miércoles, 13 de mayo de 2026

Especial para Lag Baomer 5786 - El electricista tuerto en Merón



Los alumnos de la escuela en Ramat Gan estaban asombrados. El hombre que vestía el uniforme de la Jevrat Jashmal —la Compañía Eléctrica de Israel— que había venido a explicarles los peligros y las precauciones de seguridad relacionados con el uso de la electricidad, llevaba un parche negro cubriéndole un ojo. Tal vez pensaron que era un veterano de guerra herido.

Pero cuando dio la misma charla una semana después en la escuela primaria de Kfar Jabad, ya no llevaba el parche. Al terminar, uno de los Morim, Rev Jaim Ben-Natan, lo invitó a ponerse los Tefilín. El hombre aceptó con entusiasmo. Cuando terminó de recitar el Shemá Israel, Meir (no es su verdadero nombre) le ofreció contarle su historia al Moré.

Durante muchos años ha sufrido de diabetes. Recientemente desarrolló un problema doloroso en uno de sus ojos y una pérdida de visión. Dado que esto estaba relacionado con la diabetes, todos los médicos insistieron en que no había cura posible. Su médico más reciente le dio una pomada para aliviar el dolor y un parche negro para cubrir el ojo afectado, de modo de no comprometer la visión de su único ojo sano.

Su visión incompleta hizo imposible que continuara trabajando como técnico. En cambio, la compañía eléctrica lo capacitó para dar presentaciones a niños en escuelas sobre electricidad.

En una ocasión estaba manejando por una ruta en el Galil hacia una actividad en una escuela en Carmiel. En el camino llamó a su oficina para confirmar la dirección. Su supervisora, una mujer judía religiosa, al escuchar dónde se encontraba, le recomendó desviarse hacia uno de los lugares sagrados de sepultura en el norte de Israel y rezar allí por una mejora en su condición.

“¿Por qué no?”, pensó. “No puede hacer daño”. Y se dirigió a Merón, al lugar de sepultura del gran sabio de la Mishná y del Zohar, Rabí Shimón bar Iojai.

Mientras estaba allí rezando con una mano apoyada sobre la tumba (claramente no era en Lag BaOmer), escuchó a un hombre en una mesa cercana sollozar y clamar repetidamente: “¡Hashem, Di-s, ayúdame por favor! ¡Bizjut Rabí Shimón, ayúdame ahora!”

Cuando Meir terminó su propia Tefilá, se apartó del Kever. El hombre que había estado clamando lo miró con asombro, abrió grandes los ojos y de repente lo agarró del brazo. “¡Ishtabaj Shemó! ¡Hodu LaHashem! ¡Mis tefilot fueron respondidas! ¡Rabí Shimón te envió a mí!”

“¿De qué estás hablando?”, dijo Meir con calma. “Nadie me envió aquí”.

“¡De verdad, no tengo dudas!”, proclamó Uri (tampoco es su nombre real), negándose a soltarle el brazo. “Tengo una esposa y cinco hijos en casa y no tenemos electricidad. He estado haciendo Tefilá durante horas para que vuelva la luz, y aquí estás vos, de la Jebrat Jashmal (compañía eléctrica)”. Señaló el emblema en el uniforme de Meir. “Está claro que te enviaron para ayudarme. ¡Ahora devuélveme la electricidad!”

Uri le explicó que le habían cortado la luz porque debía miles de shekels en facturas impagas que no podía pagar. Luego volvió a exigir, cada vez más fuerte, que Meir haga algo para que vuelva a contar con electricidad en su casa. Meir trató de explicarle que su trabajo no tenía ninguna relación con el problema de Uri, ni técnica ni financiera. Nada de lo que decía ayudaba. Uri no cedía en su convicción de que “obviamente” Meir había sido enviado del Shamaim y por Rabí Shimón bar Iojai para ayudarlo...

Desesperado de poder hacerlo entrar en razón, y con riesgo de llegar tarde a su compromiso, Meir finalmente le pidió el número de su cuenta. Uri le mostró su última factura. Meir dijo: “Mira, déjame salir un momento, llamaré a alguien muy importante en la administración, veré cuál es la situación e intentaré arreglar algo para ti”.

Uri sonrió lleno de expectativa y dio un paso atrás. Meir salió, utilizó su dispositivo interno de comunicación de la compañía, verificó la cuenta de Uri, confirmó que debía 2500 shekels… ¡y pagó toda la deuda con su propia tarjeta de crédito!

Al volver adentro, le dijo: “Bien, ya está todo arreglado con la compañía. Puedes volver a tu casa. En dos horas tendrás electricidad”. Uri le estrechó la mano con entusiasmo. No podía agradecerle lo suficiente. “¿Ves?”, dijo, “yo tenía razón, ¡Rabí Shimón te envió a mí! ¡Ishtabaj Shemó!”

Meir volvió a su auto, moviendo la cabeza con asombro ante su propio acto espontáneo de bondad. Unos diez minutos después, a mitad de camino hacia su destino, tuvo que detenerse al costado del camino. El ojo enfermo le picaba tanto que no podía esperar más para quitarse el parche y frotárselo. Se quitó el parche con la mano derecha y llevó la izquierda hacia el ojo para masajearlo, cuando de repente se dio cuenta de que estaba viendo a través del parabrisas… ¡con el ojo que había estado cubierto! Veía normalmente. ¡Su visión se había restaurado por completo!

Los distintos médicos que lo habían estado atendiendo no podían creer lo que veían. “Esto solo puede ser un milagro”, declaró cada uno, aunque no estaba claro que antes de este episodio creyeran en milagros. Meir sonrió, entendiendo la fórmula simple: si le das luz a otro judío, Di-s te da luz a ti. Y también, como dice el Talmud: “Se puede confiar en Rabí Shimón bar Iojai en situaciones de apremio”.


Fuente: Yerajmiel Tilles. Escuchado de varios jasidim de Jabad en Tzfat, incluyendo al hermano del rabino Ben-Natan en la historia.

©JasidiNews

Lag Baomer

La siguiente historia la escuché en la entrada al Ohel directamente de su protagonista, el sheliaj Reb Alter Bukiet (Boston):

Lag Baomer 5744 (1984)

En Lag Baomer era bien sabido que muchos acudían al Rebe para recibir una brajá de זרעא חייא וקיימא —hijos sanos y perdurables—, y en numerosos casos se veían resultados concretos.

Aquel año, debido a la gran multitud, se dispuso que las parejas esperaran al Rebe frente a su casa en President Street. Se organizó un Vaad Hamesader de avrejim para ordenar el flujo de gente. Entre ellos estaba Reb Alter Bukiet, quien pidió no tener que empujar a las personas; en su lugar, se le asignó abrir y cerrar la puerta del auto del Rebe.

“Había una presión enorme —relata—. Muchas parejas, de Anash y no de Anash, y también algunas de Satmer —a pesar de que aquellos años fueron recordados como una etapa particularmente difícil y tensa en la historia de las relaciones entre Satmer y Lubavitch—.

El Rebe tardó unos veinte minutos en avanzar desde la puerta de su casa hasta el coche. Se oían llantos y súplicas; algunos recibían brajot, otros no lograban ser escuchados. Era una escena muy intensa.

“Cuando el Rebe llegó al auto, yo sostenía la puerta con todas mis fuerzas para que no se cerrara por la presión de la multitud. De pronto, un avrej jasid de Satmer se introdujo parcialmente dentro del auto y, con gran desesperación, pidió una broje por hijos.

La presión aumentaba y yo sostenía la puerta para que no lo aplastara. El Rebe lo bendijo y luego le dijo:
‘Der kind vet darfn hobn mit vemen tzu shpiln zij’ —‘El niño necesitará con quién jugar’.
Al ver que no entendía, le indicó: ‘¡Zog Omein!’ —‘¡Di Amén!’—.
El hombre respondió ‘¡Omein!’, salió, cerré la puerta y el Rebe partió.

“Esa frase me quedó grabada. Nunca había escuchado algo así”.

Años más tarde, en 5759 (1999), Reb Alter viajó desde Boston al Ohel en el aniversario de su padre. De madrugada, mientras recitaba el Maane Lashon, vio entrar a un jasid de Satmer con dos niños. Tras recitar algunos Tehilim y leer un Pidion Nefesh, el padre les dice a los niños: "Nemt arois di Maamer"... "Saquen el Maamer", y los muchachos sacaron un maamar de Bar Mitzvá y lo recitaron allí mismo, junto al Tzion.

Más tarde, al encontrarse afuera, Reb Alter le preguntó quiénes eran.

El hombre respondió:
“Estos son 'Dem Rebe'ns Kinder', ‘los hijos del Rebe’. Nacieron gracias a su broje."

Y relató cómo, tras años sin hijos, se acercó al Rebe y recibió esa bendición, con las mismas palabras:
“Der kind vet darfn hobn mit vemen tzu shpiln zij”… ¡Zog Omein!

“Y gracias a eso nacieron mis mellizos”.

Como un rayo, Reb Alter lo reconoció:
“Dime, ¿eso fue en Lag Baomer 5744, junto al auto del Rebe?”

“¡Sí! ¡Incluso me metí dentro del auto!”, respondió.

“Entonces —dijo Reb Alter emocionado— yo era quien sostenía la puerta para que no te aplastaran”.

El jasid sonrió:
“Ahora entiendo por qué me resultabas conocido…”.

Señalando a los niños, concluyó:
“Son mellizos. Nacieron gracias a esa brajá, unos años después. Hoy es su Bar Mitzvá.
Estos son los únicos hijos que tengo — son los hijos del Rebe”. 


*

Lag Baomer es un momento especialmente propicio para pedir por hijos —o por cualquier pareja que lo necesite—. Con más razón aún, es un mérito escribir en este día un Pan al Rebe, quien continúa la cadena de los Tzadikim de Pnimiut HaTorá iniciada (de forma revelada) por Rabí Shimón Bar Iojai.

Y, junto a ello, participar en la marcha de los niños en honor a Rabí Shimon —una expresión viva de conexión con esa misma cadena.

Un momento verdaderamente imperdible.

Pesaj Sheiní



El rabino Itzjok ("Itche") Groner ע"ה era un gran erudito y un orador extraordinario. Fue enviado por el Rebe en Shlijus a Australia, donde fundó numerosas instituciones educativas y desarrolló un amplio פעילות.

En una ocasión, al llegar a visitar al Rebe y tener el mérito de tener un Iejidut, el Rebe lo sorprendió con un pedido inesperado:
“Cuando regreses a Australia, por favor viaja a través de la India”.
A pesar de que su pasaje ya estaba programado por otra ruta, el rabino Groner no preguntó el motivo. Si el Rebe lo pedía, sin duda había una buena razón.

Antes de partir, se dirigió a la oficina del Vaad Lehafatzat Sijot y le pidió a su director, Reb Shneur Zalman Janin, varios ejemplares de Sijot del Rebe en inglés, aunque no sabía para qué los necesitaría en la India.

Al llegar a la India, aún no tenía idea de cuál era su misión. Al salir del aeropuerto, tomó el primer taxi que encontró y le indicó simplemente: “Lléveme a una sinagoga”. Así llegó a un Beit Kneset, donde conversó con judíos locales sobre temas de Torá y dejó allí las hojas con las sijot del Rebe antes de continuar su camino.

Unos meses después, el rabino Janin recibió una llamada telefónica de una mujer judía de Arizona. Ella contó que su hijo había abandonado el hogar enojado hacía más de un año, había viajado a la India y había desaparecido.

Relató además que recientemente había logrado hablar con él, y fue entonces cuando su propio hijo le confesó que, aunque se había ido en busca de “algo” que pensaba que le daría sentido y felicidad, en realidad estaba atravesando una profunda sensación de vacío y desilusión.

Recientemente, había recibido de él una carta sorprendente: un día, mientras estaba sentado en una plaza, intentando cubrirse del sol, tomó un folleto que encontró cerca suyo. Eran hojas en inglés — una sijá del Rebe sobre Pesaj Shení—.

En esa sijá, el Rebe explicaba que Pesaj Shení simboliza la capacidad de no desistir ni caer en la desilusión, y que “en el judaísmo no existe nada perdido”.

El joven comenzó a preguntarse qué hacía en la India y escribió a su madre que quería regresar al judaísmo, pidiéndole que le encontrara un rabino que pudiera guiarlo. Adjuntó el número del Vaad Lehafatzat Sijot que aparecía en las hojas.

Finalmente, el joven regresó a su hogar, se puso en contacto con Beit Jabad en Arizona y comenzó a acercarse nuevamente al judaísmo.

Cuando el rabino Janin oyó toda la historia, le dijo al rabino Groner en su siguiente visita:
“Quizás aún no sabes cuál fue tu misión en la India… entonces déjame contarte cuál fue el verdadero propósito de ese viaje”.



Fuente: "Hitvaadut", Rab Jaim Sholom Daitch.

domingo, 12 de abril de 2026

2 pequeñas anécdotas de Seudat Mashíaj con el Rebe

En la tradición de Jabad, Seudat Mashíaj de Ajarón Shel Pesaj no es simplemente una comida más de Yom Tov, sino un momento de profunda conexión con la Gueulá. Nuestros Rebes enseñaron que, en estas horas finales de Pesaj, ilumina ya una chispa de la redención futura. Por eso, participamos de manera concreta y física: comiendo matzá y bebiendo cuatro copas de vino. No es solo un símbolo, sino una vivencia real que nos impregna de emuná —fe viva— en la llegada del Mashíaj y en la inminente Gueulá.


En el año 5726(1966), Reb Avraham Popack estaba internado en estado crítico, y los médicos habían programado una operación para el día después de Pesaj. En el farbrenguen de Ajarón Shel Pesaj, el Rebe le entregó a su hijo, Reb Shmuel Aizik Popack, algunos trozos de matzá para que se los llevara.

Al día siguiente, tras comer la matzá, la operación fue cancelada y, de manera sorprendente, comenzó a recuperarse.

En ese mismo farbrenguen, el Rebe habló sobre la importancia de beber las cuatro copas, preguntando a varios presentes si habían cumplido con su “cuota”. Entre ellos estaba un joven, Avraham Moshe Daitch. El Rebe le preguntó varias veces si había bebido las cuatro copas, hasta que finalmente lo hizo, lo cual causó gran satisfacción al Rebe.

Poco después, en Shavuot, el padre del joven, Reb Shalom Yeshaya Daitch, sufrió un grave ataque cardíaco. Informaron al Rebe, quien le dio una brajá para una pronta recuperación. Para Yud-Beis Tamuz, ya estaba lo suficientemente bien como para participar del farbrenguen. Al acercarse al Rebe con una botella de mashke y decirle: “Baruj Hashem, me recuperé”, el Rebe respondió: “No te recuperaste ahora, sino en Ajarón Shel Pesaj, cuando tu hijo bebió las cuatro copas…”.

Esta historia nos permite vislumbrar hasta qué punto estas acciones —aparentemente simples— tienen un alcance profundo y real.


*

En otra ocasión, el Rebe relató que su suegro, el Rebe Yosef Itzjok Schneersohn, en Ajarón Shel Pesaj, indicaba bailar el “baile de Mashíaj”. Este baile, explicó el Rebe, puede entenderse de dos maneras: como una preparación para la llegada del Mashíaj, o como un baile en el que el propio Mashíaj ya participa.

Y concluyó: si depende de nosotros, elegimos la segunda interpretación —la mejor—: que el Mashíaj baila con nosotros.

Luego, el Rebe indicó entonar el nigún “Nye Zhuritsye Kjloptsi” (“No se preocupen, amigos”) y bailar el “baile de Mashíaj”, teniendo en mente ambas ideas a la vez.

Así, la Seudat Mashíaj no queda como un concepto abstracto o lejano, sino como algo que vivimos, comemos, bebemos y hasta bailamos. Y de allí nos llevamos una certeza fortalecida: que la Gueulá no es solo una creencia, sino una realidad que ya comienza a revelarse —y que, con nuestras acciones, podemos traer de manera inmediata ממש.

13 de Nisan - Hilula (Iortzait) del Tzemaj Tzedek



Un grupo de soldados judíos estaba destinado en un campamento del ejército ruso situado cerca de la ciudad de Lubavitch. Esta ubicación les permitía mantener un nivel razonable de vida judía: podían conseguir comida kosher y, de vez en cuando, rezar con minian en Shabat.

Para su gran pesar, recibieron la noticia de que su unidad sería trasladada. Como si esto no fuera suficiente, el traslado tendría lugar justamente en las cercanías de la festividad de Pésaj. Según el plan de su comandante, durante Pésaj estarían en plena marcha hacia el interior de Rusia, lejos de toda comunidad judía.

Angustiados, los soldados decidieron buscar el consejo del Tzemaj Tzedek, y enviaron a uno de ellos como emisario a Lubavitch. Este le expuso la situación, destacando especialmente las enormes dificultades que tendrían para observar las leyes de Pésaj durante el viaje.

—Les sugiero que se acerquen a su capitán con una ruta alternativa —respondió el Rebe—. Explíquenle que el camino que ha planeado presenta varios inconvenientes. Dado que las ciudades en su itinerario están separadas por más de una jornada de viaje, se verán obligados a acampar por la noche en campo abierto.

—Propónganle una ruta diferente: que pase por Rusia Blanca, deteniéndose en Orsha, Shklov, Kapust y Mohilev. Las distancias más cortas entre estas ciudades harán el trayecto mucho más conveniente para todos. Y ustedes, por supuesto, podrán acceder a las comunidades judías de esos lugares.

Luego añadió:

—También tengo una petición personal. Es muy probable que estén en Shklov durante los primeros días del Iom Tev. Cuando vayan al Shul en la víspera de Pésaj, alguien los invitará a su casa. Acepten la invitación para el séder y las comidas festivas. Sin embargo, si los invitan a dormir allí, discúlpense y pasen la noche en el Shul conocido como “el Shul Verde”.

—En los últimos días de Pésaj estarán en Mohilev. Allí también acepten las invitaciones para las comidas festivas, pero insistan en dormir en la casa de huéspedes comunitaria.

El Tzemaj Tzedek concluyó sus indicaciones y bendijo al soldado antes de despedirlo. Al regresar al campamento, el emisario transmitió fielmente sus palabras a sus compañeros.

Uno de los soldados expresó el sentir de todos:

—El consejo es excelente… pero ¿cómo vamos a atrevernos a sugerírselo? El comandante se ofenderá profundamente si siquiera insinuamos que su plan no es perfecto.

Durante varios días debatieron el asunto. Dudaban en acercarse a su comandante, conocido por su carácter irascible. Sin embargo, la proximidad de la fecha de partida finalmente los obligó a actuar. Confiando en la broje del Rebe, presentaron la ruta alternativa.

Para su sorpresa, el comandante no solo no se ofendió, sino que quedó impresionado.

—Su propuesta es muy buena. ¿Cómo es posible que simples soldados hayan ideado algo así? —preguntó, incrédulo.

—Para decir la verdad, señor comandante —respondieron—, no es idea nuestra, sino el consejo de un gran sabio: el Tzemaj Tzedek.

Siguiendo el nuevo plan, la tropa se encontró efectivamente en Shklov en la víspera de Pésaj. A los soldados judíos se les concedieron dos días de licencia, y corrieron a la sinagoga local para organizarse para la festividad. Todos fueron cordialmente invitados a distintas casas.

Después del séder, el soldado que había recibido las instrucciones del Rebe se preparó para marcharse. A pesar de la insistencia de su anfitrión, se disculpó y se dirigió al “Shul Verde”, donde encontró un rincón y se dispuso a dormir.

Al poco tiempo, fue despertado por suspiros y gemidos que provenían de la otra punta del Shul. Solo entonces notó a un anciano encorvado sobre una mesa, visiblemente angustiado. El soldado se acercó y le preguntó con suavidad:

—¿Por qué está tan afligido? ¿Puedo ayudarlo?

—¿Ayudarme? —respondió el hombre con amargura—. Vuelva a dormir y déjeme en paz.

El soldado se retiró, respetando su deseo. Pero los lamentos continuaban y le impedían conciliar el sueño. Finalmente, volvió a acercarse:

—Por favor, comparta conmigo su pena. Tal vez pueda aliviar su dolor.

Conmovido por la sinceridad del joven, el hombre comenzó a relatar:

—Soy viudo y me casé con una mujer mucho más joven que yo. Pensé que sería un matrimonio tranquilo, pero se convirtió en una pesadilla. A las pocas semanas llegó una orquesta itinerante al pueblo. Uno de los músicos entabló amistad con mi esposa, y antes de que pudiera darme cuenta, ambos huyeron juntos llevándose todo mi dinero.

—No tengo ingresos, ni hogar, ni idea de qué hacer. Por eso duermo aquí, en la sinagoga.

El soldado intentó consolarlo:

—Nunca se sabe… quizá pueda ayudarlo. Nuestra unidad se dirige hacia el interior de Rusia y pasaremos por muchos pueblos. Descríbame a su esposa y a ese hombre. Tal vez los encuentre en el camino. Haré todo lo posible por ayudarlo.

El anciano describió a ambos, y tranquilizado por la compasión del soldado, finalmente se quedó dormido.

La tropa continuó su viaje durante Jol Hamoed y, tal como había anticipado el Tzemaj Tzedek, llegaron a Mohilev en la víspera de los últimos días del Jag. Nuevamente, los soldados judíos recibieron permiso y aceptaron invitaciones en casas locales.

Una vez más, el soldado se retiró por la noche y fue a dormir a la casa de huéspedes comunitaria, tal como se le había indicado.

En medio de la noche, un gran alboroto lo despertó. Un grupo de viajeros había llegado para pasar allí la noche. Para su asombro, entre ellos había un hombre y una mujer que coincidían exactamente con la descripción que había escuchado en Shklov.

A la mañana siguiente, antes de que los recién llegados despertaran, el soldado corrió a la casa del rabino de la ciudad y golpeó la puerta con urgencia.

—Perdón por molestarlo, Rabino, pero hay un asunto urgente.

Le relató rápidamente la historia del anciano de Shklov y añadió:

—Creo que he encontrado a su esposa fugitiva y a su cómplice.

El rabino actuó de inmediato: contactó a las autoridades, y ambos fueron arrestados. El dinero y los objetos robados fueron recuperados y, después del Jag, el rabino se ocupó de gestionar el divorcio.

*

A veces, una persona cree que ciertos detalles “no son tan importantes” —como dónde dormir, o cómo organizar un viaje—, pero cuando uno se conecta con un Rebe y sigue sus indicaciones con fidelidad, incluso en los aspectos que parecen secundarios, descubre que todo está guiado con una precisión extraordinaria.

El consejo del Tzemaj Tzedek no solo permitió a los soldados cuidar Pésaj, sino que también los convirtió en emisarios para hacer justicia y ayudar a otro judío en un momento de gran dolor.

Y lo mismo ocurre con el Séder de Pésaj: hay pasos, costumbres y detalles que a simple vista pueden parecer técnicos o incluso sin sentido, pero en realidad cada uno de ellos encierra una profundidad inmensa y forma parte de un orden Divino exacto. Justamente en esos “detalles” se revela la esencia de la mitzvá.

Mi encuentro con el Rebe - Daniel Levin

11 de Nisan

En el mes de Kislev de 5737 (1976), viajé desde Sídney, Australia —donde nací— para encontrarme con el Rebe en Nueva York —relata Daniel Levin, quien hoy divide su tiempo entre Australia y Ierushalaim.

Esto ocurrió unos dos años y medio después de un terrible accidente automovilístico que le costó la vida a mi padre, Eliahu, de bendita memoria. Llevaba dentro de mí las secuelas de aquel evento traumático y me sentía confundido respecto a cómo continuar mi vida. Recordaba lo que mi padre me había dicho cuando yo era niño:
“El Rebe es un gran líder del pueblo judío. Si alguna vez sientes que algo supera tus fuerzas, escríbele o ve a verlo y pídele su consejo”.

“A mi padre le oí decir: ve a verlo y pídele su consejo”.

Tenía diecinueve años cuando me encontré con el Rebe. Antes de la audiencia escribí una carta de dos páginas en la que describía mi situación y le planteaba una serie de preguntas.

Mi primera preocupación era mi madre. Ella había sido testigo directo del accidente y había entrado en un estado de shock, lo que hoy se conoce como trastorno de estrés postraumático. Le pregunté al Rebe qué debía hacer para ayudarla y si podía transmitirle palabras de consuelo de su parte.

En respuesta, el Rebe habló durante unos minutos sobre la mitzvá de honrar a los padres, y agregó:
“Cuando regreses a casa, dile a tu madre que me visitaste, y que dije que el mayor consuelo para una madre judía es ver que su hijo continúa el camino de su padre y se apega al cumplimiento de la Torá. Cuando actúes de ese modo, traerás consuelo al alma de tu padre y también aliviarás el dolor de tu madre”.

Otra serie de preguntas se refería a mi futuro. Mi padre era dueño de una farmacia, y yo dudaba si estudiar la carrera (farmacéutico), ingresar a una ieshivá o incluso dedicarme al jazanut (canto litúrgico).

Antes de responder, el Rebe me dijo:
“Quisiera preguntarte sobre el fallecimiento de tu padre. Supongo que te resulta doloroso, pero creo que es importante que hables de ello”.

Le conté que ocurrió un Motzaei Shabat. Mis padres solían salir a tomar un café en ese momento. De regreso a casa, mi padre se detuvo en la farmacia. Ya estaba volviendo al auto cuando un conductor que viajaba a más de 140 km/h lo atropelló con gran violencia.

Me resultó extremadamente difícil relatar todos estos detalles. Hasta ese momento no lo había hablado con nadie. Amaba profundamente a mi padre y lo extrañaba intensamente. Solo después de ese encuentro comprendí que estaba atravesando una depresión. El Rebe probablemente lo percibió y por eso quiso que hablara.

No es fácil para una persona traumatizada compartir sus sentimientos. Necesita a alguien que escuche con paciencia y sin juzgar, alguien ante quien pueda abrir su corazón. Hasta entonces no lo había logrado; en cambio, había reprimido mis emociones concentrándome en las necesidades de mi madre.

El Rebe dijo que lo más urgente era asegurar el sustento de la familia, que dependía de la farmacia, y por eso me recomendó inscribirme en estudios de farmacia. Así lo hice y, aunque no obtuve el título formal, dirigí el negocio durante cerca de una década.

El Rebe añadió que, si bien no podía indicarme que estudiara en la ieshivá a costa del sustento familiar, enfatizó que no debía renunciar a fijar tiempos para el estudio de la Torá.
“Lo que se requiere de ti es conocer y cumplir todas las halajot necesarias”.

Me asustó la magnitud de los volúmenes del “Shulján Aruj” que imaginé que tendría que estudiar. Entonces el Rebe sacó de su cajón un ejemplar del “Kitzur Shulján Aruj” y me preguntó:
“¿Tienes este libro?”
Lo tenía, y ya lo había estudiado en varias ocasiones.

Sosteniendo el libro en su mano, el Rebe dijo:
“A lo largo de tu vida, recuerda que este libro te indica exactamente cómo debes conducirte. Solo necesitas estudiarlo bien y vivir de acuerdo con él”.

La imagen del Rebe sosteniendo el “Kitzur Shulján Aruj” quedó grabada en mi memoria y me ayudó a seguir por el camino correcto.

Para concluir, el Rebe me dijo:
“Me contaste todos los consejos que recibiste de otros, pero no mencionaste qué es lo que tú mismo deseas. ¿Hay algo que realmente quieras?”

Respondí:
“Lo único que quiero es ver la llegada del Mashíaj. Hay demasiado sufrimiento en el mundo”.
Y añadí con profunda emoción:
“Y cuando llegue el gran día de Tejiat Hametim, quiero ver a mi padre y correr hacia él lo más rápido que pueda, abrazarlo y besarlo, y decirle cuánto lo amo y cuánto lo extraño. Eso es todo lo que quiero”.

Al terminar estas palabras estaba tan desbordado emocionalmente que me desplomé en el suelo y perdí el conocimiento. Cuando abrí los ojos, el rabino Leibel Groner, secretario del Rebe, me ayudó a ponerme de pie.

Al levantarme, vi al Rebe sentado junto a su escritorio, con la cabeza inclinada. No podía ver su rostro, pero parecía que su cuerpo temblaba. Finalmente alzó la vista y se secó los ojos. Me sorprendió ver que el Rebe estaba llorando. Me dolió pensar que yo había causado su llanto.

Intenté disculparme, pero el Rebe dijo:
“No hay ninguna necesidad de disculparse. Es la primera vez en mi vida que escucho a un judío decir que su único deseo es que venga el Mashíaj”.

Al finalizar el yejidut, las últimas palabras del Rebe hacia mí fueron:
“Que Hashem te bendiga”.
Luego se incorporó ligeramente de su silla y repitió:
“Sí, que Hashem te bendiga”.


*

Yud Alef Nisán celebramos el nacimiento del Rebe, un día que no es solo conmemorativo, sino profundamente transformador.

El Rebe enseñó que un cumpleaños es un momento de renovación espiritual, un tiempo propicio para tomar החלטות טובות — buenas resoluciones — en el estudio de la Torá, el cumplimiento de las mitzvot y el fortalecimiento de nuestra misión en el mundo.

Que podamos llevar inspiración de esta historia a la práctica, agregando en Torá, mitzvot y אהבת ישראל, y así convertirnos en eslabones vivos en la cadena que el Rebe continúa impulsando.


Fuente: Basado en una entrevista para JEM en el verano de 5784 (2024)

El Mesirut Nefesh para llevar la alegría y las Mitzvot de Purim a los Jaialim - La firmeza de un Sheliaj

Hace cincuenta años, en Purim 5736 (1976), ocurrió esta impresionante historia que no quedó como un recuerdo del pasado, sino como una enseñanza viva y palpitante. Medio siglo después, su mensaje no sólo no perdió vigencia, sino que parece más actual que nunca.



En el año 5736 (1976), los jóvenes de Tzeirei Agudat Jabad en Ierushalaim organizaron la actividad de Purim, que incluía, entre otras cosas, llegar a la mayor cantidad posible de soldados en las bases militares, llevarles Mishloaj Manot, alegría y las demás mitzvot del Jag.

El rabino Iosef Itzjak Gurevitz (hoy Mashpía en la ieshivá Yeshivat Tomjei Tmimim Migdal HaEmek) fue asignado al grupo que viajó a alegrar a soldados en la zona de Shomrón.

A las 8:30 de la mañana salió de Ierushalaim el camión militar modelo “Dodge” y tomó la salida de Nevé Yaakov hacia la carretera número 60, que conduce a Ramala y Al-Bireh, y de allí a Shejem. En esa zona hay dispersas numerosas bases militares e instalaciones de seguridad, y hacia ellas se dirigían los ocupantes del camión.

En la cabina iban el conductor y otro soldado que acompañaba a los pasajeros; en la parte trasera viajaban los jasidim de Jabad.

De pronto el gran camión se detuvo con un chirrido. Un olor a quemado llenó el aire y humo negro penetró hacia adentro. Los jasidim no entendían por qué se había detenido el camión, hasta que vieron al soldado asomarse por la parte trasera con el rostro pálido.

—Jevre, una alta barrera de piedras bloquea nuestro camino y también hay neumáticos ardiendo que cortan la carretera. Multitudes de árabes están alrededor y comienzan a acercarse hacia nosotros. Tenemos que regresar.

No es de extrañar que todos entraran en tensión. Aún estaban atónitos cuando de pronto se oyó un golpe: una piedra cayó sobre el costado del camión. Tras la primera, llegaron decenas más de piedras y rocas. El soldado montó su arma y disparó una ráfaga. Por un breve instante la multitud retrocedió, pero enseguida recobró ánimo y continuó corriendo ladera abajo hacia el camión.

Entonces el rabino Gurevitz, joven que acababa de llegar del Rebe en Nueva York, se dirigió al soldado y le dijo con firmeza jasídica:

—¡No regresamos, seguimos adelante!

El soldado lo miró sorprendido.

—Volvemos atrás —repitió—. Cargo la responsabilidad sobre ustedes.

Gurevitz insistió:

—Si tú vuelves, yo me bajo y me quedo aquí.

—¿Qué? —preguntó el soldado, atónito.

Gurevitz explicó con gran seriedad:

—Tengo un “seguro” excelente. Estoy en Eretz Israel por un Shlijut del Rebe. También este viaje en el camión es por misión del Rebe, y el Rebe nos dijo antes de salir que todo lo que le ocurra a los enviados recae “sobre mí y sobre mi cuello”. Él asume plena responsabilidad por todo. Por eso no tengo miedo.

Tras un intercambio de palabras, el soldado se convenció. El conductor volvió a encender el camión, apretó a fondo el acelerador, aplastando la barrera de piedras en llamas. La multitud enfurecida continuó arrojando piedras y rocas, pero finalmente el camión siguió su camino hasta llegar a una base militar cercana. Allí los jóvenes descendieron, colocaron tefilín con los soldados y “hicieron sameaj” como corresponde.

Esa misma noche, el rabino Gurevitz se apresuró a llamar a la secretaría del Rebe para informar sobre lo sucedido.

A las 4:30 de la madrugada, el rabino Gurevitz se despertó y corrió, junto con muchos otros jasidim, para escuchar el farbrenguen de Purim del Rebe en transmisión en vivo. Comenzó el farbrenguen, la primera sijá trató temas del día. Tras un nigún vino la segunda sijá, y entonces el Rebe dijo —para asombro de Gurvitz, que estaba sentado en Ierushalim escuchando a esa hora temprana—:

"Hace poco me llegó una noticia desde Eretz Hakodesh sobre un suceso que expresa lo anteriormente dicho, que es en esencia el contenido de la Meguilá: cuando un judío camina con firmeza en su judaísmo y no lo piensa dos veces, sino que, por el contrario, cumple en la práctica lo que se le exige, entonces tiene éxito sin sufrir daño ni causar daño —no sólo a judíos sino también a no judíos."

"Dado que hubo una petición [la del Rebe a sus jasidim de salir en “Mivtza Purim”] de llevar mishloaj manot junto con una “palabra de Purim” y mensajes de inspiración en el espíritu de la Meguilá —cuyo contenido es que no hay que intimidarse por las 127 provincias del rey Ajashverosh, sino al contrario, “no se arrodillará ni se inclinará”, y por ello “para los judíos hubo luz” etc.—. Y la petición fue ir especialmente a aquellos judíos que tienen el mérito de defender con su propio cuerpo Eretz Hakodesh,, pues están apostados en ciertos lugares donde es necesario infundir temor, y por el solo hecho de estar allí (con armas, etc.) impiden que ocurran hechos indeseables."

"Y contar y explicar a esos judíos que “el Santo, bendito sea, nos salva de sus manos” y que “el Guardián de Israel no dormita ni duerme”, aunque en realidad esos mismos judíos lo viven día a día y no necesitan explicación."

"Y como es costumbre de los judíos: cuando oyen de la posibilidad de llevar a otro judío una buena noticia —ánimo y fortalecimiento espiritual—, y más aún a uno que protege con su cuerpo la Tierra Santa, se esfuerzan en ello al máximo.

Por eso, en el día de Purim salió una caravana de varios shlujim hacia Shjem, para llegar a los soldados que servían allí. Como recientemente había disturbios, se unieron a la caravana un conductor y un hombre del ejército.

Cuando ya estaban a cierta distancia antes de Shejem, descubrieron que residentes árabes del lugar, que querían impedir que llegaran nuevos suministros o soldados y judíos a la ciudad, habían bloqueado la carretera con tierra, árboles y piedras. Además, al costado del camino se habían apostado varios “seres humanos” — árabes.

Cuando el conductor vio esto, pensó: ¿para qué asumir responsabilidad por los enviados y por las “cosas alegres” que llevan consigo (vino que alegra y “palabras de alegría”)? Mejor que la misión se haga en otro lugar con otras personas. Pero los Shlujim le respondieron con sencillez: puesto que tenemos la misión de alentar a judíos y alegrarlos con la alegría de Purim, y contarles que 
לַיְּהוּדִים הָיְתָה אוֹרָה וְשִׂמְחָה וְשָׂשֹׂן וִיקָר!
 “para los judíos hubo luz, alegría, regocijo y honor” —y no sólo “a posteriori”, en el pasado, sino 
כֵּן תִּהְיֶה לָנוּ!
“así será para nosotros”, no sólo en una región sino en “ciento veintisiete provincias”—, no hay que tomar en cuenta una barrera de “tierra, árboles y piedras”, ni tampoco árabes que no son dueños de elección, y no ocurrirá nada.

Después de que los jasidim convencieron a los hombres del ejército de no preocuparse por su misión y seguir adelante, así fue: continuaron el viaje, y todo el incidente no dañó a nadie, ni a Bnei Israel ni a árabes. Llegaron a los soldados, hubo allí un purím'dike farbrenguen muy alegre —como corresponde a Purim—, y regresaron sanos y salvos, alegres y con buen corazón, a Ierushalaim, Ir Hakodesh…"


El Rebe continuó:

—Este relato es un ejemplo vivo de un suceso ocurrido en este Purim 5736: al principio surgieron impedimentos y obstáculos del reino inanimado, vegetal y “hablante”, pero cuando se va en misión del Santo, bendito sea, a alegrar a otro judío con la alegría de una mitzvá —la alegría de Purim—, entonces “para los judíos hubo luz, alegría, regocijo y honor”, según su interpretación: “honor” son los tefilín, que los shlujim colocaron con algunos soldados que por alguna razón aún no los habían puesto ese día, y también “luz, alegría, regocijo y honor” en su sentido simple y literal.

—Los árabes residentes de Shjem vieron que nadie pretendía pelear con ellos, sino que judíos en la Tierra Santa querían conducirse como la Torá sagrada exige; y cuando llega Purim y el judío sabe que Shjem pertenece a los judíos desde tiempos inmemoriales —y sobre ella dijo Iaakov a Iosef “la tomé con mi espada y con mi arco”—, es evidente que también en Shjem debe celebrarse Purim con alegría. Y más evidente aún que nadie puede impedirlo a un judío —por supuesto, por caminos pacíficos y sin dañar a nadie.

—Y el hecho de que se informó de esto a Estados Unidos [es decir, a la secretaría del Rebe] no fue para contar una bonita historia, sino conforme a la enseñanza del Baal Shem Tov: cuando un judío ve u oye algo, es seguro que encierra una instrucción personal para su conducta hoy, mañana y pasado mañana.

—Y la enseñanza de esta historia es clara: si alguien viene a “contar” que hay 127 no judíos que hablan en nombre de 127 reyes (la mayoría de los cuales, según una opinión del Talmud, eran “un rey necio”, y si hay algunos según la otra opinión, probablemente no pueden expresar otra postura… pues de lo contrario no permitirían hacer tonterías), el judío debe ser sabio por medio de la Torá, “que es vuestra sabiduría y vuestro entendimiento”; no sólo en la sinagoga, sino —como continúa el versículo— “a ojos de los pueblos”. Entonces se anulan todos los “bloqueos”, incluso si allí hay personas, pues “el corazón de los reyes está en manos de Hashem” y “cayó el temor de los judíos sobre ellos”; también en la Tierra Santa, hasta cumplirse “daré paz en la tierra y dormiréis sin que nadie os atemorice”, y como continúa el versículo: “y os conduciré erguidos” —que por el hecho de que el judío espera que “nos conduzca erguidos”, habrá “daré paz en la tierra”.

כֵּן תִּהְיֶה לָנוּ!

*
En aquellos días, el Rebe mostró cómo la firmeza judía, cuando nace de la emuná y de la conciencia de estar en shlijut, no es imprudencia sino claridad; no es temeridad sino ביטחון אמיתי. Un judío que camina con decisión, cumpliendo la misión que Hashem le encomendó, puede atravesar incluso “bloqueos de piedras y fuego” y transformarlos en luz y alegría de Purim.

Cincuenta años después, cuando el mundo vuelve a presentar desafíos y “127 provincias” intentan intimidar, esta historia nos recuerda que la respuesta no es retroceder, sino avanzar con identidad, con orgullo y con alegría de mitzvá. Porque cuando un judío va con la fuerza de su judaísmo —y sabe Quién lo envía—, los obstáculos se disuelven y “ליהודים היתה אורה ושמחה וששון ויקר” vuelve a cumplirse, una vez más, ante nuestros ojos

Carta del Rebe para Pesaj 5746 - Traducida Pesaj 5786

Carta Rebe Pesaj 5786-2026 

domingo, 1 de marzo de 2026

De Persia a Irán: Milagros de Purim en nuestros días





הודו לה' כי טוב כי לעולם חסדו!

En los últimos dos años, Klal Israel ha sido testigo de (al menos) tres milagros extraordinarios, de una magnitud comparable a la Partición del Mar. La Mano de Hashem nos ha protegido una y otra vez de enemigos y peligros. Desde la Persia de antaño hasta el Irán de hoy, estamos presenciando milagros de Purim en nuestro propio tiempo.

Al encontrarnos en el alegre y transformador mes de Adar, la festividad de Purim cobra especial relevancia. En este Yom Tov, la Mano de Hashem, actuando tras bastidores, orquestó la salvación milagrosa de todo el pueblo judío del malvado Hamán y del rey Ajashverosh en Persia (la actual Irán).

En el Yahadut, la energía espiritual de este mes y de este Yom Tov no pertenece al pasado: ¡está ocurriendo ahora mismo!

En medio de la agitación de los últimos años, reconocemos los milagros diarios —personales y globales— que Hashem ha obrado para Klal Israel. Agradecer a Hashem por Sus bendiciones y milagros es parte intrínseca del espíritu judío, y esa gratitud misma atrae aún más bendiciones y prodigios.

Recordemos tres milagros, de una magnitud similar a la Partición del Mar, vividos por Klal Israel:

El 5 de Nisán de 5784 (13 de abril de 2024), Hashem concedió un milagro manifiesto: Irán lanzó más de 300 misiles y drones hacia Eretz Israel, una provocación sin precedentes.

Durante la Guerra del Golfo, en 5751 (1991), el Rebe había dicho anteriormente (en la víspera de Sucot 5751) a una delegación de Kfar Jabad que Israel experimentaría milagros que traerían una alegría comparable a la de Purim. Asimismo, se dirigió al Capellán del Ejército el rabino Yaakov Goldstein, (enviado a Irak como capellán del ejército de Estados Unidos), afirmando que la guerra concluiría para Purim.

En aquella ocasión, Irak disparó 39 misiles contra Eretz Israel. Con la ayuda de Hashem, no hubo pérdida de vidas, aunque sí algunos daños materiales. Ese asombroso milagro trajo esperanza y gratitud y, tal como el Rebe había anticipado, la guerra concluyó en Purim: ¡un Purim verdaderamente alegre!

Volviendo a nuestros días:

Exactamente seis semanas después de la primera provocación iraní, el 19 de mayo de 2024, el cerebro iraní detrás de esos ataques murió en un accidente de helicóptero que estalló en una bola de fuego, sin sobrevivientes.

Luego, el 28 de Elul de 5784 (1 de octubre de 2024), otros 200 proyectiles no provocados fueron lanzados hacia Eretz Israel. Una vez más, gracias a Hashem, no hubo víctimas ni daños.

El profesor Maximilian Albitol comentó tras la invasión de misiles iraníes:
«Si el 90% de los misiles hubieran sido interceptados, ya sería un milagro; que el 100% haya sido interceptado sin pérdida de vidas ni daños equivale a la Partición del Mar».

Avancemos al 20 de febrero de 2025 —22 de Shevat de 5785—. Terroristas colocaron bombas con temporizador en autobuses en Yehudá y Shomrón y en otros lugares, programadas para detonar a las 9 de la mañana del viernes, en plena hora pico, para maximizar la destrucción. Su siniestro plan era desbordar los servicios de emergencia y repetir un ataque al estilo del 7 de octubre, ר"ל.

Pero Hashem velaba por Klal Israel. Las bombas fueron programadas por error para las 9 de la noche en lugar de las 9 de la mañana. Tres autobuses ya habían regresado a sus estaciones cuando las explosiones alertaron a las autoridades. Todos los autobuses fueron detenidos y revisados de inmediato; las bombas restantes fueron neutralizadas. Como expresó Hillel Fuld:
«¡Acabamos de experimentar un milagro como Kriat Yam Suf!».

En Shevií shel Pesaj, el séptimo día de Pesaj, Hashem partió milagrosamente el mar para que el pueblo judío pudiera cruzar con seguridad. Los judíos habían salido de Egipto por milagro y se dirigían hacia el Monte Sinaí para recibir la Torá y convertirse en el pueblo amado de Hashem.

De pronto, se vieron perseguidos por sus opresores egipcios. Detrás estaban los enemigos, y delante el Mar Rojo. Milagrosamente, el mar se abrió y los judíos cruzaron por tierra seca. Cuando alcanzaron la otra orilla y vieron que sus enemigos habían perecido en las aguas que volvieron a cubrirlos, estallaron en canto y alabanza.

Moshé condujo a los hombres en el cántico de Az Yashir, que recitamos diariamente en nuestras plegarias, mientras Miriam guió a las mujeres en canto y danza con panderetas.

¡Elevemos también nosotros nuestras voces en alabanza por la bondad y los milagros de Hashem en nuestros días!

En el capítulo 150 de Tehilim, el rey David alaba a Hashem con toda clase de instrumentos. También nosotros debemos reconocer nuestros milagros con alabanza y gratitud. En Eretz Israel, es muy popular el cántico del Tehilim 100, *Mizmor leTodá* —un salmo de agradecimiento a Hashem.

Recemos por la curación milagrosa de todos los soldados y heridos. Supliquemos a Hashem que ponga fin a este galut y nos conduzca a la Gueulá final con Mashíaj ahora. Cuando llegue Mashíaj, que sea pronto en nuestros días, entonaremos el décimo y último cántico de alabanza a Hashem.

Agradecemos a Hashem por seguir velando por nuestro pueblo en Eretz Israel y en todo el mundo.

Que así como vimos en nuestros días milagros abiertos y salvaciones extraordinarias, también este Purim tengamos el mérito de ver milagros y maravillas, tanto revelados como ocultos, en nuestras vidas personales y en todo Klal Israel.

¡FELIZ PURIM — ENTONCES Y AHORA!

Por Blume Wineberg – Overland Park, Kansas

[“Purim Miracles Today” es el título tomado de una sijá del Rebe, publicada el 8 de Adar de 5751 (1991), que conecta los acontecimientos contemporáneos con el proceso cósmico Divinamente dirigido que conduce a la Redención final. Véase: Sichos in English – I Will Show You Wonders, 5751 (1991).]


Fuente: Anash.org
©JasidiNews 
__________________

domingo, 22 de febrero de 2026

Historia contada por el Ben Ish Jai con 2 enseñanzas valiosas

Un relato que cita el Ben Ish Jai en "Niflaím Maaseja" [124]:

Tuvia el Juez era honrado por la gran mayoría del pueblo; todos los asuntos judiciales se resolvían conforme a su dictamen. Sin embargo, también tenía enemigos, movidos por la envidia, que intentaban sin cesar provocar su caída. Finalmente lo lograron. El rey creyó sus calumnias —aunque todas las acusaciones contra Tuvia eran falsas— y ordenó destituirlo y castigarlo por los supuestos delitos.

Tuvia era sagaz y comprendió lo que estaba por suceder. Se vistió con ropas sencillas y escapó. Quienes lo vieron aquella noche atravesando las calles oscuras no se dieron cuenta de que se trataba del célebre Tuvia, quien apenas unas horas antes era la persona más poderosa del gobierno, después del rey.

Tuvia salió de la ciudad, cruzó el desierto y llegó al río. Si lograba cruzarlo, sería un hombre libre. Pero ¿cómo hacerlo sin barca ni balsa?

Pronto el rey descubriría su fuga y lo perseguiría. Tuvia permanecía a la orilla del río, confundido y preocupado.

Hashem se apiadó de él. Un campesino de la aldea cercana reconoció a Tuvia el distinguido Juez.

Tuvia le dijo que necesitaba cruzar el río. El aldeano era bajo y enclenque, y en circunstancias normales jamás habría considerado nadar cargando a un hombre alto y corpulento como Tuvia. Pero al tratarse de Tuvia el Juez, pensó: 
 “Esta es una oportunidad de oro para establecer contactos… Quién sabe, tal vez algún día comparezca ante el tribunal y Tuvia me estará en deuda por haberle hecho este favor”.

Y le dijo: “Honorable juez, aférrese a mi espalda. Yo nadaré y lo cruzaré”.

Pensando en la recompensa y la riqueza que podría obtener por hacerlo, casi ni sintió el peso de Tuvia.

Cuando habían recorrido tres cuartas partes del río, Tuvia comentó: “Si Hashem se apiada de mí y vuelvo a ser juez, te recompensaré enormemente…”

—“¿Quieres decir que ya no eres el gran juez?”

—“Así es. Personas corruptas me calumniaron ante el rey. Estoy huyendo…”

El campesino soltó a Tuvia ahí mismo en el agua y dijo: “Cuando regreses a tu cargo y vuelvas a ser juez, entonces te sacaré del agua”, y nadó solo de regreso a la orilla.

La gente reprendió al campesino: “Si pudiste llevar a Tuvia el Juez hasta tres cuartas partes del río, deberías haberlo llevado hasta el final”.

—“Todos saben que soy débil —respondió—. No puedo cargar a una persona pesada como Tuvia. Me imaginaba el honor que obtendría por asistirlo, además de toda la riqueza que eso podría traerme, y eso me dio fuerzas. Casi no sentía su peso, por la alegría que anticipaba. Pero cuando Tuvia me dijo que estaba huyendo, comprendí de inmediato que no obtendría ningún favor de él. Entonces sentí de golpe todo su peso y ya no tuve fuerzas para llevarlo hasta la orilla…”

*

El Ben Ish Jai contó esta historia para expresar cuán cuidadosos debemos ser con nuestra palabra. Si Tuvia hubiera permanecido en silencio, habría sido llevado a la orilla del país vecino y su vida se habría salvado. Sus problemas provinieron de hablar [de más].  Toda palabra prohibida, e incluso el hablar innecesario y vano, puede causar daño a uno mismo, sin mencionar a los demás.

Otra enseñanza que vemos en este relato es que cuando una persona desea algo con gran intensidad, no siente las dificultades que implica alcanzarlo. Puede cargar grandes pesos sobre sus hombros y no sentirlos. Puede estudiar Torá durante horas, invertir todas sus energías en una Tefilá, cumplir mitzvot con mesirut néfesh, y no sentirá que se ha esforzado en exceso

El Lejem Hapanim en Tzfat


Un relato realmente conmovedor acerca de la grandeza de la Emuná temimá, la fe sencilla y pura, está traído en varios Sforim acerca de uno de los anusim que llegó desde Portugal y fijó su residencia en la ciudad santa de Tzfat.

Cierta vez, escuchó a uno de los Rabanim de la ciudad, en su derashá, hablar acerca del Lejem HaPanim, que era ofrecido en el Beit HaMikdash cada Shabat. El rabino suspiró profundamente y exclamó:

—Y ahora, debido a nuestros numerosos pecados, lamentablemente no contamos con eso, no contamos con algo así sobre lo que pueda reposar la abundancia y Hashpaá que otorgaba el Lejem Hapanim…

Aquellas palabras penetraron en el corazón de aquel yehudí como fuego sagrado. Con la inocencia de un niño y la sinceridad de una neshamá que había sufrido por su fe, regresó a su casa y le pidió a su esposa:

—Cada viernes prepárame dos Jalot, dos hogazas de pan, con harina que haya sido tamizada trece veces. Amasa la masa en pureza, con sumo esmero y belleza, y hornéala bien en nuestro horno.

Su intención era simple y absoluta: llevarlas ante el Hejal de Hashem. Acercarlas al Aron Hakodesh del Beit Hakneset. Quizá el Todopoderoso las aceptaría. Quizá se apiadaría de él y recibiría su ofrenda.

Así lo hizo su esposa. Cada viernes, el hombre tomaba las dos Jalot aún tibias, las llevaba al Beit Hakneset y las colocaba con reverencia ante el Arón HaKodesh. Allí permanecía largo rato, suplicando con lágrimas:

—Ribono Shel Olam, acepta mi pan con agrado. Que Te sea placentero. Que Te sea dulce. Que encuentre gracia ante Ti…

Hablaba como un hijo que se confía plenamente en su padre. Luego se retiraba, dejando su presente ante el Rey del mundo.

El Shamesh de la sinagoga, al llegar para ordenar el lugar, encontraba aquellas dos magníficas hogazas. Sin hacer preguntas, las tomaba y se alegraba con ellas como quien se alegra en tiempo de cosecha. Y así ocurrió cada viernes.

Por la noche, tras Arvit, el yehudí pashut corría nuevamente a la sinagoga. Se acercaba con el corazón palpitante al Arón HaKodesh… y al no encontrar allí el pan, su rostro se iluminaba con una alegría indescriptible.

Volvía a su casa radiante y decía a su esposa:

—¡Alabanzas y agradecimiento a Hakadosh Baruj Hu! No despreció la aflicción del pobre. Aceptó el pan… ¡y lo comió caliente! No te descuides jamás en prepararlo. Si no tenemos oro ni plata para honrarlo, al menos ofrezcámosle aquello que vemos que Le es grato. Es nuestro deber darle Najat Ruaj (satisfacción) con estos panes.

Y así siguió durante un tiempo, continuó con esta santa costumbre, con pureza y constancia.

Pero un viernes ocurrió lo inesperado. El rabino cuya Derashá había despertado aquella iniciativa se encontraba en la sinagoga, sobre la bimá, preparando su sermón para Shabat. El anús entró como siempre, con las Jalot en sus manos y el corazón rebosante de emoción. Se acercó al Heijal y comenzó a rezar, sin advertir la presencia del rabino.

El rabino escuchó todo. Vio su fervor. Oyó sus palabras. Y, en lugar de conmoverse, se alteró profundamente.
Llamó al hombre y lo reprendió con dureza:

—¡Tonto que sos! ¡Probablemente es el Shamesh quien se lleva el pan cada semana! ¿Acaso Hakadosh Baruj Hu come o bebe? ¡ Atribuir corporeidad al Creador es un grave error. Y siguió dándole Musar ante lo que le parecía una conducta totalmente inaceptable e inútil. 

En ese momento entró el shamash. El rabino lo llamó y le ordenó que explicara la verdad. El shamash confesó sin vergüenza que él se llevaba las Jalot cada viernes.

Al oírlo, el anús rompió en llanto. Su mundo se derrumbó. Con voz entrecortada suplicó:

—Perdóneme, rabino. Creí cumplir una Mitzvá. Pensé dar satisfacción al Creador… y, según lo que me dice, he errado.

Mientras aún hablaban, llegó un emisario especial del santo Itzjak Luria —el Arí HaKadosh— convocando al rabino de inmediato.

Cuando el rabino se presentó ante el Arí, éste le dijo con solemnidad:

—Ve a tu casa y deja todo dispuesto; prepara tu testamento. El decreto ya fue proclamado en el Shamaim.

El rabino, pálido, preguntó temblando:

—¿Cuál es mi falta?¿Qué hice?!

El Arizal le respondió:

— Desde el día que se destruyó el Beit HaMikdash, no hubo para el Creador un Najat Ruaj como el que tuvo cuando este anús, este yehudí pashut traía sus dos Jalot con sencillez absoluta, creyendo con pureza total que Hashem las recibía. Y tú anulaste ese contento. Por haber interrumpido esa ofrenda nacida de la fe más pura, fue decretada tu muerte. Y no hay forma de anular el decreto.

El rabino regresó a su casa, escribió su testamento y, efectivamente, pocos días después, en Shabat Kodesh, a la hora en que debía disertar su derashá ante la congregación, devolvió su alma al Creador, conforme a la palabra que le había sido dicha por el Tzadik.

---

Este relato nos deja una enseñanza que estremece el corazón: Hakadosh Baruj Hu no busca sofisticación ni erudición vacía. Lo que más Le es preciado es la pureza del corazón, la fe simple, sincera y sin cálculos.

A veces, aquello que parece ingenuidad ante los ojos humanos… es, en los Cielos, el mayor de los tesoros

Estoy verdaderamente presente

Por Rav Sholom Avtzon


El Rav Adin Even-Israel Steinsaltz (conocido comúnmente como Rav Steinsaltz) relató el siguiente pensamiento en un farbrenguen:

Cuando yo era estudiante en la yeshivá, mi mashpia era Rabí Shlomo Jaim Kesselman. Después de cierto farbrenguen en particular, me levanté y dije: “Este fue un farbrenguen excepcional”.

Al día siguiente comencé a preguntarme: ¿qué tuvo de tan excepcional el farbrenguen de anoche? ¿Por qué me causó una impresión tan fuerte, más que otros farbrenguens? Después de todo, las historias que contó ya las había relatado en encuentros anteriores, o yo las conocía de otras fuentes. Las enseñanzas y reflexiones que extrajo de ellas también eran cosas que ya le había oído a él o a otros. Las melodías eran las mismas que cantamos en cada farbrenguen. Entonces, ¿qué hizo diferente al de anoche?

Reflexionando, llegué a la siguiente conclusión: fue porque anoche yo vine a participar en el farbrenguen, y no simplemente a escuchar como un observador, un espectador o incluso como un alumno que asiste porque es lo correcto. Vine porque quería estar; quería escuchar e inspirarme. Estuve completamente presente y concentrado en el farbrenguen. En idish: Ij hob tzuguetrogen — “yo me involucré”.

Esta percepción suya quizá nos brinde mayor claridad para comprender la siguiente historia que relató el Frierdiker Rebe, Rabí Yosef Itzjak Schneersohn.

Cierta vez, cuando el Miteler Rebe era aún un niño en el jéder, entró al cuarto de su padre y le formuló la siguiente pregunta:

En Shemot, capítulo 24, versículo 4 (parashat Mishpatim), el pueblo judío le dijo a Moshé Rabenu: “Haremos todo lo que Hashem nos ordene”. Y tres versículos más adelante, en el versículo 7, pronunciaron las famosas palabras: Naasé venishmá — “Haremos y comprenderemos”. Tatí, ¿qué ocurrió en esos tres versículos que llevó al pueblo a reformular su respuesta, pasando de “Naasé” a “Naasé venishmá”?

Su padre, el Rebe, le respondió:

En un principio, el pueblo judío dijo: “Naasé” — haremos todo lo que Hashem nos ordene, ya sea que lo entendamos o no, que lo disfrutemos o no.

Sin embargo, Moshé Rabenu, el pastor fiel, quiso inculcar en el pueblo la perspectiva correcta. Les habló y les explicó la belleza de tener el mérito de cumplir las mitzvot de Hashem, hasta que el pueblo reformuló su respuesta y dijo: “Haremos todo lo que Hashem nos pida, y además procuraremos comprenderlo”, para así experimentar orgullo y disfrute por la oportunidad y el privilegio de cumplir Sus mitzvot.

El cambio estuvo en el enfoque. Las mitzvot eran las mismas; lo que cambió fue la manera de abordarlas y de entender qué significa una mitzvá. Al principio respondieron: “Haremos”, porque estamos obligados; después de todo, Hashem realizó enormes milagros para salvarnos innumerables veces.

Pero después de que Moshé habló con ellos, su enfoque cambió: “Haremos las mitzvot porque reconocemos que son una hermosa oportunidad y un inmenso mérito que Hashem nos concede para acercarnos a Él” (pues mitzvá también implica vínculo y conexión). Así, la mitzvá se cumple con alegría, entusiasmo y vitalidad, y no sólo por deber u obligación.

Cuando el joven DovBer salió de la habitación de su padre, se encontró con el jasid Rev Shmuel Munkes, quien le preguntó:

—¿Qué te dijo tu padre, el Rebe?

Con picardía, el niño respondió:

—Mi padre dijo que los misnagdim respondieron “Naasé”, mientras que los jsidim respondieron “Naasé venishmá”.


***

Para explicar lo que entiendo de su respuesta, relataré algo que contó en una ocasión el Rav Joseph B. Soloveitchik (conocido comúnmente como el Rabino J. B. Soloveitchik).

Mi padre contrató para nosotros distintos melamdim (maestros). Uno de ellos era un jasid y, aunque mi padre le había indicado que no nos enseñara el Tania, lo hacía en secreto. Una vez, mi padre entró inesperadamente en la habitación; el melamed intentó ocultarlo, pero mi padre notó cómo guardaba el Tania y le advirtió que debía dejar de enseñarlo. Sin embargo, mi abuelo le dijo que continuara, pues era importante que lo estudiáramos.

Yo notaba que los melamdim provenían de comunidades y enfoques distintos, y quise comprender por mí mismo cuál era la diferencia entre jasidim y litvish (misnagdim). Después de todo, observaba que ambos eran meticulosos en cada mitzvá. Así que profundicé más, hasta darme cuenta de que el melamed litvish cumplía cada mitzvá con el mismo sentimiento de obediencia —kabalat ol— y santidad. Bailaba en Simjat Torá porque hay una mitzvá de bailar, y ayunaba en Iom Kipur porque es una mitzvá ayunar.

En cambio, el melamed jasidí bailaba en Simjat Torá porque estaba genuinamente alegre; y en Iom Kipur se percibía en él una profunda introspección.

Alguien podría preguntar: ¿qué diferencia hay entre cumplir una mitzvá con alegría interior o simplemente cumplirla porque eso es lo que Hashem quiere?

Esto puede comprenderse a través de la conocida historia de Reb Gavriel Noiseh Jein —Rav Gavriel, quien “hallaba gracia” ante los ojos de todos los demás.

Gavriel era una persona acomodada, que ayudaba a otros con mano abierta y entregaba sumas importantes cada vez que un emisario venía a recolectar fondos en nombre del Rebe.

Aunque parecía tenerlo todo y mostrarse feliz, en lo personal estaba quebrado y afligido: ya habían pasado quince años desde su matrimonio y aún no habían sido bendecidos con hijos. Más aún, cada vez que mencionaba esto al Rebe y pedía una bendición, el Rebe no le respondía con una berajá explícita.

Con el tiempo, tampoco su prosperidad material perduró. La rueda de la fortuna giró y cayó en una pobreza extrema.

Aceptó su nueva situación sin queja alguna, agradeciendo a Hashem por los años de bienestar que había disfrutado, y continuó su vida como si nada hubiera cambiado.

Un día regresó del Shul y su esposa notó en su rostro una expresión sombría.

—Gavriel —le dijo con suavidad—, ¿por qué estás tan afligido? ¿Acaso no me has dicho siempre que todo lo que Hashem hace es para bien y que Él es el Juez verdadero?

—Tienes razón, querida esposa —respondió—. No estoy triste porque ya no podamos comprar los alimentos o las ropas que antes podíamos permitirnos. Hoy noté que un emisario del Rebe vino a recolectar fondos y está evitando acercarse a mí, porque sabe que ya no tengo dinero para enviar al Rebe.

Hashem es justo en Sus actos y sabe que no merezco riqueza. Pero ¿por qué debe verse afectado el pobre que necesita desesperadamente la tzedaká que yo solía dar? ¿Por qué ha de sufrir él por mis carencias?

Y Gavriel suspiró profundamente.

Su esposa reflexionó un momento y luego dijo:

—Aún me queda una joya. La empeñaré y el dinero que recibamos se lo entregarás al Rebe.

De inmediato buscó la joya, la llevó a la casa de empeños y recibió a cambio algunas monedas de cobre.

Pero entonces pensó: este es el último objeto de valor que poseemos; quién sabe si volveremos a tener el mérito de dar tzedaká. Al menos, que lo hagamos de la manera correcta.

Tomó arena y comenzó a frotar y pulir cada moneda para que brillara y se viera presentable. Sin darse cuenta, sus lágrimas comenzaron a fluir y se mezclaron con la arena mientras pulía las monedas, hasta que estas resplandecieron con intensidad.

Como el emisario del Rebe continuó su viaje hacia otras ciudades y pensaba regresar en algunos días, Reb Gavriel decidió llevar personalmente las monedas al Rebe. Temía que en el transcurso de esos días pudiera verse tentado a utilizarlas para comprar algo de comida para él y su esposa.

Cuando entregó al Rebe las monedas envueltas en un pañuelo, el Rebe le preguntó por qué se había tomado la molestia de traerlas él mismo, en vez de dárselas al emisario.

Reb Gavriel entonces le explicó su verdadera situación. El Rebe abrió el pañuelo y notó cuán intensamente brillaban las monedas. Gavriel le relató lo que su esposa había hecho.

El rostro del Rebe se iluminó de alegría y dijo:

—Las mujeres donaron sus espejos de cobre, y Moshé los utilizó para construir el kiyor en el patio del Mishkán.

Luego bendijo a Rav Gavriel para que hallara gracia ante los ojos de los demás y le prometió que se volvería más rico que antes. Le aconsejó dedicarse al comercio de piedras preciosas. Finalmente concluyó:

—Por la pureza del acto de tu esposa, serán bendecidos con descendencia.

Amigos míos, esa es la recompensa de cumplir una mitzvá con alegría y entusiasmo.

lunes, 16 de febrero de 2026

La instrucción secreta

Esta es una hora de Etz Ratzón (oportuna, de favor Divino)”, cruzó por la mente del jasid Rabí Abraham Bartzuner. Había llegado desde la ciudad de Gómil, en el sudeste de Bielorrusia, para celebrar Purim de 5686 (1926) junto al Rabí Yosef Itzjak Schneersohn, el sexto Rebe de Lubavitch.




Eran días oscuros y difíciles. El régimen comunista actuaba con brutalidad para erradicar todo lo que sea religión en toda la Unión Soviética. Los Talmud Torá eran clausurados. Las mikvaot eran cerradas. La shejitá kasher estaba prohibida. Realizar un brit milá constituía un grave delito. Rabinos y difusores de Torá eran enviados a Siberia; muchos fueron ejecutados.

El Rebe asumió el liderazgo precisamente en esa época tan crítica. Actuó con todas sus fuerzas para preservar la llama judía en la Unión Soviética. Bajo su instrucción se estableció una red clandestina jasídica en todo el país, dedicada a sostener la vida judía.

Las autoridades seguían de cerca sus pasos. En su casa de Rostov realizaron un minucioso registro y estuvieron a punto de arrestarlo. Finalmente, la policía aceptó no encarcelarlo con la condición de que trasladara su residencia a Leningrado, donde podrían vigilarlo mejor.

Pero también allí el Rebe continuó trabajando por el judaísmo, plenamente consciente del peligro que implicaba su actividad. En ese clima se reunieron los jasidim en su casa para el farbrenguen de Purim.

En cierto momento, Rev Abraham se acercó al Rebe.

—Pido una broje para lograr salir de Rusia y poder ascender a Eretz Israel —solicitó.

La respuesta del Rebe fue breve y enigmática:

—Debes hacer aquí una Tierra de Israel.

Rabí Abraham no comprendió el sentido de aquellas palabras. Entonces el Rebe hizo un gesto con la mano en dirección a la sala de yejidut (audiencia privada). Entendió que estaba siendo convocado a una entrevista personal en la que el Rebe aclararía su intención. En efecto, inmediatamente después de Purim ingresó a yejidut. Al salir, se negó a revelar lo que se le había dicho y regresó de inmediato a su ciudad.

Pasaron unos tres años. Las autoridades cerraban cada vez más yeshivot, y sus alumnos debían dispersarse a otras ciudades. Uno de los estudiantes mayores —que también actuaba como maestro y guía— era Rev Mendel Futerfas, quien tiempo después sería condenado a diez años de prisión en Siberia y más tarde se convertiría en uno de los mashpiim más reconocidos.

En aquel entonces se le encomendó acompañar a un grupo de jóvenes que fueron enviados a estudiar a Gómil. El responsable local era Rev Abraham Bartzuner. Alojaba a cada joven en una casa diferente y se ocupaba de proveerles alimento y libros. El lugar de estudio era la sinagoga, y el propio Rev Mendel se hospedaba en la casa de Rev Abraham.

Ambos se acercaron mucho y se hicieron amigos. Rev Abraham no temía compartir con Rabí Mendel incluso asuntos personales. En una ocasión, Rev Mendel le preguntó qué había ocurrido en aquel yejidut con el Rebe.

—Esto fue lo que me dijo el Rebe —respondió finalmente Rev Abraham—: “Debes ayunar un ‘taanit hafsaká’ durante tres días consecutivos, desde el domingo hasta el martes por la noche. El tercer día, antes de romper el ayuno, sube a la Bimá de la sinagoga de tu ciudad y volcá todo lo que hay en tu corazón. Comenzá a trabajar; se reunirán a tu alrededor algunos avrejim (jóvenes casados) y respetarán lo que les digas”.

—Así lo hice —continuó relatando—. Tras el ayuno de interrupción subí a la bimá de la sinagoga y volqué la amargura de mi corazón ante el público. Les dije:

“¡Escuchen, judíos! Tal vez pueda comprenderse que profanen el Shabat. Ustedes alegan que no tienen alternativa y que deben llevar sustento a sus hogares.

“¡Pero cómo consienten enviar a sus hijos a las escuelas comunistas! ¡Con ello los entregan a la apostasía! ¡No quedará quien diga Kadish por ustedes! Por esto se debe entregar la vida literalmente. ¡Es un ‘yehareg ve’al yaavor’ (debe uno dejarse matar antes que transgredir)!”.

Rabí Abraham agregó que apenas logró terminar sus palabras, pues los gabbaim se acercaron alarmados para retirarlo de la bimá, temiendo que declaraciones así provocaran el cierre de la sinagoga y el castigo de todos los presentes.

—Pero después —continuó— varios padres jóvenes se acercaron a mí y establecimos una nueva red clandestina. Abrimos un jéder para niños, fijamos clases de Torá en Shulján Aruj y en Ein Yaakov para adultos, e incluso comencé a dictar una clase de Tania.

Rev Mendel solía relatar con admiración la figura de Rev Abraham. No estaba dotado de talentos extraordinarios, pero en la clase de Tania que impartía se sentaban incluso los eruditos de la ciudad, pues percibían la verdad que irradiaba de él.

Durante muchas horas al día, Rev Abraham recorría la ciudad reuniendo fondos para la yeshivá. El resto del tiempo lo dedicaba a difundir judaísmo y jasidut con entrega diaria y sacrificada. En sus momentos libres estudiaba Mishnaiot y se sustentaba con unas pocas rebanadas de pan.

El Shemá antes de dormir le tomaba cerca de dos horas. Entre abundantes lágrimas hacía un profundo analísis e introspección por sus “faltas” y “transgresiones”.

Rev Mendel contó que en cierta ocasión le preguntó por qué se lamentaba tanto, siendo que toda su vida estaba consagrada a sostener la Torá y el judaísmo con abnegación.

—Incluso tus momentos libres están plenamente aprovechados; no hay un solo instante desperdiciado. Entonces, ¿por qué lloras tanto? —le preguntó.

Rabí Abraham respondió en voz baja:

—Sí, hacemos, hacemos…

Y de pronto exclamó con voz firme:

—¡Pero todo esto huele a ieshus, a ego y orgullo personal!…

(Basado en relatos de Rabí Mendel).

El árbol no muere

A comienzos de la semana pasada fue el 15 de Shevat (Rosh Hashaná de los árboles), y, inevitablemente, cuando se habla del 15 de Shevat se menciona el versículo: “Porque el hombre es como el árbol del campo”, del cual se aprende una enseñanza.

La semana pasada escuché una hermosa historia relacionada con este concepto de boca de Rev Sholom Avtzon, quien la oyó directamente de Rev Zalman Yudkin ע"ה, según se la había contado Rev Moshe Rubin.

Uno de los aspectos que Rev Zalman me relató fue una conversación muy breve —un intercambio sencillo— que tuvo con su padre. Y dijo Rev Zalman que aquello le dio en su momento, y continúa dándole hasta hoy, la fuerza para permanecer un yhudi frum y jasid.

Comenzó señalando que los comunistas eran realmente expertos en moldear la perspectiva de las personas. Perfeccionaron ese arte hasta tal punto que, incluso hoy —más de cincuenta años después de que, con la ayuda de Hashem, pude salir de Rusia—, tristemente debo decir que aquellos pensamientos y filosofías heréticas que sembraron con tanto cuidado y grabaron en nuestras mentes impresionables todavía afloran. Incluso pueden aparecer mientras estoy rezando una Amidá (Shemone Esré).

Entonces surge la pregunta: si ellos fueron capaces de implantarlo con tanta fuerza, ¿cómo tuve yo la fortaleza y la capacidad de levantarme una y otra vez —cuando era un niño, luego adolescente y finalmente adulto en la Rusia comunista— y continuar viviendo ahora, en el mundo libre, como un josid?

Todo se debe a un episodio que recuerdo con absoluta claridad, ocurrido cuando era un niño pequeño.

Era pleno invierno, un invierno helado y severo. Para nuestra sorpresa, mi padre abrió la ventana, permitiendo que el aire gélido entrara en la casa, mientras retiraba la nieve y el hielo congelado del marco.

Todos estábamos confundidos. Luego de cerrar la ventana, mi padre me llamó y me dijo:

—Zalmen, ahora que la ventana está despejada y ya no hay nieve ni escarcha que bloqueen tu visión, ¿puedes ver los árboles afuera?

—Sí —respondí.

—Zalmen, ¿hay hojas creciendo en ellos? —preguntó mi padre.

—No, no crece nada.

—Entonces, alguien que mirara el árbol ahora pensaría que está muerto —continuó mi padre—. Pero, Zalmen, ¿cuál es la diferencia entre este “árbol muerto” y un animal muerto?

Sin esperar mi respuesta, contestó él mismo:

—Cuando un animal, un ave o un pez mueren, caen y ese es el final. Sin embargo, cuando un árbol “muere”, como este árbol que perdió sus hojas hace algunos meses y permanecerá así por muchos meses más, podríamos concluir que murió. Después de todo, está congelado, sin movimiento ni señal visible de vida. Pero dentro de varios meses comenzará a brotar un pequeño retoño que luego florecerá. Entonces verás que el árbol no murió; simplemente estaba en estado de letargo, como algunos animales que hibernan durante el invierno. Cuando ya no están dominados ni congelados por el frío, despiertan y viven una vida vibrante, demostrando que en realidad nunca estuvieron “muertos”.

Mi padre continuó:

—Zalmen, nosotros somos comparados a ese árbol. Sí, debemos ser cuidadosos, porque esas personas malvadas tienen el poder y la capacidad de dañarnos. Por eso, ante ellos no mostramos ninguna señal de que cumplimos silenciosamente las Mitzves de Hashem. Pero recuerda: la primavera llegará. Tal vez tu primavera llegue dentro de muchos años, cuando, con la ayuda de Hashem, puedas abandonar este país y su dominio. Hasta entonces, recuerda que eres un judío vivo y vibrante.

Concluyó Rev Zalmen: ese pensamiento me dio la fuerza para mantenerme firme, tomando cada día como un día más en el que debía ocultar mi esencia interior y verdadera: que estoy orgulloso de ser un judío que sirve a Hashem lo mejor que puede.


Una enseñanza sencilla que podemos extraer es que nunca debemos desistir de un talmid (alumno), un javer (amigo) o un compañero, ya sea actual o antiguo. Puede parecer que está “congelado” —frío o indiferente—, pero cuando un soplo de calidez llegue a él, especialmente si proviene de alguien con quien tuvo cercanía, se descongelará y se entibiará. Y entonces podremos maravillarnos ante las hermosas flores que brotarán de su vitalidad interior.

martes, 10 de febrero de 2026

Maamar Jasidut para Yud Shvat 5786

Vaiehí Beetzem Haiom Hazé 5746 

15 de Shvat - Rosh Hashaná de los árboles

Nisim Kinuri vivía no lejos de Tiberíades, en una humilde aldea a orillas del lago Kineret, del cual tomó su apellido. Era extremadamente pobre. No poseía campos ni huertos; todo lo que tenía era un único árbol de granadas que se erguía solitario junto a su pequeña casa. El piadoso Reb Nisim solía sentarse a la sombra de sus densas y frondosas ramas y estudiar Torá durante los largos días soleados.

En su temporada, el majestuoso árbol se cubría de frutos: globos de un rojo profundo, jugosos y espléndidos, y toda la familia se llenaba de alegría. La venta de esas granadas constituía su principal fuente de sustento, y aun así siempre quedaba lo suficiente para que ellos mismos disfrutaran de aquel fruto delicioso.

Ya durante las Tres Semanas —en el verano, entre el ayuno del 17 de Tamuz y el de Tishá BeAv— el árbol estaba cargado de frutos. Sin embargo, nadie tomaba ni uno solo hasta después de Tishá BeAv. Solo entonces, una vez concluido el período de duelo, podía comenzar el tiempo de la alegría. Antes de Shabat Najamú Reb Nisim, acompañado por su hijo, se acercaba al árbol y seleccionaba los Bikurím, los frutos más selectos y maduros. En Shabat, con el corazón estremecido por la santidad del momento, recitaba la bendición de Shehejeianu con intensa alegría. Solo entonces probaba, finalmente, el sabor de su producción.

La calidad de las granadas del único árbol de Reb Nisim era conocida en toda la región de Tiberia. Judíos y árabes acudían por igual para comprarlas. Se decía que eran extraordinariamente beneficiosas para la salud: cuanto más se comía de ellas, mejor se sentía uno. Muchas mujeres afirmaban que la compota que preparaban con esas granadas poseía notables cualidades curativas.

Por supuesto, existe un límite a los ingresos que puede generar un solo árbol. Las famosas granadas se vendían a buen precio, pero aun así, con ese dinero Reb Nisim apenas lograba cubrir los gastos mínimos de todo un año para su numerosa familia. En verdad, parecía que tenía casi tantos hijos como granadas producía el árbol. Con el paso del tiempo, los niños crecieron y maduraron, al igual que los frutos del granado. Los años volaron, y sus hijas mayores florecieron en jóvenes hermosas, cuya hora de casarse se acercaba rápidamente. Era imprescindible comenzar a buscarles parejas apropiadas, pero no se veía ni la más remota posibilidad de reunir para cada una una dote respetable, como era la costumbre de aquellos tiempos.

Entonces, para agravar aún más la situación, sobrevino la desgracia. Ya habían comenzado las Tres Semanas, y he aquí que el árbol estaba completamente desnudo de frutos. Sus ramas se inclinaban hacia el suelo, como avergonzadas de lo sucedido.

Pasaron las Tres Semanas, y el espectro del hambre comenzó a alzar su fea cabeza. No había granadas para comer, no había dinero para comprar otros alimentos, y mucho menos para ahorrar con vistas a las dotes. En la víspera de Shabat Najamú, Reb Nisim se paró bajo el árbol y examinó atentamente sus ramas. Si tan solo pudiera encontrar un fruto, aunque fuera uno, para poder recitar la bendición de Shehejeianu, como cada año… Buscó y buscó, con lágrimas asomando a sus ojos: no había ni una sola granada.

De pronto, se le ocurrió una idea.
—Avraham —llamó a su hijo, que ya había alcanzado la edad de bar mitzvá—. Ven, por favor, y súbete al árbol. Tal vez entre las hojas encuentres una granada, y entonces mañana, con la ayuda de Hashem, podremos recitar una Brajá sobre ella.

Avraham era un muchacho vivaz y enérgico. ¡No hacía falta invitación dos veces para trepar a un árbol! En un instante ya estaba entre las ramas. Su padre aguardaba abajo, conteniendo la respiración.

—¡Encontré! ¡Encontré! —gritó Avraham—. ¡Y es una muy buena!
—Baruj Hashem —respondió su padre, lleno de alivio y gratitud.

—¡Otra más! ¡Encontré otra! —anunció el muchacho con entusiasmo.
Pocos momentos después, llamó triunfante diciendo que había descubierto una tercera. Luego descendió, informando que no había más en todo el árbol.

Reb Nisim examinó los tres frutos y quedó asombrado. Eran auténticas joyas: enormes, hermosas, llenas y jugosas. Jamás había visto ejemplares tan magníficos, ni siquiera en su propio árbol en años anteriores.

Mientras aún estaba allí, llegaron varias mujeres de la zona, con grandes canastas en las manos, esperando comprar, como de costumbre, sus excelentes granadas.
—Lo siento —les dijo con tristeza—, este año no tengo para vender. Solo hubo tres frutos.

Les contó que pensaba guardarlos para Tu BiShvat. Las mujeres comprendieron y se solidarizaron con él.
—Que Hashem reponga tu carencia con doble abundancia el año próximo —lo bendijeron, e incluso le pagaron “a cuenta” por la producción del verano siguiente. Él no quería aceptar dinero en tales condiciones, pero ellas insistieron y se lo entregaron.

La familia vivió el Shabat Najamu con un ambiente de gran celebración. Después de recitar el Shehejeianu sobre una de las granadas, probar un poco y darle un trozo a su esposa, Reb Nisim cortó el resto de ese fruto y otra granada en porciones, y las distribuyó equitativamente entre todos los hijos. La tercera la reservó.

Entretanto, la noticia de las tres granadas extraordinarias de Reb Nissim se difundió por toda la región. Se decía que poseían enormes propiedades curativas, ya que concentraban todo el jugo que normalmente estaría repartido entre los frutos de un árbol entero. Día tras día, la gente acudía y ofrecía sumas cada vez mayores por la granada restante. Pero Reb Nisim rechazaba todas las propuestas. Decía que la guardaba para Tu BiShvat.

Incluso su esposa le rogó que la vendiera.
—No tenemos comida en la casa y las chicas necesitan casarse —clamaba entre lágrimas.
Pero Reb Nisim se mantuvo firme. Guardaría el último fruto. Hashem sin duda los ayudaría; no había de qué preocuparse.

Sin embargo, desde entonces su esposa no le dio descanso. Le insistía en que viajara al extranjero para reunir donaciones para las bodas. Reb Nisim se resistió con todas sus fuerzas. No quería beneficiarse de su condición de residente de Eretz Hakodesh, pues sabía que los judíos de la Diáspora, conscientes de las dificultades de vivir en Eretz Israel en aquellos tiempos, sentirían lástima por él. Pero al ver el dolor en los ojos de su esposa y de sus hijas, finalmente cedió y comenzó a planificar el viaje. Para apaciguar su conciencia, decidió que en ningún lugar revelaría su procedencia.

Se despidió de su familia con el corazón oprimido y partió. Recorrió muchas tierras, numerosas ciudades y aldeas. Pero como se negaba a identificarse como oriundo de la Tierra Santa, nadie le prestaba demasiada atención, y apenas logró reunir algo de dinero, pese a que esa era la razón por la que había dejado su hogar.

Finalmente, llegó a Estambul, la capital del Imperio Otomano. Se dirigió directamente a la sinagoga principal. Apenas si alguien notó su entrada: toda la comunidad judía estaba sumida en una profunda angustia. El hijo del sultán estaba gravemente enfermo, y el sultán había llegado a convencerse de que los judíos eran responsables, quizá porque lo habían maldecido. Por ello decretó que, si su hijo no sanaba para una fecha determinada —el quince de Shvat, Tu Bishvat—, expulsaría a todos los judíos de su reino. La amenaza de expulsión pendía sobre la comunidad.

Al concluir las tefilot, toda la congregación permaneció en la sinagoga para recitar Tehilim, esperando así anular el duro decreto. Reb Nisim, por supuesto, se unió a ellos. De pronto, el encargado de la sinagoga se le acercó y le preguntó:
—¿Acaso usted es de Eretz Israel?

Reb Nisim quedó tan sorprendido que apenas pudo hablar.
—¿Cómo lo sabe? —balbuceó al fin.

—Nuestro Rab es un hombre santo —respondió el encargado—. Dijo que percibía en el recinto el aroma de Eretz Israel. Ahora, por favor, dígame su nombre, y lo llevaré a conocerlo.

Lo condujo a una pequeña sala interior y lo presentó al rabino, un anciano venerable y de aspecto distinguido. El rabino le estrechó la mano.
—Hace mucho tiempo que no recibimos aquí a un judío de la Tierra de Israel. ¿Cómo están nuestros hermanos allí?

Reb Nisim seguía conmocionado.
—¿Cómo supo que soy de allí? —preguntó—. ¿Acaso percibió el aroma de la granada que traigo conmigo?

— ¿Traes contigo una granada de Eretz Israel? —exclamó el rabino con emoción.

—Sí, rabí —respondió humildemente—. La he guardado para comerla hoy, en honor a Tu Bishvat. Sería un honor para mí compartirla con usted.

El anciano rabino saltó de su asiento y lo abrazó.
—Hashem te ha enviado aquí, hijo mío —dijo con entusiasmo—, para salvar a los judíos de nuestra ciudad del decreto de expulsión que se cierne sobre nosotros.

Y le explicó: la noche anterior habían realizado el seder y los tikuním de Tu Bishvat según la costumbre sefaradí. Al estudiar profundamente el significado de las tres categorías de frutos, la palabra רימונים (granadas) comenzó a latir ante sus ojos. Finalmente comprendió que allí se ocultaba la clave de la salvación. Las letras de rimoním formaban un acróstico:
רפואת מלך ובנו, נסים יביא מהרה
 Refuat Melej Ubenó Nissim Yaiví Meherá —“La curación del rey y de su hijo será traída rápidamente mediante milagros”.

—Y ahora vienes tú, cuyo nombre es Nisim, “milagros” —concluyó el rabino—. No es casualidad. A través de ti, Hashem realizará el milagro que nos salvará. Vamos de inmediato al palacio.

Conmocionado y confundido, Reb Nissim acompañó al rabino ante el sultán. Fueron conducidos de inmediato a su presencia. El sultán clamaba desesperado:
—¡Salven a mi hijo! ¡Si lo hacen, los cubriré de oro y seré bueno con los judíos por el resto de mi vida!

Los llevaron a la habitación del príncipe, que yacía pálido e inconsciente. Reb Nisim sacó la granada de su bolsa y la partió con cuidado. A pesar de tener seis meses, estaba fresca y jugosa, como recién cortada. Exprimió unas gotas en una pequeña copa y las hizo pasar por la garganta del joven.

En cuanto el jugo fue ingerido, el príncipe abrió los ojos. Con más gotas, comenzó a recobrar fuerzas, hasta sentarse. ¡La enfermedad había desaparecido!

El sultán, fuera de sí de alegría, besó sus manos.
— ¡Han salvado la vida de mi hijo!

—He guardado media granada para Tu bishvat, para poder recitar la Brajá —susurró Reb Nissim al rabino.

Reb Nisim regresó a la Tierra de Israel cargado de oro y plata. Y cuando finalmente llegó a su hogar, lo primero que vio fue el viejo granado frente a su casa, repleto nuevamente de relucientes frutos rojos.


Fuente: Yerajmiel Tilles

*

Cuando un judío se aferra con fe simple a una mitzvá, aun en los momentos de mayor escasez, Hashem convierte un solo fruto en fuente de bendición para muchos, y de esa fidelidad nace la salvación.

Sium HaRambam y comienzo de un nuevo ciclo de estudio

Esta semana en todo el mundo comenzamos un nuevo ciclo de estudio del Rambam en sus tres maslulim — un perek diario, tres prakim diarios del Mishné Torá, o la Mitzvá diaria del Sefer HaMitzvot (especialmente indicada para mujeres y niños)—, un momento más que ideal para sumarse a esta gran iniciativa del Rebe, una senda de estudio que sin duda sólo traerá brajá.

*

Una respuesta especial

Rav Moshe Katzman, shliaj en Staten Island, relata:

Era ya tarde en la noche de Sucot del año 5752 (1991). Caminaba por Kingston Avenue cuando me encontré con el rabino Shmuel Lew, y conversamos. Le compartí que, si bien recibía respuestas del Rebe, sentía que eran respuestas “generales”. Tenía un fuerte anhelo de recibir una orientación directa, como la que los shlujim más veteranos habían tenido el mérito de recibir en años anteriores.

En ese período, el Rebe no respondía a todas las preguntas y solicitudes. En general, alentaba a que las personas consultaran a su rav y a su mashpia. Aun así, yo sentía un profundo deseo de merecer esa oportunidad. Era una especie de 'ietzer hará jasídico' que muchos de nosotros, los shlujim más jóvenes, teníamos.

El rabino Lew me preguntó:
—¿Y qué hay del Rambam? ¿Lo estudias todos los días?

Fui sincero con él: por lo general estudiaba Rambam, pero no era especialmente constante, y a veces lo omitía.

Al oír esto, el rabino Lew me dio un consejo:
—Estudia Rambam todos los días, sin faltar ninguno, y el Rebe te responderá.

Decidí aceptar su consejo y tomé una firme hajlatá de estudiar todos los días.

En aquel momento nos encontrábamos en una verdadera parshat derajim, un cruce de caminos, en nuestro Shlijut: debíamos tomar una decisión difícil entre dos caminos. Ambos eran complejos y estaban cargados de diversos desafíos.

Como correspondía, seguí la directiva del Rebe y traté el asunto con mi mashpia y con los miembros más veteranos de Tzaj, quienes supervisan las peulot de los shlujim en Nueva York.

La orientación que recibí no era con la que me sentía cómodo, pero yo había hecho lo que se esperaba de mí. Entonces me acerqué a Mazkirut y les pedí que escribieran una nota al Rebe en mi nombre, detallando todos los aspectos del asunto. Al principio me dijeron que simplemente pidiera una broje para cumplir con la orientación recibida, pero insistí en que deseaba preguntarle al Rebe sobre esta cuestión.

Escribí acerca del tema, incluyendo el consejo que había recibido de mi rav y de Tzaj. Para mi sorpresa y alegría, recibí una respuesta muy clara del Rebe, en la que señalaba un problema en su sugerencia y recomendaba que hablara con yedidim mevinim (amigos entendidos). El desenlace resultó ser completamente distinto de lo que se me había aconsejado previamente.

"Siento que ese mérito especial que tuve fue un resultado directo de mi hajlatá de estudiar Rambam de manera correcta y constante."



Fuente: "Derher", Tamuz 5781 

22 de Shvat - Iom Hilula (Iortzait) de la Rebetzn Jaia Mushka ע"ה


A comienzos de la década de los '60 se instauró la costumbre de que un grupo de bojurim (estudiantes) provenientes de Eretz Israel viajara para estudiar junto al Rebe durante un año. Para aquellos bojurim que tenían el mérito de integrar la "kvutze" (el grupo), aquello significaba la concreción de un anhelo profundo: por fin podían ver al Rebe con sus propios ojos, no a través de una fotografía —o de un video, algo muy poco común en aquellos tiempos—, sino estar realmente en su presencia, verlo y escucharlo.

Uno de los que llegó en esos primeros años fue un joven cuyos padres habían crecido en Rusia, en la región de Poltava. En su hogar se hablaba a menudo de distintos aspectos del Jotzer del Rebe, donde además de su casa se encontraban la sinagoga, la yeshive y otros edificios.

Si bien estaba emocionado más allá de toda descripción por haber alcanzado este enorme zejut (mérito) de ver al Rebe y estar cerca de él, sentía que su deseo aún no estaba completo. Anhelaba también ver y conocer la casa del Rebe, tal como su padre y su abuelo habían visto la casa del Frierdiker Rebe y del Rebe Rashab.

Su fortuna fue que uno de sus parientes cercanos tenía, de vez en cuando, el mérito de ayudar en la casa del Rebe. Se dirigió a este pariente y le pidió —casi como una exigencia— que por favor lo llevara a la casa del Rebe la próxima vez que fuera. Para su decepción, su primo le respondió:

—Lo siento, pero no funciona así. Nadie, absolutamente nadie, puede entrar en la casa sin el permiso explícito de la Rebetzin. Sin embargo, hay ocasiones en las que se me permite llevar a alguien, y eso ocurre cuando hay un trabajo que no puedo realizar solo.

—Dado que eres pariente mío —continuó—, la próxima vez que se presente una situación así, le pediré a la Rebetzin permiso para traer a alguien de confianza que me ayude.

Esto lo dejó conforme, pues comprendió que su familiar estaba haciendo todo lo posible por ayudarlo, pero de una manera correcta y apropiada.

Pasó algún tiempo —quizás semanas o meses— hasta que su pariente se le acercó y le dijo:

—Mañana habrá una entrega en la vereda de un aire acondicionado para la casa del Rebe. Como no puedo ingresarlo solo, le pedí permiso a la Rebetzin para traer a alguien que me ayude, y ella accedió. Así que prepárate para tal hora.

El bojur se sentía en el séptimo cielo: por fin tendría el mérito y la oportunidad de entrar en la casa del Rebe.

A la hora indicada llegó y ayudó a su pariente a llevar el aparato al interior de la casa y a colocarlo junto a la ventana donde sería instalado al día siguiente. Mientras caminaba, sus ojos recorrían cada rincón, intentando absorber y grabar en su memoria todo lo que pudiera de las pocas habitaciones que alcanzó a ver.

Cuando estaban a punto de retirarse, la Rebetzin entró en la habitación y le preguntó:

—Vemen’s bist du? —¿Quiénes son tus padres?

Al mencionar los nombres, la Rebetzin comentó:

—Recuerdo que cuando yo estaba creciendo y se hablaba de los jsidim de la región de Poltava, se mencionaba a tu familia.

Luego continuó, dirigiéndose a ambos:

—Bojurim’laj… —jóvenes— dejé algo de comida en la cocina. Yo no estaré allí, para que no se sientan incómodos al comer.

No sabe por qué, pero por alguna razón aquel bojur sintió que debía responder, y dijo:

— Fui criado en un 'jasidishe shtup' (en un hogar jasídico), y me enseñaron que no se debe comer en la casa del Rebe.

[Nota del autor: probablemente quiso decir que no hay que sentirse demasiado cómodo allí, o, en otras palabras, recordar que el Rebe es Rebe y no simplemente un gran tzadik.]

La Rebetzin respondió con serenidad:

Yo también fui criada en un hogar jasídico, y me enseñaron —o mi padre me enseñó— que cuando entramos en la casa de alguien, debemos dejar una Broje, es decir, recitar una bendición.

Naturalmente, entraron a la cocina y dijeron las brajot correspondientes.

"Desde entonces y hasta el día de hoy, cada vez que entro/visito la casa de otra persona, me aseguro de decir una brajá allí."

*

En el iortzait de la Rebetzin, esta historia nos recuerda cómo, con una sola frase y un gesto de sensibilidad jasídica, dejó grabada una enseñanza eterna: que incluso en lo más simple — entrar a una casa y recitar allí una Broje— se revela la nobleza y la santidad de un verdadero hogar judío.


Fuente: Rev Sholom Avtzon
©JasidiNews