sus hermanos tenía.

Al conocer finalmente la historia de su nombre, sintió un profundo deseo de aprender más sobre su herencia y su fe judía.

Un año después, Pesha viajó a Crown Heights para conocer personalmente a los padres y familiares de Avreimi.

También compartió su extraordinaria historia durante la cena anual de recaudación de fondos del Keren Avrohom Eliezer.

Luego acompañó a la Sra. Goldman a visitar la tumba de Avreimi, cerca del Ohel.

Durante toda su vida había sido conocida como Pamela.

Pero ahora, al descubrir la historia del nombre que Avremi había ayudado a darle y comprender el significado que tenía en su propia vida, tomó una decisión: dejaría de utilizar el nombre Pamela y comenzaría a llamarse únicamente Pesha.

Pesha: el nombre que Avreimi había ayudado a darle.

Ese mismo año nació su cuarto hijo.

En memoria de aquel joven que había dedicado su vida a ayudar a otros judíos, decidió llamarlo:

Avraham Eliezer.

Inmediatamente después del brit milá llamó a la Sra. Goldman para compartir con ella la emocionante noticia.

Hoy Pesha tiene cinco hijos, todos varones, educados en instituciones de Jabad.

Sus hijos crecen con amor por la Torá, por  Jasidut y por las mitzvot.

Sus dos hijos mayores ya son Bajurim de Ieshivá, concurren diariamente a la mikve y cumplen las mitzvot con entusiasmo.

Y cada viernes por la tarde salen a ofrecer la mitzvá de tefilín a los judíos que encuentran por la calle.

Tal como hacía Avreimi.

---

Ninguno de nosotros puede comprender por qué una vida tan luminosa fue interrumpida tan joven.

Pero sí podemos ver sus frutos.

Avreimi salió aquella noche para hacer una llamada.
Logró comunicarse con el padre de la nena y consiguió convencerlo de que al día siguiente llevara a su hija al 770 para darle un nombre judío.

Luego, mientras todavía se encontraba en aquella llamada, fue atacado y asesinado.

Pero aquella conversación no terminó allí.

Llegó a una niña que recibió un nombre judío.

Llegó a una mujer que encontró su camino de regreso a la Torá.

Llegó a una familia que hoy vive en Israel.

Llegó a cinco niños que crecen en instituciones de Jabad.

Llegó a un niño que lleva el mismo nombre que él.

Y continúa llegando, cada viernes por la tarde, a los judíos que reciben la invitación de ponerse tefilín.

Avreimi tenía 17 años cuando su vida terminó.

Pero la misión que llevó a cabo durante aquella última llamada continúa hasta el día de hoy.

Porque cuando un judío ayuda a otro judío a acercarse a una mitzvá, nunca podemos saber hasta dónde llegará ese acto.

A veces, una mitzvá puede continuar dando frutos durante décadas.

A veces, una pequeña acción puede cambiar una vida.

Y a veces, la luz de un joven jasid puede seguir brillando mucho después de que él ya no está aquí.
Avrohom Eliezer Goldman, הי״ד.*

Su vida fue corta.
Pero su misión continúa.



Fuente: Collive, con detalles compilados de otras fuentes.
©JasidiNews





Por esto fue destruida la tierra - Tishá Beav


Besarabia era una región de Europa Oriental en la que vivían numerosos judíos. Una de las ciudades de la región era conocida como una ciudad de grandes talmidei jajamim y observantes de las mitzvot. Sin embargo, sus habitantes también se habían hecho famosos por una característica bastante menos positiva: la tacañería.

Los habitantes examinaban con lupa a cada pobre que llegaba a la ciudad. Observaban cuidadosamente si era meticuloso en el cumplimiento de las mitzvot, y de acuerdo con ello determinaban el trato que recibiría.

En una ocasión, pasó el Shabat en la ciudad Rabí Avraham Yehoshua Heshel, el Rebe de Apt. Él se desempeñaba como rabino de la ciudad de Iași, en Besarabia.

Una gran multitud acudió a verlo rezar y a participar en el Tish que llevaría a cabo. Durante la seudá shlishit, se reunió una gran cantidad de personas en el salón. El Rebe se dirigió a los presentes y comenzó:

—He oído que ustedes son talmidei jajamim. Si es así, estudiemos juntos un relato que nos transmitieron nuestros Jajamim z"l.

La Guemará, en el tratado de Guitín, relata que por causa de Kamtza y Bar Kamtza fue destruida Yerushalaim.

Había un hombre que organizó una comida y le pidió a su sirviente que invitara a su amigo Kamtza. Pero el sirviente se equivocó e invitó a Bar Kamtza, enemigo del anfitrión.

Cuando el dueño de la comida descubrió a Bar Kamtza sentado entre los invitados, le pidió que abandonara el lugar.

Bar Kamtza le suplicó que tuviera compasión de él y se ofreció a pagar el costo de la comida que consumiría. El anfitrión se negó.

El invitado propuso pagar la mitad del costo de toda la comida, pero el anfitrión también rechazó esa propuesta.

Avergonzado, Bar Kamtza intentó ofrecerle que pagaría todos los gastos de la fiesta. Sin embargo, el anfitrión también se negó y finalmente lo expulsó del lugar.

Al ver que los talmidei jajamim presentes en la Seudá no protestaron por lo sucedido, Bar Kamtza concluyó que aprobaban la conducta del anfitrión y decidió denunciar a los judíos ante el rey.

—Los judíos se han rebelado contra ti —le dijo.
—Demuéstralo —respondió el rey.

Bar Kamtza le propuso enviar un sacrificio al Beit Hamikdash y poner a prueba a los judíos. El rey aceptó.

Bar Kamtza provocó un defecto en los labios del animal, para que quedara descalificado para ser ofrecido sobre el altar. Otra opinión sostiene que el defecto fue en el párpado del ojo.

El Rebe de Apt terminó de relatar la historia de la Guemará y dijo:

—Ahora que hemos estudiado juntos este relato de la Guemará, me dirijo a ustedes y les pregunto: ¿Acaso por un acontecimiento pequeño y aparentemente tan poco importante, por una disputa entre dos personas cuyos nombres ni siquiera conocemos, fueron destruidos el Beit Hamikdash y Yerushalaim, y salimos a un exilio largo y difícil? ¿Acaso así funciona la justicia Divina?

Los presentes, que eran algunos de los ciudadanos más importantes de la ciudad, se miraron en silencio, tratando de comprender a qué se refería el Rebe.

El tzadik comenzó a explicar:

—Considero que esta historia no se refiere a personas desconocidas. Jazal se referían a dos judíos que encontramos todos los días, en una ciudad, en un pueblo o en una aldea: uno rico y otro pobre.

Al rico, nuestros Sabios lo llaman «Kamtza», pues así dijeron Jazal (Menajot 86a): «Los ricos son tacaños».

Y al pobre lo llaman «Bar Kamtza», porque suele permanecer siempre afuera — לְבַר lebar, «afuera»— de la casa del rico «Kamtza», esperando que el dueño de casa se digne a extenderle la mano y darle una donación digna.

Y el hecho fue así:

Un hombre organizó en su casa una comida de brit milá o de casamiento. Era una persona importante y un talmid jajam reconocido, y sus colegas, también grandes estudiosos de la Torá, acudieron a participar de su comida.

El hombre le ordenó a su sirviente que invitara únicamente a los ricos, a aquellos que representaban a «Kamtza».

Pero el sirviente se equivocó e invitó a un pobre, a Bar Kamtza, quien estaba acostumbrado a permanecer afuera y golpear las puertas de los ricos y tacaños.

Cuando el anfitrión entró y encontró a un pobre sentado entre los invitados ricos, la escena no le agradó en absoluto y le exigió que abandonara la comida.

El pobre le suplicó que no lo avergonzara públicamente y le prometió que iría de puerta en puerta entre personas generosas para reunir el dinero necesario para devolverle la mitad del costo de la comida, o incluso el costo total.

Pero el anfitrión endureció su corazón y rechazó su propuesta.

Los sabios que estaban sentados junto a las mesas preparadas vieron lo que estaba ocurriendo y permanecieron en silencio, por respeto a su rico compañero.

El pobre, humillado, abandonó la comida con una profunda sensación de vergüenza y dolor.

Pensó para sí:

«Ya que los sabios estaban presentes y no protestaron, iré a protestar ante el Rey: Hakadosh Baruj Hu, el Rey de todos los reyes».

—¡Ribono Shel Olam! —clamó el pobre con el corazón quebrantado—. ¡Los judíos se han rebelado contra Ti!

Para demostrarlo, el pobre propuso que Hakadosh Baruj Hu pusiera a prueba a los sabios y les enviara un sacrificio: una persona pobre y necesitada. Entonces se vería cómo se comportarían con ella.

Y así ocurrió.

Cuando aquel «sacrificio-pobre» llegó ante ellos, incluso antes de que lo introdujeran para alimentarlo y darle de beber, comenzaron a encontrarle defectos.

Uno encontró un defecto en sus labios:

—En mi opinión, no es suficientemente Iere Shamaim. Cuando reza, parece que solamente mueve los labios, pero no se escucha su voz.

Otro encontró un defecto en sus ojos:

—Por la mirada se nota que es un mentiroso. No es tan pobre como pretende aparentar.

Y así, los ricos sentados allí comenzaron a encontrar todo tipo de excusas, cada una más extraña que la anterior, para evitar ayudar al pobre necesitado.

El pobre continuó explicando las palabras de la Guemará:
«לדידן הוו מומא —
 Para nosotros, los defectos eran considerados defectos».

A los pobres los juzgan con severidad y encuentran en ellos todo tipo de imperfecciones.

Pero:
«לדידהו לא הוו מומא —
 En ellos mismos, no veían ningún defecto».

Cuando ellos mismos no rezaban como corresponde o engañaban en sus negocios, no consideraban que eso fuera un defecto ni una imperfección.

El Rebe de Apt fijó su mirada en los hombres importantes de la ciudad y exclamó con voz atronadora:

—¡Por este pecado fue destruida la tierra!

Ahora los presentes comprendieron perfectamente la reprimenda del Rebe y prometieron mejorar sus caminos.

*

Quizás esta es una de las enseñanzas más importantes para este día de Tishá BeAv.

La destrucción del Beit Hamikdash no comenzó únicamente con una discusión. Comenzó cuando un judío fue humillado y quienes estaban a su alrededor permanecieron en silencio.

Tishá BeAv no es solamente un día para recordar algo que ocurrió hace miles de años. Es un día para preguntarnos qué podemos hacer nosotros para reparar aquello que causó la destrucción.

¿Sabemos mirar los defectos de los demás, pero no los nuestros?

¿Vemos a alguien que necesita ayuda y preferimos no involucrarnos?

¿Hay alguien que se siente solo, rechazado o humillado, y nosotros permanecemos en silencio?

El Apter Rebe terminó su enseñanza con unas palabras estremecedoras:

«¡Por este pecado fue destruida la tierra!»

Y quizás, justamente por eso, la reparación también comienza con algo aparentemente pequeño: una palabra amable, una ayuda, una sonrisa, defender a alguien que está siendo avergonzado y, sobre todo, aprender a mirar al otro con amor.

Que podamos transformar el sinat jinam en ahavat Israel, incondicional, y que por medio de ello merezcamos que este Tishá BeAv se transforme en un día de alegría, con la llegada del Mashíaj y la reconstrucción del Beit Hamikdash, במהרה בימינו ממש.


Fuente: Sijat Hashavua #1962

martes, 21 de julio de 2026

Una ansiosa anticipación

Desde su juventud, el gaón y tzadik Rab Moshe Teitelbaum, nacido en Galitzia, fue reconocido como un prodigio excepcional en el estudio de la Torá. Los grandes sabios de su generación lo apreciaban enormemente y lo apodaban "Baal Harosh Habarzel" ("el dueño de la cabeza de hierro"), por su extraordinaria capacidad intelectual. Con apenas diecisiete años ya enseñaba Torá a numerosos alumnos y mantenía correspondencia halájica con los más destacados eruditos de la época.

En una ocasión llegó a Lublin y, por indicación del Joize de Lublin, recibió el honor de pronunciar una derashá en la gran sinagoga, a pesar de que en aquel entonces todavía no pertenecía al círculo jasídico. Multitudes acudieron para escucharlo, y todos quedaron maravillados por la profundidad de sus palabras. Con el tiempo se convirtió en uno de los discípulos más cercanos y fieles del Joize.

Más adelante fue nombrado rabino de Shinova y, posteriormente, ocupó el rabinato de Oyhel, en Hungría, donde sirvió durante más de treinta años. Allí fundó una gran y prestigiosa ieshivá y fue el líder de miles de jasidim. Se cuenta que cuando enfermó Shmuel Biniomin, hijo del Jatam Sofer, este le envió un pedido especial para que bendijera a su hijo con una pronta recuperación.

Rab Moshe era conocido por la fuerza de su santidad. Incluso los no judíos reconocían su grandeza y acudían a él para pedirle consejo. Sin embargo, por encima de todo, era famoso por el profundo dolor que sentía por la destrucción del Bet Hamikdash y por el intenso anhelo con el que esperaba la Gueulá. Jamás dejaba de expresar ese sentimiento, tanto con sus palabras como con sus actos, hasta el punto de que en su generación se decía:
"Lleva consigo el alma del profeta Irmiahu."

Entre sus costumbres había una muy particular: mantenía siempre su ropa de Shabat al alcance de la mano, para que en el instante en que se oyera el sonido del shofar del Mashíaj no tuviera que perder ni un solo momento antes de salir a recibirlo.

Cierto día llegó a la casa de Rab Moshe la noticia de que su querido yerno, Rab Arie Leib Lipshitz, rabino de Vishnitz y autor del Arie Debei Ilaá, estaba por llegar de visita.

Toda la familia se llenó de alegría y comenzó enseguida con los preparativos para recibir al distinguido huésped. El propio Rab Moshe esperaba su llegada con enorme entusiasmo, pues cada visita significaba largas horas de estudio conjunto, profundizando en el Talmud y debatiendo apasionadamente cuestiones de Halajá.

A la hora prevista, toda la familia salió a esperar al visitante en la entrada de la casa.

Pero el carruaje no aparecía.

Los minutos pasaron... y se transformaron en horas.

La preocupación comenzó a hacerse sentir, y, como suele ocurrir, empezaron las conjeturas:

—Quizás entendimos mal su carta y en realidad pensaba venir otro día.

—Tal vez, jas veshalom, se enfermó.

—Puede que haya tenido algún contratiempo en el camino y el viaje se haya prolongado más de lo previsto.

—Quizás no imagina cuánto lo estamos esperando y por eso no tuvo apuro...

Cada uno aportaba una explicación distinta.

Mientras tanto, Rab Moshé permanecía en su habitación, completamente absorto en el estudio de la Guemará.

Algunos miembros de la familia subieron al altillo y se asomaron por la ventana que daba a la ruta que conducía a la ciudad de Oyhel. Parecía una competencia por ver quién sería el primero en divisar al visitante y correr a anunciar la noticia.

De pronto, a lo lejos apareció un pequeño punto que poco a poco fue haciéndose más grande.

El shamesh irrumpió emocionado en la habitación de Rab Moshé.

—¡Rebe!... ¡Llegó! —exclamó, y salió inmediatamente de nuevo hacia el ático para seguir observando.

No había pasado ni un minuto cuando Rab Moshé salió apresuradamente de su casa, vestido con sus relucientes ropas de Shabat. Su rostro irradiaba una alegría indescriptible; sus pies parecían no tocar el suelo, y todo su ser estaba envuelto en una inmensa emoción.

Aquello resultó bastante lllamativo, pues Rab Moshe aprovechaba cada instante de su tiempo con absoluto rigor, y jamás abandonaba su estudio sin una razón de enorme importancia.

Pero los ojos de todos estaban puestos en el carruaje que se acercaba, y nadie prestó atención a Rab Moshé.

Si lo hubieran hecho, habrían notado que su mirada estaba dirigida mucho más allá del horizonte. Afinaba el oído y agudizaba todos sus sentidos, intentando escuchar los pasos del Goel Tzedek.

Entonces ocurrió lo inesperado.

El carruaje se detuvo junto a él.

De él descendió... únicamente su yerno.

En ese instante Rab Moshé comprendió que había interpretado mal las palabras del shamesh. El "¡Llegó!" no se refería al Mashíaj, sino simplemente a la llegada de su yerno.

La desilusión fue tan inmensa, el dolor tan profundo, que no pudo soportarlo.
Cayó al suelo desmayado.

Las expresiones de alegría se apagaron de inmediato. Toda la familia corrió desesperada a asistirlo. Tras grandes esfuerzos lograron hacerlo reaccionar y recuperar el conocimiento.

Rab Moshé estaba extremadamente débil. Su rostro había perdido todo color.
Con un profundo suspiro murmuró:

—¡Ay!... Él no llegó... todavía no llegó...

Y no había una sola persona entre los presentes que no comprendiera perfectamente de quién estaba hablando.

*

Quizás nosotros estamos muy lejos del nivel de Rab Moshe Teitelbaum. Probablemente, si alguien gritara "¡Llegó!", lo último que pensaríamos sería que se refiere al Mashíaj.

Pero precisamente esa es la enseñanza que nos deja esta historia.

No se nos exige vivir con su nivel de grandeza, pero sí podemos incorporar algo de su forma de pensar. Podemos esforzarnos para que la Gueulá deje de ser una idea lejana y pase a ocupar un lugar central en nuestra vida; hablar más de ella, estudiarla, pedirla en nuestras tefilot y acostumbrarnos a mirar el mundo con la expectativa de que, en cualquier instante, todo puede cambiar.

Cuando una persona piensa constantemente en algo, eso termina moldeando su manera de vivir. Si llenamos nuestra mente y nuestro corazón con el anhelo de la Gueulá, también nuestras acciones comenzarán a reflejar esa esperanza.

Que podamos vivir con esa expectativa auténtica, aguardando cada día la llegada del Mashíaj, y que muy pronto dejemos de hablar de la Gueulá como una esperanza para comenzar a vivirla, con la llegada del Mashíaj, teikef umiyad mamash.



Fuente: Sijat Hashavua #1021

El error que no fue error

Comparte Reb Mendi Jerufi la siguiente anécdota reciente:

El jueves por la noche pasado (Leil Shishi) estábamos sentados varios amigos estudiando. En medio del estudio surgió una conversación sobre la Maalá (virtud y grandeza) de dar Tzedaká, y recordé una Sijá muy particular del Rebe.

El Rebe da allí un consejo maravilloso: darle tzedaká a una persona que nunca hayas visto, que no conoces y que tampoco podrá devolverte el favor. Un acto de bondad puro, sin ningún cálculo ni interés.
Entonces puede presentarse el iehudí ante Hakadosh Baruj Hu y pedirle:

“Ribono Shel Olam, así como yo actué con bondad incondicional y sin cálculos, actúa Tú también conmigo y con los miembros de mi hogar”.

Entre los allí reunidos estaba mi cuñado, Alex. En un momento me pidió que le enviara una foto de aquella sijá del Rebe. Se la envié… solo que se la envié al Alex equivocado.

En lugar de llegarle a mi cuñado, el mensaje fue a otro Alex: un viejo amigo, judío oriundo de Rusia, trompetista de profesión. Trabajamos juntos durante años.

Él no sabe leer hebreo y actualmente trabaja como guardia de seguridad en una escuela. Cuando la directora se acercó a él, le pidió que le tradujera lo que yo le había enviado.

Ella leyó las palabras del Rebe. Se detuvo. Se emocionó. Y le pidió que le reenviara la imagen.

Pasó una semana.

La semana pasada, muy temprano por la mañana, sonó el teléfono.

“Hola, Mendi… tengo que contarte algo”.

Alex me contó que esa mañana la directora se le acercó y le dijo que, desde que había leído las palabras del Rebe, decidió hacer exactamente lo que el Rebe aconseja: donó una tzedaká a una persona que no conocía y luego le pidió a Hashem que actuara también con su hija con una bondad que no tiene cálculos.

Su hija está luchando (hace  un tiempo ya) contra la anorexia.

Y entonces, con la voz emocionada, le dijo:

“No sé cómo explicarlo… pero desde la semana pasada hubo una mejoría enorme en su estado, un cambio que no habíamos visto antes”.

Cuando terminó la llamada me quedé inmóvil.

Pensé para mis adentros:

Yo ni siquiera tenía la intención de enviarle el mensaje a él. Fue un error. Se la mandé al contacto equivocado.

Pero a veces hace hace llegar un mensaje a través de un simple clic “equivocado”, para que llegue exactamente al corazón que lo necesitaba.

"מֵה' מִצְעֲדֵי גֶבֶר כּוֹנָנוּ"
“De Hashem son dirigidos los pasos del hombre”.




El silencio que le salvó la vida


Los prisioneros del campo de trabajo ya conocían el sadismo del oficial nazi. De tanto en tanto aparecía en la plaza de formación y pronunciaba los números de tres o cuatro prisioneros. Cada uno rezaba en silencio para no escuchar el suyo.

Uno de aquellos prisioneros era Rev Abraham Steiner, nacido en 1912 en la localidad de Dukla, Polonia. Sus padres eran personas rectas y honestas, que vivían dignamente gracias a un comercio de cueros. Como tantos otros judíos de Europa, jamás imaginaron la magnitud de la tragedia que estaba por abatirse sobre ellos.

Tras la invasión alemana a Polonia, los nazis ocuparon el pueblo y comenzaron de inmediato la persecución contra los judíos. Muchos fueron secuestrados para realizar trabajos forzados y las sinagogas fueron profanadas.

En el verano de 1942, todos los judíos de Dukla fueron reunidos en la plaza del mercado para una cruel selección. Los ancianos y enfermos fueron llevados al bosque cercano y asesinados. Muchos otros fueron enviados al campo de exterminio de Bełżec. Los jóvenes aptos para trabajar, entre ellos Abraham, fueron trasladados a un campo de trabajo, donde realizaban tareas agotadoras en canteras y en la construcción de caminos, bajo condiciones inhumanas.

Allí, la vida de cada prisionero pendía constantemente de un hilo. Bastaba con desfallecer durante el trabajo para recibir un disparo en el acto.

Pero había algo todavía más aterrador.

El oficial de las SS tenía un macabro "pasatiempo". Cada pocos días se presentaba frente a las filas de los prisioneros y leía tres o cuatro números. Todos sabían perfectamente lo que aquello significaba: quienes escuchaban su número eran conducidos a un pequeño edificio del que, al poco tiempo, comenzaban a oírse desgarradores gritos. Luego... un silencio absoluto.

Los prisioneros eran asesinados tras terribles torturas.

Por eso, cada vez que el oficial aparecía, el miedo se apoderaba de todos.

Un día, como de costumbre, sacó una lista y comenzó a leer cuatro números.
Tres prisioneros salieron inmediatamente de la fila.
Cuando pronunció el cuarto número, nadie se movió.

El hombre cuyo número había sido llamado quedó completamente paralizado por el terror. El oficial volvió a gritar el número, pero seguía sin obtener respuesta.

Furioso, rugió:

—¿Quién es ese prisionero?

Entonces, aquel hombre —que estaba parado junto a Abraham Steiner— recuperó el aliento, levantó lentamente una mano temblorosa y señaló a Abraham.

—Ese es —dijo con voz quebrada.

Ante la mirada atónita de todos, Abraham salió serenamente de la fila y se unió a los otros tres prisioneros.

Los cuatro fueron llevados al edificio donde tantos otros habían encontrado una muerte espantosa.

Esperaron durante largos minutos... luego horas...

Cada instante parecía eterno.
Pero, sorprendentemente, no ocurrió nada.

De repente comenzaron a escucharse disparos y gritos provenientes de la plaza de formación. Poco después volvió a reinar un silencio sepulcral.
Solo entonces comprendieron lo sucedido.

Aquel día, el verdugo nazi había decidido cambiar su macabro "juego". En lugar de asesinar a los prisioneros cuyos números había llamado, ordenó ejecutar a todos los que habían permanecido en la formación.

Así, precisamente por haber permanecido en silencio y haber salido de la fila sin decir una sola palabra, Abraham Steiner salvó milagrosamente su vida.

Años más tarde, su hija, la señora Shoshana Shevaks, contó que su padre, sobreviviente del Holocausto, emigró a Eretz Israel, formó una familia y durante décadas se negó a hablar de todo lo que había vivido. Solo en sus últimos años, cuando sus nietos le insistieron una y otra vez, accedió a compartir algunos recuerdos.

Entre las pocas historias que decidió relatar estaba esta, porque veía en ella una enseñanza para toda la vida.

Solía repetir una y otra vez:
"Cuando uno guarda silencio, nunca pierde; al contrario, gana. Mientras la palabra no ha salido de la boca, la persona es dueña de ella. Desde el momento en que la pronuncia, la palabra pasa a ser dueña de la persona."

Y no eran solo palabras.
Jamás habló lashón hará ni participó en conversaciones donde se hablara mal de otra persona. Si escuchaba que alguien comenzaba a criticar al prójimo, simplemente se levantaba y se retiraba discretamente, sin reprochar a nadie ni llamar la atención.

En una ocasión le preguntaron por qué, en aquel momento tan decisivo, después de que otro prisionero lo señalara, no aclaró que se trataba de un error.

Su respuesta fue tan sencilla como profunda:

"No pensé demasiado. Me dije que, si no iba, el nazi terminaría matándonos a los dos."

Rev Abraham vivió casi cien años y gozó de una salud extraordinaria hasta el final de sus días.

Poco antes de fallecer, después de una caída por la que fue trasladado al hospital, vio el rostro preocupado de su hija y le dijo con total serenidad:
"Todo Min Hashamaim, [todo viene de Hashem]."

Así vivió toda su vida: con una emuná sencilla, una confianza absoluta en el Creador y un profundo cuidado por cada palabra que salía de su boca.



Fuente: Sijat Hashavua #2062 Matot-Masei 5786.

Jinuj a la próxima generación - Farbrenguens en casa

De un Farbrenguen Iud Beis Tamuz con Reb Sholom Avtzon 

Mientras que el enfoque principal de un farbrenguen de Iud Beis Tamuz es la entrega absoluta (mesirut néfesh) del Rebe Anterior por cada aspecto del judaísmo, y especialmente en todo lo relacionado con la educación de niños judíos, también es un momento para prestar atención a los cientos —y quizás miles— de jasidim que no solo pusieron sus vidas en peligro, sino que muchos de ellos pagaron un precio muy alto. Algunos fueron encarcelados, otros enviados al exilio, y hubo quienes incluso entregaron su vida por cumplir la misión que el Rebe Anterior les había encomendado.

Aquellos jasidim conocían muy bien la gran posibilidad de lo que podía ocurrirles, pero eso no alteró en absoluto su decisión. También sabían que una condena a prisión o al exilio, en muchos casos, no era más que una sentencia de muerte encubierta, ya que muchos no lograban sobrevivir a las durísimas condiciones. Quienes sí sobrevivieron lo hicieron únicamente gracias a la inmensa bondad de Hashem.

Uno de esos jasidim que pasó muchos años en las cárceles soviéticas fue Reb Shmuel (Mule) Mochkin, el hijo mayor del mashpía Rab Peretz Mochkin.

En cierta ocasión, unos amigos del hijo de Reb Mule fueron a visitarlo a su casa. Uno de ellos le preguntó con asombro:

—¿Cómo pudo vivir de esa manera, con semejante mesirut néfesh en la Rusia soviética? ¡Preso, y en Siberia!

Reb Mule respondió:

—Lo que nosotros hicimos no tenía nada de extraordinario. Estoy completamente seguro de que si cualquiera de ustedes hubiera vivido en las mismas circunstancias que nosotros, también habría actuado con el mismo mesirut néfesh. Ninguno de nosotros hizo algo excepcional.

El muchacho, desconcertado, replicó:

—¿Está diciendo que no hay ninguna diferencia entre su generación y la nuestra? 

Reb Mule respondió:

—Sí, en realidad, noto una gran diferencia. Nosotros crecimos con una pasión y un ardiente deseo por participar en un jasídishe farbrenguen, especialmente cuando era en una fecha especial en Lubavitch ('Yoma Depagra'). En los niños y jóvenes de hoy no veo esa pasión.

Ese comentario me recordó algo que escuché de Rab Shlomo Galperin. Poco antes de que el Rebe Anterior abandonara Rusia, un josid le preguntó:

—¿Qué puedo y debo hacer para transmitir a mis hijos una impresión profunda, para que crezcan comportándose como verdaderos jasidim?

El Rebe le respondió:

—Procura que los farbrenguens se realicen en tu casa, y que ellos sean conscientes de ello.

Puede que en el momento no sintamos que hayamos obtenido algo especial de un farbrenguen. Sin embargo, con el paso de los años, cada uno podrá ver con claridad los enormes beneficios que un farbrenguen produce.

*

En este contexto, resulta oportuno recordar tres consejos que solía dar el secretario principal y mano derecha del Rebe, Rab Jaim Mordejai Aizik Jadakov, a los jóvenes jatanim que estaban por formar un nuevo hogar judío.

El primero era: comprar una mesa de comedor sólida y resistente. ¿La razón? Que pudiera soportar los farbrenguens que se realizarían en esa casa. En un verdadero jasídishe farbrenguen, cuando el calor espiritual iba en aumento, no era raro que los participantes golpearan con fuerza la mesa al cantar un Nigun o incluso se subieran sobre ella para bailar. La mesa debía estar preparada para ello.

El segundo consejo era que, cuando terminara de estudiar por la noche —ya fuera Jumash, Rambam, Guemara o Likutei Sijot—, no devolviera el libro al estante. Que lo dejara apoyado sobre la mesa. Así, cuando los hijos se levantaran por la mañana para ir al jeider o a la escuela, lo primero que vean sea un sefer sobre la mesa. Sin necesidad de discursos, esa imagen les transmitiría qué es lo verdaderamente importante en un hogar judío.

Y el tercer consejo era tener siempre en la casa un sidur con un señalador colocado en la página del Kidush del Shabat de día, dejándolo al alcance de la Baleboste (la mujer de la casa). De esa manera, mientras el esposo prolongaba su Tefilá con avodá y concentración, ella podía tener el Sidur listo para hacer Kidush a los niños sin demoras. También ese detalle educa: los hijos crecen viendo que la vida del hogar gira naturalmente en torno al Davenen, la Torá, el Shabat y los farbrenguens.

No son grandes discursos ni enseñanzas teóricas. Son pequeños actos cotidianos que van moldeando el ambiente del hogar. Porque, al igual que ocurre con un farbrenguen, quizás en el momento no siempre percibamos su efecto; pero con el paso de los años, los frutos de esa atmósfera se hacen visibles en toda una generación de hijos y nietos.

La promesa que le hizo tomar el Jafetz Jaim y su desenlace

Uno de los Talmidim (alumnos) del Jafetz Jaim se disponía a emigrar a los Estados Unidos y acudió a despedirse de su maestro para recibir su Broje.

La respuesta del Jafetz Jaim sorprendió profundamente a aquel discípulo, un hombre temeroso de Hashem. El gran sabio condicionó su bendición a que le prometiera, mediante un solemne apretón de manos (tekíat kaf), que seguiría cuidando el Shabat también en América.

Solo después de sellar aquella promesa recibió la Brajá de su maestro y emprendió el viaje junto con su esposa.

Al llegar a Estados Unidos, le resultó muy difícil encontrar un empleo estable. Debido a su estricta observancia del Shabat, era despedido una y otra vez, y la familia vivía con enormes privaciones. Finalmente consiguió trabajo como limpiador de ventanas en una escuela cuyo director aceptó respetar esa condición.

Con el paso del tiempo demostró ser un empleado ejemplar. Gracias a su dedicación y responsabilidad fue ascendiendo, hasta ser nombrado encargado de todo el personal de limpieza de la escuela. Su situación económica mejoró considerablemente, vivía con tranquilidad y hasta había conseguido ahorrar algo de dinero.

Sin embargo, un día el director le comunicó que, de allí en adelante, tendría que trabajar los sábados también.

Por más que expresó su asombro y le suplicó que respetara el acuerdo original, nada sirvió. Como se negó a profanar el Shabat, fue despedido en el acto.

Pasaron seis largos meses. La familia fue consumiendo, día tras día, los ahorros que tanto esfuerzo les había costado reunir. Lo que había sido un pequeño respaldo económico terminó por desaparecer casi por completo. Con las últimas monedas que le quedaban compró lo indispensable para honrar el Shabat.

Al ser padre de familia, llegó a pensar que la situación rozaba el peligro de vida. Al concluir aquel Shabat tomó una dolorosa decisión: caminaría hasta la casa del director para decirle que estaba dispuesto a trabajar los sábados.

Pero mientras iba de camino recordó el apretón de manos con el Jafetz Jaim, aquella promesa sagrada de jamás profanar el Shabat.

No pudo seguir avanzando.

Se dio media vuelta y regresó a su hogar, decidido a empezar de nuevo y confiando en que el mérito de cuidar el Shabat le abriría un camino.

Poco tiempo después de regresar a casa, esa misma noche, escuchó que golpeaban la puerta.

Al abrir, quedó completamente sorprendido.

Frente a él estaban el director de la escuela y otro hombre.

El director, visiblemente feliz, le pidió permiso para entrar. Una vez sentados, le dijo:

—Seguramente te preguntas por qué he venido. Déjame explicártelo.

El hombre que está conmigo es un amigo mío. Exactamente hace seis meses me preguntó por qué empleaba a un judío en la escuela.

Le respondí que jamás había conocido a una persona tan íntegra como tú. Siempre has sido un trabajador leal, responsable y digno de confianza. Eres fiel a tus principios y convicciones, y estaba seguro de que no aceptarías profanar el Shabat ni por toda la fortuna del mundo.

Mi amigo insistió en que cualquier judío vendería sus principios por dinero.

Entonces hicimos una apuesta de cinco mil dólares. Yo sostuve que, incluso si te despedía durante seis meses, jamás aceptarías trabajar en Shabat.

Hoy se cumplieron exactamente esos seis meses... y he venido a decirte que gané la apuesta.

Al oír la historia, el judío se alegró de haber tenido, al menos, el mérito de Kidush Hashem, santificar el Nombre de Hashem. Sonriendo, felicitó al director por haber ganado.

Entonces el director respondió:

—Pero tú también eres socio de esta ganancia. Gracias a ti gané la apuesta.

Y le entregó un sobre con 2.500 dólares. (Una importante suma en aquel entonces)

El hombre apenas pudo balbucear unas palabras de agradecimiento.

Entonces el director le preguntó:

—¿Recuerdas la condición que acordamos cuando comenzaste a trabajar aquí?

—Sí —respondió.

—Pues fui yo quien rompió ese acuerdo. Por lo tanto, considero que también debo pagarte el salario correspondiente a los últimos seis meses.

Y le entregó un segundo sobre, que contenía otros 2.500 dólares.

Mientras se levantaba para despedirse, añadió:

—Solo tengo un pedido más: mañana vuelve a tu trabajo.



Moraleja:
Quien cuida el Shabat jamás sale perdiendo.


Fuente: Hidabroot.org

jueves, 2 de julio de 2026

Operación Entebbe - 50 años

Contra Toda Probabilidad - Operación Entebbe - Derher 

martes, 30 de junio de 2026

La melodía que respondió todas las preguntas


Cuando el Rab Berel Baumgarten llegó a la Argentina como el primer sheliaj del Rebe de Lubavitch, la realidad judía del país era muy distinta de la que conocemos hoy.

Era la década de los sesenta. Gran parte de la juventud judía estaba profundamente identificada con los movimientos sionistas, kibutzianos y jalutzianos. La comunidad ortodoxa, en cambio, era pequeña, débil y con escasa presencia pública. Hablar de jasidut Jabad en la Argentina era prácticamente hablar de un sueño.

Con paciencia infinita y una entrega absoluta, Rab Baumgarten comenzó un verdadero trabajo de hormiga. Visitó hogares, dio clases, organizó encuentros, estudió con jóvenes uno a uno y despertó incontables neshamot. Muchos de aquellos muchachos continuaron luego sus estudios en ieshivot, algunos viajaron a estudiar a 770, y con el paso de los años formaron la gran mayoría de las familias jasídicas de Jabad que hoy existen en la Argentina.

Reb Shaul Mizraji recuerda uno de aquellos episodios que jamás olvidó.

«Yo era apenas un muchacho, pero ya me había acercado mucho a Rab Berel y procuraba absorber todo lo que podía de él. Estudiaba con él y, al mismo tiempo, colaboraba en distintas tareas. Como me gustaba manejar, muchas veces hacía de chofer, y fue justamente así como tuve el mérito de presenciar la siguiente historia. En cierta oportunidad llevé al Rab Baumgarten a un importante club judío —creo que era Lamroth Hakol o Macabi— donde había sido invitado a participar de un encuentro con el público.

Apenas llegamos, la atmósfera era tensa. Bastaba mirar los rostros de los presentes para comprender que muchos habían venido dispuestos a enfrentarlo. Ni bien fue presentado, comenzaron a llover preguntas desde todos los rincones de la sala.
Las preguntas eran de toda clase: filosóficas, científicas, ideológicas y religiosas. Algunas eran extremadamente elaboradas. Rab Baumgarten aún no manejaba el español con soltura, de modo que, además de la profundidad de los planteos, muchas veces le costaba incluso comprender exactamente qué le estaban preguntando...
Entonces ocurrió algo completamente inesperado.

Rab Berel se puso de pie y dijo con toda naturalidad:

—Permítanme comenzar este encuentro con un nigún, una melodía jasídica.

Todos sabían que poseía una voz extraordinaria. Era un excelente jazán y un jasid que cantaba con toda el alma.
Comenzó entonces a entonar el famoso nigún del Shpoler Zeide, Kol BaYaar.

La melodía describe, en forma de parábola, el profundo anhelo de Hashem, nuestro Padre, por el regreso de Sus hijos, el pueblo de Israel. Los hijos responden que un guardián les impide volver. La idea está basada en el Midrash, donde Hashem llama a Israel a regresar, y el pueblo responde: "Depende de Ti, Amo del Universo".

Rab Berel no se limitó a cantar una sola versión. Fue interpretando la misma melodía en varios idiomas: ídish, hebreo, inglés, portugués y, por supuesto, español.

Mientras cantaba, podía verse cómo el ambiente iba transformándose. El hielo comenzaba a derretirse. Los rostros endurecidos se suavizaban. La tensión desaparecía poco a poco.

Cuando terminó el nigún, reinó un silencio absoluto.

Toda la sala estaba conmovida.

Finalmente, uno de los dirigentes tomó la palabra, representando aparentemente el sentir de todos los presentes.
—Rabino —le dijo—, ahora díganos lo que vino a compartir con nosotros.

Y, curiosamente, ya no hizo falta responder ninguna de las preguntas.
El nigún había hablado por sí solo.

Aquella reunión dejó una huella imborrable. No convenció únicamente a las mentes; tocó las neshamot.

---

No era la primera vez que ocurría algo semejante.

Muchos años antes, el Alter Rebe llegó a la célebre ciudad de Shklov, en uno de los momentos más intensos de la oposición de los misnagdim contra el movimiento jasídico. Se convocó a todos los judíos de la ciudad, especialmente a los grandes talmidei jajamim, para escuchar al líder jasídico.

Apenas llegó, comenzaron también allí las preguntas, los cuestionamientos y los desafíos halájicos.
Pero el Alter Rebe no respondió inmediatamente.
Primero entonó el nigún Taamu UReú.

Aquel nigún expresó aquello que las palabras no podían transmitir.

Se cuenta que, al concluir el encuentro, decenas de aquellos eruditos salieron detrás del Alter Rebe. Aquel primer contacto los marcó profundamente y, con el tiempo, muchos de ellos se convirtieron en sus jasidim.
No sólo por las respuestas que escucharon.
Sino por la verdad que habían sentido.

*
Quizás allí radica una de las mayores enseñanzas de esta historia.

Rab Berel Baumgarten actuó exactamente como lo habían hecho el Alter Rebe y, después de él, todos los Rebeim. Frente a un ambiente aparentemente hostil, frente a personas que parecían llegar dispuestas a discutir y refutar, no se dejó intimidar por las apariencias ni por el clima del momento.

Porque un jasid sabe que, por más capas que puedan cubrirla, en lo profundo de cada judío arde una neshamá pura que anhela conectarse con Hashem.

Con el tokef jasídico —esa firmeza serena, segura de la verdad de la Torá y llena de amor por cada judío— Rab Berel no respondió al desafío con confrontación, sino revelando aquello que todos compartían en lo más profundo: el vínculo eterno entre Hashem y Su pueblo.

Y cuando esa verdad aflora, muchas veces las preguntas dejan de necesitar respuestas.
Porque el corazón ya encontró aquello que la mente todavía estaba buscando.







Letra del Nigun Kol Bayaar

קוֹל בַּיַּעַר אָנוֹכִי שׁוֹמֵעַ, אַב לַבָּנִים קוֹל קוֹרֵא / 

א געשריי און א געוואלד און א געפילדער א פאטר אין וואלד זוכט דאך זיינע קינדער .
Una voz en el bosque escucho llamar,
un padre a sus hijos que viene a buscar.


בָּנַי בָּנַי לְהֵיכָן הָלַכְתֶּם, אֲשֶׁר עָלַי כָּךְ שְׁכַחְתֶּם / 
קינדער קינדער וואו זייט איהר געווזען וואס אויף מיר האט איהר שוין פארגעסען.
¡Hijos míos!, ¿Dónde pueden estar?
¿Cómo fue que de su Padre se pudieron olvidar?

 בָּנַי בָּנַי שׁוּבו לְבֵיתִי, כִּי לֹא אוּכַל לָשֶׁבֶת יְחִידִי בְּבֵיתִי / 
קינדער קינדער קומט צו מיר אהיים ווארום מיר איז אומעטיג צו זיצען אליין /

¡Hijos! ¡Hijos! regresen de nuevo al hogar;
ya no puedo Yo solito en Mi Casa morar.

אָבִינוּ אָבִינוּ אֵיךְ נָשׁוּב, והַשּׁוֹמֵר עוֹמֵד בְּשַׁעַר הַמֶּלֶךְ... / 
פאטער פאטער ווי קענען מיר געהן צו דיר אז דער שומר שטייט דאך ביי דער טיר /
¡Padre! ¡Padre! ¿cómo iremos hasta Ti,
si el guardián está en la puerta impidiéndonos subir?

🎵🎶Ay, ay, ay... ay, ay, ay...🎶🎵

YUD BEIS TAMUZ 5786 - Las lágrimas de un abuelo



Sonó el teléfono.

—Hola, Karen, habla Tzipi. ¿Te gustaría pasar este Shabat con nosotros?

Karen, estudiante de una universidad local, se sintió conmovida de que alguien de la comunidad de Lubavitch de Saint Paul todavía se acordara de ella. Había conocido a Tzippi el verano anterior, en 1978, cuando tomó algunas clases en la Midrashá de Beis Jana de Minnesota, y había disfrutado muchas mesas de Shabat con Tzipi y su familia.
Aunque recientemente se había vuelto ambivalente respecto a la observancia de las mitzvot, Karen aceptó la invitación. Después se alegró de haberlo hecho. Se sentía bien volver a la comunidad de Lubavitch y experimentar la alegría del Shabat. Se sentía afortunada de conocerlos, aunque no fuera una de ellos.

Al concluir Shabat la convencieron de asistir a una reunión especial en honor al Iortzait del Frierdiker Rebe, donde hablaría el rabino Shlomó Zalman Hejt (Sheliaj enviado por el Frierdiker Rebe, más de treinta años antes, en la década de 1940, para fortalecer a la comunidad judía de Chicago).

Al comenzar su charla, el rabino Hejt compartió una enseñanza que había escuchado personalmente del Frierdiker Rebe.

El Frierdiker Rebe relató una costumbre del Baal Shem Tov. Cuando alguien acudía a él, solía preguntarle:
"וואס געדיינקסטו?"
—¿Qué recuerdas?
No se refería a conocimientos o ideas, sino a aquel acontecimiento de la vida que permanecía grabado en la memoria de la persona. Luego le explicaba qué enseñanza debía extraer de ese recuerdo.

Y agregó:

—Una de las expresiones de la Providencia Divina es que cada persona escucha aquello que necesita escuchar y ve aquello que necesita ver.

A continuación, el rabino Hejt comenzó a relatar historias sobre el Frierdiker Rebe.

En un momento recordó un episodio ocurrido al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

En aquellos años existía una organización llamada Keren Hatzalá, dedicada a ayudar a los refugiados judíos. Entre quienes fueron enviados a Europa para distribuir la ayuda se encontraba Shmuel Broida, un importante dirigente comunitario de Chicago que no era un jasid de Jabad.

Al regresar, Broida contó una experiencia que jamás olvidaría.
En París había conocido a numerosos refugiados provenientes de Rusia. Quería comprender cómo habían logrado conservar su identidad judía después de tantos años bajo el régimen soviético. Habló con ancianos, con adultos y finalmente con un pequeño niño.

Le preguntó:

—Voy a regresar a América. ¿Hay algo que desees mucho, que quizás pueda traerte?

Esperaba escuchar un pedido propio de un niño: golosinas, algún juguete o ropa nueva.

Pero la respuesta lo dejó sin palabras.

—Me gustaría ir a América para verlo al Rebe.

Con lágrimas en los ojos, Broida comentó después:

—Puedo entender que una persona mayor quiera ver al Rebe. Pero un niño pequeño... Pensé que pediría caramelos o juguetes. Sólo deseaba una cosa: ver al Rebe.

Y concluyó:

—Si el Rebe puede dejar una impresión tan profunda veinte años después de haber abandonado Rusia, hasta el punto de que niños pequeños crezcan con ese anhelo, entonces esto es algo extraordinario.

El rabino Hejt recorrió con la mirada la silenciosa sala. Algunas personas se estaban secando los ojos. En la primera fila vio a una joven con lágrimas corriendo por su rostro.

Entre los presentes se encontraba también el rabino Moshe Feller, el sheliaj del Rebe en Minnesota. Al verla llorar de aquella manera, le comentó al rabino Hejt que sospechaba que aquella joven podía ser una nieta del Sr. Broida.

Al concluir la conferencia, el rabino Hejt se acercó a ella en privado.

—¿Eres familiar de Shmuel Broida?

Karen asintió.
—Era mi abuelo.

Entonces el rabino Hejt le contó algo que no había compartido públicamente.

Años después de aquella experiencia en París, su abuelo le había pedido que le consiguiera un iejidut con el Frierdiker Rebe.

Era 1947 y, debido al delicado estado de salud del Rebe, obtener una audiencia privada era algo muy difícil. Sin embargo, logró organizarla.

Viajaron juntos a New York. Al salir del iejidut, su abuelo estaba profundamente emocionado.

—Esta ha sido una de las experiencias más extraordinarias de mi vida —fue todo lo que quiso decir.

Poco después, el secretario salió y le informó que el Rebe deseaba verlo.

Cuando entró, el Frierdiker Rebe le dijo:

—Reb Shmuel Broida estuvo aquí conmigo. Le pregunté por sus actividades y luego le pregunté: "¿Qué sucede con tus hijos?" Y rompió en llanto.

Entonces el Rebe agregó:

"Le prometí que algún día tendrá najes de sus nietos."

Mientras relataba todo esto, el rabino Hejt observó que Karen volvía a emocionarse. Ella sabía perfectamente por qué había llorado su abuelo allí adentro, en ese Iejidut. Cuando él falleció, ninguno de sus diecisiete nietos observaba Torá y mitzvot.

El rabino Hejt le dijo entonces:

—Hasta hoy no entendía por qué el Rebe me contó aquella conversación. Ahora lo entiendo. Fueron aquellas lágrimas de tu abuelo las que te trajeron de regreso.

Aquella noche marcó un punto de inflexión en la vida de Karen. Poco tiempo después ingresó a estudiar en Majón Jana y comenzó su camino de retorno al judaísmo. Con el tiempo, ella y sus hermanos formaron hogares observantes.

Quizás por eso el rabino Hejt comenzó aquella noche recordando la enseñanza del Baal Shem Tov.
"וואס געדיינקסטו?"
"¿Qué recuerdas?"

Y quizás por eso Karen estaba allí.

Porque una de las expresiones de la Hashgajá Pratit es que cada persona escucha aquello que necesita escuchar y ve aquello que necesita ver.

Aquella noche, Karen escuchó la historia de las lágrimas de su abuelo. Y comprendió que, décadas después, seguían dando fruto.



Fuente: Adaptado por Yerajmiel Tilles de un artículo publicado en L'Chaim nº 424 y de la historia original del libro "From the Heavens to the Heart", de Tzvi Jacobs.

La respuesta a una carta que nunca fue enviada



Esta historia me acompaña desde que era una niña de segundo grado. Mi nombre es Jana (hoy Logov, entonces Mendelson), y mi hermano menor, que en aquel momento estaba en primer grado, se llama Baruj (hoy es Sheliaj del Rebe en Kiev).

En esa época, Baruj era un niño débil. Sufría repetidamente de neumonías, y mi madre, Sheina Mendelson z”l, estaba muy preocupada. Decidió escribirle al Rebe de Lubavitch para pedir una bendición por su salud.

Cuando yo, una pequeña niña de segundo grado, vi a mi madre escribiendo junto con Baruj, le dije enseguida:

—Mamá, ¡yo también quiero escribirle una carta al Rebe!

Mi madre respondió de inmediato:

—¿Qué dices, Jana’le? El Rebe no es un amigo nuestro; no se le escribe por cualquier cosa.

Pero, como toda niña pequeña, insistí una y otra vez, hasta que mi madre cedió y dijo:

—Está bien, escribe.

Me senté y escribí una carta propia de una niña: le conté al Rebe que pronto sería mi cumpleaños y otras pequeñas cosas que interesan a los niños.

Esa noche, cuando mi madre fue a enviar las cartas, su conciencia jasídica comenzó a inquietarla. Pensó para sí:

“Realmente, el Rebe no es un amigo; ¿cómo voy a molestarlo con una carta de una niña pequeña sobre su cumpleaños?”

Tomó la carta de Baruj y la envió. Mi carta, en cambio, la dobló, la guardó en un armario entre su ropa y decidió no enviarla.

Pasaron unas dos semanas y media.

Mi madre regresó del trabajo, abrió el buzón de correo y casi se desmayó allí mismo.

En el buzón la esperaba un sobre oficial de 770, de la Secretaría del Rebe. En el sobre estaba escrito claramente:

“Para Jana y Baruj Mendelson”.

Mi madre tembló por completo. ¡La carta de Jana jamás había sido enviada! ¡Estaba guardada dentro del armario de la casa!

Cuando abrimos el sobre, encontramos dos cartas separadas.

Una era para Baruj, en la que el Rebe lo bendecía con una pronta recuperación y buena salud.

¿Y la otra?

Una carta personal dirigida a mí, Jana, con una respuesta precisa a todo lo que yo había escrito.

Tiempo después, en una celebración familiar, mi madre se encontró con su tío, el josid y principal joizer (repetidor de los discursos del Rebe), Rev Yoel Cahn  ע"ה.

Con enorme emoción le contó esta historia y le dijo:

—Rev Yoel, ¡mire qué milagro, qué manifestación tan evidente de Ruaj Hakodesh del Rebe!

Rev Yoel escuchó atentamente y luego le dijo una frase que me acompaña hasta el día de hoy:

—Sheina, que el Rebe tiene Ruaj Hakodesh es algo claro y sabido; de eso no hay que maravillarse. ¿De qué sí hay que maravillarse? Del interés y la preocupación del Rebe. El Rebe estaba sentado en su habitación en Brooklyn y vio, con su ruaj hakodesh, que un hermano iba a recibir una carta y su hermana no, y que ella se sentiría triste. Lo que debe asombrarnos es el cariño y la preocupación del Rebe por una pequeña niña judía.

Esa carta quedó en nuestra familia como un testimonio vivo del Ruaj Hakodesh del Rebe. Pero más aún, quedó como un recordatorio del inmenso amor y la preocupación que el Rebe sentía por cada judío, incluso por una pequeña niña que podía sentirse triste al ver que su hermano había recibido una carta y ella no.

Esa es la verdadera maravilla.






Los tefilín que salvaron una vida


Era fines de 1959. Shalom (Shelly) Ber recibió la orden de incorporarse al ejército de los Estados Unidos. Antes de presentarse al servicio militar, ingresó a yejidut con el Rebe y le informó que partiría el 17 de noviembre. El Rebe lo bendijo.

Al concluir el entrenamiento básico, le comunicaron que sería enviado a Corea. Antes de partir recibió una breve licencia. Al llegar a su casa, su madre le dijo:

—Llamaron de 770. El Rebe quiere verte.

Shalom no entendía el motivo, pero fue de inmediato.

El Rebe lo recibió con una amplia sonrisa y pidió a su secretario que trajera un paquete preparado para él. Dentro había un par de tefilín.

—Ya tengo tefilín desde mi Bar Mitzvá —comentó Shalom.

—Lo sé —respondió el Rebe—, pero quiero que lleves estos contigo. Prométeme que te los pondrás y recitarás el Shemá todos los días.

Shalom estaba emocionado, pero permaneció en silencio.

—No escuché tu promesa —le dijo el Rebe.

Entonces prometió cumplirlo.

Antes de despedirse, el Rebe agregó:

—Quiero prepararte. Allí te resultará muy difícil. Y si alguna vez no puedes colocarte los tefilín, asegúrate al menos de recitar el Shemá.

El viaje a Corea comenzó con un largo vuelo desde California, con escalas en Hawai, la isla Wake y Japón. Mientras los soldados aguardaban para continuar el trayecto, Shalom se levantó para estirar las piernas.

Justo en ese instante apareció un oficial y le ordenó subir inmediatamente a otro avión. Fue elegido simplemente porque era el único que estaba de pie.

Más tarde se supo que el avión en el que originalmente debía viajar desapareció y se perdió todo contacto con él. Nadie volvió a saber qué ocurrió. Su vida había sido salvada milagrosamente.

Ya en Corea, Shalom intentaba ponerse los tefilín cada mañana, pero su comandante le hacía la vida imposible. Le asignaba las tareas más difíciles y buscaba cualquier excusa para perjudicarlo.

En una ocasión obtuvo permiso para una salida especial. Debía viajar en una pequeña avioneta para dos personas. En pleno vuelo, el motor dejó de funcionar y la aeronave comenzó a caer. El piloto intentó un aterrizaje de emergencia en un arrozal, pero segundos antes del impacto el motor volvió a encenderse. Nuevamente, se salvó de manera milagrosa.

Aun así, las dificultades continuaron. Desanimado por la constante presión de su superior, Shalom dejó de ponerse los tefilín y se limitó a recitar el Shemá.

Poco después recibió una carta de su madre:

—Mi querido hijo, acabo de recibir un mensaje de 770. El Rebe dice que no estás cumpliendo tu promesa.

Shalom quedó atónito.

Comprendió que debía encontrar la manera de conectarse y servir a Hashem aun en aquellas circunstancias. Solicitó un traslado y fue enviado a una unidad de ingeniería de combate que operaba detrás de las líneas enemigas, realizando peligrosísimas misiones de demolición de puentes, desactivación de minas y destrucción de instalaciones militares.

Allí, por fin, pudo volver a ponerse los tefilín todos los días.

Siete meses después, cuando ya se acercaba el final de su servicio, su unidad fue sorprendida por un intenso bombardeo en la frontera entre Corea del Norte y Corea del Sur.

Los soldados, atrapados en trincheras llenas de barro bajo la lluvia y el granizo, carecían de suficiente munición. La situación parecía desesperada.

En medio del caos, uno de los soldados que compartía barracón con él le gritó:

—¡Ber, necesitamos a Di-s! Tú tienes esas cajitas que te pones cada mañana. ¡Reza por todos nosotros!

Shalom dudó, pero el soldado insistió:

—¡Reza por nosotros o te disparo!

Con las manos cubiertas de barro, sacó los tefilín, se los colocó apresuradamente y, en medio del estruendo de la artillería, levantó los ojos al cielo y exclamó:

"Shemá Israel, Ado-nai Elo-heinu, Ado-nai Ejad".

En ese mismo instante cesó el bombardeo.

Un silencio absoluto se apoderó del lugar.

—No podía creer lo que veía —recordaría más tarde.

Los soldados salieron de las trincheras y regresaron sanos y salvos.

Años después, Shalom resumió la experiencia con estas palabras:

—El Rebe vio que necesitaría esa fuerza para atravesar todo lo que me esperaba en la guerra. Los tefilín del Rebe salvaron mi vida una y otra vez. Gracias a la protección que me brindaron estoy aquí para contar mi historia y alentar a cada judío a ponerse tefilín, aunque sea una sola vez.

Fuente: JEM, "My Encounter".

*
Esta noche entramos en Guímel Tamuz, fecha que nos impulsa a reflexionar sobre nuestro vínculo con el Rebe y, sobre todo, sobre la vigencia de sus enseñanzas y sus directivas.

La mejor manera de conectarnos con el Rebe es fortalecernos en aquello que él pidió de cada judío: más Torá, más Mitzvot, más Ahavat Israel y más difusión de la luz del judaísmo.

Que podamos tomar una Hajlatá, una buena decisión en honor a este día y merecer muy pronto la Gueulá verdadera y completa, ahora.

En 2023, Shelly Ber regresó a Corea para volver a colocarse los Tefilín del Rebe en aquel lugar histórico.


ESPECIAL PARA GUIMEL TAMUZ 5786 - 32 AÑOS



El rabino Pinjas Taitz, reconocido dirigente de New Jersey, realizó veintidós viajes a la Unión Soviética durante los años más duros del régimen comunista. Mientras millones de judíos permanecían atrapados detrás de la Cortina de Hierro, él se convirtió en uno de los pocos rabinos occidentales que lograban ingresar regularmente al país.

Gracias a sus contactos y a la confianza que le dispensaban las autoridades, podía visitar Rusia con relativa libertad. Sin embargo, aprovechaba cada viaje para introducir clandestinamente Sidurim, Jumashim, Tefilín y otros artículos necesarios para mantener viva la llama del judaísmo entre los judíos soviéticos.

Aunque provenía del mundo lituano tradicional y no era jasid de Jabad, admiraba profundamente el heroísmo de aquellos jasidim que arriesgaban su libertad y sus vidas para preservar la Torá y las mitzvot. A lo largo de los años se convirtió en un importante vínculo entre el Rebe y los judíos que vivían detrás de la Cortina de Hierro.

En una ocasión, poco antes de emprender otro de sus viajes, un emisario del Rebe llegó a su casa con el acostumbrado paquete de sidurim, jumashim y tefilín. Sin embargo, aquella vez había algo más.

El emisario sacó un pequeño ejemplar del Tania y le dijo:

—El Rebe pidió que lo lleve consigo durante todo el viaje.

El rabino Teitz quedó sorprendido. Introducir Tefilín o Sidurim ya implicaba cierto riesgo. Pero un Tania era algo completamente diferente. El nombre de Jabad era bien conocido por la KGB, y la sola posesión de ese libro podía despertar sospechas.

Aun así, decidió aceptar. Si el Rebe se lo había pedido, debía haber una razón.

Tres días después de llegar a Moscú, mientras regresaba a su hotel tras rezar Arvit en la Gran Sinagoga, dos jóvenes aparecieron repentinamente en una calle oscura. Lo sujetaron de los brazos y lo condujeron rápidamente hacia un automóvil estacionado.

Por un momento pensó que había caído en manos de la KGB.

Su alivio fue inmenso cuando descubrió que aquellos misteriosos "secuestradores" eran en realidad dos jasidim de Jabad... Le explicaron que aquella era la única manera segura de llevarlo a una casa clandestina sin despertar sospechas.

Una vez a salvo, le revelaron el motivo de la reunión.

Ambos necesitaban urgentemente la orientación del Rebe.

El primero acababa de enterarse de que la KGB seguía de cerca sus actividades. Quería saber si debía abandonar Moscú y esconderse en otra ciudad o permanecer allí, continuando su labor educativa clandestina.

El segundo enfrentaba un dilema diferente. Tenía la posibilidad de solicitar un permiso para emigrar a Eretz Israel. Sin embargo, presentar la solicitud significaba perder inmediatamente su prestigioso empleo como ingeniero, y si el permiso era rechazado podría quedarse sin medios para mantenerse.

El rabino Teitz prometió memorizar cuidadosamente sus nombres y preguntas para transmitirlas al Rebe a su regreso. Escribir cualquier dato en papel habría sido demasiado peligroso.

La tensión fue disminuyendo y comenzaron a conversar.

En medio de la charla, el rabino Teitz mencionó casualmente que llevaba consigo un pequeño Tania que el Rebe le había entregado, para llevar durante el viaje.

Los dos jasidim quedaron inmóviles.

—¿Quiere decir que tiene aquí consigo el Tania del Rebe?

Con manos temblorosas, el rabino sacó el libro de su bolsillo.
Los jasidim quedaron sobrecogidos. Antes de siquiera tocar el libro, se colocaron un gartel, como preparación y muestra de respeto ante aquel momento tan especial. Sólo entonces, con manos temblorosas y profunda reverencia, tomaron el Tania. Lo observaban desde todos los ángulos, acariciaban sus páginas y lo sostenían con reverencia. Para ellos, no era simplemente un libro: era el Tania personal del Rebe, que había estado en sus manos apenas unos días antes, y que ahora había llegado milagrosamente hasta aquella habitación oculta en el corazón de la Unión Soviética.

De repente, uno de ellos descubrió algo.
Una esquina de una página estaba doblada.

Abrió el libro en ese lugar y comenzó a leer las primeras palabras y el primer renglón de la página [pág. קסב:
"שהשעה דחוקה לו ביותר וא"א לו בשום אופן להמתין"]
El texto hablaba de alguien que se encontraba bajo una gran presión y no podía permitirse ninguna demora.

El jasid palideció.

—¡Esta es mi respuesta! —exclamó con voz entrecortada—. ¡El Rebe me está diciendo que debo salir inmediatamente de aquí!

El segundo jasid tomó rápidamente el libro y comenzó a revisarlo con mayor atención.

Y entonces encontró otro doblez.

Abrió la página correspondiente.

Las palabras que aparecían allí eran: [pág. לח:
"ליכנס לארץ"]
 "entrar a la Tierra".

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¡Y esta es mi respuesta! ¡El Rebe me está indicando que debo solicitar inmediatamente permiso para hacer aliá!

Durante unos instantes permanecieron inmóviles, intentando asimilar lo que acababa de ocurrir.

Luego, incapaces de contener la emoción, los dos jasidim se tomaron mutuamente de los brazos y comenzaron a bailar.
Era un auténtico Tantzn jasídico.

Giraban una y otra vez por la pequeña habitación, cantando en voz baja para no llamar la atención de los vecinos, pero con una alegría imposible de ocultar.

El rabino Taitz observaba la escena con absoluto asombro.

Desde su perspectiva lituana y no jasídica, todo aquello le resultaba difícil de comprender. Dos hombres acababan de tomar decisiones que afectarían el resto de sus vidas —decisiones que podían determinar su libertad, su sustento e incluso su seguridad personal— basándose en unos pequeños dobleces encontrados en un Tania.

Y sin embargo, allí estaban, bailando con una certeza y una alegría que parecían provenir de otro mundo.

Años más tarde recordaría que aquella escena lo había dejado completamente desconcertado.

Pero los jasidim no tenían dudas.
Para ellos era evidente que aquellos dobleces no eran casuales. El Rebe había preparado aquellas señales antes incluso de que sus preguntas llegaran hasta él.

Cuando el rabino Taitz regresó a Estados Unidos, acudió al Rebe para informarle sobre su viaje.

Le contó todo lo sucedido, excepto un detalle.
No mencionó el episodio de los dobleces del Tania.

Temía que al Rebe no le agradara saber que aquellos jasidim habían basado decisiones tan trascendentales en señales encontradas en un libro.

Sin embargo, al finalizar la conversación, el Rebe le preguntó:

—¿Mostró el Tania a los jasidim?

—Sí —respondió.

Entonces el Rebe continuó:

—¿Y, prestaron atención a los kneitshn, a los dobleces de las páginas?
...
Al concluir el yejidut, el rabino Pinjas Taitz salió profundamente conmovido.

Como era habitual, varios bajurim que aguardaban cerca de la puerta se acercaron inmediatamente, intentando captar alguna palabra sobre lo que había sucedido en aquella audiencia privada. Todos sabían que el rabino acababa de regresar de Rusia y que seguramente había compartido con el Rebe información de suma importancia.

Esperaban escuchar alguna revelación extraordinaria.

Y, en cierto sentido, eso fue exactamente lo que ocurrió.
El rabino Taitz los observó y les dijo:

—Del rúaj hakódesh del Rebe no estoy impresionado.

Los presentes quedaron sorprendidos.

Continuó:

—A lo largo de mi vida tuve el mérito de conocer a varios grandes tzadikim y rabanim que poseían un rúaj hakódesh manifiesto. No es eso lo que me impresiona.

Hizo una pausa y añadió:

—Lo que realmente me impresiona es la fe pura, absoluta y genuina de los jasidim del Rebe.

Los bajurim escuchaban atentamente.

—Piensen en aquellos jasidim que conocí en Rusia. Vivían bajo la vigilancia constante del KGB. Sus decisiones podían determinar su libertad, su sustento e incluso su propia vida. Y, sin embargo, cuando encontraron aquellos pequeños dobleces en las páginas del Tania del Rebe, no dudaron ni un instante. Comprendieron el mensaje y actuaron en consecuencia con una certeza total.

Eso es lo que me deja verdaderamente impresionado. La extraordinaria convicción con la que un jasid sabe que su Rebe lo guía y lo acompaña, incluso desde miles de kilómetros de distancia, incluso detrás de la Cortina de Hierro, e incluso a través de un simple doblez en la esquina de una página.

Muchos años después, quienes escucharon aquellas palabras seguían recordándolas.

Porque provenían de alguien que no había crecido en Jabad, que observaba todo desde afuera y que, precisamente por ello, podía apreciar con claridad la singular profundidad del vínculo entre el Rebe y sus jasidim.


Fuente: La historia está basada en el testimonio del propio rabino Pinjas Taitz, quien durante décadas evitó que fuera publicada debido al peligro que aún corrían los judíos que permanecían en la Unión Soviética. (collive.com)

*

Esta semana (el miércoles de noche y jueves) se cumplen 32 años de Guímel Tamuz, el día en que el Rebe desapareció de nuestra vista física.

Historias como ésta adquieren hoy un significado aún más profundo.

Aquellos jasidim de Rusia no podían ver al Rebe. Estaban separados de él por miles de kilómetros, por fronteras infranqueables y por el régimen más opresivo del mundo. No podían llamarlo, visitarlo libremente ni recibir respuestas inmediatas. Sin embargo, estaban convencidos de que el Rebe conocía su situación, se preocupaba por ellos y encontraba la manera de guiarlos.

Y precisamente esa fue la lección que aprendió el rabino Pinjas Taitz. Lo que más lo impresionó no fue el rúaj hakódesh del Rebe, sino la profunda convicción de sus jasidim de que el vínculo con el Rebe no dependía de la cercanía física.

Treinta y dos años después de Guímel Tamuz, ese mensaje sigue vigente.

La verdadera pregunta no es cuánto podemos ver al Rebe, sino cuánto permitimos que sus enseñanzas, sus instrucciones y su visión influyan en nuestras vidas.

Cuando estudiamos sus Sijot, cumplimos sus Horaot, fortalecemos una mitzvá, ayudamos a otro judío o participamos en la tarea de preparar el mundo para la Gueulá, el vínculo con el Rebe se vuelve algo vivo y tangible.

Los jasidim de Rusia nos enseñan que la distancia física nunca fue un obstáculo. Si ellos pudieron sentir la guía del Rebe detrás de la Cortina de Hierro, nosotros ciertamente podemos encontrar inspiración y dirección en sus palabras, sus enseñanzas y su legado.

Que este Guímel Tamuz nos inspire a fortalecer nuestro hiskashrus, a agregar en Torá, Avodá y Guemilut jasadim, y a cumplir la misión que el Rebe encomendó a nuestra generación: preparar al mundo para la llegada inmediata de Mashíaj, ya mismo.

La fuerza de una Brajá

23 de Siván, es una fecha muy especial que aparece explícitamente en la Meguilat Ester. Allí se relata que, en ese día, los escribas del rey fueron convocados para escribir y promulgar todo aquello que ordenara Mordejai HaIehudí, con el fin de traer salvación, protección y bienestar al pueblo judío.

El Rebe señaló en varias oportunidades que esta fecha no es solamente un recuerdo histórico, sino una enseñanza vigente para cada generación. Así como en aquel 23 de Siván se emitieron decretos favorables para Am Israel por iniciativa de Mordejai, también hoy cada judío —miembro del pueblo de Mordejai— posee la capacidad y la responsabilidad de bendecir, influir positivamente y "dictaminar" que las cosas se encaminen de la mejor manera posible para el pueblo judío, tanto en lo material como en lo espiritual.

La historia que sigue constituye un hermoso ejemplo de cómo una bendición pronunciada con fe, en un ambiente de amistad y calidez jasídica, puede transformarse en una realidad concreta y traer una gran salvación.


Nuestra historia comienza en una fría noche de Shabat de invierno, Shabat Mevarjim del mes de Adar de 5759 (1999), en el cálido hogar de una familia jasídica de Jabad, en un antiguo barrio de Ierushalaim.

Ariel, oriundo de un kibutz del norte de Israel, estudiaba entonces en la ieshivá Or Sameaj para baalei teshuvá. Aunque normalmente pasaba los Shabatot junto a su hermano mayor, que vivía en un Ishuv del centro del país, en aquella ocasión se quedó en Ierushalaim por una razón especial, que conoceríamos más adelante, y fue invitado a pasar las Seudot con aquella familia.

Los invitados eran algo habitual en aquella casa. Pero esta vez, al enterarse de la llegada de Ariel, también fueron invitados varios estudiantes de la ieshivá Torat Emet, donde estudiaban algunos de los hijos de la familia, para aumentar la alegría y el ambiente jasídico de las comidas de Shabat.

Y efectivamente, entre el pescado y la carne, entre las zemirot, los nigunim jasídicos y las palabras de Torá, la atmósfera fue cobrando cada vez más entusiasmo. En medio de la camaradería propia del Shabat y del calor de los Lejaim's, Ariel abrió su corazón y compartió aquello que lo preocupaba. Fue entonces cuando también comprendimos por qué había alterado su costumbre y se había quedado en Ierushalaim.

Ariel tenía ya cerca de cuarenta años y aún no había encontrado a su pareja. Con la esperanza de acelerar su salvación, había probado numerosas segulot. En aquel tiempo, alguien le sugirió rezar junto al Kotel HaMa'araví durante cuarenta días consecutivos. Ariel adoptó la propuesta y, por ello, se vio obligado a permanecer varias semanas en la Ciudad Santa.

Como la conversación derivó naturalmente hacia el tema del matrimonio, el dueño de casa tomó un libro de relatos del Baal Shem Tov y leyó la historia de una pareja de huérfanos pobres y desamparados cuya boda había sido celebrada personalmente por el Baal Shem Tov. Sus discípulos, que lo acompañaban, completaron el minián bajo la jupá. Durante la Seudá de bodas, el Baal Shem Tov y sus alumnos le entregaron a los novios singulares “regalos”: uno les “obsequió” la finca vecina del Poritz (señor feudal local); otro les “regaló” el molino cercano, y así sucesivamente. Y, para asombro de todos, al concluir aquella celebración ocurrieron diversos acontecimientos que hicieron que aquellas bendiciones se materializaran plenamente.

—Si es así —dijo el dueño de casa al terminar la lectura—, dado que aquí también contamos con un minián de yehudim y estamos participando de un farbrenguen jasídico entre amigos, cuyo poder es bien conocido, ¡démosle una Broje a Ariel para que, con Beezrat Hashem, encuentre a su alma gemela antes de que termine este mismo mes!

—¡Amén! —respondieron con entusiasmo todos los presentes.

Inspirado por la atmósfera especial que había creado la historia del Baal Shem Tov y sus discípulos, uno de los jóvenes, dotado de una hermosa voz, declaró que él cantaría el nigún de la jupá en la jatuná de Ariel. Otro prometió bailar delante de los novios. Un tercero, el más robusto del grupo, se comprometió a alzar y cargar al novio sobre sus hombros. Y así, uno tras otro, fueron sumando sus propias promesas.

Finalmente, todos brindaron “Lejaim” y comenzaron a cantar: “Meherá ishama bearei Iehuda uvejutzot Ierushalaim...”. Ariel fue honrado para dirigir el zimún, y tras el Birkat Hamazón los invitados se despidieron con una profunda sensación de que la salvación estaba cerca.

Los días siguientes transcurrieron entre la expectativa de quienes habían participado de aquella comida. Pasó una semana, luego dos, luego un mes entero, y no llegó ninguna noticia de Ariel. La primavera ya llamaba a la puerta y, con los preparativos de Pesaj, el episodio fue quedando en el olvido.

Sin embargo, al mediodía de uno de los días de Jol HaMoed Pesaj, sonó el teléfono en la casa de aquella familia. Del otro lado de la línea estaba Ariel, con una invitación de casamiento.

Contó que en Purim —aproximadamente dos semanas después de haber recibido aquella bendición— un amigo lo había invitado a una Seudá en su casa. Allí conoció a quien estaba destinada a convertirse en su esposa y, tras un breve período de conocimiento mutuo, decidieron construir juntos un hogar judío.

La novia, también baalat teshuvá, tenía su propia historia relacionada con el encuentro del shiduj.

Ella también había buscado durante mucho tiempo a su compañero de vida. Aproximadamente un año antes, en vísperas de Purim de 5758 (1998), escuchó hablar de un distinguido rabino de una gran ciudad que tenía una costumbre singular. Cada año, durante la seudá de Purim, cuando la alegría alcanzaba su punto máximo y los participantes estaban animados por el vino, el Rav se dirigía a los presentes y los bendecía para que vieran satisfechas sus necesidades. Y para conferir a la bendición la fuerza de un fallo rabínico, invitaba a dos participantes más a unirse a él, formando juntos un pequeño bet din.

Aquel año, la futura novia acudió a la casa de ese Rav. Él la bendijo y, junto con los otros dos “jueces”, dictaminó que encontraría a su pareja durante el año siguiente.

Y así fue. Tanto la bendición pronunciada por el rabino en Purim del año anterior como la bendición otorgada por los participantes de aquella comida de Shabat dos semanas antes, se cumplieron y trajeron la salvación para Ariel y su novia.

Y en la noche de Lag Baomer de aquel mismo año, Ariel avanzó hacia su jupá acompañado por aquella familia y por los alumnos de la ieshivá Torat Emet que habían estado presentes en aquella inolvidable comida de Shabat. Los jóvenes cumplieron cada una de sus promesas y aportaron su parte a la gran alegría de la celebración: la alegría del novio y la novia.


Fuente: Sijat Hashavua #1050 (Agradecemos al relator de esta historia, el Sr. Ionatan Zigman, de Kfar Jabad, quien participó personalmente en aquella Seudá de Shabat.)

*

Una Brajá emitida con sinceridad por un grupo de yehudim reunidos en un jasídishe farbrenguen abrió los canales para una salvación esperada durante tantos años.

Quizás esta sea una de las enseñanzas del 23 de Siván: así como en tiempos de Mordejai se escribieron decretos favorables para el pueblo judío, también hoy las palabras de bendición pronunciadas con fe, amor al prójimo y confianza en Hashem tienen la capacidad de transformar la realidad y traer buenas noticias para Am Israel.